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Sesshomaru y Rin lágrimas de sangre — capítulo 25

Rin llevaba corriendo mucho rato. En algunas ocasiones le había parecido oír voces a lo lejos, pero no se había detenido. Corría y corría porque en eso le iba la vida. No literalmente, por supuesto, pero si no hablaba con Sesshomaru, si no le veía una última vez antes de que él se marchara para siempre, no podría seguir viviendo. Su existencia se habría convertido en una vida vacía y banal. ¿Podría amar a otro hombre? ¿Podría seguir adelante como si nada de esto hubiera pasado? No. Lo había intentado. Varias veces. Pero su corazón ya había escogido por ella y, como dice el dicho: "Cuando habla el corazón es de mala educación que la razón lo contradiga". Así pues, ¿cómo iba a forzarse a vivir con otro hombre, a forzarse a casarse con él, a amarlo, si no podía amar a nadie más que a él? ¿Es que Kohaku no entendía que no podía quererlo, que jamás sería suya?

Por fin, llegó al final del sendero, que daba a un pequeño claro cercano a la orilla del río. A-Un estaba sentado bajo un árbol, echando una cabezada. En cuando oyó la presencia de la joven, levantó ambas cabezas y se acercó a ella en actitud cariñosa.

-¡Shh! - le dijo la chica al caballo volador de dos cabezas mientras lo acariciaba - ¿Dónde están Sesshomaru y Jaken?

El animal señaló con una de las cabezas hacia el río, y la otra señaló el mismo árbol donde había estado tumbado hasta hacía tan solo un instante. Ahí estaba el pequeño Jaken.

-Intentad no despertarlo - suplicó la muchacha en voz baja - Yo iré a ver a Sesshomaru.

Y se acercó a las aguas, caminando despacio por la orilla, a lo largo del río.

Megumi se había separado de Miroku y Yuki hacía varios minutos, cosa que el monje había notado enseguida. La chica empezó a correr cerca de ellos intentando romper ramas con los pies y moviendo arbustos. De esta forma, en varias ocasiones el monje y la joven habían creído que Rin se encontraba próxima a ellos y habían cambiado el rumbo hacia el sonido. Por suerte, Megumi siempre conseguía huir antes de que el hombre descubriera quién era la verdadera causante de todo ese alboroto. Por su parte, Yuki también estaba haciendo de las suyas para colaborar. De tanto en cuanto, aunque no hubiera oído nada, se paraba y decía:

-Monje Miroku. ¿Ha oído usted eso?

-Yo no he oído nada.

-Sí, sí. Escuche bien. Parece que hubiera alguien cerca.

El monje escudriñó la oscuridad.

-Tampoco se ve a nadie. Tal vez te lo has imaginado.

Pero entonces Megumi volvía a hacer ruido y Miroku no tenía más remedio que creerla.

-Debe ser Rin. ¡Vamos!

Y así una y otra vez.

Entretanto, en alguna otra parte del bosque, Shippo se afanaba en despistar a Inuyasha. Como el demonio zorro había tenido abrazada a Rin durante un rato, el olor de la joven se había quedado impregnado en su ropa, así que bien le servía para confundir el olfato de Inuyasha, que interpretaba que Shippo y Rin debían estar juntos. Y así ambos también se desviaban del cauce del río, dándole una oportunidad a la joven, sólo quedaba…

Kohaku saltaba de rama en rama por los árboles. Llevaba su traje de exterminador y sus armas. En ese bosque se escondían grandes peligros y todo tipo de criaturas monstruosas, sin embargo, habiendo tantos humanos por la zona, probablemente no se darían tanta prisa en salir. Al menos, eso era lo que él esperaba.

Su olfato no era bueno, pero sí su agilidad, su ligereza y su identificación de rastros. No hacía más que oír ruidos y encontrar arbustos con hojas rotas.

A diferencia del resto, Kohaku sabía que Rin se encontraría donde estuviera Sesshomaru. Así que, si quería encontrarla, debía encontrarlo a él primero, y no sería un encuentro agradable. El humano y el demonio ya se conocían, pues el mismo Kohaku le había acompañado un corto tiempo en sus viajes, antes de curarse por fin y poder vivir sin necesitar del fragmento de Shikon que había llevado tiempo atrás incrustado en la espalda. Pero ahora las cosas eran muy diferentes. Kohaku no iba para pedirle si podía volver a ser su compañero de viaje, iba a exigirle que no volviera a la aldea, para que su esposa no volviera a pensar en él. Esposa, sí. Esa era la palabra que querría poder decir, pero aún no podía. No, porque Rin había interrumpido la ceremonia antes de que Kaede los uniera realmente en matrimonio. Así que, técnicamente, aún estaban ambos solteros. Pero eso no duraría mucho tiempo, no si Kohaku podía impedirlo.

De repente, un ruido lo sobresaltó y vio moverse unos arbustos. Bajó de la rama y se acercó al lugar.

-¿Megumi? - dijo el chico sorprendido - ¿Qué estás haciendo?

-¡Ahh! - chilló ella sobresaltada.

