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Historia 120142 — capítulo 46

-"Mi señor. Han encontrado una litografía en un pequeño pueblo fronterizo en Celestia. Solicito permiso para iniciar el asalto" -los pensamientos de Shezken resonaron en la cabeza de Mannon mientras ambos miraban el resultado del ritual de Mannon de la noche anterior.

-Haz como creas conveniente. Pero, mira… está a punto de despertar -respondió la encarnación del Séptimo con una sonrisa. Mientras, el cuerpo de uno de los antiguos emperadores de Idhún comenzó a moverse poco a poco. El pecho subió por primera vez de forma repentina, y luego continuó bajando y subiendo a un ritmo estable. Los dedos de las manos se encogieron, y poco a poco, las funciones corporales volvieron a activarse.

-Bienvenido de nuevo al mundo de los vivos. No sabes los problemas por los que he tenido que pasar para devolverte la vida… Talmannon -sonrió el hombre de cabellos plateados, al ver que la figura abría los ojos, y trataba de incorporarse. Al haber recuperado su alma del mundo de los muertos y haberle infundido una parte de su alma, el antiguo emperador era, virtualmente, el mismo que había gobernado Idhún hacía tanto tiempo.

-Vaya… No esperaba otra cosa de mí mismo. Aunque debo admitirlo… Tengo curiosidad. ¿Qué llevaría a una de las encarnaciones del Séptimo a traer a otra de vuelta a la vida? -inquirió el antiguo recipiente de la esencia de Siebten, arqueando una ceja.

-Por ahora, déjame informarte de los detalles de la guerra que tenemos entre manos.

-¿Una guerra? Pensé que lo tenías controlado. ¿Y para qué?

-No cuando una parte de mí se alía con los enemigos. Me he cansado de este mundo… es hora de hacerlo desaparecer -sonrió siniestramente el Séptimo a su otro yo, quien le devolvió el gesto. Así que por fin se había librado de aquella parte que corroía su esencia… aquello era, cuanto menos, interesante.

-Además… quiero que veas algo muy curioso. Entre las líneas enemigas hay alguien muy especial… un joven dragón. Inexperto, con un gran poder oculto. Inseguro de sí mismo. Muy resentido hacia los sheks, más allá de motivos naturales. Será divertido, ¿no crees?

-Hmpf. Ya deberías saber que sí… Tengo curiosidad por saber cómo luchan ahora en Idhún. Cuando yo reinaba, todo era muy diferente… nadie se atrevía a oponerse a mí.

-Las cosas han cambiado, amigo mío, para bien o para mal. Y yo me encargaré de que tomen el rumbo correcto de nuevo. Pero, por ahora… disfrutemos del espectáculo. ¡Shezken! Comienza el ataque. Quiero ver resultados hoy mismo. Recupera esa litografía, y tráemela -ordenó el Séptimo.

Con un gesto de emoción, la serpiente alada se lanzó fuera, con un solo pensamiento en mente. Había un dragón entre los enemigos. Tal vez así podrían aplacar por fin aquella sensación de que algo les faltaba en la vida desde que sus enemigos naturales se extinguieron hacía ya tantos años…

Dentro de la torre, Talmannon se quedó impresionado al ver la imagen de Erik que el Séptimo había proyectado ante él.

-Ese muchacho… ¡Es demasiado peligroso! ¿Estás seguro de que sabes lo que haces? -inquirió el antiguo gobernante, sobresaltado. Se esperaba algo que al menos pudiera sacarle una sonrisa, pero aquello… Sin embargo, Mannon sonreía.

-Eso es lo mejor. No tenemos que hacer nada… Ellos ya se han encargado de él -dijo, con una sonrisa maléfica, mientras la imagen se desvanecía. El otro comprendió y compartió el gesto. No podía creer que, por una vez… la profecía les fuera beneficiosa.

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Los szish se acercaron poco a poco al lago de la aldea. Era un escuadrón pequeño, una avanzadilla más bien, pero su objetivo era claro: mantener a los guardianes lejos de la zona mientras la devastaban y encontraban la litografía. Solo les quedaba saber si serían lo suficientemente ineptos como para seguirles el juego durante el tiempo suficiente.

