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En el espejo de Oesed... — capítulo 14
George estaba solo en casa. Sus padres habían llevado a todos a ver la lápida conmemorativa de Fred, pero él no podía. No podría soportarlo.
Eran sus ojos los que lloraban, no él. Eran sus manos las que pegaban puñetazos incontrolables a todo, no él. Aquella era la primera vez que perdía el control.
Pero él no habría querido, ¿verdad? Fred no habría querido que George se diera por vencido. Fred querría que George siguiera su vida adelante.
Caminó por la cocina sin tener noción de lo que hacía, de dónde estaba, ni siquiera de quién era. Cuando llegó ante el reloj mágico de la familia Weasley, miró la aguja de Fred. Su cara risueña, mirando hacia arriba, sonreía y apuntaba a "Perdido".
"Mejor dicho, perdido para siempre" pensó George. Tocó la cuchara que hacía de aguja y la arrancó, con un ruido sordo, como cuando te caes sobre un hueso y resuena. Miró a su propia aguja, que indicaba "En casa". Apartó la mirada un instante, y cuando volvió a mirar, estaba en "Perdido".
Se negaba a admitir que la única vez que envejecería con Fred sería cuando, en el Torneo de los Tres Magos, ambos bebieron la poción envejecedora. Fred con barba, bigote y pelo blancos, George igual que él. Pero seguía siendo el más guapo.
George sonrió al acordarse de ello, pero inmediatamente volvió a su anterior pena. Pensó en hacer como las mujeres muggles de hacía tiempo, que se encerraban en su casa cuando moría alguien (solía ser su marido), de luto, vestidas de negro, con todo tapiado y sin hablar con nadie por al menos cinco años. Pero, una vez más, Fred no habría querido eso.
George decidió ponerse a fregar sin magia, para intentar olvidarse de todo, aunque fuera por un instante. Pero no funcionó. Media hora más tarde, los platos seguían igual de sucios y el vaso con el que había comenzado a fregar brillaba reluciente tras mil pasadas con el trapo que chorreaba detergente. George se dio por vencido y subió a su habitación, la que había compartido tantos años con Fred, por primera vez desde que... desde que sucedió.
La puerta estaba entreabierta, y George se hizo una nota mental de decirle a su madre que cerrara las puertas cuando limpiara. Entró, y la capa de polvo que había sobre toda ella no lo desconcertó al principio. Pero cuando se fijó un poco más, si su madre hubiera limpiado, aunque hubiese sido hacía una semana, no habría aquella capa. Entonces, ¿quién podía haber entrado?
George levantó la vista. Sus camas, que una vez habían estado juntas, estaban separadas, y en el medio de ambas había un espejo. Era un espejo rudimentario, apoyado en la pared, sin marco. George sonrió tristemente al recordar la vez en la que él y Fred habían encontrado el espejo de Oesed en su tercer año, en Hogwarts. Se había sorprendido al verse simplemente al lado de su hermano, los dos felices, ya que sabían ambos de los poderes del espejo. No le dio más importancia hasta que Fred murió. Entonces se dio cuenta, de que él era lo único que necesitaba para seguir adelante. Sin él, dudaba que fuera a ser feliz.
Esa vez, conociendo lo que el espejo podía hacer, se sentó con las piernas cruzadas en el suelo, más cerca de la que había sido la cama de Fred que de la suya propia, y fijó la mirada en él.
Inmediatamente, su reflejo apareció, pero no había una venda alrededor de su cabeza, ni un hueco sin fondo en su oreja. Simplemente estaban allí las dos, la derecha y la izquierda, como si nunca hubiera perdido ninguna de las dos. Estaba vestido con su ropa favorita: los pantalones marrones, la camisa blanca, el chaleco verde de piel de dragón. Pero no era él. Para comprobarlo, George levantó una mano, y su reflejo no correspondió. En lugar de eso, siguió sonriendo. Fred siguió sonriendo. Al igual que George, eran uno solo.
El George de verdad, sentado en el suelo, cerró los ojos e intentó grabar a fuego aquella imagen. Fred, sonriente, como le gustaba recordarlo. No tirado en el suelo del Gran Comedor, con el fantasma de su última risa plasmado en su cara, como si fuera plastilina, y los ojos abiertos, mirando al techo pero sin ver
Fred, Fred, Fred, Fred. Era lo único que el cerebro de George repetía, una y otra vez, su nombre. Porque al matar a Fred habían matado a una parte de George. Y esa parte de George nunca se recuperaría.
Pero la otra podría ser que sí. Así que George se quedó allí, hora tras hora, viendo a su hermano por última vez hasta que se hiciera tarde.
Admito que tengo el capítulo escrito desde hace un par de semanas pero estaba sin Wi-Fi así que tendréis que perdonarme :( ¡Espero que os haya gustado!
Intentaré hacer el próximo pronto y de Ginny Weasley ya que algunos lo habéis pedido. El siguiente... sorpresa :D
Muchas gracias por leer, un abrazo,
Elisa