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Sesshomaru y Rin lágrimas de sangre — capítulo 14

Bueno, antes de nada, gracias a los que han participado y me han dejado comentario. También gracias a Andreco_99 por las sugerencias con el arma de Rin. Dentro de unos capítulos lo pondré en práctica. Bueno, sin extenderme más diré que el número que escogí era el 8 (mi preferido :$ ) y, por tanto, la ganadora es Melissavalarezo123. ¡Enhorabuena!

Las primeras pasasteis rozando el número, pero bueno, otra vez será. Siempre podéis imaginaros que es vuestro nombre el que está en lugar de la chica (yo lo hago, :P, jajaja no, es broma)

Aquí os dejo el especial de Sesshomaru y Melissa.

P.D: para la semana que viene tengo tres exámenes, así que sólo he podido escribir el especial. Para leer el capítulo 14 de la historia, me temo que tendréis que esperaros a la semana que viene. Lo siento :C

Y ahora, disfrutad del especial!!!


Hubo un tiempo en el que los claveles eran blancos, y la nieve caía sobre sus pétalos hasta hacerlos desaparecer en su espesor almidonado. Las aves surcaban los cielos, silenciosas, pues el frío les arrebataba las palabras de sus cantares dulces. Una época en la que no había alma que se atreviera a atravesar los bosques, ni a permanecer en la penumbra de los árboles al caer la noche. Hubo una vez una época, ahora llamada invierno…

Sesshomaru era joven, un niño. Sus cabellos largos surcaban su espalda hasta llegar casi a su cintura. Tenía las manos apoyadas en el suelo y su rostro asomaba a la orilla de un lago. Sus facciones se veían hermosas sobre el reflejo de cristal, y sus ojos, siempre amarillos, iluminaban la soledad de su alma.

Su madre pasó a su lado, y se quedó mirando el horizonte, sin prestar atención a su pequeño hijo.

-¿Por qué nunca me miras? - preguntó el chico a su madre, cansado de tanta frialdad.

La mujer albina, hermosa como el vuelo de una paloma, miró por fin al muchacho y clavó su mirada felina en los ojos amarillos del pequeño.

-No eres un chico normal, Sesshomaru - empezó la mujer - Naciste con un bello rostro, que no es propio de mortales ni de demonios.

Sesshomaru volvió a observar su cara en el agua y sonrió con suficiencia, satisfecho.

-Pero es peligroso que eso sea así - continuó explicándole la albina.

-¿Y eso por qué, madre? - el chico estaba aún algo confuso.

La madre lo miró una última vez antes de marcharse ese día.

-No eres tú el que peligra, hijo mío, sino cualquier mujer que pueda amarte.

-No busco amor - dijo el chico, confiado - No creo en esas cosas. Mi destino es ser el mejor guerrero, el más fuerte.

Lo miraba de una forma extraña, entre la curiosidad y el deber de querer de una madre, aunque fría.

-Puede que no ames nunca, Sesshomaru, puede que no ames jamás. Harás daño a cualquiera que intente hacerse tu amigo, a nadie feliz harás. Pero habrá un día en el que conozcas a una muchacha, alguien que será especial. No la asustarán tus palabras, ni tus acciones, ni tus espadas. Se enamorará de ti por tu verdad.

-¿Mi verdad, madre?

-Sí, hijo, por tu interior.

-¿Y entonces, qué pasará? - preguntó el niño, habiéndosele despertado la curiosidad - Si yo no la amo, ¿a dónde irá?

-Oh, hijo - rió la madre, irónica - Sin duda la amarás. Pero a veces hay amores que matan, y el que se cree muy hermoso, ciertamente, acabará mal.

La demonio se acercó a su hijo y le envolvió el rostro en un extraño abrazo, acariciando suavemente su cabello. Su hijo aun era pequeño, pero ya no le acariciaría más. Era una fría madre con un hijo frío igual. Y después de aquella tarde, él ya no sería un niño más.

