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Historia 120142 — capítulo 17

Erik se despertó sobresaltado y cubierto por sudor. Aquella noche tenía demasiado calor, y, una vez Resa había cerrado los ojos, había aprovechado para quitarse la camiseta, quedándose así casi desnudo, cubierto sólo por sus calzoncillos. El muchacho respiraba entrecortadamente, y miró hacia todos los sitios, intentando ver si la pesadilla había terminado por fin. Un mal sueño le había acosado aquella noche, algo terrorífico había decidido pasarse por sus sueños. El rubio miró con ansiedad a la cama que estaba casi pegada a la suya. Suspiró aliviado cuando encontró a la semiceleste respirando suavemente y sonriendo plácidamente en sueños. Sus cabellos tapaban su cara, pero Erik pudo vislumbrar que estaba dormida incluso en la oscuridad. Todavía cubierto por el sudor, miró al horizonte a través de la ventana. El cielo ya no estaba tan oscuro, y el dragón supo que se avecinaba el amanecer. Ya sabía lo que tenía que hacer. Se había olvidado por completo de lo que había ocurrido la noche anterior. Ese mal sueño parecía bloquear su acceso a la memoria, pues se había dejado llevar por la rutina sin pararse a pensar en que no sabía si sus padres y los demás habían vuelto de la cacería de aquellas criaturas nocturnas. Pero él sólo se dirigió hacia las duchas, con ropa y la toalla en la mano.

Sólo se dio cuenta cuando los chorros de agua fría recorrieron su espalda. La urgencia de saber el resultado de aquella batalla nocturna le carcomía por dentro. Tenía que saber si estaban todos bien. Se duchó rápido, y volvió corriendo a las habitaciones. No notó que le faltaba el aliento hasta que encontró a sus padres durmiendo, los tres en la misma cama, con Jack y Christian abrazando a Victoria por cada lado y sonriendo junto con la chica. Aquello significaba que todo había ido bien; si no, era seguro que les habrían despertado. ¿O tal vez no? Erik recordó que había cerrado la puerta tras de sí. Pero, igualmente, Jack podría haber entrado por la ventana, convirtiéndose en dragón y aterrizando en la pequeña terraza. Eso terminó por aliviar al chico, que se puso la camiseta, y tomó rumbo hacia la sala de entrenamientos. Mientras lo hacía, frunció el ceño al recordar las palabras de su madre. "Es demasiado peligroso. ¡Aprende que cada batalla puede ser mortal!" había dicho. Lo sabía de sobra, o eso creía él. Pero uno no aprende esa lección hasta que no se encuentra cara a cara con la misma muerte; aunque en ese momento no lo sabía. Al entrar, lo encontró todo vacío, por lo que decidió coger una espada y activar las armaduras mágicas que Shail había preparado para los entrenamientos individuales.

El muchacho cogió su espada y se dispuso a combatir con aquel metal, aparentemente sin vida, pero que golpeaba con la misma fuerza que su padre. El dragón vio que era bastante más lenta que el ritmo al que le tenían acostumbrado Jack y Alsan. "Bien. Así puedo cogerle el tranquillo a esto mejor que si me están derribando todo el rato" pensó el joven. No podía competir con la fuerza de la armadura, por lo que no le quedó más remedio que aprender a fintar, dado que en sus planes no entraba dejar de luchar. Debía aprender a evadir y a aprovechar la posición para atacar con fuerza desde cualquier lugar y en cualquier postura. El equilibrio era esencial para ello, como comprendió tras caerse y ser cortado por la espada en varias ocasiones, ocasionando heridas no muy profundas, pero severas. La sangre resbalaba desde su hombro media hora después, con un pequeño charco formándose en el suelo, y sin haber conseguido derribar a la armadura. Estaba perdido, y decidió, después de dos horas intensas, que era suficiente. Entonces pensó en ir a la enfermería, consciente de que los demás se despertarían pronto, si no lo habían hecho ya, y no quería que le vieran goteando sangre, por lo que se puso la toalla en el hombro, para frenar el flujo de sangre y se encaminó hacia allí. Por fortuna, se encontraba bastante cerca de la sala, por razones más que obvias. Allí, Dana y Ahlie, las enfermeras que lo habían escoltado a su habitación, se excitaron al verle, pero se horrorizaron al ver su hombro, por lo que cerraron la puerta antes de empezar a curarle.

