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La máscara de Balduino. — capítulo 23
Jerusalén, 1186.
Balian consiguió llegar antes que Saladino. Todo el ejército estaba en sus manos dado que era el único barón y caballero que se encontraba allí. Y como quiso el rey, él seria el que dirigiría el ejército cuando se libraran de Guy de Lusignan, y ya que este último estaba preso por Saladino, pues no había nadie más que Balian.
El joven empezó a prepararlo todo. Mando hacer montoncitos de piedras y pintarlas de blanco así que cada cien pasos que avanzaba el ejército del enemigo, poder actuar.
Mientras calculaba los pasos desde la muralla divisó un jinete no conocido.
--Están aquí- avisó Balian.
--Tan solo es un jinete- observó su compañero.
--No. Están aquí.
Mientras Balian daba las órdenes a los soldados el obispo se acercó a él.
--Debemos abandonar la ciudad.
--Decidme cómo, señor obispo.
- -Con los caballos por una puerta menor.
--¿Y el pueblo?
--Es una desgracia para el pueblo, pero es la voluntad de Dios.
El joven lo miró furioso y pasó de él completamente. Entonces se acercó a hablar con la gente y los soldados. Todo el mundo se quedó en silencio para escucharlo.
- - Nos ha correspondido defender Jerusalén y lo hemos preparado todo, tan bien como hemos sabido. Ninguno de nosotros conquistó esta ciudad a los musulmanes. Ningún musulmán del gran ejercito que se acerca había nacido cuando perdieron esta ciudad. Combatimos por una ofensa que no infligimos, contra aquellos que no vivían para sentirse ofendidos. ¿Qué es Jerusalén? Vuestros santos lugares yacen sobre el templo judío que los romanosderribaron, y los de los musulmanes yacen sobre los vuestros. ¿Que es más sagrado? ¿El muro? ¿La mezquita? ¿El sepulcro? ¿Quién tiene más derecho?Nadie tiene más derecho. ¡Todos lo tenemos!
--¡Eso es una blasfemia!- exclamó el obispo.
- -Callaos- le reprochó unos de los caballeros de Balian.
--Defendemos esta ciudad, no para proteger estas piedras- continuó Balian-. Sino quienes habitan entre estas murallas.
Así termino su discurso. Todo el mundo se quedó con la boca abierta. Incluso Sibila que lo observaba desde un sitio seguro de la muralla se sintió con orgullo. Sola había oído a una persona hablar así, una persona de tan solo dieciséis años que en una batalla que se tenía por perdida, consiguió transmitir valor a sus soldados y así ganarla. Entonces sintió mucha añoranza hacia su hermano. Pero se sintió alegre de que no estuviera allí para que no viera como su ciudad tan querida iba a ser destruida en poco tiempo.
Otra vez el obispo se acercó a hablar con Balian.
--¡Mi señor!- lo llamaba-. ¡Mi señor! ¡Mi señor!
El joven se dio la vuelta para escucharlo.
--¿Cómo vais a defender Jerusalén sin caballeros?- le preguntó al joven barón-. No tenemos ninguno.
--¿De veras?
El obispo asintió con la cabeza. Balian empezó a mirar hacia su alrededor hasta detenerse en un muchacho.
--¿Cuál es tu condición?- le preguntó.
--Soy sirviente del patriarca.
--Es uno de mis criados- aclaró el obispo.
- - ¿Es así? ¿Naciste sirviente?
El muchacho asintió con la cabeza.
--De rodillas- le ordenó el barón-.
El muchacho se puso de rodillas.
--¡Todos los hombres de armas o los que sean capaces de blandirlas, arrodillaos! ¡Arrodillaos!
Casi toda la gente de alrededor se puso de rodillas.
--No mostréis temor al enfrentaros al enemigo- empezó el juramento Balian-. Sed valientes y rectos para que Dios os ame. Decid la verdad aunque os conduzca a la muerte. Proteged a los indefensos. Este es vuestro juramento.
Entonces le dio una bofetada al muchacho en la cara.
--Y esto es para que lo recordéis. ¡Alzaos como caballeros! ¡Alzaos como caballeros!
Toda la gente arrodillada se levantó con orgullo hacia su señor.
--¡¿Quién creéis que sois?!- gritó el obispo-. ¿Vais a cambiar el mundo? ¿Acaso armarles caballeros les hará luchar mejor?
Balian se dio la vuelta hacia él.
--Sí.
Y dejando al obispo sorprendido con la respuesta Balian se marchó a continuar con sus tareas.
El barón esperaba a las afueras de la ciudad, justo ante la puerta. Su compañero salió también a fuera a hablar con él.
