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Dulce Locura — capítulo 3

Hace ya mucho de aquella operación. Hoy en día no tengo por qué preocuparme sobre el oxígeno o la circulación correcta. Tengo otras muchas cosas de las que preocuparme.

Una de ellas, es mi hermana pequeña, Paula. Nació cuatro años después que yo, en noviembre de 1998. Ella tiene la suerte de tener un castaño normal como color de ojos, no la extraña y siniestra mezcla que pueblan los míos. También es castaña, pero tirando un poco a un rubio apagado. Siempre tiene una sonrisa en su rostro para mí, incluso en esos días en que no puede con su alma. Siempre una sonrisa para su hermanito mayor.

Constantemente estamos solos en casa, pues mi padre dejó atrás su etapa de profesor de instituto y se especializó en la universidad; y es muy común que esté de excavaciones y tertulias con sus alumnos de arqueología. Por otro lado, mi madre trabaja por la mañana como administrativa en el servicio de sanidad, lo que me hace casi imposible verla, ya que la mayoría de las tardes tengo un pequeño trabajo de fotógrafo, y las que tengo libres las dedico a estudiar, o bien en mi habitación, mi santuario en el que sólo yo puedo entrar, o bien en la biblioteca, donde realmente estudio debido a que no me entretengo a la hora de estudiar en serio.

Dentro de poco, mi hermana cumpliría 13 años. Nunca se me ha dado bien eso de acertar con los regalos, siempre he tenido que recurrir a alguien para no cometer un error en lo que a regalos se refiere.

Ella es la persona más importante para mí, y no sabía cómo demostrárselo en su día más importante. Conocía a la perfección sus gustos, pero siempre ha renunciado a todo aquello que sea demasiado comercial, lo consideraba frío, ajeno, deshumanizado. Y yo no quería cometer ese error.

Me pasé días comiéndome la cabeza, hasta que Santa Imaginación se apareció ante mí. Si había algo que se me daba bien, eso eran las artes gráficas. Así que opté por irme al lugar más alejado de Mairena, también lo más alto posible. Me subí, de forma ilegal y casi criminal, al aula de mi hermana en el instituto. Abrí la puerta con la llave que cogí de la conserjería, y me metí adentro. Subí la persiana, encontrándome con una bonita vista de una parte del pueblo. Abrí la mochila que traje conmigo, de donde saqué el lienzo y los carboncillos para plasmar la imagen que tenía delante.

El tiempo corría en mi contra, apenas podía conservar la imagen idónea durante un par de horas. Sin embargo, mis continuas entradas y salidas durante una semana me permitieron acabarlo a tiempo.

El 5 de noviembre llegó irremediablemente. Empaqué cuidadosamente el lienzo recién acabado y le dejé una nota a mi hermana. Ese día me iría al instituto mucho antes que ella, como hacía desde hacía tiempo, aparecía en su cuarto en mitad de la noche, y le dejaba mi regalo debajo de la cama, como si fuese su particular ratoncito Pérez.

Me marché andando a la tradicionalmente odiada institución escolar. Parecía que "Los Alcores", el instituto en el que estudiaba, se saltaba la norma extraña que refleja que la mejor época de un estudiante es el instituto. Aquí era todo lo contrario. Todo el mundo deseaba marcharse de ese maltratador instituto.

Iba caminando por la calle, con los auriculares puestos, la lista de canciones al azar, ya que me las sabía todas de memoria, y no quería aborrecer las letras que tantas veces había escuchado de una misma forma. Curiosamente, o por casualidad, o por una alineación de varios planetas, como dirían los adivinos que tanto pueblan en esas cadenas de ínfima categoría, la canción que comenzó a sonar en mis oídos fue "Palabras para Paula", de la Oreja de Van Gogh.

Me inspiré en ella cuando le escribí una pequeña historia basada en "Alicia en el país de las maravillas", con un guión muy parecido al de Tim Burton para su Alicia. Y una moraleja al final, "Nunca dejes de soñar".

Llegué de los primeros a la puerta del instituto. Me senté en un poyete de la acera de enfrente, saqué el blog que siempre llevaba conmigo, y comencé a dibujar un edificio con un extraño parentesco al edificio que tenía delante.

Cuando me disponía a entrar, alguien me abrazó por detrás, dejándonos parados en medio de la carretera.

-¡Gracias! -la voz de mi hermana me hizo sonreír de oreja a oreja-. ¿Cómo has podido hacerlo?

-¿El qué? -le inquirí, ya subiendo las escaleras.

-El lienzo… la perspectiva… Y la historia

-Tengo mis recursos… -respondí, misterioso, al oído de mi hermana-. ¿Te han gustado?

-¿Acaso lo dudabas?