En el momento en que Erik entró junto con las muchachas, los rayos del primer sol entraban por la ventana, acariciando la nariz de Resa, provocando que ésta se despertara. Su primera reacción fue volver a cerrar los ojos y girarse hacia el otro lado de su cama. No quería levantarse tan pronto, estaba demasiado cansada y aún tenía sueño, por lo que decidió quedarse en la cama un rato más. Diez minutos más tarde, abrió los ojos del todo, y se giró, buscando la presencia de cierto joven dragón. Palpó a su lado, pero no encontró nada. Entonces se levantó, pero no había ni rastro del dragón. La puerta estaba totalmente abierta, como pudo comprobar al girar la cabeza. No podía ser. ¿Y si había optado por marcharse aquella noche, en pos de las criaturas que amenazaban la paz del pueblo? Se horrorizó con el pensamiento, pero se dijo que debería ir a buscarle en vez de quedarse pensando. La muchacha corrió al otro ala del castillo, una vez se hubo vestido y peinado, para comprobar si Jack y los demás habían vuelto, como había hecho Erik antes. La chica llegó y llamó a la puerta de la habitación, para encontrarse con la mirada molesta de Victoria. Parecía que la había sacado de un buen momento. -¿Sí, Resa? -preguntó, preocupada al ver su cara. -Erik… Erik no está -musitó la chica. -¿Qué? ¡No puede ser! ¡Si ayer acabamos con todas las criaturas, y él no apareció! -gritó la madre, preocupada por su rebelde hijo adolescente. -Entonces, me parece que sé donde puede estar. ¡Sígueme! -apremió la semiceleste. Victoria ni siquiera se cambió, no se le pasó por la cabeza, estaba demasiado preocupada. Llegaron a la puerta de la sala de entrenamientos, y se la encontraron abierta también. Vieron el pequeño charco y las gotas de sangre que adornaban el suelo y bañaban la espada y la armadura de una de las estatuas. Fue entonces cuando se giraron hacia la otra punta del pasillo, y vieron al muchacho rubio, saliendo de la enfermería, con el hombro izquierdo vendado, mientras se ponía la camiseta.

-¿Resa? ¿Mamá? -dijo él, tapando la venda rápidamente con la camiseta -¿A qué vienen esas caras, si puede saberse? -inquirió Erik. Victoria suspiró aliviada, pero Resa se dirigió hacia él, hasta que se puso pegada a él. -¡Imbécil! -fue el grito que se ganó el dragón. -Eh, eh, ¡tranquila! -pidió Erik, poniendo las manos hacia delante de manera conciliadora. -¿Eres tonto? ¿Cómo te vas sin avisar? Pensé… ¡pensé que habías ido a luchar por la noche, y no habías regresado! -terminó ella. -¿Y qué te hizo pensar eso? -quiso saber Erik. -Oh, por los Seis. ¡Te pasaste un buen rato diciendo que si querías luchar, que si tu entrenamiento esto, y más cosas como aquella! ¿Qué querías que pensara…? -se exasperó la muchacha. -Bueno, bueno, tranquilízate. Sólo había ido a… dar una vuelta, eso es todo -mintió él. -Me desperté hace unas dos horas, y no podía dormir… supongo que debería dejarte una nota la próxima vez… -acabó él. "Oh, Dios mío. ¿Ya ni siquiera puedo salir de la habitación?" -dijo, entre dientes.