Diez años habían pasado desde que madre e hijo estuvieron charlando en el lago. Ahora la madre era más fría que nunca, su corazón; un glacial. Y el hijo ahora era un apuesto adolescente, de ojos vacíos, y corazón de piedra helada, como no había otro igual. Era famoso por sus habilidades de lucha, por su maestría, por su físico y su belleza espectacular, pero su soberbia hacía sombra a cualquier otra hazaña. Toda mujer que lo hubiera amado, acababa con el corazón herido. El chico trabajaba solo, y nadie era suficiente bueno para estar a su lado.

Melissa era aquella muchacha de la aldea humana cerca de donde él y su madre ahora vivían. Sesshomaru mataba humanos cada vez que se enfadaba o estaba frustrado ante algo que no conseguía. Pero Melissa le miraba, desde la ventana de su casita, desde la puerta de su pueblo. Se fijaba en la sombra del demonio cuando éste sobrevolaba la zona. Lo seguía hasta el bosque, a una distancia prudente, para verlo más de cerca. Su rostro la tenía fascinada, y no podía dejar de pensar ni un segundo en aquel joven de mirada dorada. Sabía que ella no era nada, nada más que una humana. Sabía que él era un fuerte demonio, y de una noble casa. Nada decía y nada pedía, pero cada vez que lo veía, sólo sabía que sentía el amor más grande y hermoso que había tenido en toda su vida.

Melissa corrió aquel día al campo de flores que tanto le gustaba, campo de claveles blancos, sumergidos en la nieve fría.

Un demonio curioso se acercó a mirarla, distante en la lejanía, mientras ella llenaba una cesta de las blancas florecillas.

-¿Qué haces? - le preguntó el demonio, con mirada burlona.

Melissa levantó el rostro y casi no creía que fuera él, el gran Sesshomaru, el que estuviera hablándole en aquel preciso instante.

-Cojo flores - respondió humilde la muchacha - Me gustan mucho.

Sesshomaru se acercó lentamente, con su acostumbrada elegancia, y con su seriedad patente, se entretuvo en observar a la pequeña muchacha.

-¿Acaso no tienes frío? - quiso saber el demonio, viendo las manos de ella entumecidas y rosadas del contacto con la nieve.

-Mucho - respondió ella, sincera - Pero me gustan los claveles blancos, y sólo aparecen bajo la nieve del invierno.

Sesshomaru miró a su alrededor y se percató de la abundante cantidad de flores que había en los árboles del bosque, flores feas y extrañas, que no marchitan, pero aún así flores.

-¿Y no sería más sencillo - seguía él con su soberbia - coger flores que no te obliguen a enfriarte las manos con nieve?

-Sí - asintió la niña - Pero no soy de las que se conforman con lo más sencillo. Me gustan las causas difíciles, me enamoro de lo prohibido, me esfuerzo por sacar las flores que de verdad me gustan y no me arrepiento de las heridas, porque al tener la flor en mis manos, sé que ha valido la pena.

Sesshomaru la mira ahora como si nunca hubiera visto una humana antes. Era una criatura extraña, una mortal que en lugar de temer por su vida, amaba las cosas más exóticas y por ellas se desvivía. Al chico no le interesaban los humanos: los mataba, los ignoraba, incluso a veces de ellos se alimentaba, pero Melissa era alguien diferente, era una niña bonita, y seguro inteligente. Desde aquel día las cosas cambiaron. Sesshomaru odiaba a todos, pero no podía olvidar a la chica

-¿Cómo te llamas? - recordó haberle dicho ella un día.

-Sesshomaru, ¿y tú?

-Melissa…

No era una amistad romántica, ni siquiera una amistad real, pues la niña iba a veces al bosque, pero casi nunca hablaba con él. Sesshomaru, por su parte, tenía su propia vida. Evitaba las aldeas, iba en busca de espadas y combates, pero a veces, cuando volvía, tan sólo observaba desde lejos a Melissa, sin que ella lo supiera.

