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Mi hermano, mi protegido — capítulo 8

Me quede totalmente fría.

¿Harry campeón? No podía ser... Dirigí la mirada hacía la mesa de Gryffindor, al igual que el resto del colegio. Harry estaba allí sentado aún, confundido. 

La profesora McGonagall se levantó de su asiento y cuchicheó algo con el director.

Dumbledore se irguió e hizo un gesto afirmativo a la profesora McGonagall.

— ¡Harry Potter! —llamó—. ¡Harry! ¡Levántate y ven aquí, por favor!

Harry se puso en pie, se pisó el dobladillo de la túnica y se tambaleó un poco. Avanzó por el hueco que había entre las mesas de Gryffindor y Hufflepuff.

—Bueno... cruza la puerta, Harry —dijo Dumbledore, sin sonreír.

¿Qué estaba pasando? Quise colarme en aquella habitación y enterarme de todo, pero de repente noté que algunos alumnos también se habían detenido a mirarme. Un chico que estaba junto a mí me dirigió una palmadita en el hombro a manera de felicitación. 

Cuando me hubiese resignado a todo ya estaba bastante entrada la noche, y yo me encontraba en mi dormitorio, esperando impaciente la llegada de Chesire.

-Harry jura que él no lo hizo -me soltó cuando hubiere llegado a la habitación-. Los otros maestros están molestos porque Hogwarts tiene doble oportunidad, ya que van obligar a Harry a competir.

-¿Y qué hay de Moody?

-¿El hombre del ojo? Karkarov sospecha de él, cree que tal vez puso el nombre Harry dentro del cáliz.

-¿Mencionaron algo sobre las pruebas?

-La primera será el veinticuatro de noviembre. Los campeones no podrán solicitar ni recibir ayuda de los profesores, y solo podrán usar la varita durante la prueba,  que será frente a los estudiantes y los jueces. Ah, y los campeones también quedan exentos de los exámenes de fin de año 

-Muy bien, solo nos queda esperar.

A partir de ese día tuve que pedirle un permiso especial a Dumbledore, para que me permitiera faltar a clases mientras se diera alguna actividad relacionada con el torneo. Para mi suerte, él aceptó de buena gana.

Los días que transcurrieron no fueron nada placenteros, sobre todo para Harry Potter. No quiero sonar como una acosadora maniática, pero me di a la tarea de seguirlo mientras me fuera posible. No podía evitar sentir que todo el asunto de los cuatro campeones tenía algo que ver con lo de la escoba embrujada; alguien quería dañar a Harry.

Cuando, después de comer, él y Hermione llegaron a la puerta de la mazmorra de Snape, se encontraron a los de Slytherin que esperaban fuera, cada uno con una insignia bien grande en la pechera de la túnica. Noté que todas mostraban el mismo mensaje en caracteres luminosos rojos, que brillaban en el corredor subterráneo apenas iluminado:

Apoya a CEDRIC DIGGORY: 

¡el AUTÉNTICO campeón de Hogwarts!

—¿Te gustan, Potter? —preguntó Malfoy en voz muy alta, cuando Harry se aproximó—. Y eso no es todo, ¡mira!

Apretó la insignia contra el pecho, y el mensaje desapareció para ser reemplazado por otro que emitía un resplandor verde:

POTTER APESTA

Los de Slytherin berrearon de risa. Todos apretaron su insignia hasta que el mensaje POTTER APESTA brilló intensamente por todos lados. 

—¡Ah, muy divertido! —le dijo Hermione a un grupo de chicas de Slytherin, que se reían más fuerte que nadie—. Derrochan ingenio.

—¿Quieres una, Granger? —le dijo Malfoy, ofreciéndosela—. Tengo montones. Pero con la condición de que no me toques la mano. Me la acabo de lavar y no quiero que una sangre sucia me la manche.

Se dio lugar a un duelo, entre Harry y Draco Malfoy, por supuesto. 

—¡Furnunculus! —gritó Harry.

—¡Densaugeo! —gritó Malfoy.

De las varitas salieron unos chorros de luz, que chocaron en el aire y rebotaron en ángulo. El conjuro de Harry le dio a Goyle en la cara, y el de Malfoy a Hermione. Goyle chilló y se llevó las manos a la nariz, donde le brotaban en aquel momento unos forúnculos grandes y feos. Hermione se tapaba la boca con gemidos de pavor.

Gracias al Cielo llegó el profesor Snape, pero fue completamente injusto con los Griffindor, quitándoles 50 puntos y castigando a Ronald y a Harry, luego de insultar sutilmente a la pobre Hermione.

Después de eso tuve que volver a una aburrida clase de Historia de la Magia, aunque pronto me llegó la primera oportunidad para usar aquel preciado permiso de parte de Dumbledore.

