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Historia 120142 — capítulo 16
-Mi señor -dijo una de aquellas serpientes aladas que había creado en el pasado -la Tríada acaba de llegar a Idhún -terminó, conciso, aterrizando a su lado. -¿Algo más, Shezken? -inquirió el individuo. -Sí. Traemos el informe de las batallas contra los últimos Nuevos Dragones, mi señor. Kash-Tar y Kosh han caído, finalmente. Ya no existe ese ejército. Y pronto lo caerán también las ciudades subacuáticas de los varu -terminó la serpiente alada. -¿Y qué hay de esas escaramuzas que han tenido los szish con aquel otro grupo? La Tríada va a luchar a su lado, o al menos, eso he oído. Y podría ser un problema -exigió saber el encapuchado. -Ah, sí. Kyannaris, el grupo de los renegados. No creo que supongan ningún problema por ahora, mi señor. No tienen la suficiente fuerza para un ataque frontal, aunque tengan tres criaturas semidivinas entre ellos.
-Ahí te equivocas. No tienen a tres, tienen a cinco. Los hijos de esos humanos también han heredado sus esencias -replicó el extraño hombre. -Y además, nuestro ejército ha sido diezmado debido a todas esas batallas con los dragones falsos. Y sé que los sheks sólo ponen huevos una vez en la vida. Tendremos esperar un tiempo para atacar con toda nuestra fuerza.
-Te conozco, Mannon, o mejor dicho, Séptimo, pues el humano sólo es el recipiente. Tu afán de destrucción no tiene límites. No sonreirías así si no tuvieras un plan en mente -siseó Shezken. -Je -rió él, bajándose la capucha y revelando sus rasgos: largos cabellos plateados que caían sobre su rostro, haciendo destacar sus ojos, de un color rojo sangre de los que emanaba una oscuridad infinita, nariz achatada y unos labios que formaban una sonrisa maléfica -me has cazado. Tengo una… idea en mente, pero es una sorpresa. Aunque me parece que no os va a gustar.
-Ya sabes como somos los sheks. No queremos destruir porque sí, pero, sin embargo, está en nuestra naturaleza el obedecerte, mi señor. Tus deseos son órdenes, pero aun así, eso no quiere decir que nos guste hacerlo. Sin embargo, estamos más que dispuestos a derrotar a todo el que se te oponga -explicó Shezken, entornando los ojos.
-No todos me servís -replicó Mannon -el grupo de sheks que todavía está en la Tierra no ha acudido a mi llamada. Han renegado de mí, y ya no tienen por qué seguirme. -Ah, te refieres a Shizuko y sus compañeros… -siseó el shek -No te preocupes, Mannon, aquel grupo son, en su mayoría, sheks jóvenes, sin experiencia. Además, ahora, Shizuko es tan solo una humana más, con mente de shek. Sin un heredero digno, pronto perderán la fuerza para resistirse a tu influjo -replicó el shek.
-De nuevo lo repito, hay una equivocación. Cuando mi maldito lado benevolente fue al exilio con vosotros, decidió pasarse por la Tierra tras un tiempo. Poseyó a un hombre, y, mediante los métodos humanos, dejó embarazada a Shizuko, Shezken. Ahora mismo tiene un heredero, y más que digno, pues lleva mi esencia, lo que ha amplificado sus poderes de shek hasta el punto de que se puede transformar. Y sus poderes rivalizan con los tuyos, amigo.
-Y, si es una amenaza, ¿por qué no lo has destruido? ¿Porque es tu hijo? -dijo, la serpiente, furiosa. -No… eso sería propio de mi antiguo yo. Sencillamente, no puedo abandonar Idhún ahora mismo. Y si os mando a otro mundo, es probable que, dado su liderazgo, os incorpore a sus filas. Como has dicho, a muchos no les gustan mis métodos, ¿no? -contestó el hombre.
-Exactamente -coincidió la serpiente. -Bien. Ah, una última cosa antes de que me vaya… Esta noche quiero probar la sorpresita. He oído que los guardias de Kyannaris están de fiesta porque han recuperado algo, ¿no? -dijo él, desapareciendo de la escena con un hechizo.
