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Historia 120142 — capítulo 48

En Vanissar, Eva corrió hacia las afueras del castillo. No podía aguantarlo más… tenía que ir a ayudarles. Su hermano no podía valerse por sí mismo en combate, y su estúpido orgullo no le importaba nada. La vida de Erik era mucho más valiosa para ella como para importarle su reacción si aparecía allí para librar su batalla.

Christian y Victoria salieron en pos de ella, siendo el primero más rápido y agarrándola del brazo. Con una mirada decidida, pero una voz temblorosa, la chica trató de desasirse, sin éxito.

-¡Suéltame! ¡Tengo que ir…! -rogó ella, encontrándose con la negativa de sus padres biológicos.

-No. Bajo ningún concepto. Por todos los dioses, hija, ¿cómo vas a llegar a tiempo? ¡No hagas ninguna locura! Precisamente, los sheks pueden estar esperando esta reacción por tu parte. ¡Eres demasiado importante para perderte! -contestó Victoria, mientras Christian musitó unas palabras.

-No puedo permitírtelo, Eva. Aunque pudieras llegar, ¿qué esperas hacer allí? Ni tu ni tu hermano sois capaces de transformaros; no estáis al nivel de los sheks. Lamento decirlo así, pero… es un suicidio.

En ese instante, Eva logró zafarse con un grito.

-¡VOSOTROS NO ENTENDÉIS NADA! -las palabras brotaron de su boca de forma similar a  una explosión,  como si hubieran estado reprimidas durante demasiado tiempo.

-Siempre le habéis dejado de lado, tiene razón… ¡Por eso me necesita! ¡¡No puedo dejar morir a mi hermano!! ¿¡Es que no lo veis?! ¡¡Erik es demasiado importante para mí como para quedarme quieta a esperar!! ¡Si es necesario, yo… haré lo que sea! -dijo, decidida, mirando a los tres soles que se alzaban ante ellos.

Un fulgor azulado recorrió su cuerpo, envolviéndola momentáneamente. La temperatura respondió descendiendo repentinamente, al tiempo que su cuerpo sufría una transformación, cubriéndose de escamas verdosas. Un par de alas membranosas brotaron de su espalda mientras crecía exponencialmente.

Una vez se desvaneció el fulgor, un precioso shek de ojos azules como el hielo estaba en el lugar de su hija. Christian y su mujer se quedaron boquiabiertos ante semejante espectáculo, mientras una sonrisa completa se asomó en la cara del hombre.

-"Hija… eres increíble"-pensó, haciendo que la criatura mirara hacia otro lado.

-"Papá… tengo que ir…" -respondió la serpiente, siendo sorprendida por la transformación de su padre.

-"Me has convencido. Pero no voy a dejar que mi hija vaya sola…"

En aquel momento, una sombra les cubrió, haciéndoles levantar la cabeza al tiempo que se despertaba una punzada de odio. Un dragón dorado volaba a toda velocidad en dirección a Celestia. Era evidente que Jack tampoco podía quedarse quieto mientras su hijo podía perder la vida a manos de aquella emboscada.

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El dragón se mantuvo quieto por unos instantes, sus ojos rojizos fijos en las tres serpientes, siendo su único objetivo. Erik se abandonó al instinto, por lo que ya no era consciente de sus acciones. Mientras la oscura criatura miraba a sus oponentes, otros dos sheks descendieron de los cielos, rodeándole. Ahora eran cinco.

-"Estás muerto" -pensó uno, a punto de lanzarse a por él, pero las sorpresas no acabarían ahí. Una pesada garra cayó al suelo, mientras el joven dragón aullaba a los cielos con rugidos guturales. Inmediatamente después, la vegetación y hierba de los alrededores comenzó a marchitarse, al tiempo que una neblina rojiza y negra se concentraba en el lomo, alas, y extremidades del nuevo cuerpo del joven.

-"¿Pero qué…? -no tuvieron tiempo de completar el pensamiento, pues con un rugido salvaje, un estallido del mismo color emanó del cuerpo del dragón, la energía negra y rojiza emergiendo de su cuerpo hacia los cielos. Una vez terminó, sus escamas ya no estaban tan adheridas al cuerpo, sino que se habían levantado, y como si de conductos de ventilación se trataran, de ellas salía el mismo poder.

