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La máscara de Balduino. — capítulo 12

Jerusalén, 1177.

--De las mejores cuadras del mundo, majestad- explicó Tiberias.

Hacia un mes que el caballo de Balduino había muerto. Eso le afectó un poco porque fue el único caballo que había tenido y tuvo que pasar días en cama recuperándose de aquella perdida. Ahora Tiberias le traía dos nuevos caballos, uno para Sibila y otro para él. Dos puras razas españolas de capa tordo.

--El hombre al que los he comprado me han dicho que son gemelos.

--¿Gemelos?- se sorprendió Balduino.

--Sí. Los dos nacieron el mismo día del vientre de la misma madre.

--¿Y de las mejores cuadras, dices?

-         - No lo ve, señor.

La verdad es que eran unos caballos preciosos. Sus colas llegaban casi hasta el suelo y sus crines eran largas y rizadas.

-         - Nacieron para que los montaran grandes reyes. Y usted es un gran rey.

Balduino soltó una carcajada con aquel comentario.

--No seas pelota, Tiberias.

--¿Quiere probarlo, majestad?

Ensillaron a su nuevo caballo y montó en él. Dio unas cuantas vueltas y saltó un obstáculo de casi dos metros.

--¡Tenga cuidado, mi señor!- se asustó Tiberias.

--Tienes razón, Tiberias. Este caballo es para que lo monte un rey.

--Y el de su hermana para que lo monte una princesa.

-         - Se alegrara mucho cuando lo vea. Me dijo que ya estaba cansada de su yegua. ¡El pobre animal ya no iba ni cara al aire!

--¿Cuándo se lo mostrará?

--Cuando se encuentre mejor. Hace poco que ha dado a luz.

Sin frenar el caballo Balduino bajó de él. Cuando el animal se dio cuenta de que nadie lo montaba freno en seco.

--¡Tened cuidado, majestad!

--¡Vamos, Tiberias! Eres más sobreprotector que Godofredo.

--Aun se queda corto.

Malas noticias llegaron a Jerusalén. Saladino había empezado a conquistar tierras del reino y ahora se dirigía hacia Ascalón.

El rey que desde hacia poco le habían vuelto las fiebres, abandonó su lecho de enfermo y empezó a planear como parar a Saladino.

En la sala del trono todo era un escándalo.

--¡Silencio!- gritó Tiberias.

Todo el patio quedó en silencio.

--¿Majestad?- empezó uno de los jefes de los templarios-. ¿Qué tenéis pensado hacer?

Balduino no tenía pensado mucho. Las fiebres le impedían pensar.

--¿Qué que tengo pensado?- dijo burlonamente-. Pues pararlo.

--Pero nosotros solos no podemos.

--No podemos hacer otra cosa. Si no atacamos, Saläh ad-Din conseguirá su objetivo.

--¿Con que hombres?

--Con los que tenemos. Tenemos que llegar a Ascalón antes que él.

Y así con quinientos caballeros y mil infantes, Balduino cabalgando con su nuevo caballo llegó a Ascalón poco antes que Saladino.

Desde las murallas, el rey observaba como el ejército de su enemigo se acercaba.

--Son muchos.

--Ya lo sé, Godofredo.

--¿Conseguiremos retenerlos?

--Esperemos que sí.

Una larga y dura batalla se desencadenó delante de las murallas de Ascalón. El ejército de Balduino IV estaba siendo derrotado. Cada hombre que mandaba el rey, moría en el intento.

En el descanso que dio el ejército de Saladino, los miembros de la corte de Jerusalén se reunieron.

--Majestad- empezó Reinaldo de Chatillon-. Es inútil que sigáis mandando hombres a la batalla.

--¿Y que hacemos, Reinaldo? ¿Esperar a que vengan a por nosotros?

--Necesitamos refuerzos.

Balduino miró a su tutor. Después de un momento de reflexión, el rey se levantó de su silla.

--Tiberias.

--Mi señor.

--Mandad un mensaje a los Templarios de Gaza, pidiéndoles refuerzos.

--Ahora mismo mi señor.