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-En fin, ¿a dónde vamos a ir primero? -preguntó Eva a Séun, mientras éste bromeaba con Erik y Resa. -Pues la verdad… tenía pensado pasar por los bares de la zona residencial. Seguro que hay bastante ambiente, tened en cuenta que muchos jóvenes viven en el pueblo. -De acuerdo… espero que no nos encontremos con nadie raro -dijo Resa. -No os preocupéis. Si nos defendemos, habrá testigos para corroborar nuestra versión. Además, yo soy un guerrero bastante conocido de Kyannaris, dudo que se atrevan a acercarse con malas intenciones…
Y así comenzó la noche para el grupo. Mientras Erik y Séun se dedicaban a charlar animadamente entre ellos, mientras evitaban a las chicas que se les acercaban, Resa intentaba arrastrar a Eva a bailar en una fila con otra gente de Vannissar, como en una conga terrestre. Erik no quería beber alcohol, así que Séun le recomendó la bebida de los soldados; cerveza de masoda, que tenía un sabor muy suave que a Erik le encantó, y lo mejor es que no tenía nada de alcohol. Cuando un borracho se acercó a Eva con un "Hola, preciosa…" la chica cerró los ojos y le tumbó en el suelo con un ágil movimiento, volviendo después con Resa y haciendo que todos los otros muchachos se abstuvieran de tratar de acercarse a ella. La semiceleste trató de llamar a los dos muchachos para bailar un poco con la música del artista que actuaba aquella noche allí, y lo consiguió después de que Erik perdiera la competición de ver quién bebía más vasos de aquella bebida tan deliciosa frente a Séun, que tenía mucha más experiencia.
Después de aquello el ojiverde los llevó a los barracones, para que conocieran a todos los compañeros. Aquella noche había una fiesta, dado que habían ganado la última batalla con el grupo de szish, y estaban celebrando haber recuperado parte de los reinos humanos; Dingra para ser concretos. El moreno presentó a Erik a Tarok, el encargado de los entrenamientos entre los soldados, pidiéndole que le entrenara si algún día se presentaba en los barracones. El guardia, algo borracho, había sonreído y había contestado que el muchacho siempre tendría una espada preparada si algún día decidía ir allí.
Unas horas más tarde, decidieron que ya era hora de volver a casa. Estaban muy cansados después de aquella noche, por lo que decidieron que al día siguiente dormirían hasta tarde. Al fin y al cabo, no había un horario de entrenamientos propiamente dicho. Ya estaban subiendo por la cuesta, cuando vieron bajar corriendo a Christian, Victoria, Jack, Alsan, Shail y Kimara. -¡Muchachos! -gritó Alsan -¡Volved al castillo, rápido!
Un rato antes, Christian no podía dormir, por lo que había decidido salir un momento afuera, donde se encontró con Jack. -No podías dormir, ¿eh, serpiente? -sonrió el dragón, mirando a las tres lunas, que estaban especialmente hermosas esta noche. -Pues la verdad es que no. Llevo dándole vueltas a un mal presentimiento que lleva rondándome toda la noche -explicó él -¿Y tú? -preguntó el castaño. -No, por nada en especial. Simplemente, no tenía sueño, para ser sincero -rio Jack.
El shek se apoyó en la barandilla de la terraza, mirando hacia el pueblo y el campo que se extendía al lado del Bosque de Awa, que había crecido hasta llegar a la ciudad, por motivos militares. El moreno cerró los ojos, respirando la fresca brisa nocturna. Sin embargo, en aquel momento, sintió algo. Veinte presencias, oscuras y ominosas, habían emergido en las cercanías de la ciudad. Tenían algo de familiar, pero no podía pensar en lo que era.
-Christian, -soltó Jack, repentinamente serio- ¿notas eso? -Sí, Jack, lo siento. Alguien, o algo, se aproxima a las murallas de la ciudad, y no me gusta su esencia. Me recuerda a algo… un momento, ¡ya lo recuerdo! Jack, ve a despertar a Victoria -urgió el castaño. -¿¡Qué pasa, Christian?! -Es la esencia del Séptimo -musitó el castaño.