La muchacha miró hacia su hombro, y pudo entrever las vendas incluso a través de la camiseta. -¿De verdad? Porque a mí me parece que has estado haciendo otras cosas, Erik. Quítate la camiseta -exigió la chica. El rubio se ruborizó al instante. -¿Qué? ¡No! -dijo él, llevándose la mano instintivamente al hombro, delatándose a sí mismo. La chica sonrió; con aquel comentario le había pillado. Pero Erik tenía otros planes, y se dirigió corriendo al comedor. El desayuno se servía al segundo amanecer, y le daría una buena excusa para abandonar el lugar, mientras que las dos chicas tendrían que prepararse un rato más. Mientras Resa corría detrás del muchacho, la joven madre se deslizó hacia las habitaciones, para encontrarse a Jack babeando en la almohada, haciéndola sonreír, mientras que Christian la miraba amodorrado, diciendo "¿Qué pasa? Me has despertado…" con la mirada. La muchacha dijo que no era nada, y se volvió a tumbar, para descansar un ratito más y despejarse del todo.

Ya en el comedor, Erik había logrado dar esquinazo a su perseguidora, para encontrarse con Eva y Séun, charlando en una de las mesas. -Hey, ¿puedo sentarme? -preguntó el muchacho. -Claro tío -fue la respuesta de Séun, secundada por la shek. El rubio sólo sonrió y dijo que iba a por su desayuno, pidiéndoles que le guardaran el sitio tras una pequeña charla mañanera. Una vez volvió con unas tostadas y un poco de leche, Erik les contó que la batalla había ido bien, puesto que su madre no le había dicho nada malo cuando se había despertado. Los otros dos adolescentes suspiraron, aliviados. -Menos mal -comentó Eva, mientras cogía su vaso, repleto de una bebida de aspecto y sabor parecidos al zumo de naranja -quería asegurarme de que estuvieran bien… -Eva, no intentes darle dramatismo. ¡Todos sabemos que los sentiste volver al castillo, tonta! Así que no inventes, que los dos sabemos lo que pasó -le dijo Séun, cariñoso, ganándose una gélida mirada de la muchacha y una carcajada por parte del rubio. -A propósito -dijo el moreno -no veo a Resa por aquí, Erik. ¿Dónde se ha metido? -Le he dado esquinazo, tío. No he tenido más remedio, parecía empeñada en verme un arañazo que me acaban de tratar en la enfermería… -Ah, ¿sí? ¿Haciendo qué? -inquirió Eva, curiosa y sonriente. -Nada… algo que se me cayó encima del hombro esta mañana -mintió él. -Por favor, hermanito. De ser así, no tendrías motivos para huir de Resa-sonrió ella, viendo que le había cazado de nuevo. -¡Eso no importa! Sólo avisadme si la veis. Debería evitarla todo el día si quiero que se le olvide… -¡Je! -rio Séun entre dientes -¿recuerdas que duermes en su misma habitación? Lo tienes difícil, Erik -picó. -Eso, tú dame ánimos -gruñó el rubio, mientras a la shek se le escapaba una risita.

-Hablando del Séptimo, mira quién está en una de las puertas -dijo Séun, complacido, mirando a una Resa que había clavado su mirada en el rubio y ya se dirigía hacia él. -Oh, mierda. ¡Cúbreme las espaldas, salúdala, haz lo que sea, pero dame tiempo para escapar! -suplicó él. -¿Y perderme esto? ¡Por nada del mundo! -se mofó el moreno. -Aaaah, ¡olvídalo! ¡Me las piro! -musitó, mientras salía hacia la segunda puerta del comedor, andando a un ritmo rápido, pero sin correr, para no levantar sospechas; dejando a Resa con una expresión fastidiada. Se había vuelto a escapar.