- - Almaric, si sobrevivís, Ibelin es vuestro. Sois el señor de Ibelin.
Se dio la vuelta hacia su amigo y le puso la mano en el hombro.
--Lo confirmo. Sois caballero y barón de Ibelin.
--Pero es una tierra pobre y polvorienta.
Los dos soltaron una carcajada. Entonces divisaron a un jinete que se acercaba desde la lejanía.
- - No existe la victoria sin el amparo de Alá- grito el jinete con el idioma árabe.
Un guardia preparó su arco y su flecha.
--¿Mi señor?- preguntó para que Balian le diera ordenes.
--No.
--¡Que Alá esté con nosotros!- volvió a gritar el jinete en árabe.
El jinete se marchó.
--¿Cuándo?- preguntó Almaric-. ¿Cuándo atacará?
--Pronto.
Los dos entraron corriendo. Cuando subieron a la muralla se asomaron. En la oscuridad aparecieron unas luces en el horizonte. Un montón de lucecitas se acercaban por el aire aterrizando dentro de la muralla y provocando desastres. Saladino había empezado atacando con catapultas. Jerusalén no respondió al ataque, simplemente se dedicó a refugiarse, cerrar las puertas de la ciudad y apagar los incendios que provocaban las bolas de fuego de las catapultas.
--¿Por qué no responden?- preguntó uno de los jefes de Saladino.
--Aguardan- le aclaró el sultán.
Sibila ahora se encontraba en la cripta junto a su hijo. Estaba sentada en el suelo con el jinete de metal en la mano. Sintió los temblores de tierra y miró hacia los arcos que daban al exterior. Observó como un montón de lucecitas volaban por el aire e iban aterrizando poco a poco. Parecía una lluvia de meteoritos. Las lágrimas le cayeron por los ojos.
--Balduino… Ojala estuvieras aquí. Contigo este no habría pasado, hermano. Lo siento. No he sabido llevar este reino como tú. Balian tenía razón.
Volvió a mirar al jinete de metal.
--Os hecho tanto de menos a los dos. Tenéis suerte de no estar aquí.
Los ataques no pararon hasta casi el amanecer. Balian caminaba por los pasadizos subterráneos viendo como la gente se refugiaba con un gran terror.
--Solo ha sido el primer día. Pueden haber cien más- le dijo a Almaric.
--Saläh- ad Din no mostrará piedad.
--Debemos resistir. Y forzar un acuerdo.
--¿Qué acuerdo?
--Luchamos por el pueblo. Luchamos por su libertad.
Bien entrada la mañana Saladino entró de nuevo en acción.
--Apiadaos- le pidió uno de sus jefes.
- - No. No puedo.
El sultán dio una orden. Una orden que consistía en pasear a Guy medio desnudo sobre un burro y pasearlo en medio del campo de batalla. Todos empezaron a reír. Incluso los soldados de Jerusalén.
De nuevo las catapultas se pusieron en acción y a poco a poco el ejercito fue acercándose a la muralla. Esta vez Jerusalén reaccionó. Cuando Balian veía que el ejercito enemigo se acercaba a los montones piedras que había preparado el día anterior, daba la orden de contratacar con catapultas y flechas. Y así cada cien pasos que daban, atacaban. Aquel día consiguieron reprimir el ataque y tampoco dejaron que los musulmanes entraran en la ciudad.
Por la noche Saladino se reunió con sus jefes.
--¿Quién los manda?- preguntó el sultán.
--Balian de Ibelin. El hijo de Godofredo- le contestó uno de sus jefes.
- -Godofredo… Godofredo casi me mata en el Líbano. De veras. No sabía que tuviera un hijo.
--Era quien defendía el Kerak.
--Y le perdonaste la vida.
--Sí.
--Tal vez no debiste hacerlo.
--Tal vez… si hubiera tenido un maestro distinto.
Aquella noche Sibila se encerró en su habitación. Se sentó ante un espejo y cogió unas tijeras. Sin arrepentirse empezó a cortarse el cabello. En un momento le pareció ver el rostro de su hermano reflejado en el espejo. Pero no era el rostro de cuando todavía no se había puesto tan enfermo, sino la última imagen que tuvo Sibila de él, cuando le quitó la máscara y descubrió su cara marcada por la lepra.
Por la mañana empezaron de nuevo los ataques. Esta vez algunos musulmanes consiguieron llegar a la muralla y atravesarla. Pero gracias a una estrategia de Balian, derribaron todas las torres de Saladino y mataron a todo aquel hombre que se acercaba a la muralla.
--Vos no sois una monja- le dijo el hombre a la monja que le vendaba la herida de la mano.