Jack bajó las escaleras y corrió hacia las habitaciones, donde despertó a Victoria, quien al instante se asustó. Una vez avisó a Christian, mentalmente, el shek se limitó a lanzar un mensaje telepático. -A todos los ciudadanos de Vannissar, volved a vuestras casas. ¡Estamos bajo un ataque! -fueron sus concisas palabras. Lógicamente, la primera reacción fue de pánico, pero se hizo como se había ordenado: la gente volvió al hogar, asustada; mientras todos los guerreros del castillo despertaron ante el mensaje. Así, la Tríada y Alsan llamaron a sus armas legendarias, que se materializaron en sus manos de manera instantánea; y bajaron a contrarrestar la amenaza, a sabiendas de que los soldados acababan de volver de la batalla y estaban demasiado débiles.
Una vez allí, avistaron cuatro figuras. Menos mal que estaban bien…
-¿Qué? ¿Por qué? -gritó Erik. -¡Enemigos! -siseó Christian. -Tenemos que enfrentarnos a ellos. ¡Vosotros volved al castillo, rápido! -apremiaron Shail y Victoria. -¡Pero yo quiero luchar! -replicó Erik. -¡Y yo! Yo no soy su hijo, soy un guerrero, puedo… -¡Este no es momento para heroicidades, Erik! ¡Deja de ser tan temerario y aprende que cada batalla es mortal! -le gritó Jack, apoyado por Victoria. Erik no soportaba que pensaran que intentaba hacerse el héroe. -Y tú, Séun -dijo Alsan- Eres como un hijo para mí, y sé de lo que eres capaz, pero ahora estás herido. ¡Así que hazme el favor de volver al castillo! -exigió el rey. El muchacho iba a replicar, pero se dio cuenta de que todavía no se había recuperado del todo de la herida en la espalda que había recibido en la última batalla, y agachó la cabeza.
Eva ni siquiera intentó persuadir a sus padres, era completamente inútil, y Resa no parecía que fuera a discutir la decisión de los adultos. Erik se enfadó un poco, pero su padre le volvió a instar a abandonar el lugar, y los cuatro marcharon corriendo, mientras sus padres y amigos tomaban direcciones opuestas...
Los chicos tenían órdenes de quedarse en sus habitaciones. Erik y Resa entraron y bloquearon la puerta tras de sí, como se les había dicho. Lo primero que hizo Erik fue mirar por la ventana, sin éxito. Su habitación no tenía vistas al pueblo, de forma que no tenía modo de saber qué ocurría en el pueblo. La chica lo miró, preocupada. Otra vez el fuego ardía en su mirada, y no sabía qué significaba, pero lo que sí entendía era que solía ocurrir cuando el muchacho se enfadaba.
-Erik… tranquilízate, por favor. Sabes que han hecho lo correcto al mandarnos aquí -pidió la semicelese. -Lo dudo mucho -dijo el dragón. -¿Para qué hemos venido, si no es para luchar? Explícamelo, Res, porque no lo entiendo. -Entiéndelo, sólo se preocupan por nosotros. No seas así -le pidió ella. Erik resopló ante su petición. -Vamos a ver, ¿por qué he entrenado si no es para luchar? ¡Podríamos haber ayudado! Si alguien sale herido, no me lo perdonaría nunca -terminó, agachando la cabeza. -En fin, tienes razón, no podemos hacer nada. Me voy a dormir, ¿o quieres hablar un rato cuando apaguemos la luz? -quiso saber él. -No, yo también estoy cansada. Hasta mañana.
En el otro ala del castillo, en la habitación de al lado, Eva y Séun también estaban discutiendo, una vez habían terminado de cambiarse. -Séun, no creas que no he olvidado lo que dijo Alsan. Enséñame esa herida, por favor -pidió ella, aunque más que una petición, era una orden. -No es nada y ya no me duele demasiado, aunque un poco sí. No hay motivo para que lo veas, Eva -dijo él, girando la cabeza bruscamente. -Me estás ocultando algo. ¿Seguro que no es nada? -siguió preguntando. -¡Te digo que no! -casi gritó Séun, delatando su nerviosismo. En aquel momento le dio la espalda a la muchacha, que aprovechó la ocasión para ponerse detrás de él y levantarle la camiseta. En aquel momento el muchacho le dio una voz. -¡¿Pero qué haces?! -le gritó, dándose la vuelta.
