La hija de Aro Vulturi — capítulo 6
Durante el siguiente siglo me dedique a cumplir la promesa que le había hecho a Ana, cuidar a Isabel, desde Volterra manipule muchas cosas para que la niña tuviera una vida plena y feliz, Aro había accedido a "cumplirme el capricho" como dijo Cayo, como una pequeña venganza me encargue que Enrique no lograra tener nunca la felicidad con una mujer, Chelsea me ayudaba rompiendo los lazos que unían a las mujeres con el rey, y ya que Aro prefería que fuera la guardia quienes llevaran a cabo mi venganza tenía que esperar pacientemente a que él encargado de llevar a cabo mi plan volviera de Inglaterra para luego presenciar todo por medio de sus mentes.
Me encargue de que mi prima humana María tuviera una vida sin problemas, ella y sus dos hijos bastardos del rey, fue algo gracioso enterarme que mi muerte había sido explicada como un suicidio, encontraron solamente un cuerpo a lo bajo del acantilado donde terminaba el cementerio donde estaba enterrado mi amado, supuse que alguna presa de la guardia termino ahí, el cuerpo estaba irreconocible pero sus ropajes eran los que llevaba la última vez que mi madre humana me vio, así que fue fácil que la conclusiones llegaran.
También me encargue de que Isabel se convirtiera en reina de Inglaterra, no fue muy difícil solo hubo que terminar con el único varón que el rey tuvo en su momento y con la hermana mayor de la niña.
Pero el tiempo no se detenía, Isabel envejecía a cada segundo a pesar de que yo me mantenía igual de joven que el día en que fui atacada por aquel niño inmortal, mucho más pronto de lo que hubiera querido tuve que encontrar una nueva razón para mi existencia, Isabel murió, al menos tuve la satisfacción de haber cumplido con aquella promesa, la niña fue feliz, fue una reina digna de ser nombrada, Isabel la Reina Virgen, hija de Ana Bolena.
Pronto pasaron las décadas, dándole paso a los siglos, durante tres largos siglos me dedique a que Heidi buscara historiadores para limpiar el nombre de mi prima, y así la verdad se supo aunque demasiado tarde para lograr hacer algo por ella, Ana fue reconocida como una mártir, a quien se le dio muerte por la sencilla razón de no haber podido entregar un hijo varón a un rey adultero y despiadado, con Jorge no tuve tanta suerte, las opiniones sobre mi amado se volvieron múltiples, algunos opinaban que había sido un hombre casado por compromiso con un gran amor por su hermana (algo bastante cerca de la verdad) mientras que otros pensaban que había sido un hombre adultero, mujeriego, cruel incluso acusado del pecado de la bisexualidad… basta decir que aquellos quienes encontraba con ese pensamiento terminaban siendo mi cena.
— ¿En que piensas? — me pregunto Alec.
Mi mirada estaba perdida en la ventana de mi torre personal, donde podía apreciar como Volterra se movía agitada
—En todo y nada al mismo tiempo— le dije moviéndome unos centímetros para que pudiera colocarse a mi lado y así lo hizo— ¿Es normal Alec? — le pregunte dejando que mis pensamientos salieran a la luz.
—No somos la definición de normalidad— se burlo mirando hacia la ciudad, me miro y supo que mi humor no era justamente el mejor para bromas.
— ¿Qué perturba tu mente? —
— Es solo que a veces visualizo como serian nuestras vidas si no hubiéramos sido parte de los Vulturi.
—Hubiéramos muerto, yo quemado— se estremeció— y tú en los brazos de aquel niño inmortal.
—Me refiero a si las cosas fueran diferentes, si Aro fuera solo un creador y no un amo.
—Es mi amo, y tu padre es diferente soy orgulloso de ser lo que soy y de estar donde estoy— sus palabras mostraban el orgullo que sentía.
—Quisiera decir lo mismo, no puedo dejar de sentirme una monstruosidad.
Mi amigo se quedo un momento en silencio meditando sus palabras.
—Has castigado tu inmortalidad, no lo tomes como una maldición sino como un privilegio que a muchos se les niega.
—Si Jorge me acompañara todo sería perfecto— me sincere, quizá si él estuviera a mi lado siendo un inmortal mi forma de ver todo sería diferente pero no podía dejar de sentirlo como un castigo.
