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La máscara de Balduino. — capítulo 13
Jerusalén, 1177.
Sibila entró en los aposentos de su hermano. Hacia tanto tiempo que no entraba allí, pero aun recordaba todas aquellas antorchas y lámparas de oleo encendidas, aquel olor a incienso, aquellas cortinas de color azul y el canto de los pavos reales que habían en el patio. Balduino ahora estaba de mejor salud o eso hacia parecer. Aquella victoria contra Saladino había cambiado su vida.
Su hermano estaba sentado junto a su mesa de ajedrez moviendo fichas él solo.
--¿Cómo estás, hermano?- le preguntó.
--Sentado. ¿No me ves?
Sibila soltó una carcajada y se sentó enfrente de él.
--¿Que te parece si empezamos tú y yo una partida de nuevo?
--Vale. La verdad es que es un poco aburrido jugar solo.
El rey volvió a poner las fichas en su sitio y empezó la nueva partida.
- - ¿Sabes como están nuestras hermanas?- preguntó Balduino mientras avanzaba dos pasos a un peón.
--¿Quién? ¿Isabel y María?
--¿Acaso tenemos otras?
--No sé nada de ellas. No me interesan ni ellas ni su madre. Me alegra de que las hayas enviado a vivir a Acre.
--Sibila… son nuestras hermanas.
- - ¿Enserio? No lo han demostrado. ¿Acaso han venido a verte alguna vez sabiendo que estás enfermo?
--Son niñas. ¿Cómo van a venir a ver a un leproso?
--¿Te han mandado felicitaciones por tu victoria con Saladino?
--No.
--¿Lo ves? Por eso no las considero mis hermanas. Francamente, no sé porque te preocupas por ellas.
--Padre me pidió que cuidara de ellas. Además tuve un poco de contacto con Isabel, y ya me conoces, siempre me encariño con los niños.
--Adiós a tu caballo.
--Adiós a tu alfil.
--Vaya… no me había dado cuenta de tu jugada.
--A veces hace falta arriesgarlo todo para ganar. Y te lo digo por experiencia.
Continuaron jugando la partida en silencio. Sibila observaba las sonrisas que hacía su hermano cada vez que avanzaba una ficha.
--¿Sabes que dicen los sarracenos ahora de mí?
--No. ¿Qué dicen? ¿Qué Saladino nunca estará a tu alcance?
Balduino soltó una risa burlona dejando a su hermana con curiosidad.
--No. No es nada de alabanza. Es todo lo contrario.
--¿Entonces?
- - Ahora que se han enterado de mi enfermedad dicen que mi enfermedad es una venganza divinidad por nuestra vanidad, pero por grande que sea mi desdicha ellos creen que el castigo que me espera en el infierno es mucho más severo y duradero.
Sibila se quedó con la boca abierta sin poder soltar una palabra. ¿Cómo podía decir algo así de su hermano? Balduino era la mejor persona con el corazón más grande que había en este mundo. Les había prometido la paz a los sarracenos ¿Por qué ahora decían eso esos enclenques? ¡Ellos si irían al infierno por decir aquello de su hermano!
--Balduino… no. Tú no irás nunca al infierno.
--¿Cómo lo sabes?
--Porque eres demasiada buena persona para que Dios te imponga algo así. Él te aguarda un sitio a su lado.
--Siendo buena persona me ha dado esta enfermedad- dijo furioso-. ¿Por qué ahora no iba a enviarme al infierno?
Se levantó furioso y empezó a caminar. Hubo un momento en que perdió el equilibrio y casi se cayó al suelo.
--¿Balduino, estás bien?- dijo Sibila asustada.
--Sí… No te preocupes- le contestó poniéndose la mano en la frente-. Iré a que me de el aire y se me pasará.
Pero cuando dio unos pasos más volvió a perder el equilibrio.
--No, no estoy bien- dijo precipitándose sobre el suelo.
Sibila se levantó se un salto y fue a socorrer a su hermano.
--¿Balduino que te pasa?- dijo asustada.
--Llama a un médico, Sibila.
--¡Guardias! ¡Guardias! ¡Que venga alguien!
Unos segundos después entraron en la habitación dos guardias.
--¡Ayudadme a llevarlo hasta su cama! ¡Y llamad a un médico!
A duras penas llevaron al rey hasta su cama.
--¡Traed un médico, ya!- dijo Sibila furiosa-. ¡Está ardiendo! ¿No lo veis?
Los guardias salieron corriendo en busca de un médico.
--¿Balduino?- preguntó Sibila mientras le ponía la mano en la frente-. ¿Desde cuando te encuentras así?
--Desde… desde hace dos días- contestó a duras penas.
--¿Y por qué no se lo has dicho a nadie?
--Ahora que me estaban dejando más libertad… No querían que me la volvieran a quitar.
Unos minutos más tarde aparecieron por lo menos media docena de médicos haciendo que Sibila saliera de la sala. Sobre discutir y gritar, los médicos consiguieron echar a Sibila.
Tres largos meses de fiebres sufrió Balduino. Los únicos que estuvieron a su lado fueron su tutor Guillermo que iba a verlo durante una hora, Tiberias que cuando podía escaparse de sus labores enseguida iba a verlo y Godofredo que pasó días y noches sentado junto a su cama.