El resto de la mañana transcurrió normal. El muchacho daba gracias a que no tenía que entrenar en el mismo lugar que Resa, y se concentró en el entrenamiento. Su padre y Christian continuaban derribándole, mientras le daban consejos que, como pudo comprobar, eran demasiado básicos para funcionar contra ellos. A Eva le iba exactamente igual; cada vez que el dragón o el shek intercambiaban pareja entre sus dos hijos, el cambio de ritmo era brutal. A lo mejor esa era la clave, pensaba ella, habituarse a luchar contra oponentes diferentes. Sin embargo todo era alzarse, luchar y caer, sin sacar nada en claro, como pudo comprobar Erik al llegar el descanso para comer. El muchacho había venido preparado y se había traído comida del desayuno para no tener que detenerse. Mientras comía, pensaba en las lecciones y los consejos, pero dependiendo del maestro, los puntos de vista se contradecían; probablemente debido a la diferencia entre estilos. Cuando quiso darse cuenta, ya estaba intercambiando espadazos otra vez con Jack, quien veía reflejado su fuego en los ojos de su hijo. Erik jadeaba: cada vez le dolía más el corte en el hombro, pero no podía dejar que eso le delatara, por lo que continuó con sus lecciones con más ímpetu del que había mostrado hasta ahora, pero obteniendo los mismos resultados. Si el muchacho realizaba una acción con éxito, el siguiente ataque del maestro le dejaba totalmente descolocado. Ninguna técnica que supiera realizar surtía efecto.

Ya entrada la tarde, Alsan anunció que el horario de entrenamientos ya había terminado, y como siempre, los hermanos estaban bastante descontentos con los resultados. Bajaron a la sala de las duchas para relajarse un rato, y cuando ya estaban camino de las habitaciones, un estruendo les sorprendió. -¿Qué ha sido eso? -preguntó Erik, consciente de que podían estar bajo ataque. -Conozco esta sensación… -musitó Eva -¡alguien está entrando al castillo a través de una Puerta! -terminó, ya gritando. -¡Oh, mierda! Si son enemigos, ¡las llevamos crudas! ¡Tenemos que prepararnos! -se exasperó el joven dragón, corriendo hacia su habitación para cambiarse y coger su espada, seguido de Eva hasta que tuvieron que separarse en la bifurcación. Una vez estuvieron listos y alertaron a Resa y Séun, se dirigieron hacia la parte de arriba del castillo, a la sala del trono. Séun había desenvainado su espada legendaria, de manera que los enemigos no lograran sorprenderle. Los dos hermanos hicieron lo mismo, y Resa preparó un conjuro de ataque.

Cuando llegaron arriba, Erik abrió la puerta de una patada, y todos entraron rápidamente, para encontrarse a dos figuras humanas hablando con Alsan, quien sonreía. Había sheks en el balcón, y todos parecían aterrados, salvo él. El odio corroyó las entrañas del joven dragón cuando las serpientes  sisearon amenazadoras hacia su posición. La Tríada llegó unos momentos después. -¿Qué está pasando aquí? -exigió saber Jack, cuya expresión era un reflejo de la de su hijo; el odio en estado puro. -Un momento, dragón… -dijo Christian -yo conozco a esta mujer… -¿Sorprendido de verme, Kirtash? -dijo una de las misteriosas figuras -Vaya, qué halago -completó, dándose la vuelta. Victoria dio un saltito, sorprendida, mientras que Christian sólo siseó una palabra. -Shizuko. -Sí, Shizuko. Me alegro de que recuerdes mi nombre -sonrió ella, de manera un tanto despectiva. -Vaya Kirtash, tienes una hija preciosa. ¿Cómo no nos has presentado? -dijo, acercándose. La otra figura aún no se había dado la vuelta, y continuaba hablando con el monarca, quien asentía, convencido.

Fue entonces cuando ese misterioso hombre se dio la vuelta. Christian dio un respingo. Nopodía ser… Era imposible…

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Nota del autor: He cambiado la profecía del capitulo 8, para darle un buen uso durante la historia. Seguro que ya os imagináis quien es la figura…