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Historia 120142 — capítulo 44
A la mañana siguiente, Erik se despertó pronto. Con sueño, se levantó frotándose los ojos, perezoso. Sin pensar lo que decía, soltó un "buenos días, Res…" debido a la costumbre. Ya estaba a punto de salir de la cama, cuando se quedó mirando una zapatilla, con la mente perdida debido al sueño. La réplica que vino a continuación no se la esperaba.
-Ay, buenos días a ti también, "princeso" -comentó una voz divertida, poniendo un tono de chica que era fácilmente catalogado como falso al instante de escucharlo -¿has dormido bien? ¿O… necesitas que te despierte con mis encantos femeninos?
Erik se giró con los ojos semicerrados.
-Vete a cagar, Séun… -soltó el muchacho rubio, dejándose caer sobre la cama de nuevo. El moreno suspiró: su amigo no tenía remedio. Aunque estaba acostumbrado a madrugar, le encantaba dormir, y aprovechaba cualquier resquicio u oportunidad para volver a echarse "cinco minutos más", que acababan volviéndose dos horas más.
-¡Despierta, vago! -gritó tirándose encima de él, tratando de romper el hechizo que almohada y colchón ejercían sobre el joven dragón. Obviamente, fue recibido por una patada en el costado, y un "ya voy, joder…" de Erik, quien se levantó, sin muchas ganas de vivir el nuevo día.
Poco a poco, los ojos del dragón se abrieron poco a poco, aceptando la luz del día que entraba por las pupilas del muchacho. Vistiéndose con torpeza, Séun y Erik se fijaron en que Cann no estaba. Aunque al principio les pareció algo extraño, supusieron que habría salido antes, sin querer quedarse solo con los dos extraños. Poco a poco, lograron ponerse el pantalón y la camiseta, y salieron en busca de algo que llevarse a la boca, sin observar que la ventana se hallaba ligeramente entreabierta.
Cogiendo las llaves, cerraron la puerta tras de sí y se dirigieron a la posada de Onet, donde cogerían fuerzas para todo el día de patrulla. Tenían que estar atentos, ya que ligeros movimientos szish eran cada vez más frecuentes por toda la zona, o al menos, eso aseguraban los últimos informes sobre el lugar.
Alejado de todo aquello, el joven Cann, con las ojeras marcadas por la falta de sueño, continuaba golpeando el tocón con las últimas fuerzas que le quedaban. Pero no podía rendirse ahí, todavía no. Tenía que dar mucho más de sí… Tenía que volverse fuerte, para poder proteger a su gente. Nunca permitiría que aquella catástrofe se repitiera. Que nadie tuviera que sufrir su destino.
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Eva continuaba la parte más avanzada de su entrenamiento shek. Christian había llegado a la conclusión de que, si querían acelerar el proceso y preparar a su hija para el futuro cercano, deberían tomar medidas drásticas. Por eso, aquella mañana, la muchacha se encontraba blandiendo a Haiass contra Jack, su padrastro.
No era algo que le hiciera mucha gracia, sobre todo al principio, pero una vez tomó la helada espada entre sus delicadas manos y sintió a su shek interior palpitar, se giró con ganas de al menos golpear, que no matar, al otro hombre de su madre unas cuantas veces. La verdad es que, aunque a Jack y Victoria les costara reconocerlo, el plan era brillante.
-"Vamos a utilizar dos elementos extremadamente fuertes como catalizadores para, literalmente, sacar el alma de shek de Eva a la luz. Son dos cosas que todos conocemos, pero que hasta ahora, sólo a mí parecen habérseme ocurrido. Lo primero, es lograr que nuestra hija se sienta cómoda manejando a Haiass. Y antes de que me preguntes, dragón, déjame decirte que, cuando su shek sienta el frío de mi espada, que tiene fragmentos de mi alma shek debido al tiempo que he pasado con ella, el suyo reaccionará. Estoy convencido.
Lo segundo es lo más sencillo. Vamos a utilizar el odio para cumplir nuestro objetivo. Por una vez, nos servirá para algo. Veréis, es bastante sencillo: ¿recordáis cuando Jack me vio con Victoria por primera vez? Casi se transforma… Así que vamos a intentar aprovechar ese flujo repentino de instinto para que, combinado con el contacto y la exposición prolongada a Haiass, el cuerpo de Eva genere la respuesta para desenterrar el alma shek por completo".
