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En el espejo de Oesed... — capítulo 3

Tenía que saberlo. Tenía que averiguarlo. Y, por primera vez, estaba allí, en Hogwarts. Minerva McGonagall había buscado por todas partes el espejo de Oesed, pero nunca había conseguido encontrarlo. Decían que se te presentaba cuando quería, y ahora estaba allí, a su disposición. Y Dumbledore le había dicho aquella mañana dónde se encontraba...

En menos de cinco minutos se encontraba abriendo las puertas de roble de la gran habitación y maravillándose de su interior. Era un aula sencilla, con las mesas y las sillas apiladas contra la pared. Pero en el mismo medio de la estancia se encontraba en espejo más majestuoso que Minerva había visto en su vida (y había vivido mucho). Tenía un aura especial, era gigante, y unas letras estaban escritas en su marco: erised stra ehru oyt ube cafru oyt on.  Minerva se quitó el sombrero y la bata, y se puso frente al espejo inmediatamente

Dio un respingo. Sus padres, Isobel y Robert, estaban detrás de ella. Como otros muchos, Minerva veía a sus difuntos padres. Isobel sonreía, orgullosa. Robert tenía una mano sobre el hombro de su mujer, y otra apoyada contra el cristal, como si quisiera tocar a su hija. Sus ojos brillaban y sus manos intentaban tocarla, pero solo se encontraban el frío cristal del espejo.

Minerva también alzó su mano derecha y tocó el gélido marco en el que estaban escritas aquellas palabras, luego la movió hacia el centro. Esperaba sentir algo, una calidez en el cuerpo, pero no sintió nada. Se quedó mirando un buen rato a sus padres, nunca cansándose de ellos, pero luego su imagen cambió, y se transformó en la de un hombre joven y apuesto. Dougal McGregor también sonreía desde el otro lado. Estaba sorprendido de verla, pero también estaba muy emocionado. Se pegó lo más que pudo al cristal del espejo desde el otro lado, tanto que su nariz se acható. Pero no, no podía pasar al otro lado. Minerva hizo lo mismo. Juntó sus manos con las de su amado y su nariz con la de él, y esperó.

-Ojalá pudiera pasar yo a tu lado-susurró ella. Dougal, como si la hubiera oído, hizo un gesto de negación. Parecía que quería articular sonidos con la boca, pero no le salía nada.

-Dougal... Oh, Dougal. Te he echado tanto de menos... ojalá todo fuera como antes...- lágrimas ya caían por el rostro de Minerva. Se sentó en el suelo y lo mismo hizo Dougal, copiándola.

Y se quedó allí, bebiendo de su imagen, reconfortándola por dentro y a la vez destruyéndola, matándola poquito a porquito, recordándole toda su infancia, sus errores, sus aciertos, sus desengaños y sus triunfos... Pasaron minutos, y horas, y Minerva seguía allí, y no se cansaba, nunca se podía cansar de ver al único hombre que jamás había amado...

-Minerva-dijo una voz por detrás. Esta se giró, para encontrar a Albus Dumbledore en el umbral de la puerta-. Ven.

Ella fue. Y lloró, lloró en los brazos del segundo hombre más maravilloso que había conocido, siempre después de su amado Dougal, porque como dicen que quien ama de verdad, ama para siempre.


Aquí tenéis al segundo personaje de estas pequeñas historias. Tuve que investigar sobre la vida temprana de McGonagall, así que todos los datos son reales. Espero que os haya gustado :)

Si queréis que algún personaje en especial sea el siguiente, decídmelo por comentarios :3

Gracias por leer,

Lielbay