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Mi hermano, mi protegido — capítulo 20

Esa noche consideré muy seriamente terminar con mi vida. Quería descansar, algo que no había hecho en más de un siglo, pero luego recordé que los dioses no descansan; cuando mueren, simplemente desaparecen, se esfuman. Además, tal y como le dije a Cedric un buen día, debería convencer a otro dios de asesinarme, y estoy segura de que ni Zeus sería capaz, no importa qué cosa tan mala hiciera.

Entonces esfumé ese sombrío pensamiento de mi mente y me propuse leer un poco. Tomé el libro más gordo y pesado que pude encontrar en mi biblioteca y lo ley de cabo a rabo.

Cuando hubiere terminado, la luna ni siquiera se encontraba en su punto más alto. Como el tiempo parecía ir a 1 km/h, decidí tomar más libros y devorarlos. No podía detenerme a pensar en nada o rompería a llorar, de modo que leí al menos tres cuartas partes de mi colección privada, la cual cubría todo el muro, del suelo al techo.

Me aterrorizaba la idea de enfrentar el mundo cuando el sol saliera por el horizonte, pero no podía quedarme en cama por siempre. Debía hacerme cargo de Cedric, de Dave y de las patrullas que seguramente ya habría enviado Zeus. Decidí levantarme por fin, como a las 2:30, tomé una ducha, me vestí (no sin olvidar poner la espada dentro de la bota) y salí volando por la ventana. Qué importaba, nadie me veía a esas horas.

No tuve que volar mucho más de 2 minutos cuando divisé una de las esfinges que formaban el perímetro aéreo, así que me acerqué y le pedí la posición de su general al mando. Ella me respondió con la voz ronca y una mirada desconfiada, pero con un tono amable. Me indicó el lugar y regresó a su puesto, escrutando el cielo nocturno.

Me volví en la dirección que me había señalado, y pude distinguir la figurita con capa roja entre las ramas de un árbol del Bosque Prohibido.

No pude ocultar la sorpresa  al ver el rostro del Mayor General de la tropa: Era Ares.

Descendí rápidamente y me acerqué a pie, con la espada a mano. Y, justo como esperaba, antes de que estuviera siquiera a un par de metros de la base del árbol él saltó de entre las ramas y se abalanzó sobre mí, blandiendo su espada de doble filo con empuñadura de calavera, la cual me habría atravesado de no ser porque detuve su ataque con mi propia espada.

Él, sin pararse a observar atacó por segunda vez, con fuerza, Lo desvié nuevamente. Luego fui yo quien envió una estocada hacia su brazo, pero él se apartó a un par de centímetros. Ares lanzó un tajo hacia mi costado izquierdo, el cual evité saltando a un lado.

—¡Basta! —exclamé cuando estuve segura de que no se detendría hasta matarme (ya se me había pasado el estado melancólico de adolescente)— Es suficiente, Ares.

—¿Jackelinne?

Se apartó el cabello de los ojos para escudriñar mi rostro. Era muy fuerte, sí, pero rara vez se paraba a pensar en lo que hacía. Por suerte, me reconoció e hizo desaparecer su espada. Yo envainé la mía.

—¿Qué demonios haces aquí, primo? —dije mientras le daba un fuerte abrazo. Somos muy unidos.

—Solo pasé a dejarte una tarjeta, cerebro de alga.

Me rodeó con sus enormes brazos, levantándome un poco del suelo, tal y como hace siempre que dejamos de vernos por largo tiempo. Cuando conseguí que me soltara me dedicó una de sus miradas caoba, de esas que le robarían el aliento a cualquier chica, y me recordó aquella época en que yo era su aprendiz. Él me enseñó a luchar, a usar las armas, pero sobre todo, a no creer nada de lo que sus ojos decían.

—Me van a salir moretones —protesté, señalándome los brazos.

—Como si no se te quitaran en unos minutos —respondió él con expresión molesta. Estaba contento.

—¿Por qué eres el Mayor General de la tropa? Creí que estabas en Rusia.

—Precisamente. ¿Recuerdas que mi amado padre discutía conmigo cuando llamaste ayer? Dijo que esa era una guerra de hombres y que no debía meterme en esos asuntos banales, así que me envió aquí.

—Bueno, ya sabes cómo es de cabezota… Aunque me alegra verte —dije con una sonrisa, solo para suavizar la ira que comenzaba a surgir en su interior. En realidad, ninguno de los otros dioses le quería, salvo Afrodita, claro—  Bien, ¿cuál es el plan de vigilancia?

—Vigilar. Asesinar si algo no identificado se acerca.

—Bien, te recuerdo que esto —y voltee su rostro para que viera el castillo— es una escuela. No puedes ir por ahí atacando a todo el que se acerque. Si algún estudiante estúpido hubiera sido quien te encontrara, ahora estaría muerto. No nos metas en problemas, Ares. Observa primero. Si es un demonio, entonces mátalo. Si no, déjalo en paz. Ah, y solo ataca a los monstruos raros. Recuerda que este bosque está lleno de criaturas mágicas inocentes. Y por lo que más quieras: No -te -metas -con -los -centauros. ¿Está claro?

—Sí, madre.

—No soy tu madre, soy el General en Jefe. Quiero que mantengas a las esfinges griegas lejos de los niños. Te veré mañana, a esta misma hora, en este mismo lugar. ¿Quién es el tercero al mando?

—Está allá —señaló uno de los pinos a su izquierda—. ¿Algo más?

—Sí. Quítate esa capa roja. Es muy fácil verte a distancia. Se supone que el dios de la guerra debería saber eso.

Y allí lo dejé, enfurruñado. Le pedí a la esfinge que era el General de la división terrestre que lo vigilara por mí y volé de vuelta al castillo.

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¡Hola, mis queridos lectores!

Espero que les haya gustado este nuevo capítulo.

No se preocupen, trataré de actualizar lo mas pronto posible :)

Gracias por su apoyo.

Un abrazo a todos y todas.

Mars