Jack miró a su hija, ligeramente turbado. Era bastante arriesgado, pero podía funcionar. Sabía que podía vencerla fácilmente si las cosas se salían de control, por lo que, en cierto modo, no había nada que temer. Pero, aun así, temía ver a su hija como a otra serpiente a la que destrozar, aunque solo fuera un segundo. Puede que Sheziss le enseñara a obviar el odio y a redirigirlo, pero sentir eso por Eva… no podía soportar aquella idea.
Por ello, cuando se les dio la señal de comenzar, dejó que su hija comenzara, sin moverse del sitio. También insegura, la joven de hermosos ojos azules, fríos como dagas, se lanzó sobre Jack blandiendo la helada espada de su padre. Una vez se enzarzaron en la batalla, sin embargo, algo comenzó a cambar lentamente en sus movimientos.
Todavía no estaba segura de por qué, pero parecía que sus ataques se volvían cada vez más rápidos y poderosos, como guiados por una fuerza en su interior que cada vez tenía una voz más fuerte en su conciencia. "Mátalo, mátalo, mátalo…" comenzaba a sentir, sin darse cuenta de ello. Por su parte, el dragón se iba emocionando cada vez más, moviendo su espada con mayor potencia cada vez que se separaban los dos filos y volvían a encontrarse.
Victoria les miraba. Estaba ocurriendo lo mismo que pasó con Erik en el torneo, pero Eva no sería capaz de vencer a Jack igual que a su hermano. Y tal vez, sólo tal vez, lograría transformarse. Pero también cabía la posibilidad de que el enfrentarse a su padrastro propiciara actos de los que ambos contendientes se arrepentirían después.
Sin quererlo, Jack se mofó ligeramente de ella.
-¿Es eso lo mejor que puedes hacer? ¡Esperaba que fueras algo más difícil!
Con una mirada severa por respuesta, la muchacha realizó otra acometida sobre Domivat, que al contacto con Haiass provocaba que saltaran chispas y pequeños trozos de hielo. Cada vez se movían más rápido, y Christian les miró, interesado. Pronto llegarían al punto perfecto para la transformación.
Pasaron unos minutos más de combate, con las burlas de Jack subiendo poco a poco de tono debido no sólo a la emoción, sino a la evidente ascensión del alma shek de su hija, que provocaba que su instinto reaccionara. Aunque él no quería, Christian le había comunicado mentalmente antes de empezar que eso ayudaría, así que podía no contener sus palabras… hasta un límite, claro.
-Si esto es todo lo que la serpiente puede ofrecer, debo decir que es patético. Aún no sé cómo venciste a mi hijo -comentó con media sonrisa el dragón. En ese momento, los ojos de Eva se tornaron irisados, lanzándose de nuevo con intención de asesinar al dragón que tenía delante. Moviéndose rápidamente se plantó ante Jack, lanzando su ataque al corazón.
Con un respingo, su padrastro se movió rápidamente y bloqueó el golpe, propinándole un barrido con la pierna que tumbó a Eva. Debido a la sorpresa, ambos reaccionaron: Jack se calló y los ojos de Eva volvieron a su estado normal. El hombre se agachó rápidamente.
-Hija… lo siento, no quería… -trató de disculparse el dragón, pero Eva se levantó y salió corriendo. Aunque Jack salió detrás de ella, seguido de Victoria, Christian los detuvo.
-Esperad. Dejadme a mí. No creo que esté enfadada contigo, dragón. Me parece que puedo entender lo que le pasa incluso sin haberle leído la mente.
Mientras Jack le miraba inquisitivo y con la mirada apenada, Eva corría en dirección al exterior. No podía creer lo que podía haber hecho de no haber reaccionado su padre a tiempo. Con pasos rápidos, pero poco precisos, el rostro de la chica comenzó a enrojecerse mientras se acercaba a su habitación. Su cuerpo comenzó a agitarse cuando entró y se sentó en la cama con la cabeza enterrada en las rodillas, tras haber cerrado la puerta.
Unos minutos pasaron, pero el tiempo no surtió ningún efecto en aliviar no el dolor, sino aquella sensación de terror que experimentaba debido al odio que corroía sus entrañas y le provocaba a tratar de asesinar a su propia familia.