--Señores, vamos a por todas o a por ninguna.

A la mañana siguiente los soldados del ejercito cristiano se sorprendieron de que el enemigo se retiraba dejando solo un escaso ejercito de hombres musulmanes. Ese fue el mayor error de Saladino, subestimar a su enemigo. Pensando que la batalla la tenía ganada, el sultán dejo un pequeño ejercito de hombres a las puertas de Ascalón. Luego dirigiéndose al norte dejó que su ejercito se separara para que una parte de él fuera conquistando provincias mientras la otra dirigida por él avanzaba hacia al norte. Lo que nunca imaginó Saladino fue que el rey leproso arriesgara una salida desde Ascalón. Y así fue, el joven Balduino con el coraje de la desesperación salió desde Ascalón acabando con el ejército musulmán. Un espíritu indomable anidaba en aquel cuerpo lastimoso.

Ochenta caballeros de Gaza se unieron al ejercito cristiano, cuyo se dirigió hacia al norte siguiendo los pasos de Saladino.

Cuando el ejercito del sultán Saläh ad-Din atravesaba uno de los barrancos cercanos al Castillo de Montgisard, un retumbar de cacos de caballo llamó la atención de algunos soldados. Ya era demasiado tarde, poco después el ejercito cristiano de no más de seiscientos hombres apareció de la nada. Delante de todos ellos iba el rey Balduino. El ataque fue brutal, los hombres que no optaron por huir como muchos, fueron aniquilados. Cuando Saladino quiso avisar a los refuerzos, ya era demasiado tarde. La batalla había terminado siendo ganada por él ejercito cristiano. Cuenta la leyenda que tan gran valor fue el del líder cristiano que vieron como San Jorge luchó a su lado.

Saladino esperaba en su tienda a la visita de su enemigo.

--Majestad- saludó un soldado-. El rey Balduino IV está aquí.

--Hazlo pasar.

Cuando el rey cristiano entró, Saladino se sorprendió. ¡Era solo un niño! ¡Un niño de dieciséis años le había ganado! Balduino lo miraba con una sonrisa, una sonrisa seria.

--Mi señor de Jerusalén- dijo Saladino inclinando la cabeza.

Balduino le devolvió el gesto.

--Saläh ad- Din.

--Por favor, mi señor. Tomad asiento.

El rey cristiano tomó asiento enfrente de él. De repente apareció un criado y sirvió una copa de vino a cada uno.

Saladino observaba a su enemigo. Le extrañaba haber oído hablar de la belleza de la princesa Sibila y no haber oído hablar de la belleza de Balduino. Era un joven muy apuesto. Con su pelo rubio oscurecido y sus ojos como zafiros. En lo que más se fijo fue en una mancha roja que tenía el joven en el cuello.

--¿Vamos a estar callados todo el rato?- preguntó el joven.

--Perdonad, mi señor. Estaba observando el rostro de mi enemigo.

--¿Y como es el rostro?

--El de un niño.

Balduino soltó una carcajada.

--¿No os esperabais a alguien tan joven?

--Cuando os he visto esta mañana en la batalla, me sorprendí de vuestra juventud. Supe que os había coronado a vuestros trece años, pero de todas formas me imaginaba a un hombre.

--Soy un hombre joven, muy joven. Poco os han informado de mi, ¿no?

-          -Muy poco.

--¿Ni de mi enfermedad?

Saladino lo miró extrañado.

--¿Vuestra enfermedad?

Balduino se fue quitando los guantes y dio paso a unas manos llenas de heridas y ampollas.

--¿Conocéis esta enfermedad, Saladino?

--No creo que sea herpes.

--No, habéis acertado. ¿Entonces que pensáis que es?

--Le…

--Continuad. No paréis.

--¿Lepra?

--Sí…

El cristiano volvió a ponerse los guantes dejando con la boca abierta a su enemigo.

--¿Tenéis lepra?

--Desde mis nueve años de edad.

--¿Cómo es posible?

--Ni yo misma lo sé. Nadie sabe quien me contagió esta enfermedad. Ya tenéis una facilidad para conquistar Jerusalén.

