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La hija de Aro Vulturi — capítulo 5

Una década a paso conmigo junto a los Vulturi,  ya no era aquella neófita sin control sobre si misma, vivía encerrada junto a mi madre y Athenodora, Aro y Cayo las mantenían a ellas encerradas porque eran demasiado importantes, era lo único más valioso para ellos que su poder,  eso las había convertido en una especie de prisioneras, pero gracias a Corin ellas eran felices, igual que yo. Pero en mi caso era diferente Aro me mantenía ahí la mitad del tiempo porque comprendía que el lazo que me unía a su esposa era demasiado fuerte y ni siquiera Corin lograría que ella fuera feliz si yo no estaba, incluso Chelsea otra de las guardianas de mi clan quien poseía el don de unir o romper los lazos que unían a los seres había podido romper el que yo tenía con ella.

Me había convertido en una Vulturi, era parte de ellos, pero no de su guardia sino de su clan mismo, para todos era la hija de Aro eso me daba protección y poder en el mundo que ahora vivía, pero a mí no me importaba, para mí la vida vampira no dejaba de ser más que un castigo, condenada por siempre a llevar un dolor que no tenia cura, cada momento en el cual estaba sin compañía alguna (dejando de lado a Santiago y Aftón que habían sido asignados como mis guardias personales) lloraba sin poder llorar en este cuerpo perfecto diseñado para matar, lamentando a mi amado, ya ni siquiera podía dormir había dejado de ser una necesidad, esa había sido la única forma en la cual había logrado escapar en algún tiempo (muy lejano), de mi dolor, ahora tenía demasiado tiempo para lamentarme.

Mis recuerdos mortales eran borrosos e imperfectos incluso había olvidado mucho, a pesar de eso había logrado con mucho rememoramiento que cada segundo pasado con Jorge fuera tan vivido como antes, quizá mi negación a olvidar había logrado eso, o quizá la razón era que habían cosas que ni la maldición vampírica lograban evitar, Ana y María también estaban en mis recuerdos a menudo, e Isabel mi pequeña a quien había prometido cuidar y no había cumplido.

Había "copiado" cada don de la guardia, aunque no usaba estos, podía hacer que sintieran dolor con solo mirarlos igual que Jane claro que no era tan potente como cuando ella lo hacía. Eleazar había llegado a la conclusión que al yo usar los dones copiados, no eran tan potentes como el original aunque si una muy buena reproducción.

Mis relaciones con la guardia eran igual de distinta que con el que en mi vida mortal había tenido con las personas, sabía que Jane y Renata (la guardia personal de Aro, por su don de escudo) tenían celos de mi, en especial la primera para quien Aro había sido un padre desde que la salvo de ser quemada en la hoguera, pero detenían un respeto muy parecido al que le tenían al resto de sus "amos", con Félix un vampiro más fuerte que cualquiera que hubiera visto atravez de los ojos de Aro había desarrollado una sincera amistad, Demetri un rastreador y también el deseo de todas las mujeres, su apariencia era mucho más perfecta que la de cualquier otro vampiro, había desarrollado por mí un interés amoroso que yo no correspondería nunca, estaba destinada a amar un recuerdo por siempre.

—Le pido que decline sus intenciones— le dije en su millonésimo intento de cortejo, utilice el don de Aftón para alejarlo de mi.

—Algún día se rendirá— me respondió Alec.

El hermano gemelo e igual de poderoso que su hermana Jane, con quien tenía mucho más que una amistad nuestra complicidad rallaba en hermandad, algo que molestaba a su gemela, aunque no decía nada, nunca desafiaría una de sus amos.

—Es solicitada por el amo Marco— me dijo Chelsea con una reverencia.

Ella era quien más me respetaba de toda la guardia, tanto que rallaba en adoración, me trataba igual que a Aro, Marco, Sulpicia, Cayo o Athenodora, pero yo no era feliz con eso, ya había sido parte de una monarquía, y ahora quería ser una vampira normal sin guardias, sin respeto, pero al parecer había sido condenada a tener siempre lo que no había pedido.

Aftón y Santiago se comportaban de forma parecida a Chelsea aunque con el segundo tenía casi una amistad.

—¿Solicito mi presencia? — le pregunte a Marco en cuanto estuve con él.

De nuevo y como siempre pasaba cuando estaba cerca de él, su interés regresaba un poco, pero nunca como lo había visto atraves de la mente de Aro.

Extendió una mesa de ajedrez frente a mí, le dedique una sonrisa, era nuestra forma preferida de pasar el tiempo, desafiándonos.

—¿Tres víctimas? — le pregunte.

—Que sean cinco.

Nuestra forma de apostar podía ser vista como un chiste, si se poseía un sentido del humor macabro, cantidad de presas que Heidi nos trajera.

La vampira era la encargada de traer desde los lugares más alejados del planeta nuestras victimas, su don le era de mucha ayuda, confiabas en ella luego de unas cuantas palabras, pero a mí no terminaba de agradarme, algo en ella no me era grato, quizá su parecido con María que solo me hacía sentir más culpable.

—Gane— le dije a Marco aniquilando su rey.

—¿Dónde aprendiste esos movimientos? — me pregunto con una sonrisa torcida.

