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La máscara de Balduino. — capítulo 14
Jerusalén, 1178.
Balduino permanecía en sus estancias sin dejar que lo viera alguien. Los únicos que podían verlo eran Godofredo y Tiberias.
Aquella tarde en que Godofredo le hacía compañía, el rey se encontraba de buen humor.
En un momento dado, empezó a rebuscar entre sus papeles. Cuando dio con el adecuado lo miró bien, hizo una bola con él y lo lanzo dentro de un gran jarrón de cerámica que estaba arrinconado en una esquina y debía medir más de un metro y medio de altura.
--Buena puntería- le felicitó Godofedo-. ¿Pero has pensado como lo sacarás de ahí?
- - Ya lo pensé la primera vez que lo hice. Como nadie va a mover ese jarrón de ahí, pues no me molesté en recogerlo. Ya debe estar lleno por la mitad de bolitas de papel.
--A veces tienes unas ideas, Balduino…
El rey se sentó al lado de su tutor.
--¿Cómo llevas lo de la máscara?
--Bien… Tengo algunos problemitas con ella, pero consigo arreglármelas.
--¿Problemas? Dime uno.
--Bueno… ¿Sabes como tengo que apagar ahora las velas? Haciéndoles aire con la mano.
--¿Y consigues apagarlas?- preguntó con un tono burlesco.
--Se me cansa la mano antes de apagarla, así que dejo que se apague sola.
Godofredo empezó a reírse. Le alegraba que Balduino se cogiera las cosas así. Hacía un tiempo que lo veía triste porque Sibila salió corriendo cuando lo vio por primera vez con la máscara. No volvió a visitarlo desde aquello y eso que las habitaciones de ambos estaban al lado la una de la otra.
--Me alegra que te cojas esto así.
--¿Así como?
--De buen humor.
--Si pierdo el buen humor… lo pierdo todo- dijo soltando un suspiro.
Tiberias entró en la habitación junto a un criado que dejó un plato en el escritorio de Balduino.
--Mi señor- saludó-. He aprovechado el descanso de la comida para venir a veros.
--Me alegro de verte, Tiberias.
El criado levantó el pañuelo que cubría el plato y llenó una copa de vino. Luego hizo una reverencia y se marchó.
--¿Qué es esto?- preguntó Balduino revolviendo el contenido del plato con la cuchara.
--Puré, mi señor- aclaró Tiberias-. De verduras.
--¿Puré?
--Sí, majestad. Verduras muy trituradas.
--Ya sé que es un puré Tiberias. Mi pregunta se refería a por que puré y no otra cosa.
--Es una recomendación de los médicos- informó Godofredo.
--He seguido desde mis nueves años las recomendaciones de los médicos. Y aun así sigo igual o peor.
Balduino cubrió otra vez el plato con el pañuelo y lo alejó de él.
--No tengo hambre. Que se lo lleven.
--Balduino, tienes que comer algo- le regañó su tutor-. Si no comes estarás más débil y si estás más débil te subirán las fiebres.
--Si me como eso vomitaré. Nunca me ha gustado la comida que no sea solida.
--Pues come otra cosa.
--¿Pero no entiendes que no tengo hambre?
--¡Es inútil discutir contigo!
--Que bien me conoces, Godofredo.
Dieron orden al criado que retirara el plato y luego Tiberias se sentó junta a ellos.
--¿Qué cuentas Tiberias? ¿Qué hay de nuevo en mi corte?
--Nada de especial, mi señor. Guy de Lusignan ha vuelto a Jerusalén.
--¿Guy de Lusignan?- preguntó Balduino con acento francés-. Mi madre se habrá puesto contenta de que haya vuelto uno de sus mayores vasallos.
--La verdad es que sí, mi señor. Su madre ya ha empezado a planear con Guy.
--Mi madre cuando ve dinero no para quieta.
--Ha vuelto con el uniforme de los templarios.
--¿Guy de Lusignan un templario?
--Lo es y no lo es- aclaró Godofredo-. Él por ejemplo se podría casar con una mujer.
--No me digas más. Conozco a esa clase de hombres que se hacen llamar templarios cuando solo son unos simples nobles.