-Ten cuidado. Ssssson muy peligrosssssssssossssssss -advirtió uno de ellos al que tenía que captar su atención.

-Dessssscuida. Ssssssaldré a la visssssta del lago en cuanto losssss ssssintamossssss -contestó el mismo, haciendo ondear su lengua bífida rápidamente para intentar captar el olor. Todavía estaban lejos… aún contaban con una media hora terrestre, para ser exactos. Mientras tanto, los sheks avanzaban a su posición desde el flanco oeste. Aquel lago estaba en la parte este de la zona, por lo que el plan era perfecto.

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-Vamos, Séun, Cann ¡daos prisa! -gritaba Erik, mientras avanzaban hacia su lugar de recreo particular, después de hacer la ronda por los alrededores de la aldea. Un día más sin nada extraño a la vista, lo que era de agradecer. Mientras el joven de cabellos negros continuaba el camino con el más joven de los tres adelantándose ligeramente, no pudo evitar sonreír.

Estaba claro que el haberse alejado de todo le había sentado maravillosamente a Erik. Una pena que el plazo de la misión estuviera a punto de terminar… al día siguiente, las tropas avanzarían hasta allí para mejorar el puesto de avanzada y, tal vez, establecer un pequeño cuartel, ahora que estaba establecido que la zona era segura.

No sabía cómo reaccionaría el joven a un encuentro posterior con Eva y Markash. La verdad es que él sabía mucho más de sus nuevos poderes que su propia familia, y eso era algo que le henchía de orgullo, pues Erik confiaba lo suficientemente en él para decirle cosas que eran tabú en su entorno cotidiano. Su relación se había afianzado muchísimo en muy poco tiempo, dándose cuenta de ello por primera vez en aquel momento.

-¡Ya vamos, ya vamos, petardo! Ni que te hubiera picado un mosquito en el culo y no quisieras sentarte a descansar… -contestó, ligeramente cansado, pero manteniendo el ritmo. La noche anterior la había pasado en vela debido al calor que traía consigo el verano idhunita, por lo que le apetecía echarse una siesta en lugar de ir a nadar.

Poco a poco pasaron los minutos, y los jóvenes se acercaban cada vez más a la localización marcada por los sheks. Una vez comenzaron a olerles, el szish que debía actuar de señuelo se adelantó e hizo ademán de buscar algo entre los árboles, mientras los demás permanecían ocultos. Una vez llegaran y confirmaran contacto visual, le harían una pequeña señal en forma de un siseo para que fuera con ellos y tratar de huir de ellos de tal forma que no les perdieran de vista y les estuvieran siguiendo un buen rato.

-Prepárate. Sssssse acercan -dijo el líder de la avanzadilla, camuflando su cabeza verdosa entre la maleza. Ahora verían los resultados de su actuación.

En la otra orilla, Erik escrutaba el lago mientras se estiraba, en busca de un pez o algo grande que pudieran pescar para comer. Lo que observó, sin embargo, era muy diferente. Creía haber visto mal, pero pudo notar su estómago encogerse y erizarse ligeramente su cabello, mientras su puño se cerrraba inconscientemente y le invadía el odio. No podía ser…

-¡Séun! ¡Cann! ¡Venid a ver esto! -gritó el muchacho, dándole a los szish la señal que necesitaban. Los dos nombrados se acercaron, y pudieron ver claramente el cuerpo de un szish que se giraba y, poniendo una expresión de sorpresa, se giraba y salía corriendo hacia la maleza, sin que ellos supieran que todo estaba planeado.

El ojiverde desenvainó su espada legendaria. Erik no lo hizo, pero se preparó para cuando fuera necesario invocarla, ya que se disolvía en llamas cada vez que no la necesitaba. Mientras, Cann miraba con rabia hacia la misma dirección. El rubio recordaba haber visto criaturas semejantes en el primer ataque a su pueblo, y no iba a consentir que se repitiera. Desenvainó la espada de su padre, convencido. Se había preparado para aquello y no se iba a echar atrás.

-Vamos. ¡Tenemos que seguirle! Al menos, para interrogarle -sentenció Séun, lanzándose a la carrera aun estando cansado. Los otros dos hicieron lo propio y se adentraron en la maleza de las colinas, persiguiendo al enemigo que había osado poner un pie en su territorio.

