La hija de Aro Vulturi — capítulo 3
Llevaba toda una noche llorado sobre el entierro de mi amado, que había sido enterrado como un vil delincuente.
Una brisa fría se caló por mis huesos, recordé que me habían hablado de demonios que acechaban el pueblo se habían reportado cientos de muertes, una risa de un niño se escucho entre los arboles me puse de pie lentamente, levante mi vestido para no tropezar y fui donde se escuchaba la risa del niño.
La escuche de nuevo, y luego un llanto de un niño también. Mis zapatillas resbalaban en lo árido de la tierra, sabía que caminaba sobre huesos de criminales.
—Hola— pregunte algo insegura.
La risa del niño se escucho de nuevo, y el llanto igual, corrí hacia el lugar mis instintos me decían que me fuera de ahí, pero había un niño en peligro.
En ese momento lo recordé, demonios en forma de niños habían acabado con muchos plebeyos, mi madre me lo había contado, los demonios estaban matando familias enteras, las personas se ocultaban, yo en mi dolor lo había olvidado.
Comencé a retroceder algo temerosa, pero el llanto se hizo más fuerte. ¿Si el demonio atacaba a un niño? No podía permitir eso.
Continúe acercándome y lo vi, nunca una imagen más monstruosa se había presenciado ante mis ojos, eso era demoniaco esta aterrador.
El niño que lloraba ahora yacía muerto, mientras otro de apenas unos cuatro años le chupaba la sangre, el niño me miro con sus ojos endemoniados, rojos como la sangre y aterradores, su mirada era inocente pero mi instinto de decía que huyera de ahí.
Comencé a correr a lo más que mis piernas daban, pero el niño me alcanzo fácilmente, para él era como un juego, donde yo era su presa.
Caí al piso, el demonio tenía más fuerza que miles de hombres juntos, sentí mi espalda desgarrarse al chocar contra la tierra en la que me hundí varios centímetros.
— ¿Qué quieres Satán? — le pregunte con rabia
Ahora que no tenía nada por lo que vivir tampoco tenía nada por lo que temer.
Una risa angelical salió de sus labios, pero eso solo me hizo darme cuenta del peligro en el que estaba, sus labios se acercaron a mi garganta y la rompieron como si fuera un pedazo de pan.
Sentía la sangre salir de mi cuerpo, el demonio me tenia inmovilizada, yo solo podía gritar rogaba por auxilio, alguien quien fuera. ¡AYUDA!
— ¡No, no, no! — escuche que alguien decía, con un tono algo meloso, propio de cuando se habla con un niño.
Grite aun más fuerte, era la voz de un adulto.
— ¡Ayuda! — suplique en un susurro, no me quedaban fuerzas estaba muriendo.
—Te has portado muy mal pequeñín— dijo la voz.
—Ayuda— suplique aunque mi voz salió más baja.
El niño me dejo, al parecer la persona que lo había detenido, ahora estaba con él, di vuelta a mi cabeza, quería ver a mi salvador.
—No— dije.
Era otro demonio, de ojos rojos igual aunque mayor, mucho mayor su piel era pálida, tenia cabello de un negro azabache, no pude ver más, llamas de fuego comenzaron a recorrer mi cuerpo, ese castigo por mis pecados lo sabía, fui entregada a los demonios aun vida, no pude evitarlo, gritos enloquecidos salían de mi ser, estaba siendo quemada viva, pero no habían llamas, eso era peor que quemarme, me ardía quería quitar cada parte de mi, pero no me podía mover ¡Ayuda! ¡Alguien! Pero ya no salía voz, solo eran gritos, intente rezar pero no me concentraba, no podía el dolor era demasiado….
—Se está convirtiendo— dijo otro de los demonios.
—Destrúyanla, sería peligroso que una neófita se encuentre tan cerca del rey de Inglaterra. —
—Tiene un don— intervino otro demonio, su voz sonaba extrañamente más humana— es poderoso lo puedo sentir y aun es humana.
— ¡Por favor! — Suplico una voz femenina—yo la cuidare, yo seré responsable de ella
Al parecer el demonio líder no se pudo negar a la voz que suplico.
No me importaba lo que ellos dijeran, yo solo quería morir en ese momento, rogaba por mi muerte, pero ¿Por qué no me mataban? Las llamas me estaban comiendo viva, pero no había fuego a mi alrededor, ¡Alguien que me matara!
Había perdido la noción del tiempo, no sabía dónde estaba, solo sabía que me estaba quemando, pero había dejado de gritar, ya no me importaba me había resignado a pasar en ese infierno por toda la eternidad ese había sido mi castigo, permitir que mis primos fueran sentenciados a muerte, si yo hubiera declarado que Jorge cometía incesto conmigo quizá no lo habrían condenado a muerte, solo nos habrían exiliado, me merecía lo que estaba viviendo ese era el purgatorio, mi castigo divino por siempre y para siempre. El rostro de Jorge aparecía frecuentemente en mis recuerdos, los momentos en los que nos amábamos, la primera vez que estuvimos juntos, todo pasaba por mi mente, haciéndome sufrir aun más que las llamas que devoraban mi cuerpo, quería llorar, pero no sabía dónde estaban mis ojos, sentía en alguna parte mi cuerpo pero no lograba conectar las partes. Solo podía recordar a Ana, Jorge y Maria, los primeros dos muertos ante mis ojos y Maria como lamentaba haberle quitado la palabra, por tanto tiempo si tan solo tuviera una oportunidad de hablar con ella… Pero ya nada importaba…. Nada…. Solo las llamas ¿Acaso estaban aumentando?
