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Katniss, Peeta y los no fallecidos — capítulo 9

Capítulo 9

Camino hacia la cura.

Son las 16:30 de la tarde y Peeta aún no ha vuelto de cambiarse, no quiso que lo ayudara, dijo que su padre lo haría por mí. Estoy algo preocupada, después de acabar de desayunar vino su padre a ver cómo se encontraba y decidió irse con él para cambiarse de vestimenta, pero eso fue hace una hora, tanto pueden tardar? Yo ya estoy cambiada, aunque no planeo acompañarlo, no porque no quiera, me muero de ganas, sino porque no sé si me dejarán, son reglas muy estrictas directas del Capitolio y no quiero quebrantar ninguna más, a menos que cuente traer a mi compañero de distrito con vida, o por si he quebrantado ya alguna, lo que creo muy cierto.

Justo cuando el reloj da a las menos cuarto suena el timbre de mi casa, me sobresalto pero al instante voy corriendo a abrir la puerta.

Es Peeta, ha venido solo con unas muletas, son los que usaba al principio, cuando aun no se acostumbraba a usar su pierna artificial.

-A dónde has estado todo este tiempo?- le pregunto, aunque es obvio, de todos modos le pregunto.- En qué has tardado tanto tiempo?

-Tranquilízate Katniss, fui a mi casa a cambiarme, y aunque no lo creas no he tenido tiempo de bañarme, he estado discutiendo con mi madre por todo este tema, cuando me fui aun discutían. Al cambiarme yo solo, se me dificultó demasiado, compréndeme.

-Está bien, vamos que tenemos que ir a la estación, te acompañaré.- Salimos hacia allí con la esperanza de llegar a tiempo, o por lo menos unos minutos antes, ya que faltan 15 minutos para que el tren llegue.

Vamos caminando hacia el andén  y llegamos justo a tiempo aunque el metro todavía no ha llegado, podría hacerlo en cualquier momento, tiene la velocidad de una bala.

Tras esperar impacientes tres minutos, el tren llega, saludo a Peeta, espero a que suba y pego media vuelta para irme.  Estoy por alcanzar la puerta que me aleja aun más de mi amor cuando una mano furiosa se posa sobre mi hombro y me hace bajar el hombro por el peso excesivo, mi instinto me dice que gire su brazo para hacer una llave, estoy por hacerlo, ya tengo mi mano sobre la suya lista para accionar cuando lo escucho.

-Ya te dije que solo no iré a ninguna parte!- dice y al mismo tiempo que lo dice, me doy media vuelta encontrándome con una cara entristecida, unos ojos hermosos y hechizantes.

-Pero…- le trato de decir pero no me deja terminar de hablar tapándome la boca con dedo índice para hacerme callar.

-Sin peros Katniss, tú vendrás conmigo o me quedaré con este miembro postizo  todo destrozado y con muletas por el resto que me quede de vida.

No pongo objeciones, no tiene caso, así que voy en dirección al metro, bastante grande para buscar a una persona, o en este caso a dos.

Al cruzar la puerta, Peeta ya ha hablado con los guardias y agentes de la paz para que me dejen pasar. Fingió estar pero de lo que en realidad estaba, para decir que necesitaba ayuda, y que para eso estaba yo, para cuidarlo y ser su acompañante por si necesitaba algo, no quería ser atendido por los avox, y entonces me dejan pasar.

-Wuouu… no sabía que tenía a todo un actor como novio -le digo dándole un abrazo, ya que somos "amigos"

 -Es un talento que tenía… un tanto oculto - dice pretendiendo parecer un galán y dándome un beso en la mejilla.

Nos muestran cuál es nuestra habitación, para mi "asombro", hay solo una cama, era realmente obvio, solo lo esperaban a él y no a mí de colada. Esto  parece alegrar a Peeta, que se acuesta en la cama y me hace señas para que lo acompañe golpeando la cama con pequeñas palmaditas.

Voy hacia él despacio y me pongo suavemente sobre su cuerpo y lo beso, después me bajo porque no va a resistir mucho tiempo mi peso y me pongo a su lado, dormimos abrazados hasta llegar al Capitolio.

Cuando estamos cerca de nuestro destino, a unos 100 km, nos despiertan una pareja de avox jóvenes, un chico rubio de unos 20 años de ojos verdes, y la chica es muy delgada, con cabello de color castaño oscuro de unos 19 años, menor que el chico.

Nos despertamos, duchamos, cambiamos y esperamos, aunque tuve que ayudar a Peeta a quitarse el pantalón, era un jean muy complicado de quitar para que lo hiciera él solo, y además no quería que un alguien que no se comunicara lo cambiara, no es desprecio, creo que quería realmente que yo lo hiciera. Dice que no quiere que "su bello cuerpo sea admirado por otros ojos, más que los míos, porque si no se sentiría ultrajado con la mirada de éstos". Cuando lo dijo nos reímos durante un tiempo, y él luego se fue al baño y se terminó de descambiar el solo y se duchó.

Sin tardanza, llegamos y nos encontramos con Effie, que nos dirige hasta el consultorio del Doctor Aurelius que quedaba a diez cuadras de la estación. Decidimos ir caminando, Peeta se encuentra mejor, y como el brazo no le duele demasiado, ni el pie tanto como hasta hace unas horas, se dirige tranquilamente por las calles del Capitolio, recordando episodios vividos y nuevos momentos en lugares tan hermosos, curiosos y escondidos de la sociedad urbana.

Me canso y tenemos que descansar, así que nos sentamos en una banca que se encuentra en la vereda que da al frente de un comercio en el que venden artículos del hogar. No me sorprende que Peeta no esté cansado, tiene brazos muy fuertes y puede resistir el peso de su propio cuerpo  al caminar con las muletas. Pero la que sí me sorprende es Effie, tiene unos  tacos de unos tres cm de diámetro y no se ha cansado, verdaderamente no sé como hace, la admiro, debe de ser por la costumbre.

Otro hecho que me llama la atención es que hace mucho calor y ella está con un vestido largo hasta las rodillas, muy ajustado y grueso de color violeta, y además arriba en los hombros una tolera de cuero del mismo color, y por supuesto de igual tono  el cabello, como siempre todo a juego, al igual que los tacos.

Nos faltan aun tres cuadras por recorrer y nos quedan diez minutos, por esto me obligan a despegarme de la tan cómoda banca para levantarnos e irnos.