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La máscara de Balduino. — capítulo 22
Jerusalén, 1186.
--He aquí vuestra legítima reina y heredera al trono de Jerusalén- volvió a decir el obispo mientras le ponía la corona en la cabeza.
--¡Viva, viva, viva!- respondieron los presentes.
- - Yo Sibila, por la gracia del Espíritu Santo…- empezó Sibila mientras cogía la corana del rey- otorgo la corona, a Guy de Lusignan, el hombre que ha sido mi esposo. Que con la ayuda de Dios será un buen rey para sus súbditos.
Guy se sentó en el trono y Sibila lo coronó.
--¡Larga y prospera vida al rey!- exclamó el obispo.
--¡Larga vida al rey!- exclamaron los presentes.
--Larga vida al rey- contestó Tiberias serio y con pocas ganas.
El primer mandato que hizo Guy como rey fue enviar a unos Templarios a matar a Balian. Su segundo mandato fue ir a ver a Reinaldo de Chatyllon que aun permanecía encerrado.
--¿El niño está en el cielo?- preguntó Reinaldo.
--Sí.
--Su madre tiene más aplomo que yo.
--Está en la cripta y no saldrá de allí.
--¿Los templarios han matado a Balian?
--Sí. Reinaldo, dadme una guerra- le dijo mientras le entregaba una espada.
--Eso sé hacerlo.
Reinaldo junto a los templarios atacaron a una caravana de sarracenos donde viajaba también la hermana de Saläh ad-Din.Acabó con toda la caravana y para provocar una verdadera guerra también acabó con la hermana del sultán.
Cuando Saladino se enteró envió enseguida un emisario a Jerusalén. Guy junto a la corte lo recibió en el patio del trono.
--Salam Aleikum- saludó el rey.
--Aleikum Salam- respondió el mensajero.
--Hablad- dijo Guy con tono arrogante.
--El sultán exige la devolución del cuerpo de su hermana, la cabeza de los responsables y la rendición de Jerusalén.
Todos los presentes empezaron a murmurar entre ellos.
--¿Ah, sí?- continuó Guy con su tono de arrogancia.
--¿Qué respuesta mandáis a Saläh ad-Din?- preguntó el mensajero un poco atemorizado.
El rey bajó los escalones hasta estar a la altura del otro hombre. Cuando llegó a la altura se sacó un pequeño cuchillo del cinturón.
--¿Esta?- dijo.
Y enseguida le clavo el cuchillo en la garganta al mensajero.
La guardia de Jerusalén y los Templarios se enzarzaron uno entre otros. Pero no llegaron a pelear.
Guy cogió su espada y le cortó la cabeza al mensajero haciendo que llegaran las gotas de sangre a Tiberias. El mariscal se levantó y sacó también su espada.
--Llevad la cabeza a Damasco- les dijo Guy a los guardias que acompañaban al mensajero.
A duras penas los dos guardias sacaron el cuerpo de su compañero a rastras. Guy subió los escalones y se situó ante el trono. Entonces recordó aquella frase que un rey anterior a él dijo en una ocasión. Una frase que le llegó de verdad y deseo llegar a decirla alguna vez.
--Yo soy Jerusalén.
Alzo su espada en el aire.
--¡Reunid al ejército!
Todos los presentes gritaron en aprobación de aquella decisión.
El ejército esperaba a las puertas de la ciudad a que el rey diera la orden de marchar.
Guy estaba reunido en una tienda.
--Esta asamblea de barones y de todo Jerusalén está completa- empezó Guy-. Puede que alguno de nosotros no esté de acuerdo con nuestro proceder, pero así es la guerra.
Tiberias giró la cabeza al oír el sonido de unos cascos de caballo. Se llevó la gran sorpresa de que aquel jinete era un buen conocido suyo.
--Y yo soy…- Guy se paró en seco al ver a Balian-. El rey.
El rey estaba furioso de volver a verlo. Pensó que los templarios habían aniquilado al muchacho y al verlo se llevó una gran decepción.
--¡Partiremos de inmediato!- continuó Guy-. ¿Quién lo aprueba?
Casi todos los presentes alzaron la mano en señal de aprobación.
--No- contradijo Balian-. Si debéis librar una guerra, este ejército no puede alejarse del agua. Así será posible mantener la ciudad. Pero si partís en busca de Saläh ad-Din, el ejercito quedará destruido y la ciudad indefensa.
--Cuando quiera que un herrero me aconseje de materia de guerra, te lo diré- le dijo el rey.
--Saläh ad-Din quiere que partáis. Está esperando a que cometáis ese error. Conoce a su presa.
--¡Acabemos con los enemigos de Dios!- dijo un jefe Templario.
--¡Y eso haremos!- le contestó Guy.
--Pues hacedlo, sin mis caballeros- le informó Tiberias.
