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En Llamas. ¿Qué pasaría si...? — capítulo 23

"¿Quieres enviarle un último beso al chico amoroso?" Me pregunta un Alix que ha adquirido la voz de Clove. Después, me apuñala varias veces con el cuchillo en distintas partes del cuerpo. Él ríe, con la risa de ella, yo, sólo quiero morirme.

"Katniss, Katniss…"  Noto que me sacuden el hombro. ¿Es la muerte que viene a por mí? Eso espero. Si es así, será mejor que abra los ojos.

Me despierto en mi dormitorio del centro de entrenamiento, sobresaltada, y Haymitch tiene que apartarse para evitar que le dé una patada. Estoy empapada de sudor  y todas las sábanas están salidas de la cama.

-Era una pesadilla.-afirma Haymitch.

Yo asiento y nos mantenemos en silencio durante unos segundos. No me atrevo a preguntar qué ha pasado.

-Están bien. Gale no era el único que había salido herido de allí, todos tienen heridas feas. Les hemos enviado una pomada. Finnick ha conseguido que una señora nos diera el dinero que nos faltaba.

-¿Ha funcionado la pomada?

-Parece que sí.

Silencio otra vez.

-Creía que los profesionales se habían quedado sin nada después de lo del volcán.

-Se quedaron sin provisiones. Pero las armas las tenían en la mano cuando la lava empezó a subir, así que se las llevaron con ellos. Aunque están pasando más hambre de lo normal. No son capaces de cazar, se alimentan de hierbas. Gale y los otros han conseguido una ardilla.-me explica Haymitch.

Haymitch tiene peor aspecto que ayer. Las ojeras están más marcadas y su pelo está más descuidado de lo normal.

-Siento lo de ayer.-susurro yo.-De verdad que lo siento.

Haymitch simplemente asiente, y no hablamos más de la discusión de ayer. Ambos sabemos que un "lo siento" de la boca de Katniss Everdeen es lo máximo que se puede pedir. Lo sabe, porque él es como yo, y sabe lo mucho que me cuesta admitir que no tenía razón.

-¿Ha dormido Peeta conmigo esta noche?

Él niega con la cabeza.

-Tenía que volver a los juegos. Pero sí que quería quedarse. No te mereces a ese chico, preciosa.

-Ya lo sé.-respondo yo, haciéndole burla.- ¿Y tú? ¿Qué haces aquí?

-Charlotte me ha echado. Según ella necesito dormir.-al principio no me planteo responder, pero veo que después de pronunciar el nombre de "Charlotte" a Haymitch se le dibuja una diminuta sonrisa en la cara.

-¿Y esa sonrisa?-pregunto yo, riendo. -¿Qué pasa con Charlotte, Haymitch?

-Nada. No pasa nada.-silencio largo. Me mira a los ojos, y yo arqueo las cejas.-Ese es el problema, que no pasa nada.

Yo abro la boca sorprendida y me incorporo rápidamente. Me acerco a él.

-Y tú quieres que pase algo, ¿verdad?

-Charlotte y yo llevamos tonteando durante muchos años…pero nunca he tenido lo que hay que tener para invitarla a cenar.-comenta, con aire triste.

-¡Yo se lo puedo pedir por ti! Nunca… ¿nunca le has pedido a una chica salir?

Haymitch suelta una carcajada triste.

-¿Nunca ha habido alguien especial en tu vida, Haymitch?

Me mira a los ojos y yo le invito a seguir contándome mediante un gesto de cabeza.

