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La máscara de Balduino. — capítulo 15

Jerusalén, 1184.

La princesa entró en sus aposentos y se encontró a su hijo jugando con sus soldados de metal. Se quedó mirándolo con un brillo en los ojos. Su hijo se parecía tanto a su hermano.

A poco a poco se acercó hacia él y lo sorprendió por detrás.

--¿Cómo está el niño de mis ojos?

--Bien, mamá… Estoy jugando con los solados. Godofredo me ha enseñado a rodear al enemigo.

--¿Godofredo te ha enseñado?

--Sí. Me lo encontré cuando salía de los aposentos del tío y le pedí que jugara conmigo. Dice que pronto me enseñará a manejar la espada.

-          -Me alegro, Balduino. ¿Quieres que mamá juegue contigo?

--¿Tú sabes jugar con los soldados?

--Claro que sí, mi cielo. Yo jugaba cuando era pequeña con estos soldados junto a tu tío.

El niño cogió un jinete y se lo enseñó a su madre.

--Este es mi favorito. ¿Cuál es el tuyo, mamá?

Sibila se emocionó cuando su hijo le mostró su jinete favorito. También era el favorito de su hermano.

--Pues el mio era… este.

La princesa le enseñó a su hijo un soldado a pie con un escudo en una mano y una espada en la otra.

-         - Godofredo me ha enseñado a recrear la batalla de Montgisard. ¿Quieres que recreemos esa?

--¿Quieres esa?

--Sí.

--Como quieras.

--Bien… El sultán Saladino junto a su ejercito avanzaban por una barranco próximo a Montgisard- contaba mientras avanzaba los soldados- Mamá, avanza esos soldados también.

--De acuerdo- dijo avanzando los soldados-. ¿Y que viene después?

--Con seiscientos caballeros el rey Balduino IV sorprendió al ejército del sultán por detrás. Yo avanzo al rey y tú al ejército.

El pequeño movía al rey e iba volcando a todos los del ejército de Saladino. Sibila simplemente lo observaba. Se imaginaba a su hermano en medio de aquella batalla montado a su caballo y con la espada en la mano.

-         - ¡El ejército de Saladino ha sido aniquilado! Los dos jefes firman un acuerdo de paz y el rey Balduino entra glorioso a Jerusalén. ¿Mamá, yo también ganaré una batalla así como el tío?

--Balduino, las guerras no son buenas. Es mejor mantener la paz que tiene ahora tu tío.

--El tío ya lleva mucho tiempo enfermo. ¿Cuándo se curará?

--No… no lo sé, mi cielo.

--Yo quiero que se cure ya.

--Y yo también.

Sibila abrazó a su hijo y le dio un beso en la frente.

--Tú tranquilo, cariño. Que tu tío hará todo lo posible para que seas un buen rey.

Balduino alargó el brazo al médico para que le quitara el vendaje para poder curarle las heridas. Con una esponja el médico fue poniéndole los ungüentos.

--¿Cómo me ves las heridas? ¿Peores o mucho peores?

--Iguales, mi señor.

--Eso es de alegrarse.

--Le voy a poner ya el vendaje y por hoy hemos terminado.

El médico le volvió a poner el vendaje al rey y luego le dio un frasquito.

--Bébase ese brebaje, mi señor. No tiene buen sabor, ya le aviso.

--Ninguno de los medicamentos que me he tomado han tenido buen sabor. Parece veneno todo lo que me dais.

-          -Majestad… ¿Usted no sabe que "lo que no mata engorda"? ¿Acaso se ha muerto usted?

--No. Pero tampoco he engordado.

El doctor soltó una carcajada.

--Bébaselo, mi señor- dijo recogiendo sus cosas-. Mañana volveré a verlo.

--Que tenga un buen día doctor.

Cuando Balduino se quedó solo, se quitó la máscara y se bebió el brebaje. Casi vomitó. Aquella cosa tenía un sabor horrible. Lo peor que le habían dado.

Se volvió a poner la máscara y se fue a jugar una partida al ajedrez en solitario. Apunto de terminar la partida, Godofredo entró junto a un mensajero.

--Majestad, este mensajero le trae una carta- informó el barón.

El mensajero se la entregó a su rey y con una reverencia se retiró. Godofredo se sentó en la silla enfrente de Balduino.

--¿No la lees?

--¿Eh…? Ah… Sí claro.

Balduino abrió la carta y empezó a leer. Ya llevaba más de cinco minutos sin quitar la vista de la carta cuando Godofredo empezó a preocuparse.

--¿Malas noticias?

No hubo respuesta.

--¿Balduino…? Te estoy hablando. ¡Ey…! ¿Me contestas?

A poco a poco el rey levantó la vista de la carta. Tenía los ojos como platos.

--¿Balduino, que pasa?

--Rayo de Sol viene a verme.

--¿Rayo de Sol? ¿Balduino, te encuentras bien?

