Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← La máscara de Balduino. · de

La máscara de Balduino. — capítulo 11

Jerusalén, 1176.

A Balduino le habían prohibido muchas cosas en los últimos años. Le habían prohibido jugar con amigos, le habían prohibido ver a su hermana más de una hora al día, le habían prohibido salir de la habitación, hacer grandes esfuerzos, salir a que le de el sol…

Pero había una orden que no acataba. Algo que no le podían quitar. Salir a cabalgar.

Cuando Balduino montaba a caballo, se olvidaba de todo. Así que cuando era la hora de la siesta y los sirvientes se retiraban a descansar ya que creían que el rey estaba dormido, él se escapaba de palacio y salía a montar por las afueras de Jerusalén.

Antes se debía de vestir de una forma discreta. Muchos que lo veían pasar pensaban que era un joven musulmán. Iba siempre vestido de blanco para que la piel transpirara mejor. Dado que la enfermedad requería aquello.Pero muchas miradas indiscretas reconocían al joven rey, dado que la montura de su caballo era del mejor cuero y llevaba broches de oro con el escudo de Jerusalén. Solo un rey podía llevar algo así.

Aquella tarde salió a cabalgar con su frisón negro. El caballo ya era viejo y se cansaba pronto, así que tuvo que parar y desmontar.

--Ya eres mayor, eh…- le dijo al animal mientras le acariciaba el morro.

El caballo relinchó y asintió con la cabeza.

Balduino se bajó el pañuelo blanco que le cubría la cara hasta los ojos. Miró a su alrededor en busca de sombra para que su caballo descansara. No encontró sombra, pero encontró un pozo.

--Ale chico- dijo mientras volvía a montar-. Vamos a beber.

Se volvió a cubrir la cara y empezó a cabalgar hacia el pozo.

Cuando llegó había tres muchachas de su misma edad sacando agua. Las chicas se quedaron mirándolo con curiosidad, pero al darse cuenta de que era un muchacho en sus bocas se formaron unas sonrisas.

El muchacho desmontó de su caballo y se acercó a una de las muchachas sin mostrar su rostro.

--Buenos días señorita.

La muchacha no contestó, simplemente se quedó mirándolo con cara de boba.

--Sería usted tan amable de darle de beber a mi caballo. El pobre ya es viejo y se cansa pronto.

La chica echó a correr a por agua. Llenó el cubo y se lo dio a Balduino. Este último se lo alcanzó a su caballo para que bebiera.

Las dos otras muchachas cuchicheaban entre ellas y de vez en cuanto soltaban unas risitas. La otra muchacha no quitaba los ojos de encima a Balduino.

Cuando el animal terminó de beber, el joven le entregó el cubo vacío a la chica.

--¿Cómo os lo puedo agradecer, señorita?

--No es nada. ¿Usted no quiere beber?

--No, gracias. Yo estoy bien.

La chica se fijo en los ojos del rey.

--Tiene los ojos azules.

--Mi madre me los dio al nacer. Pero no son tan preciosos como los suyos.

La muchacha se ruborizó y las otras dos chicas soltaron unas risitas a lo alto.

-         - Que tenga un buen día señorita.

Le cogió la mano a la muchacha y con mucho cuidado de que la chica no le viera el rostro se bajó el pañuelo para besarle la mano. La chica intentó averiguar como era su cara, pero Balduino se cubrió antes de que lo consiguiera.

El rey volvió a montar a su caballo.

--¿Cuál es vuestro nombre, "Bella Rosa del Desierto"?

--Amira.

-         - Amira… Tendré vuestro nombre y vuestro rostro presente en mis sueños.

Dio la vuelta a su caballo y empezó de nuevo a cabalgar dejando a la chica embobada por aquellas últimas palabras.

Cuando volvió a palacio todo estaba revuelto.

--Majestad- saludó Tiberias.

--¿Qué pasa Tiberias?

--¿Dónde habéis estado?

--Cabalgando.

--¿Cabalgando? ¿En su estado?- preguntó furioso.

--No me vengas con regañinas, Tiberias. Ya tengo quince años y se lo que debo hacer. ¿Qué está pasando?

--Guillermo de Monferrato ha vuelto de la expedición.

--¿Y por eso tanto escandalo?

-         - No es solo eso, mi señor. Guillermo y sus hombres han sido atacados por unos hombres de Saladino. Vuestro cuñado ha sido herido varias veces.

--¿Saladino? ¿No estará nunca quieto?

Tiberias se extrañó de la reacción del joven rey.

--Mi señor… Vuestro cuñado…

--Ya lo he oído, Tiberias- dijo Balduino furioso-. Soy leproso, no sordo.

--Perdonad, majestad. Pero vuestro cuñado está grave. Su hermana se encuentra a su lado.

--Cuando termine mis asuntos iré a verlo. Primero debo averiguar que haré con Saläh ad- Din.

--No penséis en Guillermo. Pensad en vuestra hermana.

Balduino miró a Tiberias y agachó la cabeza con tristeza soltando un suspiro.

--¿Dónde está mi hermana?

--Al lado de su esposo. Donde debe estar.

--¿Y donde se encuentra su esposo?

--En sus aposentos.