La chica retrocedió unos pasos y, ante la asombrada mirada del exterminador, empezó a correr entre los árboles. Unos segundos después, llegaron Miroku y Yuki.

-¡Ah, eras tú! - exclamó el monje, casi sin aliento - Eres muy ruidoso. Llevamos mucho rato persiguiéndote, pensando que eras Rin.

-¿Ruidoso? ¿Yo? - Kohaku se quedó pensativo un instante. Observó a Yuki, que evitaba su mirada y luego volvió a mirar los arbustos que Megumi había agitado - Creo que ya entiendo lo que pasa. Seguid sin mí, y si oís un ruido, no os preocupéis. No será Rin - aseguró y se fue en la misma dirección por la que Megumi se había marchado.

No tardó mucho en alcanzarla.

-Tú, ¿pero qué te crees que haces? - dijo cogiéndola por la parte de atrás del vestido - ¿Pretendías engañarnos?

-¡Suéltame! - se revolvió ella, intentando zafarse del agarre del muchacho.

Kohaku la soltó.

-¡Pero qué genio!

-Así es. ¿Algún problema con eso?

El muchacho la miró totalmente sorprendido.

-Por mí no. Pero no nos causes más problemas.

-¡Más que voy a causarte! ¡Es lo que te mereces!

Megumi ya no era tierna ni comprensiva, ni sonreía como una niña pequeña. Ahora se había vuelto dura y rebelde y estaba dando a conocer todo su mal genio. Lo hacía por Rin, por su amiga, que por culpa de ese muchacho había pasado muy malos días. Estaba enfadada. Enfadada con él. Por ser como era. Por haber herido a su amiga sólo para satisfacer sus sentimientos amorosos.

Kohaku se cruzó de brazos, realmente interesado en las palabras de la chica.

-¿Y por qué se supone que merezco tener tantos problemas?

-¡¿Es que no es obvio?! Rin te rechazó y tú, en lugar de pasar página, convences a Kaede para que la case contigo. La has forzado indirectamente. ¡Eso es horrible, Kohaku! - cada vez levantaba más el tono de voz - Si Rin no te quiere, ¡supéralo! Pero no puedes obligar a la gente a hacer algo que no quiere. ¿Te queda claro, "exterminador"? - dijo la chica con sorna.

Kohaku se la quedó mirando, severo. Megumi se esperaba que el joven empezara a gritarle igual que había hecho ella y le dijera que no tenía derecho a meterse en sus asuntos, pero no lo hizo. Se limitó a mirarla con sorpresa, casi con admiración. Y una media sonrisa surgió en su cara.

-¿De qué te ríes? - espetó ella, molesta.

-Tienes agallas - la alagó él - Y mucho genio.

La chica también se cruzó de brazos.

-¿Y qué tienes que decir respecto a lo que te he dicho? ¿No te avergüenzas de lo que has hecho?

El joven no contestó. Se limitó a mirar la oscuridad que los rodeaba y pensó en las palabras de la chica, en Rin, su adorada Rin. Encantadora pero salvaje. Hermosa pero enjaulada, y ahora quería correr libre por el bosque y vivir su propia vida, y eso implicaba lejos de él.

Volvió a mirar a la chica, pero ahora más serio.

-Te llamas Megumi, ¿verdad?

La chica asintió.

-Pues bien, Megumi, no deberías meterte en lo que no entiendes - y se dispuso a saltar a la primera rama que viera. Pero Megumi le agarró de la manga.

-¡No te atrevas a seguir a Rin!

-¿Tanto te importa? El destino ya está escrito. Lo que tenga que pasar, pasará. Intervengas tú o no intervengas.

-¡Eso no es cierto!

  • Megumi seguía sin soltarlo - Nada está escrito en esta vida. Podemos cambiar nuestro destino. Es posible luchar por lo que uno quiere, y conseguirlo.

-En ese caso, si me sueltas, podré ir a luchar por lo que yo quiero.

Intentó seguir, pero ahora Megumi se abrazó fuertemente a todo su brazo.

-No dejaré que te vayas - le espetó - Puestos a hacer realidad lo que uno quiere, yo no quiero que la encuentres.

Kohaku suspiró y soltó el brazo que ya tenía enganchado al árbol.

-Esto no puede seguir así, Megumi. Me estás cansando.

-Mejor - sonrió - Era lo que quería - y le sacó la lengua.

*          *          *

Varios metros más allá de donde dormían Jaken y A-Un, se encontraba el señor Sesshomaru. Había dejado su parte de arriba del escudo y sus espadas junto a la orilla del río, perfectamente a mano por si aparecía algún peligro, y se había sumergido tan sólo con los pantalones en el agua cristalina. Su torso estaba desnudo y el agua purificaba la herida del costado, de la que le brotaba humo ponzoñoso. Tenía los brazos extendidos, a ambos lados de la orilla, y estaba apoyado así, intentando relajarse y curarse lo más pronto posible. Quería irse de allí, de ese lugar, de ese bosque, de esa aldea de mala muerte que nunca le había gustado. La única razón por la que había vuelto, una y otra vez, era para ver a Rin crecer, para que ella supiera que no la había abandonado, que aunque tuviera sus propios asuntos que atender, de tanto en tanto pensaba en ella.

