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En el espejo de Oesed... — capítulo 10

El dormitorio estaba completamente en silencio, pero un estridente ronquido por parte de Ron Weasley lo tajó en dos, haciendo que se crearan ondas en el agua la jarra plateada que reposaba en el alféizar de la ventana. Todos dormían, excepto un regordete niño que yacía en la cama con los ojos abiertos como platos y la mente dando vueltas sin parar. Llevaba apenas dos meses en el colegio, pero ya no aguantaba más. Todos se burlaban de él, era objeto de incansables risas a todas horas, y no era bueno en absolutamente nada.

Se incorporó de repente, y una terrible ansia de echarse la jarra de agua por encima de la cabeza lo sacudió de arriba abajo. Abrió las cortinas y cogió el vaso que guardaba en su mesita de noche, y caminó hasta la ventana para llenarlo. Pasó junto a la cama de Seamus Finnigan y en un arrebato de solidaridad le cerró las cortinas por completo, pues estaban entreabiertas, para salvarlo de los ronquidos de Ron.

Se sentó contra la fría pared y cerró los ojos momentáneamente. Su mente vagaba por sus recuerdos, sus padres, su abuela, él... Cuánto habría deseado que Bellatrix Lestrange nunca hubiera existido. Era incapaz de confesarle su secreto a nadie, pero estaba seguro de que no era bueno guardárselo todo para él mismo, o explotaría. Dudó un par de instantes, pero decidió que lo mejor sería hablar con Dumbledore al respecto. Dumbledore.

Dumbledore siempre estaba ahí, pasara lo que pasase. Estaba ahí para ayudarlos, o al menos eso había dicho incontables veces. Y ahora Neville lo necesitaba, así que se levantó, tirando su vaso de agua al suelo, pero no reaccionó ante ello, se puso su albornoz y sus zapatillas, y salió con el mayor cuidado de la habitación.

En la chimenea el fuego ya se había apagado hacía un buen rato, pero aún quedaban pequeñas llamas entre los troncos chamuscados, demasiado débiles para quemar otra vez. Neville resopló varias veces, buscando el coraje que necesitaba para andar solo por los pasillos de Hogwarts a altas horas de la noche, pero no lo encontró. Por más que lo intentaba, era imposible, estaba atascado y no podía pensar. Se sentó en su sillón favorito, por lo menos entonces estaba vacío, ya que no solía poder sentarse en él. Cerró los ojos y poco a poco el sueño se fue apoderando de él...

Algo brillante hizo que fuera incapaz de conciliarlo por completo. Abrió los ojos de par en par, alerta permanente, pero se relajó al ver que era el simple reflejo de su simple reloj enun simple espejo... Espera, ¿un espejo? ¿Desde cuándo estaba eso allí?

Neville, boquiabierto, los ojos fijos, y las manos agarrando el sillón, aguantó la respiración durante un par de segundos, hasta que se convenció de que era eso, un simple espejo. Se levantó y caminó cautelosamente hacia él. Pero, ¿cómo había llegado hasta allí? Hacía cinco minutos no había ni rastro de nada en la sala común, y ahora un majestuoso espejo reposaba en la esquina, a pocos metros de él. Lo único que oía era su propia respiración, y dio un respingo cuando dos personas más altas que él se situaron uno a cada lado de su reflejo.

-¿Mamá? ¿Papá? -preguntó Neville, con la voz entrecortada, y respirando dificultosamente, repitiendo las mismas palabras que Harry Potter había pronunciado ante el espejo la primera vez que lo vio. Neville se giró bruscamente, pero no había nadie. Estaba completamente solo.

Comenzó a sudar, y a tener calor. ¿Qué clase de magia era aquella? Sin duda debía irse pronto...

Alice Longbottom intentó caminar hacia él, pero el espejo se lo impedía. Sonrió con amargura a su hijo y le tendió una mano. Neville, temeroso, se acercó. Al fin y al cabo, era su madre, ¿qué daño podía hacerle?

Cuando estuvo a centímetros de su propio reflejo, que también se había acercado, tocó el frío cristal del espejo y, esperando sentir la calidez de las manos de su madre, se sintió decepcionado. Sin embargo, se volvió a fijar bien en ellas. Había algo que salía de entre sus dedos. Era un papel de chicle, de los que le daba cada vez que iba a visitarlos al hospital de San Mungo. Neville levantó la vista, y trató en vano de coger lo que su madre le tendía.

La escena cambió momentáneamente. Neville vislumbró su habitación en casa, las paredes empapeladas de todos los envoltorios que Alice le había dado... Pero sus padres no parecían estar locos en aquel extraño espejo, es más, rebosaban cordura. Neville volvió a fijar sus ojos en su padre. Frank sonrió a su hijo, una sonrisa verdadera, una que no había podido dirigirle desde hacía años. Con gestos, le indicó que mirara a su alrededor. Neville, sin comprender, bajó la vista y vio el suelo lleno de papeles de chicles, idénticos a los que sus padres le daban... Sacudió la cabeza, aquello no podía estar pasando. Los recogió para cerciorarse de que eran reales y se sentó en el sillón de nuevo. Se los guardó en el bolsillo de su albornoz y se dedicó a observar el reflejo de sus padres, contentos y cuerdos, porque sería la única vez que los volvería a ver así en la vida. Bellatrix Lestrange le había robado la infancia, la adolescencia y la vida.

Con estos pensamientos, se durmió en el sillón, por primera y última vez, desde hacía muchos años, con sus padres velando por él, y con sus imágenes grabadas a fuego en sus retinas.


Espero que os haya gustado Neville como comienzo de la segunda generación :) Sé que me han faltado bastantes de la primera pero no os preocupéis, los iré añadiendo poco a poco y colocándolos en orden cronológico. No obstante, podéis seguir haciendo peticiones, de todas las generaciones, y daré prioridad a ellas. 

Muchísimas gracias por leer y comentar, de verdad, y siento no poder actualizar con más rapidez. Tendréis el próximo pronto, lo prometo :3

Lielbay (Elisa)