-"¿Por qué… por qué lo he atacado de esa forma…?" -sólo podía pensar, con las lágrimas en las mejillas.
-Porque eres una shek. Y no puedes evitarlo.
Eva giró la cabeza rápidamente para ver a Markash sentado en la ventana, mirándola como si nada hubiera pasado, por mucho que le hubiera leído la mente y entendiera su situación. El chico simplemente continuó manteniendo una mirada similar a la de un adulto sobre un niño pequeño, agravando esa sensación de desconocimiento sobre los actos propios que ya atormentaba a Eva desde el final del combate.
-¿Cómo has…?
-Eva, tú y yo conocemos perfectamente tu verdadera naturaleza. Eres una shek, de hecho estás entrenando para convertirte en una. Y sabes que los sheks odiamos a los dragones por instinto, ¿verdad? -comenzó Markash, levantándose y caminando hacia la muchacha con serenidad.
-¡Claro que lo sé! -dijo la morena entre lágrimas -¡Pero yo no quiero odiarles! ¡No tengo motivos de ningún tipo, y ellos tampoco lo tienen!
-Oh, ¿y de verdad piensas que eso importa? Puede que hayamos establecido una alianza con Alsan, pero te aseguro que todos y cada uno de nosotros se está refrenando de una forma inconcebible para no saltar sobre tu medio hermano o tu padrastro -escupió, haciendo mención a Erik y Jack como si fueran elementos extraños.
-¡No hables de ellos como si fueran basura! Ellos son… son…
-Dragones -contestó Markash con ligera frialdad, provocando que el cuerpo de la muchacha se estremeciera con la palabra. Sin encontrar una respuesta a pesar de su mente shek, la chica miró al hijo de Shizuko con los ojos enrojecidos. Este dio un respingo cuando vio que, en vez de hielo, había una luz tan pura que no pudo ignorarla.
-Vete… por favor… No me confundas más -casi imploró. El líder de los sheks se echó hacia atrás. "Vaya vaya… y pensar que su esencia shek ocultó esta parte suya durante tanto tiempo…" Mientras se dirigía a la ventana, no pudo evitar sonreír. "Esto podría cambiar las tornas a nuestro favor considerablemente. Y, por otra parte… supongo que su hermano tiene el mismo poder que ella. Luz... la luz del unicornio"
Justo cuando saltaba desde la ventana, Christian llamó a la puerta con tres toques secos.
-Eva. Abre la puerta, por favor -pidió, en un tono más cálido de lo normal. Al principio no obtuvo ninguna respuesta, pero no se fue de allí. En su lugar, calló, esperando a que su hija decidiera por sí misma si quería hablar con él o no.
Mientras se apartaba un mechón de su cabello castaño de su ojo derecho, esperando una respuesta, la chica se levantó indecisa en su habitación y golpeó el cerrojo con pocas ganas, dejando entrar a la única persona que la comprendía de verdad: su padre.
Sentándose a su lado, el castaño observó a su hija volver a enterrar la cabeza entre las rodillas, en la misma postura de antes.
-Cuéntame lo que te ocurre, Eva… -dijo Christian, aunque ya tenía una idea de lo que ocurría. La chica se puso a pensar de forma acelerada. ¿Debería utilizar las palabras que previamente ya había lanzado a Markash? No, no debía. Su padre era muy distinto: frío como el hielo, pero cercano a ella, con un aura tranquilizadora.
-Pa…papá… yo no quería…
-¿No querías…? -inquirió él, esperando la respuesta.
-¡No quería hacer daño a Erik! ¡Y tampoco a Jack, maldita sea! Pero no fui capaz de controlarme… Ya no sé qué pensar, ¿sabes? Erik siempre ha sido muy bueno conmigo, y estoy convencida de que siente lo mismo que yo cuando luchamos: ese odio debido a lo que somos… ¿Por qué pasa esto? Yo… yo…
-No quieres hacer daño a tu familia, ¿verdad? Porque, por muy dragones que sean, son muy importantes para ti…
Eva movió ligeramente la cabeza, corroborando el pensamiento de su padre. Sin embargo, había algo más que no le había contado.
-Por eso yo… no puedo convertirme en shek… -musitó, tratando de que su padre la ignorara, pero para el fino oído de Christian, fue muy claro.