--Somos lo que hacemos- le contestó la mujer haciéndolo reír.
--Entonces yo emprendí un largo viaje para morir por nada. ¿Qué diríais a eso?
--Diría que lo siento.
- - Y yo lo siento por vos. Reina de Jerusalén.
Mientras Balian amontonaba los cadáveres para quemarlos, el obispo se acercó a hablar con él.
--Cuando se quema un cuerpo no puede resucitar el día del juicio final- reprochó el obispo.
--Si no quemamos los cadáveres moriremos todos dentro de tres días. Dios lo entenderá, mi señor. Y si no es así… es que no es Dios. Y no hay de que preocuparse.
Y entonces Balian dio la orden de lanzar las antorchas a la montaña de cadáveres.
Saladino planeó una estrategia para poder entrar al fin a Jerusalén. Y era atacar con las catapultas a la puerta de San Cristóbal. La antigua entrada a la ciudad pero ahora estaba tapiada, y eso provocaba que el muro fuera más débil.
Balian se situó ante la puerta junto a la mayoría del ejército. Esperaban a que la puerta se derribara para atacar.
- - Cuando caiga esta muralla no habrá piedad alguna- empezó Balian su discurso-. Si bajáis los brazos vuestras familias morirán. ¡Aquí podremos quebrantar su ejército! Así que dejaremos que vengan. ¡Dejemos que vengan! ¡Venid! ¡Vamos! ¡Vamos!
Toda la gente lo aclamó.
Las catapultas consiguieron derribar la puerta y por fin el ejército musulmán pudo entrar a la ciudad. Los dos ejércitos se enfrentaron hasta casi entrada la noche. Casi todos los hombres murieron. Cuando Balian abrió los ojos se encontró en el suelo encima de cadáveres de sus compañeros.
--Mi señor- lo llamó un soldado señalándole el campo de batalla.
Balian se levantó y se asomó. Vio que unos hombres del ejército enemigo se acercaba con una bandera blanca. Entre ellos estaba Saladino.
--Van a pedir un acuerdo- informó Almaric-. Deben pedir un acuerdo.
--Convertirnos al islam y arrepentirnos- dijo el obispo asustado.
--Me habéis enseñado que es la religión, eminencia- le respondió Balian.
Entonces Balian se puso en marcha para hablar con el sultán.
--¿Entregáis la ciudad?- le preguntó Saladino.
- - Antes de perderla la reduciría a cenizas. Vuestros lugares sagrados, los nuestros, hasta el último rincón que hace enloquecer a los hombres.
--Sin duda sería mejor que la entregarais. ¿Vais a destruirla?
--Del todo. Y por cada cristiano que matéis, caerán diez sarracenos. Vuestro ejército será destruido y no podréis reunir otro. Os juro que tomar esta ciudad será lo último que hagáis.
--La ciudad está llena de mujeres y de niños. Si mi ejército muere, vuestra ciudad también.
--No os he pedido un acuerdo.
--Ofrezco a todas las personas protección hasta tierras cristianas, a todos. Mujeres, niños, ancianos, a vuestros caballeros y soldados y a vuestra reina. A vuestro rey tal como está os lo dejo a vos y que se Alá quien decida. Nadie sufrirá daño, lo juro por Alá.
--Los cristianos mataron a todos cuando tomaron la ciudad.
- - Pero yo no soy esos hombres. Soy Saläh ad-Din. Saläh ad-Din.
Balian miró como el sultán lo sonreía.
--Con estás condiciones rindo Jerusalén.
--Salam Aleikum.
--Y que la paz sea con vos.
Saladino dio media vuelta y empezó a alejarse, pero antes Balian quiso aclarar una cosa.
--¿Cuánto vale Jerusalén?
El sultán se dio la vuelta.
--Nada.
Dios unos pasos más y se volvió a dar la vuelta.
--Todo- dijo señalándose a si mismo y a su ejercito con una sonrisa.
Balian se acercó a hablar con la gente.
- - He rendido Jerusalén. Tenemos protección hasta llegar al mar. Si este es "El reino de los cielos", que se haga con él la voluntad de Dios.
Todos estuvieron de acuerdo con la decisión y aclamaron al joven.
Balian quiso ir a ver a Sibila y hablar con ella.
--El reino de tu hermano estaba aquí- dijo señalándose la cabeza- Y aquí- poniéndose la mano el corazón-. Ese reino nunca será conquistado.
--¿Qué debo hacer?- le preguntó llorando-. Sigo siendo la reina de Acre, Ascalón, Trípoli.
- - Pues decide dejar de ser reina. Y te acompañaré.