Después de varios meses, el demonio tenía claro que algo sentía. Una fuerza extraña despertaba en su pecho, una fuerza que lo obligaba a pensar en cosas que no eran pura malicia. La extraña muchacha aparecía en su cabeza, tanto de noche como de día, y el joven sabía que su pecho le dolería en cuanto la tuviera cerca.

Pero aquella noche lo cambió todo, la noche en que los enemigos venían. Cierto reino vecino había armado un ejército y estaba dispuesto a invadir toda la región contigua, para aumentar así su poder. A su paso arrasaba toda aldea que encontraba, mataba a los hombres, saqueaba sus casas, se llevaba a las mujeres y a las niñas, que nunca más regresaban.

Melissa, aterrada, salió de su casa y huyó por el bosque, camino al campo de claveles blancos. Sus piernas rozaban espinas y zarzas, pero sólo pensaba en escapar del enemigo y de sus guardias. Llegó al campo blanquecino y se topó con el lago en el que una vez una madre y un hijo hablaron. Intentó meter los pies en el agua, pero su temperatura era tan baja, que moriría si se mojaba. Giró el rostro y vio los soldados a escasos pasos, miró otra vez al brillante lago; estaba atrapada.

Cogió una rama e intentó defenderse con valentía, pero aquellos hombres se la quitaron, y le pegaron por su osadía. Cerró los ojos, ya casi muerta, cuando una sombra blanquecina taponó la luz del cielo, y de pronto, junto a ella, apareció su albino caballero.

Con su diestra, desenvainó su verde látigo, y con su izquierda su espada. Pronto aquellos malhechores no eran más que cuerpos sin nada. 

El joven se dio la vuelta, y acarició el rostro de su amada. Melissa lo miraba triste, con dificultad respiraba. Él, por su parte, no hablaba ni lloraba. Era por naturaleza serio, sereno, tranquilo, frío, pero eso no significaba que no amara. Dejó que ella se tumbara junto a la orilla del lago y le cogió la mano. Su calidez, sus femeninos dedos, su fino tacto. Se miraban el uno al otro, mientras la vida de Melissa expiraba.

-Siento mucho todo esto - dijo simplemente el chico - Tu vida se te escapa. Si hubiera llegado antes, tal vez ahora tú…

-Shhh - le dijo la chica, extrañamente calmada - Sesshomaru, misterioso demonio albino, puede que no hayamos tenido nada, pero quiero que sepas que yo te he amado, te amo y te seguiré amando, mucho más de lo que nadie puede llegar a amar jamás.

Sesshomaru no era tierno, ni romántico, ni bueno. Había sido un cachorro de demonio de piedra y belleza de mármol. Pero ahora, junto a Melissa, ya no sentía esa tristeza de plata que su interior envolvía. Estaba triste, sí, pero porque sabía que ella moriría. Pero estar con ella a su lado le hacía más feliz que cualquier otra cosa que pudieran haberle dado.

No le dijo te quiero, no le dijo te amo, no le sonrió, ni derramó lágrima alguna ante su llanto. Pero sí se acercó a ella, y agachó su rostro de pelo albino, posó sus labios fríos en los de ella, y olvidó que él era demonio y humana ella.

Los labios de Melissa se curvaron en una ligera sonrisa. Había amado y había sido correspondida. Cerró los párpados, siendo su última visión los dorados ojos de su albino caballero. La sangre de sus heridas deshacía la nieve sobre la que su cuerpo descansaba, dejando al descubierto los claveles blancos que tanto adoraba.

La sangre llegó a la tierra, y fue absorbida hasta el subsuelo, y en pocos instantes, los claveles blancos se tornaron rojos sangre. Hoy en día aún podemos ver que los claveles son rojos, como la sangre de Melissa, y si os fijáis en su kimono, el demonio Sesshomaru lleva en la manga del hombro tres claveles blancos rodeados de un fondo rojo…

Fin