--Entonces la gloria será para mí. Vos tuvisteis la vuestra hace muchos años. Ha llegado mi momento.
Balian y Tiberias se retiraron a observar como el ejército partía.
- - Tiberias- le llamó Balian-. Cuando Saläh ad-Din acabe con Guy vendrá aquí. Hay que preparar las defensas.
--El niño ha muerto- le informó Tiberias. Al parecer el joven aun no se había enterado de la muerte del pequeño.
--¿Guy?- preguntó pensando que el marido de Sibila había sido el causante.
--No. Padecía lepra como su tío. Ella le dejó partir. Le dio la paz.
Tiberias volvió a mirar al ejército y pensó que esto no habría pasado con Balduino IV aquí.
--El rey ha muerto. Y Jerusalén, se fue con él- dijo pensando un en su antiguo monarca.
Balian quiso ir a hablar con Sibila. Supo enseguida que estaba en la cripta velando a su hijo. Se la encontró sentada en el suelo al lado del ataúd, con el pelo suelto sin ningún adorno como solía llevar y con los ojos morados de llorar y de no dormir.
--Cuando venga Saläh ad-Din, no habrá defensa posible- empezó la reina-. Salva al pueblo del error que he cometido- le suplicó.
--Lo haré.
El ejército avanzaba bajo el sol de justicia. No había agua y no paraban a descansar. Los soldados estaban agotados. Iban arrastrando las espadas y los escudos. Ya habían que caían al suelo muertos.
El ejército de Saladino los divisó. El sultán está vez no había cometido un error.
--Alá lo ha dispuesto- anunció uno de los jefes.
El sultán mandó atacar al ejército.
Tiberias se reunió con Balian en unas de las murallas de la ciudad.
--¿Puedes percibirlo?- preguntó el joven.
--No han enviado mensajeros.
Y supieron el destino del ejército.
Los hombres del sultán retiraban los cadáveres y los apilaban. Todos los hombres del ejército cristiano habían sido destruidos. Los únicos que quedaban en pie eran Reinaldo y Guy, que estaban reunidos con Saladino.
Un jefe llenó una copa con hielo, que pronto se convirtió en agua. Se la entregó a Saladino para que este se la diera a Guy. Este último la cogió, pero no se fio y se la entregó a Reinaldo cuyo se la bebió de un trago.
--Siempre apetece beber agua- añadió.
Saladino lo miró furioso.
--No te he dado la copa a ti- le advirtió.
--No, mi señor.
Un hombre de Saladino le acercó por detrás una espada. El sultán se dio la vuelta para cogerla, pero en vez de ello cogió el cuchillo del cinturón y al darse la vuelta degolló a Reinaldo. Los criados se lo llevaron a fuera de la tienda. Saladino terminó su tarea decapitando a Reinaldo. Luego limpio la sangre de su espada y se acercó a hablar con Guy.
--Un rey no mata a otro rey- le dijo a su enemigo-. ¿Estar tan cerca de un gran rey, no os enseñó su ejemplo?
Aquello le sentó a Guy como una patada en el estomago. Nunca había sentido simpatía por su cuñado. Y ahora que el propio enemigo de los dos le dijera que era peor rey que su anterior enemigo, ya era demasiado para él. Siempre supo que Saladino tenía un gran respeto a Balduino, un respeto que a él le daba igual pero ahora que oía aquello le hubiera gustado tener.
Tiberias junto a sus caballeros y Balian fueron en busca de su ejército. Y lo que se encontraron fue horrible. Aquello era una carnicería. Miles de cadáveres apilados en suelo eran devorados por buitres. Detuvieron sus caballos enfrente de las cabezas clavadas en estacas de los jefes del ejército. La de Guy no estaba y supusieron que Saladino lo tenía como preso. La de Reinaldo sí estaba.
--He dado a Jerusalén toda mi vida- le dijo Tiberias a Balian decepcionado-. Todo. Primero creí que combatíamos por Dios. Luego comprendí que combatíamos por riquezas y por tierras. Y sentí vergüenza.
El mariscal dio media vuelta a su caballo.
--Tiberias- lo llamó Balian para que no se fuera.
--Para mí ya no existe Jerusalén. Me voy a Chipre. ¿Vienes conmigo?
--No.
--Eres hijo de tu padre. Saläh ad-Din atravesará el desierto de una punta a otra. Tienes cuatro días. Tal vez cinco.
Tiberias le dio un golpecito en la espalda al joven en señal de ánimos.
- - Que Dios esté contigo. A mí ya no me acompaña.
El mariscal replegó a sus caballeros y empezó a marchar. Sabía que el último deseo de su señor era que no abandonara a su hermana en aquello. Miró al cielo pidiendo perdón, pero sabía que Balduino lo entendería.
Balian se puso en marcha hacia Jerusalén. Debía llegar antes que Saladino.