Pero ella ya lo había visto. Se dio cuenta de que en su primer encuentro, aunque le había visto sin camiseta, hasta que no se la había puesto no le había dado la espalda a Eva, usando como pretexto la sorpresa del momento. Sin embargo, ahora ya no tenía motivos para ocultar nada, así que Séun se dio la vuelta, para revelar aquella herida: un tajo, presumiblemente de espada, que atravesaba su espalda de parte a parte. La medio shek se llevó una mano a la boca: la herida parecía haber sido tratada solamente con primeros auxilios: unas vendas, agua oxigenada, y cicatrizante; pero sin un reconocimiento médico adecuado.
-Tiene mala pinta, ¿eh? Pero no es -¿¡Estás loco!? ¿Te han curado esta herida las enfermeras, o no se la has enseñado? -se exasperó ella. -¡Me la curaron en el campo de batalla! No pasa nada y… -Séun. ¿Por qué no te lo has hecho ver? -le preguntó la chica, más seria, pero igual de preocupada. -Yo… no creía que fuera para tanto. Hay gente con heridas mucho peores, que necesitan esa ayuda. No me siento nadie para quitarles ese derecho. Por eso no se lo he enseñado a nadie, tan sólo le dije a Alsan que estaba un poco dolorido, que es todo lo que me pasa.
-¿Por qué te has quitado las vendas? -Porque si no, sería muy obvio. -¿Pero Erik no lo ha visto? Si os habéis ido a duchar hoy -preguntó la shek. -He logrado que fuera siempre delante o a mi lado. Y me he encargado bien de esconderla con la toalla -terminó, bostezando, provocando que, segundos más tarde, Eva hiciese lo mismo. -Qué, estamos muertos de sueño, ¿eh? Deberíamos descansar… -Pero hay que esperar a que vuelvan nuestros padres… ¿Y quién te ha dicho que yo tenga sueño? -decía ella, pero Séun ya la había tumbado en su cama. -Anda, no pienses en eso ahora. Solo duérmete. Mañana va a ser un día muy largo... -terminó, cerrando los ojos.
Mientras, en el campo de batalla, los guerreros estaban combatiendo con las últimas criaturas. -¿Qué rayos son estas cosas negras? -preguntó Jack, observando una de esas criaturas matar un animal desprevenido al otro lado de la calle. Esas cosas eran cuadrúpedas, con ojos amarillos, en contraste con su piel, completamente negra. No se distinguían otras facciones en ellas, tan solo unas largas antenas. No medían más de un metro, y no eran demasiado fuertes, por fortuna.
-No lo sé -comentó Christian, instando a Victoria para acabar con el que había avistado Jack con ayuda del báculo -pero noto en ellos la esencia del Séptimo. -No puede ser. ¿Tan vulnerable es Vanissar? -No es eso, chico. Los sheks se mueven lejos de aquí, y los szish no tienen magos hábiles en sus filas para invocarlos; además, los mantenemos a raya. Por ello la vigilancia por las noches no es muy concentrada, ¿sabes? -gruñó Alsan, haciendo bailar su espada contra otra criatura, haciendo que se disipara en forma de oscuridad.
-Parecen especialmente débiles a los ataques de armas legendarias… A Kimara le costó mucho más matar a uno con su espada -precisó Victoria. -¡Cuidado, Vic! -gritó Shail, lanzando un hechizo eléctrico a una de esas cosas, que se había abalanzado sobre ella desde el tejado.
-Me parece que ese era el último. -Sí, dragón. Ya no noto ninguna más. -dijo Christian, envainando a Haiass. -Uff, menos mal -dijo Jack, haciendo lo mismo con su espada. -Ahora deberíamos volver al castillo, a hablar con los chicos. -No creo que sea buena idea, Jack -prosiguió Christian -ya están durmiendo.
-Bueno, por lo menos así me he ahorrado la rabieta de Erik… Estoy demasiado cansado como para aguantarla -comentó el dragón a Alsan, divertido. -En fin, volvamos a casa.