—Del mejor— le dije abrazándolo con cariño.

Nuestra relación cada vez tomaba más fuerzas, Aro la permitía sabiendo que así su hermano era casi feliz, Marco nunca había dejado que Corin sanara su dolor, pero yo era casi un medicamento para él anciano a quien veía como un tío al que le tienes mucho aprecio.

Se me entreno en batalla así como en el uso de mi don, no entendía las intenciones de Aro con eso hasta que se cometió un crimen fatal, los vampiros teníamos una sola regla "guardar el secreto" por nuestro propio bien, pero esta regla se ramificaba en muchas más, si algo atentaba contra el secreto debía ser destruido.

Félix y Demetri trajeron ante Aro, Cayo y Marco cuatro vampiros, tenían el terror marcado en sus rostros, la guardia entera estaba ahí, mientras que yo había sido enviada a observar desde lo alto, oculta entre las paredes del lugar, donde también podía utilizar los dones si llegara a ser necesario.

—¿Mostrarse a plena luz del día? — pregunto Cayo, supe al mirarlo que no había nada en el del vampiro tierno y enamorado que era con Athenodora, él que a mí me trataba casi con amor.

—Fue…fue… un error.

Aro extendió su mano con una sonrisa compasiva. Sabía que quería mirar y juzgar el mismo.

Dos de los vampiros que acompañaban a la que acaba de hablar cayeron al suelo retorciéndose de dolor, supe que Jane era la encargada. La vampira que también parecía la líder le extendió la mano.

En ese momento quise mirar lo que Aro estaba mirando, ya luego me las arreglaría para tocar a Aro y saber que le había mostrado.

—Ser llamados Dioses mi querida Natalia— le dijo Aro después de que termino de ver sus pensamientos— es una pena.

Miro a la vampira que parecía ser la más joven, que igual miraba asustada hacia los lados, como buscando una manera de escapar, pero sabia al igual que yo que sería una misión suicida.

—No fuimos llamados Dioses— le dijo uno de los vampiros, use el don de Marco y supe que era la pareja de Natalia, al igual que el que estaba a su lado era la pareja de la joven vampira.

—¡Se mostraron ante un pueblo! — lo enfrento Cayo

—¡Nos llamamos Dioses para evitar que descubrieran nuestra realidad! — se defendió el otro vampiro.

—Hermano— lo llamo Aro antes que Cayo dijera algo más—¿Qué tienes que mostrarme Amulson? — le pregunto al vampiro joven.

Amulson le tendio una mano.

—La imprudencia fue la culpable— le respondió Aro cuando termino de leer su mente— Este clan— hablo para la guardia y sus hermanos—fue descubierto por una pareja mortal, tienen respeto por la vida humana, se alimentan solamente de criminales, los mortales corrieron rumores sobre la existencia de chupasangres en su pueblo, en un intento de evitar ser destruidos se mostraron a la luz del día y se llamaron dioses.

Preguntas pasaron por mi mente ¿Por qué no escaparon? ¿Por qué no terminaron con la amenaza? ¿Por qué se quedaron sabiendo los rumores que corrían?

—Al parecer nuestra querida Satra— señalo a la vampira más joven— tiene su familia mortal ahí, y en un intento por mantener el contacto intento no alejarse de ellos— continuo explicando mi padre—¡Vaya historia más conmovedora!

—¿Saben los humanos de nuestra existencia? — pregunto Marco

Aro se acerco a Satra.

—¿Han sido enterados tus familiares mortales?

Le dio la mano como si mostrara compasión por ella, suspiro cuando obtuvo lo que necesitaba.

—No — le dijo tiernamente— al parecer esperaba poder controlar su sed para darles una idea.

Algo me decía que Aro estaba manipulando las palabras para que sonaran peor que la realidad, mi padre volvió a centrar su atención en Natalia.

—¿Acaso no concias la reglas? —le pregunto con una voz que dejaba notar que lamentaba lo que estaba por hacer.

—Se salió de nuestro control—contesto la vampira en tono de suplica.

Aro hizo un fugaz movimiento, Félix y Santiago se abalanzaron sobre Natalia, antes de terminar un pestañeo la vampira fue degollada y quemada. Los gritos furiosos de su clan se escucharon, la pareja de la vampira se abalanzó contra Aro pero Jane lo detuvo aun antes que hubiera avanzado, cayó al piso revolcándose. Satra miro con odio a Jane y la vampira fue despedida hacia atrás.

Comprendí el don de la pequeña, alejaba a sus enemigos físicamente, lo copie.

No había notado que Aro había retrocedido y estaba alejado observando. La atención de Jane se centro en la vampira que esta fue la que cayó al suelo gritando, degollaron al vampiro que había intentado atacar a Aro.

—¡Julian! —gritaron Amulson.

Pero era demasiado tarde, las llamas habían cubierto sus trozos.

—Es una lástima que no se hayan arrepentido— dijo Aro mirando a los vampiros que quedaban, sin que sus ojos mostraran la más mínima compasión.

Cayo les sonrió y ambos fueron destruidos al igual que sus compañeros.

No fue esa la última vez que presencie una mutilación….