El dolor se volvía más potente que antes, ¿Por qué? ¿Acaso no tenia permitido pensar en mis difuntos primos? ¡Perdóname Dios por mis pecados! ¡Por blasfemar a mi rey! Más fuerte aun, volví a sentir como salían gritos de mi, aunque no sabía dónde estaba mi boca, solo escuchaba a lo lejos.
Intente pensar en mi amado cuando el aparecía en mi el dolor se disminuía.
—Eres la más bella de todas las rosas que hay en este jardín— me dijo Jorge besando mi cuello suavemente.
—Me sonrojas— le dije— ¿Acaso no es suficiente una esposa? ¿Necesitas cortejar una mujer prohibida?
—La única que siempre eh amado.
Éramos eso y nada más dos espíritus jóvenes enamorados, enamorados del amor, del otro, de lo prohibido. Corrimos entre los árboles, escondidos de todos ahí podíamos hacer nuestros deseos realidad, no era la primera vez, pero si la primera desde que lo obligaron a casarse.
—Nadie nunca amara como yo te amo— me dijo mientras desabrochaba mi vestido.
—Te aun más que eso— le dije.
Las caricias apasionadas se desbordaban sobre nosotros, sus labios sedientos de mi cuerpo me recorrían, llevándome a lugares que nunca había creído posibles, amor, pasión, lujuria, eso éramos….
— ¡AYUDA! — grite saliendo de golpe de mis recuerdos cuando las llamas me inundaban.
No hubo respuesta, estaba sola, sola por siempre lo sabía.
Volvi a concentrarme, Jorge, mi amado Jorge.
. Me tomo entre sus brazos cuando ya el éxtasis había llegado más allá de lo conocido.
—No pude consumar el matrimonio— me confesó.
—Tienes que hacerlo amado mío, puede ser anulado de no ser así y serás condenado por la sociedad.
—Poco me importa la sociedad, no puedo traicionar el amor que yace en mi cuerpo por ti.
—Hazlo, ambos sabíamos que algún día esto llegaría a pasar, algún día yo encontrare un buen esposo y me iré lejos.
—Siempre visitare tu morada, mi amaba hermosa, así fuera el rey mismo a quien tuviera que desafiar.
— ¡Blasfemia! — Lo regañe— ¡No hables así de tu rey!
— ¿Acaso amar es un delito en el que no puedo caer?
—Amar no es delito alguno, blasfemar lo sagrado lo es.
—No hablemos más del tema— un beso desesperado por mi se poso en mis labios, uno que correspondí con la misma o más ansiedad
Escuchaba voces a mi alrededor pero no las reconocía, ni siquiera lograba escuchar lo que decían, el dolor terminaría por enloquecerme lo sabía, pero no el físico si no el que mi alma guardaba.
—No puede una Lady rechazar todos quienes la cortejan— me dijo Ana, en ese momento éramos más que reina y dama, éramos solo dos primas sincerándose una con la otra—no quiero que mi prima sea tachada de solterona, te acercas a las veinte primaveras desde tu nacimiento Catalina.
—Lo sé Ana, pero ser virgen no debe porque ser juzgado.
—Si lo fueras te apoyaría— me dijo ella. — El incesto si es juzgado, por la iglesia.
—No ah vuelto a suceder Ana.
— ¿Acaso entonces hace morbosidades con tu cuerpo?
Agache la mirada.
—Se que te visita en las noches, es mi hermano y tu mi prima no podría delatar mi sangre, a menos que tengan cuidado serán descubiertos antes de lo que creen.
—Ana yo…
—No te disculpes conmigo Catalina, discúlpate con Dios sabes que lo que hacen es un pecado ¿Al menos has comulgado?
—Siempre como es debido.
— ¿Y tu pecado? ¿Ha sido enterado por la iglesia?
— ¿Quieres que me descomulguen?
—Quiero tu perdón divino Catalina, es diferente.
—Lo dice quien enveneno a una reina.
Una cachetada golpeo mi rostro.
— ¡No le hables así a tu reina! —
Esa no era mi prima, el trono la estaba cambiando.
—Discúlpeme Majestad eh sido indiscreta, ruego su perdón. — me incline ante ella, aunque el odio se estaba apoderando de mi.
—Arriba Catalina, no tienes porque hablarme así.
—Antes hablaba con mi prima, ahora hablo con su Majestad Reina de Inglaterra.
—No nos hagas esto Catalina.
—Lady Catalina de Nolfolk Condesa de Wiltshire y Ormonde su Majestad— sabía que estaba pasando la raya de la grosería.
— ¿Tengo que llamar a mi prima por todos su títulos?
— ¿Tengo que llamar a la mía su Majestad?
—Discúlpame Catalina, es solo que odio ese rumor, ni él ni yo asesinamos a Catalina de Aragón.
Sus ojos decían que hablaba con la verdad.
¿Porque las llamas aumentaban? ¿Qué pasaba? ¡Ayuda! ¡El dolor era cada vez mayor! ¡No podía soportar! Más gritos salieron de mí, aunque esta vez sí supe donde estaba mi boca que sentía ardiendo en llamas.
—El proceso está terminando.
Esa era la voz de un demonio, ¿Acaso me esperaba más? ¿Era eso? ¿Apenas estaba comenzando mi martirio?
Nunca hubiera imaginado lo afirmativa que sería la respuesta a mi pregunta.