-¿Hm?
-¡No quiero, papá, no quiero! ¡Si en forma humana ya no soy capaz de controlarme luchando contra ellos, cuando me convierta en shek seguro que les atacaré!
-Hija, eso no significa na… -cuando iba a tratar de consolarla, fue interrumpido de nuevo.
-Papá… ¿no lo entiendes? -finalmente, Eva rompió entre lágrimas -¡Tengo miedo de mí misma! No quiero hacer daño a Jack, ni a Erik, porque sé que perderé el control y terminaré tratando de matar a mi propia familia… pero tampoco quiero ser una carga para nadie por no ser capaz de transformarme… ¡Por primera vez en mi vida, no sé qué hacer! -terminó Eva, volviendo a enterrar la cabeza.
Con una sonrisa de ternura, Christian se inclinó sobre ella, y le hizo levantar la cabeza poniendo un dedo bajo su barbilla.
-Lune… te voy a revelar algo sobre ti. Mírame a los ojos…
Vacilante, la muchacha lo hizo sin gana, esperando encontrarse lo de siempre, sus fríos ojos reflejados en los de su padre, quien entraría en su mente, como siempre. Sin embargo, esta vez no fue así.
El hombre de treinta años no hizo nada más que fijar la mirada en su hija. Esta vio reflejada su mirada en ellos, pero sus ojos no eran las frías azules dagas de siempre. En su lugar, un pequeño resplandor, cálido y lleno de ternura, brillaba en ellos.
No lo comprendía.
-¿Qué…? -sólo pudo preguntar, mientras su padre se separaba de ella.
-No sólo tienes la cara de tu madre, sino también su luz en tus ojos, Lune. ¿Comprendes ya? -su padre acarició el rostro de Eva con cuidado.
-La verdad es que no… -aceptó ella.
-Eva, no te preocupes. Aunque te transformes, estoy convencido de que jamás atacarías a Jack o a Erik. Porque, en parte… también eres un unicornio.
-¡Ya lo sé! ¿Y qué importa eso?
-Que esa especie no tiene reparos en odios ancestrales o divinos. Para ti ahora mismo, simplemente son las personas a las que más quieres… y jamás les atacarás, por mucho que les odies. Estoy convencido de que Haiass se hubiera parado en seco antes de contactar con ese maldito dragón.
Eva se limpió un poco las lágrimas.
-Entonces, ¿por qué…? -sólo podía hacer esa pregunta. Necesitaba saber por qué un odio que creía enterrado por los lazos familiares resurgía de esa manera.
Christian se relajó un poco. Tumbándose en la cama con desgana, giró la cabeza hacia su hija.
-Tal vez eso sea culpa mía. Puede que forzar la transformación sólo haya servido para confundirte aún más. Lo siento mucho… -se disculpó, repentinamente serio, pero por toda respuesta obtuvo un sincero abrazo de su hija.
-Papá… muchas gracias… -susurró ella, recibiendo un beso de su padre en la cabellera.
-Olvidémonos de tu transformación por ahora, ¿de acuerdo? No quiero que te sientas incómoda.
Para su sorpresa, Eva negó con la cabeza.
-No. Si tú crees que estará bien, lo seguiré intentando. Quiero ayudar en todo lo que sea posible. La misma profecía lo dijo: tendré un combate a muerte con el Séptimo, ¿no? Pues entonces… necesitaré todo el poder que pueda conseguir.
Limpiándose las restantes lágrimas, la muchacha se levantó, decidida a continuar con sus entrenamientos. Ni la profecía ni aquel odio podrían con ella, porque tenía a su lado a gente que la quería. A sus padres, Jack, Erik, Resa, Séun…
-"Séun…" -su nombre se estancó por un segundo en su mente, pero lo borró rápidamente para que su padre no le dijera nada después.
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De nuevo había llegado la noche al lugar donde se encontraban Erik y Séun. Su segundo día allí, aunque el primero completo, y aún no habían visto nada sospechoso. Buena señal, pues si el enemigo se dejaba ver por algún lugar lo más probable era que lo hubieran hecho a propósito.
Tumbándose en la cama tras un largo día, tanto Erik como Séun se sumieron en un profundo sueño. Una hora después, aproximadamente, el pequeño Cannais, que había estado durmiendo todo el día, se levantó y volvió a repetir la operación de la noche anterior. Sin embargo, aquella noche iba a ser bastante diferente.
