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Dulce Locura — capítulo 6

En una de mis noches de insomnio, me harté del parque y mis largos paseos solitarios, y me salté la verja de regreso a ningún lugar. Siempre evitaba que hubiese gente que me viese hacer tal chiquillada, pero esa noche me descuidé totalmente… y me pillaron in fraganti.

Llevaba en la espalda mi guitarra, heredada de mi padre de su juventud, cuando tuvo su época de cantante de instituto. Me evadía tocar la guitarra en los momentos en los que odiaba estar vivo. Nunca llegué a componer nada, me limitaba a tocar versiones de canciones que conocía de memoria.

Tenía una rara costumbre, y era mirar al cielo nada más saltar la verja. Últimamente ya lo hacía sin pensar, salía solo, además… me divertía con la tenue luz rojiza que el cigarrillo que portaba en los labios dibujaba en la oscuridad de la noche.

-No deberías fumar -me distrajo una voz femenina.

Me quedé unos segundos totalmente hierático, congelado, inmóvil… inmediatamente una sonrisa se posó en mis labios.

-¿Incluso tú vas a decirme lo que tengo o no tengo que hacer? -ladeé la cabeza, dirigí mi mirada hacia ella, y vi a una chica bastante pequeñita, me llegaba poco más a la barbilla, ojos y cabello castaño claro, le sobrepasaba la altura los hombros, donde sutilmente hacía una leve ondulación hacia fuera. Llevaba vaqueros algo ajustados y una simple camisa, los brazos cruzados con sensación de frío.

-Respeta a la gente, niño -me espetó.

-Oye… -me volví hacia ella. La miré fijamente hasta que apartó la mirada, avergonzada-. ¿No tienes frío, criatura?

Antes de que pudiera responder, quejarse o cualquier acción se le pasara por la cabeza, yo me había quitado la cazadora y se la había puesto sobre los hombros.

-¡Eh, quieto! -se alejó un par de pasos, pero yo me volví a pegar a ella-. ¿Qué crees que estás haciendo?

-Darte calor -respondí, susurrándole al oído-. Así que no seas tan cabezona y de paso, me haces el favor de ponerte la cazadora, señorita.

Accedió a regañadientes, pero accedió. Al menos ya no tiritaba, cosa que afectó a su carácter. Dejó de llamarme de mala manera "niño", y empezamos a caminar. Al cabo de un rato llegamos a una plaza, tenía una fuente en medio, pero hacía tiempo que estaba vacía. Seis bancos poblaban la plaza, todos desiertos, intercalados por farolas que aportaban una tenue luz sobre nosotros. Nos sentamos en uno de ellos, y ella me pidió que le tocara la guitarra. Accedí casi de inmediato; fue un impulso, algo superior a mí, ya que pocas veces me dejaba convencer por la gente cuando me pedía ese pequeño favor. Afiné varias cuerdas a mi gusto, me clareé la garganta. Estuve unos instantes quieto, quería cantarle algo. Me reí en mi fuero interno, estaba llegando a límites que nunca antes había llegado. Rebusqué en mi mente, prefería una letra donde destacara la guitarra, o al menos, una melodía que pudiese imitar con la guitarra.

-¿Te ocurre algo? -me sacó de mi ensoñación-. Estás inmóvil desde hace un rato, chico.

-No te preocupes, estaba buscando algo que te gustara.

-¿Y ya tienes algo? -me apremió.

-Sí… más o menos-sonreí, ante su cara de extrañeza-. ¿Te importaría si canto para ti, criatura?

-Con una condición -yo callé, expectante-. Sólo si dejas de llamarme "criatura".

-Deja tú de llamarme "niño"… y quizá me lo piense -dejé en suspenso.

-Oye, "niño"… -se levantó y amenazó con irse-. Respeta a la gente, ¿o quieres que volvamos al principio?

-Está bien, está bien… -la agarré del brazo, y volvió a sentarse-. No te enfades así, mujer. ¡Cómo sólo soy un "niño"…!

Ella se abrochó la cazadora hasta arriba, hacía cada vez más frío y mis manos lo estaban notando.

-¿Tienes frío? -inquirió, levantándose.

-Un poco… -me cogió la mano derecha, y la soltó casi de inmediato.

-¡Están heladas! ¿Cómo puedes soportarlo? -tiró de mí, esta vez del brazo, y me levantó-. Ven conmigo, si no quieres quedarte congelado.

Rápidamente le hice caso, guardé la guitarra y le seguí. Cruzamos un par de calles y llegamos a un edificio de dos plantas, con un portero de cuatro llaves. Ella sacó el llavero y abrió, y me invitó a pasar. Cerré con el pie y la seguí. En la puerta donde ponía 2º A, alguien me obligó a pasar. La puerta se cerró detrás de mí.

-Bienvenido a mi casa, "niño"