Así había sido desde que la dejó. Iba a visitarla, normalmente con algún regalo para ella, pues se le hacía extraño venir a ver a alguien de vacío. Prefería llevar alguna cosa, como si fuera un encargo, en lugar de que se hiciera obvio que venía a visitar a una humana. Sí, una humana. ¡Quién lo hubiera dicho! Su propia madre se lo dijo una vez: "Parece que has heredado el mismo cariño por los humanos que tu padre. Jamás lo entenderé" No era exactamente cierto que Sesshomaru apreciara a los humanos. De hecho, casi no podía soportar a ninguno, pero ese "casi" era Rin, la niña que conoció con siete años y le trajo comida humana cuando él estaba herido. La niña que no se asustó de él, que lo visitó cada día. Nunca nadie había hecho nada así por él, ni siquiera su propio hermanastro. Esa pequeña humana, desde siempre, le había parecido algo sobrenatural, fascinante. Y lo que en un principio había sido como un juego, cuidar a un humano para ver qué ocurría, cómo eran, se había convertido en algo mucho más importante, más fuerte, más intenso. Había aprendido a quererla como a una hermana pequeña, como a una hija. La quería a su manera hostil y silenciosa, pero la quería. Desde un principio había sabido que esa relación no duraría para siempre. Él era un demonio y Rin…ella era mortal. Los demonios no viven eternamente, por supuesto, pero pueden llegar a vivir varios miles de años. Por su parte, el joven y apuesto Sesshomaru, que ya tenía más de cien, aparentaba el aspecto de un joven de veintiún años. Y todavía tardaría una década más en aparentar los veintidós. Sin embargo Rin, en esos mismos años en los que él apenas envejecía, ella había llegado a la edad de dieciocho, y con eso, se había convertido en toda una mujer.

Sesshomaru nunca pensó que la vería de esta forma. Para él siempre había sido "la pequeña Rin, la humana que lo acompañaba". Pero ahora no tenía nada de pequeña. Era hermosa, todavía más de lo que había sido en su niñez, y había madurado, conservando una pizca de su carácter curioso y hablador, pero mezclado con la sensatez y el valor que había descubierto que poseía. Cuando la miraba, la veía ahora distinta y una extraña sensación le invadía el estómago y el pecho. No había acertado en averiguar lo que era y tampoco sabía cómo evitarlo. Pero al verla allí, en medio de toda esa multitud, con su precioso kimono blanco y su velo transparente. Al verla allí, con su ramo rojo de novia y sus ojos caramelo mirando las estrellas, a punto de casarse con… Kohaku… ¡No! No pudo evitar enfurecerse. O tal vez entristecerse. Aún no tenía claro cómo se había sentido en ese instante. Sólo sabía que, cuando los vio, fue como si algo se rompiera dentro de él, y en ese instante se dio cuenta de que la idea de llevarla a la aldea para que se integrara con otros humanos, realmente había funcionado.

Rin lo vio nada más girar una curva que trazaba el río. Estaba de espaldas, en un lugar apartado, escondido por el ramaje. Aún así, la luz de la luna se filtraba entre las hojas y bañaba el cuerpo del demonio, semidesnudo en el agua. Su armadura, su nube y sus espadas estaban detrás suyo, en la tierra, y él se encontraba sumergido hasta medio torso. La luz hacía brillar su piel pálida y sus cabellos albinos. Las gotas de su torso caían lentamente hasta volverse a meter en el agua. De un costado salía agua violácea y algunas burbujas humeantes del mismo color. Estaba herido.

De repente, una suave brisa le meció los cabellos a la chica y recorrió el río. Sesshomaru aspiró el aire y la reconoció de inmediato.

-¿Qué quieres? - dijo sin volverse.

Rin se sobresaltó. El demonio estaba de espaldas y aún así la había reconocido. Se acercó a él con pasos vacilantes y se arrodilló junto a la orilla, pero sin acercarse demasiado a él.

-Quería verte - dijo ella en un susurro.


Hola a todos. Como ya os dije, en este episodio Sesshomaru y Rin sólo se encontraban, pero la conversación entre ellos dije que la reservaría para el capítulo 25, y que sería algo romántico. Lo he hecho porque quería que os fijarais en otros dos personajes que han estado adquiriendo importancia últimamente. Espero que sepáis a quiénes me refiero.

Bueno, el caso es que el próximo capítulo lo voy a empezar ahora mismo y os aseguro que, ahora que están juntos y que Sesshomaru va semidesnudo (babas…) intentaré escribir algo más sensual que de costumbre, ¿sí? Y así compensaré el haber tenido que cortar este capítulo justo cuando se encuentran.

Y sin extenderme más, os diré que el próximo capítulo se llama: Capítulo 25: ¿No lo entiendes? ¡Te quiero!

P.D: Espero que el capítulo me haya salido más o menos bien. Es que hoy he tenido un mal día respecto a mis notas y no he estado tan inspirada como de costumbre. Sorry :S