Una mueca de odio se extendió por la cara del dragón, cuyos ojos ahora brillaban. Uno de los sheks no pudo reprimir sus instintos y se abalanzó hacia el dragón, pero para su sorpresa, cuando llegó a su objetivo, éste ya no estaba allí. ¡De repente, el dragón cayó en picado sobre él, casi como se hubiera desvanecido, y atravesó su lomo con sus afiladas garras, sus escamas desgarrando la carne una vez entraron en contacto con la piel!

Con un chillido, la criatura se revolvió, malherida, pero una bocanada de llamas terminó el trabajo, sin dar tiempo a una de las criaturas más rápidas y letales de Idhún a contraatacar siquiera. Utilizando sus poderosas alas, el dragón levantó el vuelo a increíble velocidad, pero aquel movimiento era demasiado veloz hasta para los sheks, que solo pudieron seguir segundos más tarde.

Furiosamente, tomaron turnos para abalanzarse sobre él con una serie de mordiscos, tratando de desconcertarle y poder atacar su punto débil sin mayor problema. El dragón se cubría con un brazo y les golpeaba con el otro, pero al cabo de un par de ataques, el veneno ya se extendía por su organismo.

Los sheks rieron mentalmente, preparándose para continuar con aquella estrategia... cuando vieron como las heridas comenzaban a cicatrizar y una sustancia de color morado oscuro salía de ellas, evaporándose en el aura del dragón. Era su veneno.

-"Por todos los Dioses… ¡¿qué demonios este dragón?!" -solo pudo pensar uno, pero entonces la ofensiva cambió de bando. Una sombra negra se movió hasta su posición, tratando de atravesarla con sus garras. Esta vez, la serpiente pudo reaccionar a tiempo, y trató de volver a morder a su rival. Sin embargo, sus colmillos se cerraron en el vacío, y en su nuca se notó un aliento cálido.

Una fracción de segundo después, las robustas mandíbulas del enigmático dragon negro se cerraron sobre el cuello de su oponente hasta que se oyó un chasquido. Con un siseo de rabia, la tercera víctima preparó una serie de lanzas de hielo, increíblemente afiladas, lanzándolas en un intento de provocar heridas fatales.

Para contrarrestarlo, el atacante blandió el cuerpo del shek que aún tenía agarrado en su boca, el hielo empalando las escamas del cadáver de la serpiente, que después fue lanzado con un giro de la cabeza del dragón hacia sus rivales, quienes esquivaron hábilmente. Ya habían perdido a dos… tan solo quedaban tres.

¿Cómo era aquello posible? Los sheks no eran inferiores a los dragones, eran sus iguales. Entonces, ¿por qué? ¿Qué broma del destino era aquella, que un solo miembro de la especie que habían erradicado casi por completo era aquello de vapulearlos sin mostrar el menor esfuerzo?

No tendrían más tiempo de ponderar aquellas preguntas que parecían no tener respuesta, pues con otro estallido de energía, el dragón se abalanzó sobre ellos. Los sheks respondieron de igual manera, tratando de crear una estrategia organizada, mirando a los ojos al dragón, que cayó en la trampa. Inmediatamente, un agudo dolor recorrió su cuerpo, como una descarga, haciéndolo rugir de ira y dolor.

Uno de los sheks estaba a punto de envolverle entre sus anillos, con lo cual tendrían la victoria asegurada, pues entonces sería un objetivo fácil. Y así debía haber sido, pero utilizando sus escamas, el dragón serró el cuerpo de la serpiente, la sangre oscura y tejidos cayendo al vacío.

La herida serpiente chilló, apretando más su cuerpo en torno al dragón, instando a los otros dos sheks a acabar con aquel terrible adversario. La acción ocurrió muy rápido en los segundos siguientes. Una vez las serpientes estuvieron cerca, una risa sádica salió de la boca del dragón, quien ladeó la cabeza, e inmediatamente, exhaló una poderosa bocanada de fuego que se extendió hacia ellos.

