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Dulce Locura — capítulo 14

Las horas pasaban, los días pasaban… y el fin de semana llegaba. Comenzaba el tiempo de hibernación de fiestas y ensayos, todo fuera por una buena calificación al final del trimestre.

Mi habitación se convirtió casi en lo único que veía en esos días, cuatro paredes bicolor, dos verdes y dos forradas de madera. Una estantería a mi derecha, una pila de libros a mi izquierda y el más absoluto desorden encima del escritorio. Detrás, una cama desecha desde el mismo momento en que este calvario dio comienzo. Sólo en los descansos me permitía dar rienda suelta a mi imaginación y escribir cualquier tontería que acabaría por extinguirse en mi memoria; dibujar cualquier imagen que tuviera delante o cualquier recuerdo lo bastante completo como para copiarlo sin equívocos; o para deleitarme con las películas de mi filmoteca: desde "El silencio de los corderos", a "Tres metros sobre el cielo".

Sin embargo, muchas veces me mentía a mí mismo, y me escapaba en esas noches de largos paseos solitarios. Necesitaba sentir el frío viento en mi cara, para mostrarme que aún podía sentir algo a través del tacto. El frío me cuarteaba el rostro, los labios, las manos… pero al poco tiempo me hice insensible a ello. El flequillo se movía de forma rebelde por mi frente, mientras estaba parado delante de aquel balcón que tanto frío y tanto calor me hicieron experimentar.

Dudaba entre llamar y no, pues eran pasada la medianoche cuando me encontraba parado en medio de la nada.

-¿No tienes frío, criatura? -susurró una voz a mis espaldas.

Me di la vuelta casi sin pensar, por puro instinto, y me la encontré, a ella, tan pequeña, sonriente y con su sutil amago de esconder una pequeña sonrisa.

-Creo… que esa frase me pertenece -alargué el brazo, invitándola a estrechar la mano. Ella me imitó, y cuando la asió, tiré de ella hacia mí, haciendo que chocara contra mi pecho-. Al igual que la cazadora que me dejé el otro día… ¿podrías devolvérmela?

Ella asintió y me invitó a pasar, otra vez. Pero yo me negué, sólo la chaqueta… y un largo paseo solitario… con ella.

Un minuto después, ya tenía la cazadora en mis manos… o en mis hombros, mejor dicho. Empezamos un largo camino, que nos llevó hasta el mirador, donde se podía ver todo el pueblo, iluminado, a oscuras, a media luz; a la gente paseando, los pocos que se atrevían; algún que otro coche por la carretera…

María estaba absorta mirando la inesperada belleza de un pueblo tan normalucho como en el que vivíamos; estaba sentada con las piernas medio estiradas, con los brazos alrededor de ellas, y la barbilla apoyada en las rodillas. Yo estaba perpendicular a ella, con la cabeza vuelta al pueblo; aunque, desde hacía un rato, sólo era ella, y su rostro a media luz, lo único a lo que mis sentidos prestaban atención.

-¿Por qué me miras a mí? -inquirió, volviéndose hacia mí.

-Porque tú eres mucho más hermosa e interesante que todo el pueblo junto -respondí, después de pensármelo unos segundos.

-No es verdad, ¿estás de coña, no? -se acercó a mí, a escasos centímetros de mi rostro. Extraño azul contra especial castaño; rostro bromista y dolido contra rostro serio y responsable; castaño oscuro contra castaño cobrizo; largo y rebelde contra largo, suelto y liso; chico contra chica…

-Nunca te he hablado más en serio -sin darme cuenta, estaba utilizando mi fría mirada a la que nadie, exceptuando un par de personas, se resiste. Un frío intenso en mis ojos, como si todo yo fuera de hielo, esa mirada que paraliza y confunde, una mirada indescifrable y molesta-. ¿Acaso no te das cuenta, querida criatura? Casi nunca río, pocas veces has oído una carcajada de mis labios; siempre estoy solo, no me gusta la compañía de la gente, porque la mayoría, te hace un daño irreversible; a nadie, nada más conocerlo, ni le presto mi cazadora más querida ni le canto una canción con tantas intenciones ocultas; a nadie le hago un dibujo sin habérmelo encargado antes, y se lo regalo; a nadie me lo llevo a mi lugar más especial en una noche de luna llena, y a nadie… - le cogí el rostro con ambas manos, lo acerqué al mío y me quedé quieto un par de segundos-…nunca…- entonces la besé, un beso casto al principio, un leve toque de labios, pero mi fría influencia hizo que cayera al poco tiempo, permitiéndome profundizar en el beso y dominar la situación, hasta llegar al punto de quedar tumbados, yo sobre ella, aunque me frené- le había permitido probar el sabor de mis labios.