Mientras se encaramaba a la ventana, una corriente fría de aire entró. El chico gruñó por lo bajo, y volvió a salir de la casa otra noche más, dirigiéndose a su lugar secreto. Pero había algo con lo que no había contado. Aquella ráfaga de viento repentino golpeó la nariz de Erik, provocando un estornudo tras un rato que despertó al joven dragón.
-¡ATSHÚ! -soltó, levantándose repentinamente. Con los ojos medio cerrados, miró alrededor, y vio la ventana abierta, algo que le sorprendió, pues él mismo la había cerrado antes de irse a la cama. Encogiéndose de hombros, se dispuso a cerrarla, cuando se fijó mejor en lo que se veía al otro lado a la luz de las tres lunas.
Una silueta de un joven caminaba, desvaneciéndose entre las sombras.
-"¿Pero quién sale a pasear a estas horas…?" -pensó, perezoso. Disponiéndose a volver a la cama, subió a su litera, mirando a sus dos compañeros, el moreno Séun, que dormía a placer, y una… ¿almohada? Fue en ese momento cuando descubrió que Cann no estaba allí. El hijo de Onet había colocado su almohada de forma que se le confundiera con ella si la persona que lo miraba estaba lo suficientemente dormida. Y la verdad es que había funcionado.
-"¡Mierda! ¿A dónde habrá ido ese chaval?" -pensó, vistiéndose con rapidez. Poniéndose los pantalones, se dio cuenta de que la silueta que había visto con anterioridad no era sino la del joven.
Pensó en despertar a Séun, pero no había tiempo para ello. En menos de un minuto, Erik también se había encaramado en la ventana, y salió corriendo en busca del muchacho.
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El rubio golpeaba el tocón, con las manos agarrando firmemente su espada. Callos comenzaban a formarse en sus dedos, como muestra de todo lo que se entrenaba, por lo que hacía lo posible para evitar que su madre los viera. Sabía que odiaba todo aquel asunto de la guerra y la venganza.
Mientras descansaba un minuto, otro recuerdo volvió a su mente…
Cann cogió la vieja espada de su padre mientras se dirigía a la calle. Onet, con un rápido movimiento se lo impidió, agarrándole del hombro.
-¿A dónde crees que vas, jovencito? -inquirió, con el ceño fruncido.
-A entrenarme. Me volveré fuerte, y algún día… ¡Acabaré con todas esas serpientes! ¡Lo juro por papá y…!
Al instante, una bofetada cruzó su rostro. Su madre le había dado con toda la fuerza que tenía y le había dejado la mano marcada en la mejilla derecha.
-No vas a hacer nada, ¡¿me oyes?! No pienso permitir que mueras tú también. ¿¡Es que no ves que tu padre y tus hermanos murieron aun contando con el apoyo de los soldados?! ¡Sólo conseguirías morir, Cannais!
Cann hizo lo posible por contenerse.
-¡Mamá, precisamente por eso tengo que entrenarme! ¡Tengo que volverme fuerte, porque estaremos perdidos si vuelven! ¿No lo entiendes? ¡No puedo dejar que otros mueran por mí!
-Hijo, yo no puedo dejar que tú mueras por una causa perdida. No hay nadie que pueda con esos monstruos. De hecho, para lo único que sirvió la muerte de tu padre fue para que pudiéramos escapar. ¿Vas a dejar que su sacrificio sea en vano?
No pudo resistirlo más.
-¿¡Y TÚ VAS A DEJAR LAS COSAS ASÍ?! ¡¡ESAS SERPIENTES NOS LO QUITARON TODO!! ¿¡ES QUE NO LO RECUERDAS!? ¡¡JURO POR LOS DIOSES QUE ACABARÉ CON TODAS Y CADA UNA DE ELLAS!!
-Puede que creas que tienes razón, ¡pero no voy a dejar que otro de mis hijos pereza en una batalla en vano! Cuando los dioses nos asistan, como ya hicieron hace veinte años, nos librarán del Séptimo de nuevo, así que no te vas a entrenar. Vas a ser un niño normal con una vida feli…
-¡¡LUCHARÉ, TE GUSTE O NO!! SI QUIERES VIVIR CON MIEDO, ENCERRADA COMO UNA COBARDE EL RESTO DE TU VIDA MIENTRAS ESPERAS UNA AYUDA QUE NO SABEMOS SI LLEGARÁ, ¡¡ADELANTE!! ¡¡PERO YO CAMBIARÉ TODO ESTO CON MIS PROPIAS MANOS!!