-Wendy. Se llamaba Wendy.-empieza diciendo.-Tenía la cara más bonita que he visto jamás. Sus ojos inspiraban alegría. Nos conocíamos desde los ocho años. Yo jugaba en la calle con una pelota nueva que mi madre me había comprado en mi cumpleaños. Era mi único regalo. No era un niño con muchos amigos. Me daba por insultar al resto de los niños. Por envidia, supongo. Estaba botando la pelota cerca de un charco de barro. Al pasar, un niño me empujó y la pelota se me escapó hacia el charco. Totalmente embadurnada. Me acerqué al charco, y miré mi único regalo de cumpleaños echado a perder. Entonces, apareció ella. "¿Es que te da asco cogerla?" me preguntó. Eso es lo primero que me llamó la atención. Miré a sus ojos. Era una niña de más o menos mi edad y tenía el entrecejo y la nariz arrugada porque el sol le daba de cara. Aún así, se podía apreciar el color verde esmeralda brillante de sus ojos. Unos ojos preciosos. Tenía la cara decorada con pequeñas pecas, lo que le daba un aspecto inocente. Tenía el pelo castaño, con reflejos dorados. "¡Que te estoy hablando!" me gritaba.-sonríe y hace una pequeña pausa.-Después suspiró, metió sus zapatos en el barro y me dijo que conocía un lugar donde podríamos limpiar la pelota. Me llevó hasta el bosque, el cual no conocía en absoluto. Por entonces no estaba vallado. Caminamos hacia un pequeño lago con flores y allí limpiamos la pelota hasta que quedó reluciente. El hecho de que una niña con un bonito vestido se metiera en el barro sin ningún miedo, y encima, por mí me marcó. En el bosque los dos jugamos con la pelota. Ella me contó cómo no se llevaba bien con las niñas del colegio, porque sólo saltaban a la comba. No les gustaba la aventura. Pasamos horas y horas, sin darnos cuenta, hasta que anocheció y fuimos a casa corriendo. Aquella noche, mi madre, que por la época aún se preocupaba por mí me echó una bronca monumental. Pero yo no la escuchaba, sólo escuchaba el sonido de la risa de Wendy, y sólo podía ver cómo su nariz se arrugaba cuando reía con ganas. Cada día, a las cinco de la tarde en punto, el timbre de mi casa sonaba y escapaba con Wendy de la tristeza de ésta. Nos veíamos todos los días, e íbamos al lago, dónde jugábamos a la pelota, leíamos libros o, simplemente, disfrutábamos de la compañía del otro. La situación en mi casa iba a peor. Un día, mi padre se marchó. No le he vuelto a ver. Mi madre empezó a beber, y dejó de cuidarme. Marcharme con Wendy era como escapar del infierno. Pasaron los años, y su familia, dos importantes y adinerados médicos, se convirtieron en mi familia. Hubo días en los que pasaba todo el día allí. Wendy y yo nos convertimos en un equipo, sólo ella y yo, porque sólo nosotros nos entendíamos el uno al otro. Nunca llegó a haber nada romántico entre nosotros, pero sabía que algún día me casaría con esa chica. A nuestros catorce años, llegó el día de La Cosecha. Salí elegido, y Wendy vino a despedirme al edificio de Justicia. Entró en la habitación, me abrazó, y me dijo que cuando volviera, le trajera algo bonito del Capitolio. Sonreía, aunque se le escaparon algunas lagrimillas. Cuando estaba a punto de irse, me besó. Fue rápido y dulce, pero pasó. Después me dijo "Hasta luego, Haymitch". En el centro de entrenamiento, sólo podía pensar en ella. Rondé la idea de suicidarme. Muchas veces. Ella era lo único que me mantenía con vida. En la arena lo mismo. Gané por ella. Ella me salvó la vida. Cuando gané, sólo pensaba en ella. En volver a casa, abrazarla y estar con ella para siempre. Sin embargo, cuando volví al 12, ni mi madre, ni sus padres, ni Wendy me estaban esperando en la estación de tren. Nadie me estaba esperando allí. Estaba casi vacío. Me dijeron, que, debido al truco que utilicé para ganar, en el momento en el que gané unos agentes de paz arrestaron a mi madre, a Wendy y a su familia. Podrían estar muertos, o podrían ser avox. La duda me llevó hasta el alcohol. Y…hasta ahora. Murió por mi culpa. Y sólo por mi culpa.-concluye Haymitch.

Nos mantenemos en silencio durante unos segundos. Jamás me hubiera imaginado que Haymitch hubiera sentido algo tan fuerte por una persona. Respeto muchísimo más a Haymitch Abernathy ahora mismo que antes. Me pongo en su situación por unos instantes y me pregunto qué hubiera hecho yo, si al volver al distrito 12 tras mi victoria en los juegos ni Gale, ni mi madre, ni Prim estuvieran esperándome.

-Lo único que conservo de ella es un cartel. Tras unos años, reuní el valor para ir a su casa. En su habitación, sobre su cama, había una pancarta de cartón con unas bonitas letras escritas, que sólo podían ser de la caligrafía de Wendy. En el cartel ponía "Bienvenido a casa, Haymitch". Sin emargo, sólo las palabras "Bienvenido a" estaban coloreadas. Supongo que no le dio tiempo a más.-dice Haymitch, con tono triste interrumpiendo mis pensamientos.

-No fue culpa tuya, Haymitch. En absoluto. Y ella podría haber huido. Seguro que no está muerta.

-Bueno…sí, esto, me voy, Katniss. No tardes en ir a la sala, ¿vale?-contesta, y se dirige a la puerta de mi habitación.- ¿Sabes qué?-me dice, antes de salir.-Lo que más me gustaba de ella era una marca de nacimiento en forma de corazón que tenía en la mano. De hecho, lo que más me gustaba, era lo mucho que ella odiaba ese pequeño corazón. Decía que era cursi, y que no iba nada con ella.-A continuación, cierra la puerta suavemente y me quedo tumbada en la cama, sintiendo un cariño irracional y absurdo hacia Haymitch, y pregúntandome el paradero del amor de su vida, preguntándome dónde está Wendy.