--Ahora tiene bastante poder sobre ellos.
--¿En serio? Seguro que es cosa de mi madre.
--No lo creo mi señor. Ahora Guy ha hecho grandes riquezas en Francia y ya sabe... no creo que haga falta contarle más.
Balduino soltó una carcajada.
--Pues veamos los progresos que hará Guy con los templarios.
--Veámoslo- dijo Tiberias con un tono burlesco.
--Nunca te dio buena impresión Guy, ¿verdad Tiberias?
Jerusalén, 1180.
Inés de Courtenay llamó a su hijo para que acudiera a sus aposentos.
--Madre- saludó el rey-. ¿Me habéis llamado?
--Sí, hijo mío. Toma asiento, por favor.
Balduino se sentó enfrente de ella. Ya habían pasado dos años y la máscara aun seguía siendo una extraña en su cuerpo. Aunque todos estaban acostumbrados a verlo así.
--¿Cómo estás, hijo mío?
--Eh… bien. Como siempre, en realidad.
- -Me alegro. ¿Quieres comer algo?
--No, no me apetece nada, gracias.
En realidad lo que no le apetecía era quitarse la máscara para que su madre pudiera ver su rostro destrozado.
--Um… pues yo sí. Estoy hambrienta.
Inés hizo sonar una campanita y de repente apareció una criada.
--¿Deseáis algo, mi señora?
Balduino se fijó en la criada. El rostro de aquella muchacha le resultaba familiar.
--Tráeme unos aperitivos y una copa de vino para mi hijo.
--No. Yo no quiero nada.
La muchacha dirigió su mirada hacia él. Sus ojos reflejaban miedo. A Balduino no le hizo falta preguntárselo, supo que el miedo que tenía aquella sirvienta era por él. Seguramente era nueva y nunca lo habría visto el rostro enmascarado de su rey.
--Ahora mismo lo traigo, mi señora.
El rey se quedó pensando donde habría visto aquella chica. La imagen vino a su cabeza. La imagen de un tarde en que su viejo caballo tenía sed y paró en un pozo donde una bella muchacha le ofreció agua.
--¿Por qué me has llamado, madre?
--Hacia tiempo que no te veía.
--No hace falta que me mientas. Te conozco muy bien. ¿Qué pasa?
--Nada en especial.
- -Madre…- regañó el rey.
--Veo que contigo no se puede jugar.
--¿Aun no te habías dado cuenta? Vamos… ¿Qué quieres pedirme?
--Es solo una pequeña petición.
--¿Sobre que?
- - Sobre… sobre tu hermana Sibila.
Sibila… Hacia casi cinco meses que no la veía. Y la última vez que la vio fue solo por cinco minutos cuando los dos se cruzaron en el pasillo dirigiéndose a sus habitaciones. Intercambiaron unas cuantas palabras y luego Sibila lo cortó y se metió en sus aposentos.
--¿Qué pasa con ella?
--Nada en especial.
--¡Ya está bien de rodeos, madre! ¡Dime ya lo que me tengas que decir!
--Bueno…
--¡¿Qué?!
--¿Hijo mío, no crees que Sibila lleva demasiado tiempo viuda?
Balduino supo enseguida que quería pedirle su madre.
- - No me digas más… Vas a pedirme permiso para que deje que Sibila se case con otro hombre. ¿Verdad? ¿De quien se trata?
- - De Guy de Lusignan.
¿Guy de Lusignan? ¿Aquel hombre había elegido su madre para su hermana? El rey no se lo pudo creer. Guy de Lusignan había conseguido varías riquezas en aquella estancia de dos años en Jerusalén, pero también había conseguido muchas enemistades por su mal comportamiento, por creerse que nadie mandaba más que él y por sus habladurías. Pero con los templarios fue todo lo contrario. Había conseguido ganárselos y así fue como consiguió tener un alto rango. Pero al rey nunca consiguió ganárselo.
- - Me sorprende que me preguntes estás cosas, madre- dijo enfadado-. ¿Por qué me pides permiso si luego haces lo que se te da en gana?
--Porque antes necesito tú permiso como rey.
--Aunque no tuvieras mi permiso, casarías a Sibila igualmente. ¿Acaso crees que no sé las que te traes con Guy?