Y salió corriendo de casa, con lágrimas en los ojos y una mirada oscura que solo puede tener una persona que ha visto el infierno y ha vivido para contarlo.
-Tch… se lo demostraré… -musitó, mientras volvía a golpear el tocón con una serie de golpes. Sus brazos, que aun con entrenamiento seguían siendo los de un niño, estaban agotados por las continuas palizas nocturnas que asestaban a aquel tronco.
-¿El qué tienes que demostrar? -preguntó una voz desde detrás.
Cann se giró rápidamente, sobresaltado por haber sido sorprendido a aquellas horas. Ya llevaba dos años haciendo aquello pero nadie le había descubierto. ¿Por qué ahora? Al darse la vuelta, descubrió que el que le había seguido el rastro no era otro que uno de los invitados de su madre.
-¿Qué haces aquí? -preguntó, con mala cara.
-Yo podría hacerte la misma pregunta, chaval. ¿No crees que tu madre se preocupará si se entera de que estás aquí? -inquirió Erik con una media sonrisa. Cann se giró y le apuntó con la espada.
-¡Eso no te incumbe! -gritó el más joven de los dos.
-Oh, pero a Onet me parece que sí -Erik seguía picándole para comprobar su reacción.
-¡Cállate de una maldita vez! -rugió de nuevo Cann, abalanzándose contra él con la espada. Con un movimiento rápido, Erik invocó su espada legendaria y desarmó al muchacho, pues no se había esperado aquella reacción. -"Una espada legendaria…" -pensó. El joven de trece años sólo pudo contemplar su espada salir volando y clavarse en el suelo con un ruido metálico sordo. Entonces, cayó al suelo de rodillas.
-Maldita sea… Nada ha cambiado desde la última vez… -musitó Cann, con los ojos anegados en lágrimas. El gesto de Erik cambió al oír sus palabras. Acercándose al muchacho, le preguntó qué era lo que le ocurría.
-¿Qué te pasa? ¿Por qué eres así con tu madre? Con nosotros lo entiendo, somos desconocidos para ti, pero, ¿qué te ha hecho ella, además de cuidarte? Desapareces por las noches, no pasas por la posada en todo el día…
-Tú jamás lo entenderías…
-En fin, supongo que si entrenas ahora es una de dos: o prefieres entrenar fresquito sin los soles, o lo tienes prohibido y por eso lo haces a hurtadillas -el respingo que dio Cann al terminar Erik la frase le dio a entender que tenía razón. -"Bingo" -pensó el joven dragón.
-¡Cállate! ¡Tú no entiendes lo que significa ser débil! ¡No conoces lo que se siente al ser incapaz de hacer nada!
Entonces fue Erik quien tuvo un cambio de humor repentino. Agarrando al chico por el cuello de la camiseta, lo levantó y lo apretó contra el tronco hueco. Estaba furioso.
-¿Que no lo entiendo? ¡Tú no tienes ni idea de todo lo que me ha pasado, chaval! ¡Yo siempre he sido el más débil de toda mi familia porque mi madre quería protegerme! Así que, no me vengas con el cuento de que eres muy especial por ser un debilucho, ¡¡porque yo también lo soy!! -terminó, soltando al joven que cayó al suelo con estrépito, mirando incrédulo a Erik.
-"No puede ser… No solo somos muy parecidos en nuestro aspecto, sino también en la forma de pensar…" -se dio cuenta Cann, mientras estaba en el suelo.
-Tú no eres el único que quiere volverse más fuerte… Yo también tengo que serlo, ¿sabes? Pero no me dejarán tranquilo porque mi objetivo no es precisamente común.
-¿Y cuál es? -inquirió Cann, curioso.
-Te lo diré si prometes no contar a nadie lo de mi espada -propuso Erik. Cannais vaciló durante unos momentos, pero no tardó en contestar.
-De acuerdo -aceptó, reticente, mientras Erik y él se sentaban en el frío suelo nocturno.