-         - ¿Facilidad? Sin saber que teníais lepra os he subestimado pensando que tenía ganada la batalla. Y por eso la he perdido. Ese ha sido mi mayor error.

--Habéis luchado con coraje.

--Con más coraje habéis luchado vos.

Balduino se hecho atrás en su silla y reflexionó un rato.

--He tenido suerte, Saläh ad-Din.

-         - No, habéis tenido mente. No como yo. Quien me iba a decir que un niño enfermo me iba a ganar.

El rey cristiano lo miró algo molesto.

--No he querido ofenderos.

-         - No ha sido nada. La verdad es que esos comentarios los oigo cada día desde las bocas de mis miembros de la corte. Mirad Saläh ad-Din… Vamos a dejarnos de charlas un rato. Quiero la paz, ¿sabéis?

--¿Paz?

-         - Sí, paz. Quiero que la gente viva segura en mi reino y por ellos debo pediros que haya paz entre nosotros.

Saladino lo miraba curioso.

--¿Acaso usted no quiere eso?

--Yo también busco paz, Balduino.

--¿Entonces estaréis de acuerdo con firmar un acuerdo de paz?

Después de un momento de reflexión por parte del sultán:

--Que así sea. Firmaré el acuerdo de paz con vos, Balduino. Después de ello yo y mi ejército me dirigiré hacia Egipto.

Balduino se levantó se su silla con una sonrisa en la cara y le entregó su mano enguantada para que Saladino se la estrechara. Saladino se levantó y le devolvió el gesto al joven rey.

--¿No queréis probar mi vino, mi señor?

--No, gracias. Mi estado de salud no me pide vino.

--Os entiendo.

--Salam Aleikum, Saläh ad-Din.

--Aleikum Salam, mi señor de Jerusalén.

Cuando Balduino salió de su tienda, Saladino se quedó pensando. Aquel joven le había impresionado. No era un niño, era un hombre. Un hombre con nobleza y coraje. Uno de sus mayores enemigos y uno de los grandes reyes que había conocido.

Uno de sus jefes entró en su tienda interrumpiendo sus pensamientos.

--Ese joven rey leproso se ha hecho respetar de la misma forma que grandes reyes como David o Salomón.

Saladino no pudo hacer otra cosa más que asentir.

--¿Tú sabías que era leproso?

--Os he estado escuchando, mi señor. Quería conocer la voz del hombre que nos había vencido.

Después de firmar los cuerdos de paz con Saladino, Balduino entró glorioso en Jerusalén. La gente arrojaba flores al suelo para que el caballo de su rey los pisara y una lluvia de pétalos de rosas caía desde las ventanas. Todo el mundo gritaba:

--¡Larga vida al rey!

--¡Viva el rey!

--¡Larga vida a Balduino IV!

--¡Viva Balduino!

Por primera vez, Balduino se sentía respetado y admirado por sus súbditos y soldados.

Con la cabeza bien alta entró por la puerta de palacio. Sibila lo esperaba a la puerta. Cuando su hermanó desmontó del caballo, ella se fue corriendo a abrazarlo. Balduino la cogió en brazos. Sibila no pudo evitar llorar.

--¡Dios mio! Estás más alto. Ya pareces un hombre.

Sí, Balduino había crecido estos últimos meses que estuvo en la guerra. Antes Sibila era un poco más alta que él, pero ahora Balduino le quitaba por lo menos una cabeza.

--Estás guapísimo, hermano.

--La que está guapa eres tú. ¿Cómo está mi sobrino?

-         - Creciendo y pareciéndose cada vez más a su tío.

El rey tubo que dejar a su hermana en el suelo. Estaba agotado y se encontraba mal. Habían sido demasiados días de guerra y demasiados kilómetros a caballo bajo ese sol de justicia.

Pero su enfermedad no dejó que fastidiara las celebraciones que se hicieron en su honor.

Fue un gran verano para Balduino IV, el mejor después que el de Ibelin que pudo recordar. Desde entonces pensó que alcanzaría a vivir los cien años de edad.