Mientras avanzaban, siempre se aseguraban de tener a uno de los tres observando los movimientos de los szish, por si hubiera algún patrón errático en su comportamiento que pudiera delatarlos. Aunque ahora vieron que no se trataba de uno, sino de cuatro de las serpentinas criaturas,  parecía que estaban huyendo de ellos de verdad, sabiéndose inferiores ante dos usuarios de espada legendaria.

Erik miró de reojo a Cann, de manera protectora. No iba a dejar que se quedara atrás. El primer paso de su viaje comenzaba en aquel momento, a su lado, y a diferencia de lo que sus padres habían hecho de él, el dragón no cometería el mismo error que ellos. Si quería luchar, lucharía. Al fin y al cabo, ya había vivido el infierno por ser débil. El mundo era cruel, y la lucha, por tanto, inevitable.

Volviendo a centrarse en los szish, no parecía que aquella persecución llegara a ninguna parte, por lo que Séun decidió actuar. Moviendo a Gaia, se adelantó hacia la derecha forzando su cuerpo todo lo que pudo, y una vez se hubo situado en buen ángulo respecto a los perseguidos, propinó un tajo a la tierra similar al derechazo de un tenista, creando una barrera de pilares de tierra que se alzaron imponentes, cortando el paso a los szish.

Estos no se rindieron, al contrario, continuaron hacia el otro lado, pero ahora su terreno se había reducido. El escuadrón maldijo por lo bajo. Si aquello continuaba así mucho tiempo, su energía terminaría por agotarse y se verían forzados a luchar. No habían contado con que uno de ellos portara un arma capaz de modificar el terreno…

-"Shezken, solicito que el escuadrón shek avance lo más rápido que pueda. No sé cuánto podremos aguantar. Corto" -pensó el líder, enviando sus pensamientos por la red establecida con los sheks.

-"Bien, muy bien…" -las palabras no salieron de la mente del shek, dado que habían cortado la comunicación, al menos por aquel momento. Pronto se comenzaron a divisar huellas de actividad inteligente. No podían estar muy lejos de la zona. Pero, ¿cuánto tardarían en enfrentarse al dragón, cara a cara? Estaban ansiosos por que el enfrentamiento llegara al fin.

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Mientras tanto, en el castillo de Vanissar, Eva continuaba con su entrenamiento shek, ésta vez a manos de Christian. No podía tener mejor tutor: en aquel mes que habían estado sin su hermano, podía ejercitarse todo lo que quisiera sin miedo a despertar ningún sentimiento negativo en él, por lo que era una libertad que debían aprovechar, sobre todo teniendo en cuenta que sólo podrían contar con ella unos días más.

Mientras Eva miraba a su madre, ésta última poco convencida, pues no notaba lo mismo que cuando Christian se adentraba en su mente, el shek cerró los ojos. Sí, definitivamente habían avanzado lo suficiente… ¿por qué no se transformaba?

Pasó un minuto, y Eva, cansada, cerró la comunicación. Sí, había podido entrar en la mente de su madre, pero le había costado. No era natural, era una forma de hacerlo muy inhibida por su esencia humana.

-Papá… ¿por qué no puedo transformarme? Ya puedo utilizar casi todas las habilidades de los sheks… -musitó, extendiendo una mano y concentrándose. Poco a poco, las partículas de agua presentes en la humedad atmosférica se condensaron, formando un pequeño cristal de hielo que flotaba sobre su palma.

Christian se cruzó de brazos, cerrando los ojos mientras se apoyaba en la pared. Tras unos segundos, volvió a abrir aquellas dagas azuladas que clavó en su hija. -Tal vez… tal vez necesites algo que active la transformación. Algo que pueda hacer que tu alma shek salga a la luz… Como un objetivo, o una necesidad …-contestó, levantando una ceja -pero ni siquiera yo lo sé. A mí nunca me hizo falta despertar nada, al fin y al cabo soy un híbrido artificial.

-Tal vez tengas razón… -dijo la muchacha, dejando caer el pequeño cristal de hielo sobre el vaso de agua que tenía al lado. Sacudiéndose un mechón de pelo de la cara, no pudo evitar pensar en Erik y en Séun ¿Qué tal le irían las cosas a su hermano? ¿Cómo estaría Séun? Sonrió. Por fin los vería después de un mes que se le había hecho demasiado largo para su gusto.