Jerusalén, 1178.
Tiberias encontró un rato libre para ir a ver a su señor. Por una revuelta entre los templarios, el mariscal de Jerusalén no había podido ir a ver a Balduino. Habían pasado dos semanas, pero para él había sido un mes.
Entró en la habitación del rey y se encontró a Godofredo sentado en una silla al lado de la cama, a un criado haciendo aire con un abanico de plumas para que el rey no tuviera tanto calor y un médico poniendo trapos mojados sobre la frente de Balduino para rebajarle la fiebre.
Entonces fue cuando Tiberias se encontró con la sorpresa del estado de su señor. Balduino estaba pálido como un muerto, mojado por los sudores que le provocaban las fiebres y con el rostro cambiado. Su hermoso rostro había dado paso al rostro de un leproso. La lepra había ganado aquella batalla. Ahora Balduino tenía heridas y ampollas por todo su cuerpo, en especial en su cara. Tenía una enorme herida en la parte derecha de su labio superior y pequeñas heridas que empezaban a salirle en la nariz. Su mano izquierda ya estaba destrozada.
Tiberias se derrumbó cuando Balduino abrió los ojos y le hizo una sonrisa como pudo.
--Tiberias…- dijo a duras penas.
--¿Cómo os encontráis?
--Por suerte no noto el dolor de mis heridas. Esa es la única ventaja que tiene esta enfermedad.
El mariscal miró a Godofredo. Este último se levantó.
--Ahora volvemos, majestad. Debo hablar con Tiberias.
Los dos se apartaron para que el rey no pudiera oír su conversación.
--¿Se nos va?- preguntó el mariscal preocupado.
--No. Las fiebres empiezan a rebajarse.
--Gracias al cielo.
--Pero hay un problema.
--¿Cuál?
--¿Como aparecerá con ese aspecto ante sus súbditos?
--Yo… no lo sé. Pero si quiere que lo respeten tendrá que aparecer en varios actos. No tiene otra elección.
--He pasado estos meses junto a él. He visto como su vida se iba ante mis ojos. He visto como su rostro iba cambiando.
--La batalla de Montgisard fue demasiado esfuerzo para él. Fueron demasiados días a caballo y peleando. Demasiadas preocupaciones. Él no se encontraba bien para dirigir todo aquello.
--Yo mismo intenté pararlo, pero él quería continuar. Y mira las consecuencias.
Godofredo estaba a punto se echarse a llorar. Era un trago demasiado amargo para él. En cuatro meses había visto como el muchacho a quien enseñó tanto y que había sido como su hijo estaba siendo ganado por esa enfermedad. La batalla que ganó Balduino contra Saladino, le llevó a otra donde estaba siendo vencido.
--Vayamos a su lado- dijo Tiberias.
Los dos se sentaron al lado de su rey.
--Godofredo, Tiberias…
Los hombres pararon atención a la llamada se su rey.
--No quiero que nadie me vea así. Con este aspecto. Conseguid algo para ocultar mi rostro a las gentes.
--Señor, con un pañuelo…
-No quiero un pañuelo, Tiberias- le cortó-. Un pañuelo no sirve de mucho. Quiero algo que cubra mi rostro. Algo que no deje paso a miradas indiscretas.
--Haré todo lo posible, mi señor- confirmó Tiberias.
Otra vez se dirigió Tiberias hacia los aposentos de Balduino, pero esta vez con algo en las manos. Una caja que contenía la solución al problema de su rey.
--Aquí está mi señor- dijo entregándole la caja.
Balduino la abrió y se encontró con lo que buscaba. Una máscara. Una máscara de plata con grabados de facciones de la cara. Una máscara de rostro inexpresivo.
--¿Es lo que buscaba, mi señor?
--No sé lo que buscaba. Pero creo que esto es la mejor solución.
Por fin le permitieron a Sibila ver a su hermano. Se dirigió corriendo a su habitación. Ya se esperaba con lo que se encontraría, habían sido demasiados meses de fiebres y sabía que el rostro de su hermano habría cambiado. Pero a ella no le importaba. Lo afrontaría. Le quería demasiado para tenerlo asco o miedo.
Entró en la habitación y con sus ojos buscó a su hermano. Vio a un hombre vestido todo de blanco sentado de espaldas a ella con una capucha en la cabeza. Cuando el hombresintió la presencia de Sibila, se levantó y se dio la vuelta. La princesa intentó averiguar su rostro. El encapuchado se quitó la capucha mostrando su rostro cubierto por una máscara metálica. Sibila todavía no lo había reconocido.
--Hola, Sibila…
La princesa reconoció aquella voz entrecortada. Se acercó un poco a él pero a observar aquellos ojos del enmascarado, no le hizo falta avanzar más pasos.
- - Balduino… ¿Qué te han hecho?
Balduino se fue acercando a ella poco a poco, pero ella lo frenó. Llorando sin parar abandonó la habitación.
¿Quién iba a decirle que aquella tarde en que jugaban al ajedrez, iba a ser el último momento que vería el rostro de su amado hermano? Ahora aquel hermoso rostro había sido intercambiado por una máscara. Una máscara que Sibila odiaría toda su vida. La famosa máscara del rey Balduino que utilizaba para ocultar su rostro atacado por la lepra.