Los sheks contemplaron horrorizados cómo, al igual que Allegra había hecho otrora en la batalla por Awa, el cielo en frente de ellos se incendiaba, como por arte de… ¿magia?

Desde su torre, Mannon comprendió.

-"¡Salid de ahí! Ese dragón no está usando sólo su poder… ¡¡Está utilizando la magia de Celestia a través de su cuerpo… porque también tiene esencia de unicornio!!" -el pensamiento del Séptimo iluminó las mentes de los sheks. Por eso se había marchitado la vegetación alrededor…

Lo último que pudieron pensar antes de precipitarse a una ardiente muerte fue lo estúpidos que habían sido al tomar a ese muchacho como su oponente. Finalmente, la última serpiente contempló con horror cómo sus compañeros se desvanecían entre las llamas, para no reaparecer jamás.

La oscura criatura giró la cabeza, mirando a la serpiente. Liberando su brazo, rebanó el cuello de su captor de un solo golpe, la sangre salpicando sus escamas negras, pero evaporándose al contacto con la energía que emanaba de su cuerpo. Mannon se sentó en su trono, todavía perplejo. Séun, por su parte, observaba a la criatura que descendía lentamente ante él, de forma majestuosa.

Un solo dragón había acabado con cinco sheks. Sin sufrir ningún daño.

El dragón fue envuelto por un torbellino de llamas, y un inconsciente Erik se derrumbó en el suelo, siendo rápidamente atendido por Séun.

-¡Erik, Erik! Maldita sea, ¡no me dejes sólo! ¡Lo que acabas de hacer ha sido increíble! Pero… Cannais está… -no paraba de decir, intentando que recuperara la consciencia.

-Séun… ¿qué ha…? -musitó el muchacho, abriendo levemente los ojos, viendo entonces el cuerpo sin vida del joven de doce años. No sabría decir qué le había movido entonces, si el instinto, o si su propio cuerpo. El rubio se levantó, caminando hacia su "hermano", agachándose a su lado y acunándolo de nuevo entre sus brazos.

-Cann… -musitó, apretando su cuerpo sin vida contra él.

En ese instante, Séun sería testigo de un momento que no podría olvidar jamás. Luz brotó de la espalda del joven dragón, opuesta a la oscuridad que había visto minutos antes. Ese resplandor se expandió, con una semejanza a un par de alas, que envolvieron a Cannais. Su corazón aún no se había detenido… tenían tiempo.

Entonces, el resplandor se intensificó, para después centrarse en Cann, desvaneciéndose después. El cuerpo del muchacho ganó un brillo anaranjado por una fracción de segundo, al tiempo que abría los ojos, confundido. Para él, todo aquello no había sido nada más que un sueño…

-Erik… ¿qué ha pasado? ¡L-Los sheks! ¡Hay que…! -comenzó, pero entonces vio los cuerpos destrozados de las serpientes. Una ardor repentino recorrió sus venas en ese instante, pero no tuvo tiempo de preguntar qué había ocurrido, porque el hijo de Jack perdió el conocimiento, cayendo al suelo con un pesado sonido. Era evidente que aquella batalla había sido mucho más dura para el muchacho de lo que había podido parecer a primera vista.

Séun suspiró, y comenzó  a relatar a Cann cómo Erik se había convertido en dragón y había derrotado a aquellas criaturas. El muchacho golpeó el suelo con frustración cuando recordó que se había quedado sin madre. Lo había perdido todo… Ya no tenía nada. Ni su aldea, ni su madre… y por poco, ni su vida.

-Séun… -comenzó.

-Dime, chaval.

-¿Recuerdas lo que me dijisteis de volver a Vanissar?

-¿A dónde quieres llegar? -preguntó el ojiverde.

-Ahora ya no me queda nadie más que vosotros… las serpientes me lo han arrebatado todo. Pero no pienso dejar que campen a sus anchas por nuestro mundo. No, me uniré a Kyannaris, y os ayudaré a acabar con ellas -sentenció con un tono sombrío.

