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Dulce Locura — capítulo 2
Hace mucho, mucho tiempo, allá por los albores del año 1994, que nací. No tuve demasiados problemas al nacer, medía y pesaba más de la media, así que nadie puede quejarse de que fui un hermoso ejemplar de ser humano.
No recuerdo mucho mi infancia, apenas débiles recuerdos de unos cuantos minutos, algún que otro nombre, anécdotas y algún que otro susto de mi infancia más absoluta. Recuerdo vagamente mi aspecto, siempre recordado por esas fotos hechas con las Polaroid tan de moda en aquellos años. Era un chico de cabellos algo largos y sutilmente rizados, castaños, algo más oscuro en la parte baja de la cabeza. Solía llevar la raya casi en medio, donde me permitía la coronilla. Ojos de un extraño color, mezcla entre un castaño claro y un grisáceo azulado. Todo ensombrecido por mi continua expresión de seriedad y enfado.
Vivía en una casa demasiado grande para mi gusto, me sentía tan diminuto en una construcción tan grande… siempre quise tocar el techo. Era demasiado grande, ya que originalmente había un gran cobertizo en la parte trasera de la casa, al parecer. Hicieron obras mucho antes de que yo naciera, y se acomodó el cobertizo en un salón, la cocina, un patio interior, una pequeña habitación para trastos, un cuarto de baño y otra habitación. Aún así, las habitaciones principales daban a la calle.
Recuerdo de cuando era pequeño, que nunca era capaz de dormir solo. Las habitaciones tan cerca de la sombría calle, y mis padres en la otra punta de la casa. Por ello, aunque me durmiera en el sofá, en la silla, o incluso en la alfombra, me negaba a ir a mi habitación. Es una extraña forma de experimentar el miedo a la oscuridad.
Recuerdo mi continua y larga relación con la soledad. Era el más pequeño de los niños de mi barrio, y eso me incomodaba. Por ello prefería aventurarme en el mundo de las letras y los dibujos, donde nada ni nadie me hiciera daño. Recuerdo jugar a reconocer tipos de piedra y clasificarlas, con ayuda de mi padre, de cualquier otra manera me hubiera resultado imposible. Quizá por ello me guste tanto hoy en día la geología.
Mi padre es arqueólogo, y de pequeño solía llevarme a sus excavaciones. Yo era tan pálido que me recubrían con una camisa de mi padre para evitar que me quemase, un sombrero que era dos veces mi talla y un protector solar de pantalla total. Sí, era tan pálido como los noreuropeos, a pesar de ser habitante del país más septentrional de Europa.
A la edad de tres años, me diagnosticaron un problema cardíaco: la aurícula izquierda comenzaba a fallar, lo que hacía que no recibiera suficiente oxígeno y dificultaba su distribución por el organismo.
No sé si fue por miedo o que ya empezaba a mostrar ciertos momentos de frialdad absoluta, que me pasé toda una semana sin salir de mi habitación. En esa semana, ningún pensamiento ocupó mi mente. Vacío. Vacío absoluto. Olvido. Oscuridad. Frío. Soledad. Silencio. Inmovilidad. Lágrimas. Escalofríos. Estaba absorto.
Sin embargo, mi tío, que era enfermero, logró sacarme de mi ensimismamiento. Me explicó que la operación no era demasiado peligrosa. Tenía un mínimo de riesgo, como en todas, por muy simples que sean. Pero, tratándose del corazón, de la aurícula que se ocupa del oxígeno, y del corazón de un niño pequeño, el riesgo aumentaba mínimamente. Acto seguido, me detalló en qué consistía la operación, algo que no muy bien recuerdo, pero era algo parecido a forrar la cara interna de la aurícula para evitar que se cerrara y no dejase pasar el oxígeno; además me describió la forma de operar del pediatra que se encargaría de mí.
Así pasó el tiempo, y ese verano, con algo más de tres años y medio, pasé por el quirófano. El pediatra se llamaba Guillermo; tenía un aspecto bastante joven, pero lo poco que pude ver en una operación anterior a la mía, y mucho más complicada, me hizo tranquilizarme. Parecía muy jovial, transmitía seguridad y confianza, a pesar de ser el más joven de los que había en el quirófano. Mi tío fue su enfermero, me puso la anestesia y todo se volvió muy confuso…