La sirvienta los interrumpió. Se la notaba nerviosa con la presencia del rey. Por eso cuando la muchacha fue a dejar el plato en la mesa sin querer le dio un golpe al brazo de Balduino.
--Perdonad, mi señor. ¿Os he hecho daño?
--No, tranquila. Haces años que no siento dolor. Gracias, Amira. Puedes retirarte.
--¿Cómo sabéis mi nombre?- preguntó la muchacha sorprendida-. No os lo he dicho.
--¡Amira, ten más respeto!- le regañó Inés-. ¡Una criada nunca debe pedirle explicaciones a su señor!
--Perdonad, majestad- dijo arrepentida.
Balduino la miró a los ojos. Por un momento pareció que la chica los reconoció. Pareció que la criada había reconocido los ojos azules de aquel chico que le pidió agua para su caballo.
--Tranquila, Amira. Mi madre a veces exagera. Puedes retírarte.
Y con una reverencia la muchacha salió de la habitación aun con la duda de aquellos ojos.
--Bueno… madre. Volvamosdonde nos habíamos quedado. Me pedias permiso para casar a Sibila con Guy de Lusignan.
--¿Y cual es tu respuesta?
--La misma que te di cuando a Guillermo de Monferrato. Sibila se casará con Guy si ella quiere.
--¿Y quien debe preguntárselo? ¿Tú o yo?
--Pregúntaselo tú. Dado que se sentirá más cómoda contigo que conmigo.
--Como quieras.
Balduino se levantó de la silla.
--Espero pronto su respuesta.
La respuesta llegó como un año de fiebres para Balduino. Sibila había aceptado la propuesta de Guy. Bastante tubo que soportar el rey cuando su hermana aceptó su primera propuesta de matrimonio, y ahora debía de soportar esto. Desde luego Guillermo era un santo al lado de Guy. Balduino prefería más a su difunto cuñado. Guy de Lusignan no se merecía a Sibila.
La pareja de comprometidos, junto a Tiberias, visitaron al rey. Balduino agradeció tener la máscara para que nadie pudiera ver su cara de asco que hizo al ver a Guy cogido de la mano de su hermana.
--Mi señor…- saludó Guy haciendo una reverencia-. Hoy os veo con mejor cara- dijo en tono burlesco.
Sibila y Tiberias lo miraron enfurecidos.
--¿Este tío es tonto? Que patada le daba en la boca- dijo Balduino muy bajito para que no oyeran sus palabras.
- - Es un honor para mí que hayáis aceptado mi propuesta de matrimonio con su hermana- continuó Guy.
- - Al principio me costó mucho en aceptarla- contestó Balduino como venganza de lo de antes-. Pero vos mismo conocéis a mi madre. Si hubiera dicho que no, de todas formas os hubierais casado con ella.
--¿Y que dijisteis?
- -Mejor que no lo sepas. Si te lo dijera me retirarías la palabra.
Tiberias no pudo evitar hacer una sonrisa. Guy no podía con Balduino.
--Espero que la tratéis bien, Guy. Si no, os tendréis que ver conmigo y con todo Jerusalén. Y ya os digo que es demasiada gente para una sola persona.
--La trataré bien, majestad.
--Eso espero. Ahora… si nos os importa a ti y a Tiberias, me gustaría hablar a solas con mi hermana.
Con una reverencia de los dos y con una cara de desagrado de Guy, los dos se marcharon dejando a los hermanos solos.
--¿Vas a salir corriendo o vas a hablarme?- preguntó Balduino con un tono burlesco.
Sibila se quedó un poco molesta con aquel cometario.
--Perdóname, hermano.
--¿Perdón? ¿Por qué?
--Por estos dos años. Por no haber venido a verte.
--¿Y por qué no lo has hecho?
--Porque no soporto verte así.
--Antes venías a verme con un estado desfavorable por las fiebres. Esa excusa no me vale. ¿Por qué es? ¿Por qué tienes miedo a que te contagie?
--¡No! ¡No es por eso!
--¿Entonces, por qué es?