El rey se fue a los aposentos de su cuñado con furia en sus ojos. No le debía nada a ese hombre porque le había robado a su hermana, pero en cambio a ella le debía todo.

Cuando entró en la habitación de Guillermo, se encontró a Sibila sentada en una silla al lado de la cama con los ojos rojos de llorar y a su esposo tumbado en la cama dormido. A Sibila se la veía destrozada.

--Balduino…- dijo Sibila con una sonrisa triste en la cara.

--¿Cómo está tu esposo?

--Muy mal… Tiene mucha fiebre. Tiene muchas heridas infectadas.

--¿Qué han dicho los médicos?

--No le dan muchas esperanzas. Está muy débil.

--Pues no debería quedarme mucho tiempo por si le contagio.

--No, por favor. No me dejes sola ahora.

Sibila se levantó de un saltó y se fue corriendo a abrazar a su hermano. A Balduino le hubiera encantado tanto sentir aquel abrazo. Pero la maldita enfermedad se lo impedía.

--Cálmate, Sibila. No me llores, por favor. No soporto verte así.

--Ay… Balduino.

--¿Qué?

--Estoy…

--¿Qué pasa?

--Estoy embarazada.

Balduino no supo si alegrarse o ponerse triste. Abrazó más fuerte a su hermana y le acarició el pelo para calmarla.

--Tranquila… hermanita- dijo el rey a punto de llorar-. Buscaremos los mejores médicos y lo salvaran. Te lo prometo. Yo nunca te dejaré sola.

Sobre buscar los mejores médicos para su cuñado, Balduino no pudo conseguir lo que le prometió a su hermana. Guillermo de Monferrato murió dejando embarazada a su esposa.

El rey intentó estar al lado de Sibila durante ese trago amargo, pero los médicos se lo impidieron y solo pudo acompañar a su hermana en el entierro de su esposo.

Jerusalén, 1177.

Quedaba poco para que Sibila diera a luz. Durante todo el embarazo no tubo contacto con su hermano, ni siquiera el intercambio de una palabra. Por lo de siempre… por el miedo al contagio. Pero si su hermano estaba bien. Hacia mucho que no tenía fiebres y las heridas no se habían extendido más allá de sus manos. Era una tontería separarla de él. Lo único que conseguían es que estuviera más deprimida.

--Mi señor…- saludó Godofredo-. Su hermana.

--¿Qué pasa?

-         - Se ha puesto a dar a luz.

Balduino se puso de los nervios. Empezó a caminar de un lado a otro sin saber que hacer. Godofredo estuvo a punto de darle un empujón para que se sentara en la silla.

Dos horas más tarde apareció Tiberias con algo en los brazos.

--Tiberias… ¿Y mi…?

El rey se paró en seco al darse cuenta de los que llevaba el hombre en brazos.

--Este es vuestro sobrino, mi señor.

Balduino abrió los ojos como platos.

--¿Cómo me lo traes aquí?

--Ha sido un deseo de su hermana. Me dijo que si no se lo traía yo, ella misma se levantaría para traérselo.

--¿Y no hubieras podido mentirla? No sé… ¿Salir de la habitación como si fueras a traérmelo y en vez de eso pasear por palacio?

-         - ¿Para que después Sibila se diera cuenta de la mentira y me diera una regañina? No, mi señor. La princesa tiene mucho genio.

Balduino tragó saliva e hizo una sonrisa.

--Te expones a mucho peligro, Tiberias.

-         - ¿No quiere coger a su sobrino?

El rey cogió al bebé en brazos. Era la cosa más bonita que había visto. Era rubio como él. Supo que siempre lo protegería, dado que ahora era el heredero de Jerusalén.

--¿Qué nombre le ha querido poner mi hermana?

--Balduino. Como su tío.

Balduino se emocionó y empezó a llorar. Godofredo se acercó a consolarlo.

--¿Sabe, majestad? El pequeño se parece a usted.

--¿De verdad? No lo creo. Se parece a su padre.

--No… en serio, mi señor. Es igual que usted.

Todos se quedaron mirando al niño con cara de bobos.

--Llévatelo ya, Tiberias. Está demasiado tiempo aquí.

Tiberias cogió al niño en brazos.

--Mi señor… Su hermana ha pedido veros.

--¿Verme? Ahora está demasiado débil. La veré cuando esté recuperada.

--Majestad… la princesa también me ha amenazado con que si usted no iba, ella vendría.

Balduino no tuvo otra elección. Sabía que su hermana era capaz de ello.

Con su sobrino en brazos entró en la habitación de su hermana. Esta última al verlo su puso muy feliz como hacia tiempo que no lo estaba.

--Si están aquí mis dos Balduinos. Los hombres que más quiero en mi vida.

El rey se sentó al lado de Sibila, le entregó a su hijo y le dio un beso en la frente.

--¿Cómo estás, hermana?

-         - Mucho mejor ahora que estás aquí. Te he echado mucho de menos todos estos meses. ¿Me extraña que hayas venido?

--Tiberias me advirtió de tus amenazas.

--Pobre Tiberias. Deberías haber visto su cara.

Los dos se pusieron a reír y se quedaron mirando al bebé.

-         - ¿Has visto, hermano? Mi hijo se parece a ti.