Un chico de Griffindor me sacó de clase y me dirigió a una puerta y se fue. Me colé en la habitación y, sin que nadie notara mi presencia, me hice invisible y me senté en un rincón a esperar.

Como de costumbre, Viktor Krum estaba de pie en un rincón, sin hablar con nadie. Cedric y Fleur conversaban. Fleur parecía muy contenta , y repetía su habitual gesto de sacudir la cabeza para que la luz arrancara reflejos a su largo pelo plateado. Un hombre barrigudo con una enorme cámara de fotos negra que echaba un poco de humo observaba a Fleur por el rabillo del ojo.

Ludo Bagman estaba sentado conversando con  una mujer a la cual me hubiera gustado golpear: Era Rita Skeeter. Yo la había conocido exactamente el mismo día que a Alastor Moody. Lo que la hacía realmente despreciable era su horrenda forma de aprovecharse de las personas en sus artículos de El Profeta.

Bagman vio de pronto a Harry (quien llevaba allí parado un rato, sin saber muy bien qué hacer), se levantó rápidamente y avanzó como a saltos.

—¡Ah, aquí está! ¡El campeón número cuatro! Entra, Harry, entra... No hay de qué preocuparse: no es más que la ceremonia de comprobación de la varita. Los demás miembros del tribunal llegarán enseguida...

—¿Comprobación de la varita? —repitió Harry nervioso.

—Tenemos que comprobar que sus varitas se hallan en perfectas condiciones, que no dan ningún problema. Como sabes, son las herramientas más importantes con que van a contar en las pruebas que tienen por delante —explicó Bagman—. El experto está arriba en estos momentos, con Dumbledore. Luego habrá una pequeña sesión fotográfica. Esta es Rita Skeeter —añadió, señalando con un gesto a la bruja de la túnica de color fucsia—. Va a escribir para El Profeta un pequeño artículo sobre el Torneo.

—A lo mejor no tan pequeño, Ludo —apuntó Rita Skeeter mirando a Harry.

Tenía peinado el cabello en unos rizos muy elaborados y curiosamente rígidos que ofrecían un extraño contraste con su rostro de fuertes mandíbulas; llevaba unas gafas adornadas con piedras preciosas, y los gruesos dedos — que agarraban un bolso de piel de cocodrilo— terminaban en unas uñas de varios centímetros de longitud, pintadas de carmesí.

—Me pregunto si podría hablar un ratito con Harry antes de que empiece la ceremonia —le dijo a Bagman sin apartar los ojos de Harry—. El más joven de los campeones, ya sabes... Por darle un poco de gracia a la cosa.

—¡Por supuesto! —aceptó Bagman—. Es decir, si Harry no tiene inconveniente...

—Eh... —vaciló Harry.

—Divinamente —exclamó Rita Skeeter.

Sin perder un instante, sus dedos como garras cogieron a Harry por el brazo con sorprendente fuerza, lo volvieron a sacar del aula y abrieron una puerta cercana.

Rato después llegó Dumbledore acompañado del señor Ollivander, quién se sentó cerca de la ventana a observar la vista.

-¿Dónde está Harry? -preguntó el director.

-Está con Rita Skeeter, allí dentro -respondió Bagman señalando la puerta que se encontraba a la izquierda de Dumbledore.

Muy contento de librarse de Rita Skeeter, Harry se apresuró a volver al aula. Los otros campeones ya estaban sentados en sillas cerca de la puerta, y él se sentó rápidamente al lado de Cedric y observó la mesa cubierta de terciopelo, donde ya se encontraban reunidos cuatro de los cinco miembros del tribunal: el profesor Karkarov, Madame Maxime, el señor Crouch y Ludo Bagman. Rita Skeeter tomó asiento en un rincón. Harry vio que volvía a sacar el pergamino del bolso, lo extendía sobre la rodilla, chupaba la punta de la pluma a vuelapluma y la depositaba sobre el pergamino.

—Permítanme que les presente al señor Ollivander —dijo Dumbledore, ocupando su sitio en la mesa del tribunal y dirigiéndose a los campeones—. Se encargará de comprobar sus varitas para asegurarse de que se hallan en buenas condiciones antes del Torneo.

—Mademoiselle Delacour, ¿le importaría a usted venir en primer lugar? — dijo el señor Ollivander, avanzando hacia el espacio vacío que había en medio del aula.

Fleur Delacour fue a su encuentro y le entregó su varita. Como si fuera una batuta, el anciano mago la hizo girar entre sus largos dedos, y de ella brotaron unas chispas de color oro y rosa. Luego se la acercó a los ojos y la examinó detenidamente.