Séun le dirigió una mirada preocupada, aunque había asentido levemente con la cabeza. No era bueno que se dejara cegar por la sed de venganza… había conocido a demasiados soldados que habían muerto porque el odio les nublaba la mente.

-En fin, no te vamos a dejar solo, así que tranquilo. Pero por ahora, hay que esperar a que lleguen los refuerzos que pedí… -terminó, cansado, tirándose sobre la hierba. Su torso todavía le dolía muchísimo debido a los golpes y constricciones de los sheks, a pesar de que había logrado aguantar contra ambos sin morir.

Se quedaron allí, en silencio, contemplando la destrucción a su alrededor. No quedaba nadie, ni nada que salvar… por tanto, habían fracasado en su misión. Cann se desplazó hacia el cadáver de su madre, necesitando unos momentos a solas consigo mismo. Nunca era fácil perder una madre… sobre todo cuando era todo lo que tenía.

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Jack, Eva y Christian llegaron a toda velocidad veinticinco minutos después. El dragón y los dos sheks descendieron, los adultos transformándose en pleno vuelo y aterrizando con estrépito, mientras que Eva tuvo que maniobrar, pues aún no estaba acostumbrada. Inmediatamente, Cann desenvainó su espada, mirando con odio a las serpientes.

-¿Más sheks? ¡Acabaré con todos vosotros, hijos de…! -comenzó, pero Séun puso una firme mano en su hombro.

-Cann… son amigos. De hecho… la chica es la hermana de Erik, y el dragón es su padre. El otro es su… tío, supongo -musitó, pensando en lo complicado que era explicar que Victoria tenía dos maridos, un hijo y una hija.

-¿Estás delirando? ¡Son sheks! Han destruido toda la aldea… ¡¡No voy a consentir que se vayan de rositas!! -gritó, pero una mirada de Christian le dejó paralizado. O eso creía el shek, porque Cann continuó avanzando, mientras una pequeña descarga recorría el cuerpo de Christian y Eva, mirando al chico con… ¿recelo?

Su atención no tardaría en desviarse hacia los cadáveres de shek y szish que yacían en el suelo por los alrededores.

-¿Quién ha…? -inquirió Christian, sorprendido y triste por la visión de tal macabro paisaje. De forma cansada, Séun apunto al inconsciente Erik con un dedo, detrás de él.

-No os preocupéis, no está herido. Sólo… cansado.

Inmediatamente, Eva salió corriendo una vez logró transformarse de nuevo en humana, abrazando a Séun con fuerza. Aquel gesto sorprendió al muchacho más que cualquier cosa que había sucedido aquel día, y eso era mucho decir.

-No me volváis a hacer esto… por favor… -mustió ella con un hilillo de voz que parecía quebrarse a medida que salían las palabras. El chico acarició su pelo oscuro mientras una pequeña sonrisa se asomaba a su rostro.

-Tranquila… intentaré no hacer tantas locuras, pero me va a costar… -contestó él, ganándose un suave puñetazo en el estómago, que más que un golpe, era un toque cariñoso.

Unos segundos después, se acercó a Erik, abrazándole también, pero Séun le pidió que le dejara descansar hasta que llegaran los demás, aunque ya no hubiera nada por lo que luchar o contra quien luchar.

Jack y Christian, sin embargo, no podían explicarse el resultado de aquella batalla.

-¿Cómo demonios ha acabado Erik con cinco sheks de una sola vez? ¡No le hemos entrenado, y no se puede transformar…! -dijeron al unísono, pero Séun negó con la cabeza.

-Parece que vuestro hijo tiene más sorpresas de las que podíais imaginar… irónico, ¿verdad? Yo mismo me quedé sorprendido cuando vi cómo los iba despachando uno a uno con tanta facilidad. Si los sheks son los iguales de los dragones… la pregunta no es cómo seguimos vivos, sino por qué.

En aquel instante, Erik comenzó a abrir los ojos poco a poco, con muchas dificultades…

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Bueno, como prometí, un capítulo rápido para compensar por la tardanza del anterior!!! Espero que os haya gustado, y como siempre os pregunto, ¿cómo será la parte de la profecía que desvela la litografía? ¿Qué ocurre con Cann? Un saludo!!!!