- - Porque no soporto verte con esa máscara. Yo hubiera sido capaz de afrontar tu rostro destrozado por la enfermedad. Estaba dispuesta a hacerlo, porque era el rostro de mi hermano. Era un rostro horrible, pero era el tuyo. Ahora yo no veo a mi hermano. Solo veo una máscara de plata escondiendo a alguien a quien quiero más que a mi vida. Al no verte, Balduino, te tengo miedo.
--Sigo siendo yo.
--Si siguieras siendo tú, no me separaría ni un segundo de ti aunque me llevara al riesgo de contagio. No soporto mírate así.
Balduino se levantó de su silla y se dirigió hacia su escritorio.
--No tienes que pedirme perdón por tener miedo de mí. Es algo inevitable.
--No tengo miedo de ti. Tengo miedo de la máscara y de la muerte. De que se te lleve la muerte.
--Siempre tenemos que tener respeto a la muerte, no miedo.
--Pues yo no consigo hacerlo.
--Eso se puede solucionar.
Balduino cogió una pequeña cajita de su escritorio y se la entregó a Sibila.
--¿Qué es esto?
--Mi regalo de bodas.
La princesa abrió la cajita y se encontró con un precioso anillo de oro.
--Sé que toda tu vida te han gustado los anillos. En especial los raros. Lo vi y pensé en ti. No pude evitar comprarlo a aquel mercader que me visitó. Me dijo que este anillo tiene una especie de poder. Un poder que hace que respetes a la mismísima muerte, para cuando llegue la tuya o la de algún ser querido. Lo vi adecuado para ti porque sé que mi vida no durará mucho.
--No digas esas cosas.
--¿No te gusta? El anillo, digo.
--Es precioso. Lo llevaré siempre.
--Y esto… es para mi querido sobrino.
Los dos se acercaron hacia el escritorio donde encima había un baúl.
--¿Qué es?
--¿No lo reconoces? Ábrelo y lo reconocerás.
Cuando Sibila lo abrió se encontró con la gran sorpresa, de que lo que había en su interior eran los soldados de metal de su hermano con los cuales tanto habían jugado.
--¿Te acuerdas?
--¿Cómo no me iba a acordar? Cada dos por tres estábamos jugando con ellos.
--Quiero que los tenga Balduino. Para que disfrute tanto como disfrutamos nosotros. Dile que son de parte de su tío.
--¿Sabes? Me pregunta mucho por ti. Tiene muchas ganas de conocerte.
- - Y yo… Pero no es buena idea. Ya me parece mal que tenga sus aposentos al lado de los míos. Hay demasiado riesgo.
--Solamente quiere verte una vez. Para saber como eres.
--¿Para ver a un hombre enfermo con máscara? Como tú dices, no vería a su tío sino a una máscara ocultando a su tío.
- -Gracias por los dos regalos. A tú sobrino le hará mucha ilusión. Tal vez venga alguna tarde para jugar una partida de ajedrez contigo. Hace años que no jugamos. Intentaré hacer un esfuerzo.
--No vengas si tienes que sentirte incomoda. Prefiero que estés contenta sin mí que triste a mi lado.
--¿No te has enfadado conmigo por haber aceptado a Guy?
--No. Me es imposible enfadarme contigo. Además me hubiera pasado lo mismo que en cuando Guillermo, que cuando te vi toda vestida de blanco y tan hermosa se me quitó el enfado.
--Perdona si no vengo más a verte. Es que odio esa máscara.
--Al menos ahora tengo una explicación de por que no vienes.
Otra vez está viendo Balduino desde los pies del altar como se casaba su hermana. Aunque esta vez no la había conducido él hacia el altar, sino Godofredo. Su gran alegría fue que pudo ver a su sobrino, intercambiar palabras con él y tenerlo a su lado durante toda la ceremonia. Muchos estaban sorprendidos de ver de nuevo a su rey, pero lo que más les sorprendía era su nuevo aspecto.
- - Sí quiero- afirmó la princesa.
Otra vez había vuelto a perder Balduino a su hermana por un hombre que no le llegaba ni a la suela del zapato. El rey lo tenía claro, si Guy no hacia feliz a su hermana, el mismo se encargaría de anular aquel matrimonio. Tenía mucha gente de su parte.