Godofredo se encontró con el frasquito del brebaje.

--¿Qué es esto que te han dado?- dijo olisqueándolo.

--Godofredo…

--¿Qué?

-         - Sherezade viene a Jerusalén.

El barón abrió los ojos como platos.

--¿Sherezade? ¿Tu prometida?

--No. Mi prometida, no. Sherezade a secas. Dejó de ser mi prometida hace catorce años.

--¿Y dice que viene a verte? ¿Cómo es posible?

--No me lo explica. Simplemente dice que quiere venir a verme.

--No he oído hablar de ella en estos últimos años. ¿Su padre viene también?

--No lo menciona.

--¿Estás contento de que venga?

--Sí, porque tengo ganas de verla. Y no, porque no tengo ganas de que me vea.

--Le voy a informar a Sibila de esto. Seguro que se alegra. Las dos eran como hermanas.

--Sí. Infórmala y dale recuerdos míos. A ella y a mi sobrino.

--Por supuesto. Te dejo solo. Me pasaré más tarde a verte.

Cuando Godofredo se fue Balduino volvió a leer la carta. Con el dedo repasó el nombre de Sherezade. No podía creerse que la volvería a ver. Balduino nunca se había enamorado, nunca había llegado a pensar en mujeres, nunca había recibido un beso de una mujer ni su tacto, nunca había sentido deseo por una y también creía que nunca alguna chica se había llegado a enamorar de él. ¿Quién iba a enamorarse de un leproso por muy guapo que fuera? Si alguna vez alguna chica sintió algo por él fue porque ella no sabía nada de la enfermedad.

--Sherezade…- no se cansaba de repetir ese nombre.

La caravana divisó las murallas de Jerusalén. La joven no pudo evitar emocionarse. Tenía tantas ganas de llegar a palacio.

--Mi señora, ¿recuerda este sitio?- preguntó el guardia.

-          -Como olvidarlo, Hadi. Allí vive la persona por la que he venido.

--¿Aligero la marcha?

--Sí, quiero llegar cuanto antes.

--Sí, mi señora.

Aligeraron la marcha y pronto llegaron a palacio. El mariscal de la ciudad los recibió.

--Mi señora- saludó.

La joven desmontó de su caballo y se fue corriendo a abrazar al mariscal.

--¡Tiberias…! ¡Cuánto me alegro de volver a verte!

--Y yo, Sherezade.

El barón de Ibelin también se acercó a saludar a la recién llegada.

--Sherezade- saludó Godofredo.

La joven se apartó de Tiberias y se fue a abrazar al otro hombre.

--¡Dios mio! ¡Godofredo…!

--Nuestra Sherezade. Nuestra pequeña reina.

--No soy reina.

--Para mí y Tiberias siempre lo has sido.

Sherezade le dio un beso a Godofredo en la mejilla.

--Ven a dentro, Sherezade. La princesa está esperándola.

--¿Y… hay alguien más que me espera?

--Te espera. Pero no te hagas ilusiones de encontrártelo. Él ha cambiado.

--No le digáis que he llegado. Quiero darle una sorpresa.

--Como queráis, mi señora.

Sherezade y los dos hombres se reunieron con Sibila. Cuando las dos jóvenes se vieron se abrazaron y soltaron algunas lágrimas.

--Que ganas tenía de abrazarte, Sibila.

--Pues anda que yo. ¿Cómo estás? Hace tanto tiempo que no se de ti.

--Bien… Muy feliz de estar aquí.

--¿Y tú padre? ¿Por qué no ha venido?

--¿Mi padre? Sibila… Mi padre murió hará cuatro meses.

--Oh… cuanto lo siento. ¿Cómo fue eso?

-         - Ya era un hombre mayor, ya era hora de que descansara, lo estaba pasando mal. No me alegro de que haya muerto, pero mejor que sea así porque era la única forma de venir a veros.

--¿Por cuanto tiempo quieres quedarte?

--Esperaba quedarme por una larga temporada, si no os molesta.

--¿Molestarnos? Si por mí fuera no te irías nunca.

--¿Cómo… como está tu hermano?

-         - Mi hermano… mi hermano… No te voy a engañar, Sherezade. Mi hermano está muy mal. No esperes encontrártelo como antes. Balduino ha cambiado mucho.

--Todos me decís lo mismo. ¿Tanto ha cambiado?

Sibila no le contestó. Cuando Sherezade agachó la cabeza se encontró con un niño que la miraba. No podía creérselo, aquel niño se parecía tanto al niño con el que ella soñaba todas las noches.

--¿Quién es este niño tan guapo?- preguntó Sherezade.

--Es mi hijo. ¿Los dos se parecen, verdad?

Sherezade se arrodilló delante del pequeño. Lo miró detalladamente.

--Es idéntico a él- afirmó.

--¿A quien, madre?- preguntó el niño extrañado.

--A… A tu tío, cariño- le contestó Sibila.