-Te vas a reír… pero estoy buscando a alguien muy importante para mí, por eso quiero volverme fuerte -dijo, pero para su sorpresa, de los labios del joven no salió ni una palabra de burla.
-Eso no está mal… No es que me importe, pero, ¿cómo se llama? -preguntó, intentando ocultar su evidente curiosidad ante una confesión tan repentina. Erik esbozó una sonrisa.
-La parte divertida viene ahora… La verdad es que no sé nada de ella. Ni su aspecto, ni su forma de ser… ni siquiera me acuerdo de su nombre -comentó, con un aire apenado. Sin embargo, todavía no había terminado. -Pero, ¿sabes? No me importa. Lo único que tengo claro es que tiene que haber sido alguien muy importante en mi vida… y no me acuerdo de ella. Parece una gilipollez, ¿no?
Cannais se carcajeó, no por ser cruel, sino porque era una situación bastante irónica. No dijo nada, porque Erik volvió a tomar la palabra.
-Muy bien, yo ya te he contado mis motivos. Ahora, me gustaría oír los tuyos…
Al principio, reinó el silencio. Cann no tenía motivos para contar nada, pues todo lo referente a Erik le era completamente indiferente. Puede que otra persona se hubiera callado ahí, pero el hijo de Onet decidió no hacerlo; al fin y al cabo, aquel extraño se había sincerado ante él. Como corroborando sus pensamientos, el dragón volvió a hablar.
-No sé si es porque somos casi iguales… pero creo que puedo confiar en ti, pequeño -sonrió Erik, tumbándose y mirando al cielo. Tras unos momentos, la respuesta llegó.
-De acuerdo. Pero lo que te voy a contar… no es agradable.
"Verás, hace aproximadamente tres años, yo vivía con mis padres y mis tres hermanos mayores. Yo era el más pequeño con diferencia, unos cinco años entre el tercero más pequeño y yo para ser exactos. Vivíamos aquí en Celestia, pero en una zona mucho más al sur, y éramos bastante felices. Aún me acuerdo de aquellos días… Mi padre, un soldado al servicio de Alsan que había venido con mi madre desde Vanissar, se quedó aquí a vivir. Entonces nacimos nosotros.
Casi todos los días, mi padre nos intentaba enseñar a usar la espada para poder defender este mundo si algo parecido a lo de ese tipo, ese tal… Ashran, creo que era, sucedía. Yo era muy pequeño: ni siquiera tenía diez años por aquel entonces, por lo que me quedaba muy atrás, pero nunca me importó.
Mientras crecíamos, mamá nos daba mucho amor, y papá nos enseñaba a vivir. Creo que es la parte de mi vida en la que creo que he sido verdaderamente feliz, y nunca quise que terminara, aunque reconozco que a veces me aburría y deseaba que ocurriera algo interesante. Sin embargo, todo cambió aquel día... algo que superó todas mis expectativas. Jamás pensé que llegaría a ver el infierno, al menos, no tan pronto. "
Cann tragó saliva, y continuó. Estaba claro que se encontraba incómodo hablando de ese asunto.
"Ocurrió poco después de año nuevo. Estábamos dando un paseo en familia, cuando de repente, se extendió la alerta por toda la ciudad. Yo no entendía nada, pero mi padre parecía preocupado, y pronto entendí el por qué. Una media hora después, una horda de serpientes aladas cubrió el cielo: sheks.
Yo jamás había visto un espectáculo tan terrorífico. En menos de una hora, la aldea estaba casi destruida. Había visto a mis antiguos amigos y compañeros ser masacrados, tomados como rehenes o, peor aún, devorados. Lo peor de todo fue que tuve que resignarme a intentar sobrevivir en vez de plantar cara…
Mi padre nos intentó sacar de la ciudad, por lo que fuimos a nuestra casa, que estaba situada en las afueras y no había sido atacada todavía. Cogimos nuestras cosas y nos preparamos para irnos… pero habíamos sido unos idiotas. Obviamente, las serpientes nos siguieron hasta nuestra casa. Entonces las serpientes atraparon a uno de mis hermanos"
Las lágrimas comenzaron a cubrir el rostro de Cann, mientras enrojecía y apretaba los puños.