—Sí —murmuró—, veinticinco centímetros... rígida... palisandro... y

contiene... ¡Dios mío!...

—Un pelo de la cabeza de una veela —dijo Fleur—, una de mis abuelas.

—Sí —confirmó el señor Ollivander—, sí. Nunca he usado pelo de veela.

Me parece que da como resultado unas varitas muy temperamentales. Pero a cada uno la suya, y si ésta le viene bien a usted...

Pasó los dedos por la varita, según parecía en busca de golpes o arañazos. Luego murmuró: —¡Orchideous! —Y de la punta de la varita brotó un ramo de flores—. Bien, muy bien, está en perfectas condiciones de uso —declaró, recogiendo las flores y ofreciéndoselas a Fleur junto con la varita—. Señor Diggory, ahora usted.

Fleur se volvió a su asiento, sonriendo a Cedric cuando se cruzaron. Debo admitir que me sentí un poco celosa.

—¡Ah!, veamos, ésta la hice yo, ¿verdad? —dijo el señor Ollivander con mucho más entusiasmo, cuando Cedric le entregó la suya—. Sí, la recuerdo bien. Contiene un solo pelo de la cola de un excelente ejemplar de unicornio macho. Debía de medir diecisiete palmos. Casi me clava el cuerno cuando le corté la cola. Treinta centímetros y medio... madera de fresno... agradablemente flexible. Está en muy buenas condiciones... ¿La trata usted con regularidad?

—Le di brillo anoche —repuso Cedric con una sonrisa. 

El señor Ollivander hizo salir de la varita de Cedric una serie de anillos de humo plateado, se declaró satisfecho y luego dijo:

—Señor Krum, si tiene usted la bondad...

Viktor Krum se levantó y avanzó hasta el señor Ollivander desgarbadamente, con la cabeza gacha y un andar torpe. Sacó la varita y se quedó allí con el entrecejo fruncido y las manos en los bolsillos de la túnica.

—Mmm —dijo el señor Ollivander—, ésta es una manufactura Gregorovitch, si no me equivoco. Un excelente fabricante, aunque su estilo no acaba de ser lo que yo... Sin embargo...

Levantó la varita para examinarla minuciosamente, sin parar de darle vueltas ante los ojos.

—Sí... ¿Madera de carpe y fibra sensible de dragón? —le preguntó a Krum, que asintió con la cabeza—. Bastante más gruesa de lo usual... bastante rígida... veintiséis centímetros... ¡Avis!

La varita de carpe produjo un estallido semejante a un disparo, y un montón de pajarillos salieron piando de la punta y se fueron por la ventana abierta hacia la pálida luz del sol.

—Bien —dijo el viejo mago, devolviéndole la varita a Krum—. Ahora queda... el señor Potter.

Harry se levantó y fue hasta el señor Ollivander cruzándose con Krum. Le entregó su varita.

—¡Aaaah, sí! —exclamó el señor Ollivander con ojos brillantes de entusiasmo—. Sí, sí, sí. La recuerdo perfectamente.

El anciano mago se pasó mucho más rato examinando la varita de Harry que la de ningún otro. Pero al final hizo manar de ella un chorro de vino y se la devolvió a Harry, declarando que estaba en perfectas condiciones.

—Gracias a todos —dijo Dumbledore, levantándose—. Ya podéis regresar a clase. O tal vez sería más práctico ir directamente a cenar, porque falta poco para que terminen...

Harry se levantó para irse, con la sensación de que al final no todo había ido mal aquel día, pero el hombre de la cámara de fotos negra se levantó de un salto y se aclaró la garganta.

—¡Las fotos, Dumbledore, las fotos! —gritó Bagman—. Todos los campeones y los miembros del tribunal. ¿Qué te parece, Rita?

—Eh... sí, ésas primero —dijo Rita Skeeter, poniendo los ojos de nuevo en Harry—. Y luego tal vez podríamos sacar unas individuales.

Las fotografías llevaron bastante tiempo. Dondequiera que se colocara, Madame Maxime le quitaba la luz a todo el mundo, y el fotógrafo no podía retroceder lo suficiente para que ella cupiera. Por último se tuvo que sentar mientras los demás se quedaban de pie a su alrededor. Karkarov se empeñaba en enroscar la perilla con el dedo para que quedara más curvada. Krum se escondió al fondo para quedar medio oculto. El fotógrafo parecía querer que Fleur se pusiera delante, pero Rita Skeeter se acercó y tiró de Harry para destacarlo. Luego insistió en que se tomaran fotos individuales de los campeones, tras lo cual por fin pudieron irse.


Hola! ¿Qué tal todo?

Siento la tardanza.

Espero que les haya gustado y que comenten. :)

Un saludo.

Mars