--¿Ah, sí?

--¿Cómo te llamas pequeño?- preguntó Sherezade.

--Balduino.

--¿Balduino?- su mirada se dirigió hacia Sibila- Le has puesto su nombre.

--¿Querrás ir a verlo, no?- preguntó la princesa.

-         - Estoy ansiosa por verlo.

Sibila la ayudó a que se pusiera de pie y la cogió de las manos.

--Sherezade, por favor… no te derrumbes cuando lo veas. Él no lo soportaría.

--Por nadadel mundo lo rechazaría. Aceptaré como está.

La acompañaron hasta la puerta de la habitación del rey, luego ella continúo el camino sola.

Los recuerdos se echaron encima de ella. Recordaba como cada día pasaba por aquel pasillo lleno de antorchas que llevaban hacia aquella habitación donde su prometido la esperaba para jugar, recordaba aquel aroma a incienso, aquellos arcos que daban hacia aquel patio lleno de pavos reales, todas aquellos jarrones de la mejor cerámica que tanto cuidado tenía de no romper, aquella estatua de un jinete que le daba miedo porque parecía que era real y todas aquellas lámparas de oleo que daban un toque muy oriental a los aposentos. Todo ello conducía hacia una sola persona.

Sherezade lo buscaba con la mirada hasta que al fin se encontró con él. Estaba de espaldas a ella al lado de una antorcha intentando leer un documento.

--Balduino…

El hombre se dio la vuelta. La joven no pudo contener su mirada de sorpresa. Le habían dicho que había cambiado de aspecto, pero no le habían dicho nada de la máscara.

Balduino estaba inmóvil mirándola con los ojos como platos. Sherezade echó a correr a abrazarlo. El rey seguía estando inmóvil. Estando abrazada a él aspiró su aroma, un aroma que había cambiado, antes era un aroma a incienso y ahora era una mezcla de incienso y hierbas de los ungüentos que le ponían.

Sherezade se apartó un poco de él y lo miró a los ojos. Unos preciosos de color azul que nunca cambiaban. Balduino seguía paralizado.

--¿No me reconoces, Balduino?

--¿Eh…?

La joven empezó a llorar de la emoción de volver a verlo.

--¿Sabes quien soy?

Balduino no podía hablar. No podía creerse que fuera ella. Sherezade se había vuelto una mujer preciosa, de igual belleza que Sibila. Sus ojos seguían igual de negros, su pelo igual de largo y castaño y de altura era más o menos como Sibila.

--¿Me vas a hablar o que?- dijo secándose las lágrimas.

--Hola… Rayo de Sol.

La joven empezó a llorar de nuevo. Rayo de Sol. Solo él la llamaba así. Tenía tantas ganas de escuchar su voz y que pronunciara aquellas palabras.

--Balduino… He soñado cada noche con volver a verte.

--Bueno… no creo que con esto que llevo me veas mucho.

--¿Por qué llevas esa máscara?

--Es mejor la máscara que lo que oculta.

-         - Mentira, porque te oculta a ti. Y tú eres lo mejor de este mundo.

--Eso es pasarte un poco.

Sherezade le dio un beso en la mejilla de la máscara. Balduino se volvió a quedar paralizado. No había recibido un beso así desde sus dieciséis años.

--¿Cómo es que has querido venir?

--Tenía ganas de volver a veros.

--Ah… ¿Y tu padre?

--Murió hace cuatro meses.

--¿Abdel Alim muerto?

--¿Cómo es la vida, verdad?

--Dímelo a mí.

Sherezade le puso la mano en la mejilla de la máscara.

--¿Estoy bastante cambiado, verdad?

--Solo de aspecto. De lo demás… sigues igual.

--No. Ahora soy más borde.

-         - Siempre has sido borde.

Soltaron una carcajada y se quedaron en silencio mirándose.

--Todo el mundo habla de ti, Balduino.

--No es de esperar.

--No por la enfermedad, si no por lo buen rey que eres. E incluso antes me hablaban de lo apuesto que eras. Pero siempre tenía tu imagen de cuando eras niño.

--Pues quédate siempre con esa imagen. No con la que tengo ahora. Esta deberías odiarla.

--¿Odiarla? Yo nunca podré odiar nada tuyo.

Balduino hizo una sonrisa pero la mascara no dejó que Sherezade la viera.

--¿Cuánto tiempo vas a quedarte?- dijo cogiéndola de las manos.

--Todo el tiempo que tú quieras.

--Pues no te vayas nunca.

-         - Pues nunca te dejaré solo. Nadie ni nada hará que me vuelva a separar de ti.

Los dos volvieron a abrazarse y se quedaron un buen rato así.

Y allí estaban, Balduino y Sherezade, los que iban a ser reyes de Jerusalén, pero que por culpa de la enfermedad del chico nunca llegaron a casarse. Hubieran sido una pareja muy bonita, dos jóvenes y guapos reyes que se querían demasiado.