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-Ya no tenéis escapatoria, malditas serpientes -gruñó Erik, mientras invocaba su llameante espada plateada, que refulgía con ira bajo los soles idhunitas. Le siguieron Séun y Cann, éste último sacando la pesada espada de su padre de su vaina.

-Entoncesssss, tendremossss el placer de rebanarte el cuello, dragón -dijo uno, lanzándose al ataque, seguido de los otros. Estaba claro quién era el más débil: el chico. Sin embargo, una vez el primero hubo llegado, la espada de Cann impactó con la suya, la señal que Erik y Séun esperaban para cerrar el paso a los demás, espalda con espalda. Al menos uno de ellos era para el pequeño.

-No sabéis cómo he esperado este momento… me vengaré de todos vosotros, ¡cabrones! -gritó el más joven de los tres, lanzándose con furia y rabia sobre la serpiente, que sinceramente, no esperaba que pudiera defenderse con los aceros.

Erik, a su vez, sonrió, haciéndole una seña a uno de los szish para que atacara. Como era de esperar, los taimados hombres serpiente eran inmunes a aquella clase de trucos, sobre todo teniendo en cuenta que su objetivo no era luchar, sino no morir, y si morían, debían haber ganado suficiente tiempo para sus superiores.

-Vamos, ¿o tenéis miedo? En fin, supongo que si no queréis… -Erik calló un momento, y rápido como el rayo, dio dos zancadas que le plantaron delante de uno de los szish -…tendré que daros un empujoncito -completó, propinándole una potente patada en el estómago a uno de los cuatro, haciendo que se estampara contra el acantilado de roca que tenían detrás, dejándolo completamente noqueado.

Mientras se acercaba para rematarlo, el tercero de los cuatro se acercó para defender a su compañero. Séun, por su parte,  ya estaba enzarzado en un duelo con el cuarto, pero estaba claro que avasallaba a su oponente con insultante facilidad. -Vamos, culebrilla, ¡tengo sueño, ¿sabes?! ¡Al menos, dame algo de guerra! -picó el joven, tratando de irritar a su rival para que cometiera un fallo más fácilmente, de nuevo sin resultado.

Rápidamente, los szish se encontraron en muy mala situación. Erik se defendía con facilidad mientras Séun lograba asestar una estocada al szish, hiriéndolo, provocando que soltara la espada. Cann, a su vez, utilizó su estatura a su favor: con un rápido giro en el suelo, cortó el talón de Aquiles de su oponente, que cayó al suelo sin poder hacer nada para evitarlo.

Pronto, la espada de Erik perforó el estómago del szish, prendiendo a su oponente en llamas que devoraron su carne, como si el mismo dragón del chico se alimentara de la criatura.

-Perfecto -musitó el chico, mientras Cann remataba a su adversario. Girándose hacia el szish que Erik había pateado, le despertó con un par de golpes suaves en la mejilla. -Eh, culebrilla. ¿Qué demonios hacéis aquí?

Para su sorpresa, el szish sonrió.

-Da igual lo que hagáis… es demasiado tarde. Ellos ya… han llegado. Están ahí, ¡donde debíais estar vosotros! Daos la vuelta… y veréis a lo que me refiero.

Erik decapitó a la serpiente, rebanando su cuello de un simple tajo, pero un grito de horror ahogó la garganta de Cann. -¡Erik! ¡Séun! ¡Mirad! -les dijo, con urgencia. Una columna de humo se elevaba por encima del bosque.

-Oh, no… No, por favor … -dijeron los dos a la vez, corriendo de vuelta. Esta vez tenían que darse prisa de verdad….

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Una vez llegaron allí, el joven Cann se dejó caer sobre sus rodillas, lágrimas inundando sus ojos. Otra vez no… no podía volver a pasar por aquel infierno…

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Perdón por la espera! Aquí os dejo el capítulo 46 con algo de intriga. Disfrutadlo! Como siempre, muchas gracias a los comentarios anteriores, espero que continuéis conmigo a pesar de lo que tardo en publicar las cosas :P

Un saludo a todos los que me lean!

zalitrix