"Mi padre le dijo a mi madre que me cogiera y nos fuéramos, porque éramos los únicos que no teníamos experiencia con la espada… Yo quería luchar, pero ya me lo habían dicho claramente mientras volvíamos a casa. -No puedes hacer nada, Cannais. Vuelve a casa y escóndete con tu madre-… eso lo dijo mi padre, pero logramos convencerle para venir, de todas formas. Pero continuemos…
Para mi desgracia, mi madre le obedeció, y me tomó en brazos. Yo traté de liberarme, pero… Lo que vi entonces me paralizó. Observé cómo mi padre y mis hermanos eran, literalmente, aplastados por las pesadas colas de las serpientes. En su agonía, esos sheks les miraron a los ojos, y entonces los gritos y la sangre se volvieron incluso mayores… Yo… yo… no podía soportarlo… no quería mirar… Pero no pude evitarlo. Y cuando volví mi mirada… los pensamientos de una de esas sucias serpientes me golpearon. -¡Ja! Puede que los otros humanos fueran patéticos, pero podían luchar. Tú, en cambio, no puedes hacer nada. ¿Qué se siente siendo tan impotente?"
Cann terminó su relato con un sonoro puñetazo al suelo.
-Poco después la zona fue declarada territorio enemigo… Volando en el pájaro haai, pude observar la masacre desde el aire. Jamás había visto tanta sangre, muerte y destrucción juntas…
Erik se quedó boquiabierto ante el relato. El odio comenzó a surgir de nuevo, y comenzó a respirar pesadamente. -"Malditos… malditos sheks…" -pensó, con rabia y furia.
-Fue entonces cuando me lo prometí. Yo… yo… ¡acabaré con su existencia! -gritó Cannais, golpeando el suelo de nuevo con todas sus fuerzas y mirando al cielo con mirada turbadora. -NINGUNO QUEDARÁ CON VIDA… ¡¡ACABARÉ CON ELLOS CON MIS PROPIAS MANOS!! -la rabia desgarró la voz de aquel joven que, con casi trece años, ya había pasado por el infierno.
Mientras el eco de su voz se desvanecía en el cielo idhunita, Erik se levantó y le puso una mano en el hombro.
-Cann… Yo te ayudaré. Juntos, nos vengaremos de las malditas serpientes… Por todo lo que le han hecho al mundo. ¡Séun y yo te ayudaremos, no te preocupes!
Las lágrimas brotaban de los ojos del hijo de Onet. No pudo evitarlo: abrazó a Erik. Hacía mucho tiempo que no lloraba tan abiertamente, y menos delante de nadie, ni siquiera de su madre. Eran demasiadas emociones contenidas.
-¡Abandoné a mi familia… porque fui débil…! ¡No merezco vivi…
-¡No digas eso! Sé que has perdido a tu familia, Cann… Pero, si nos dejas, Séun y yo te entrenaremos. ¡Nos convertiremos en tus nuevos hermanos! Y juntos nos volveremos fuertes, tan fuertes que podremos ser libres, sin tener miedo ni de los sheks, ni de cualquier cosa en el mundo… ¿Te parece bien?
Por toda respuesta, el abrazo se estrechó, mientras el pequeño era consciente de que las palabras de Erik le habían llegado al corazón. Ahora, podría volverse fuerte… y como le había dicho, vivirían sin miedo a nada… libres.
-Gracias… -musitó el pequeño rubio, cerrando los ojos mientras era acunado por el fuego del dragón, que lejos de quemar, se había teñido de una sensación cálida y acogedora, como si de luz se tratara.
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Buenas!!! Hoy toca capítulo largo, para celebrar esas 20.000 lecturas. ¡Os quiero gente! Así me motivo mucho para escribir. ¡Muchas gracias a todos los que comentaron el capítulo anterior! Pronto escribiré un pequeño "spoiler" acerca de algo que seguro os preguntáis todos. ¿El qué? No os lo puedo decir... pero sé que os gustará ;)
¡Espero que os haya gustado! Muchas gracias a tod@s, espero que sigáis conmigo hasta que esto termine, ¿de acuerdo? Para este capítulo, me gustaría preguntaros... ¿qué os ha parecido la historia de Cann? ¿Os gustaría ver un poco más del "lado luminoso" de Erik y Eva, o los preferís como hasta ahora?
¡Un saludo y gracias de nuevo!
zalitrix