—Si no te hubieras empeñado en recordarlo ya ni siquiera lo recordarías, mi vida mortal es demasiado lejana y los recuerdos son borrosos, salvo el día cuando mis amos me salvaron, no recuerdo nada.
— ¿Por qué olvidar lo que me hizo tan feliz alguna vez?
— ¿Por qué recordar un martirio?
Odiaba las preguntas que contestaban otra, odiaba más que Alec tuviera tanta razón y odiaba no poder sentirme como él, sabia cuantos mortales deseaban ser como nosotros, y sabían cuantos inmortales deseaban tener mi posición con los Vulturi pero es parte de la existencia que te sea entregado lo que es pedido y te sea negado lo que es pedido.
De cierta forma los Vulturi eran algo así como los reyes de los vampiros y eso me convertía en una especie de princesa, pero yo nunca quise eso para mí nunca quise ser parte de monarquías yo solo quería felicidad algo que en ninguna de mis dos vidas me había sido conferido completamente.
—Puede que él no esté más, déjalo ir, deja que su recuerdo se vaya con una brisa de viento.
Alec anulo cada uno de mis sentidos, era feliz cuando eso pasaba, me hacía sentir en paz, cuando termino el efecto me miro.
— ¿Mejor? —
—Creo que lo mejor que puede ser— le sonreí— siento que la inmortalidad es más llevadera ahora.
— ¿Además quienes además de nosotros pueden tener una amistad que durara por siempre? ¿No es el sueño de miles? No nos va a separar nada, estaré cerca de ti por el resto de la eternidad.
Escuchamos un gruñido en alguna parte del castillo, posiblemente a Demetri no le había hecho gracia escuchar eso.
—Y con él tendré que lidiar también por resto de la eternidad.
—Nada es perfecto— se burlo Alec.
Sonreí, mi amigo siempre me hacía sentirme mejor, yo de alguna forma seguía siendo humana quizá porque me había aferrado a que eso no se fuera con el tiempo como había pasado con el resto de los vampiros que conocía….Una pregunta constantemente rodeaba mi mente ¿No habría otra forma de pasar la eternidad? ¿Tenia que ser condenada a vivir por siempre así? Siendo una inmortal con el único deseo de ser un poco más… Mortal.
— ¿Vas a dejarnos? — me pregunto Alec adivinando la respuesta.
Baje la mirada, la siempre sabia.
—Algún día, volveré y lo haré lo prometo— dije casi en tono de disculpa, pero la decisión ya estaba tomada
— ¿Sabes el daño que provocara a los que te queremos? Lejos estas desprotegida.
—Me se cuidar sola— le di un golpe juguetón— años de práctica. — guiñe un ojo con suficiencia
— ¡Oh Catalina! ¿Dónde se estarás mejor que con los suyos? — no nos habíamos separado aun, pero ambos sabíamos lo mucho que nos extrañaríamos.
—Dame mil años y no volveré a alejarme de ti— le dije sonriendo.
— ¿Tanto necesitas para olvidar un mortal que murió hace más de dos siglos? —
Había dado en el blanco, de nuevo.
—No creo que mil años alcancen, vamos Alec, es un fragmento de la eternidad lo que no estaré con ustedes, luego tendremos mucho tiempo para desperdiciar.
—Preferiría desperdiciarlo desde ahora, estar cien años sin ti no es la forma en la quiero pasar la eternidad.
— ¿Por qué no vienes conmigo? ¿Me acompañas en mi soledad?
— ¿Dejar mi clan? ¿Me pides eso?
—No te lo pido, te ofrezco que te tomes un descanso.
—No podría, le debo mucho a mi amo, y no podría hacerle eso a Jane, ella es lo que más adoro, apenas soporto estar separado de ella cuando mis amos lo ordenan.
—Sabia tu respuesta antes de preguntar— le conteste con una sonrisa, Alec tenía por Aro una adoración desde que los salvo de ser quemados en la hoguera, y comprendía la unión tan poderosa que tenia con Jane, ellos no podían existir uno sin el otro eso lo sabía, quizá cambiara cuando encontraran su pareja, pero podía que eso nunca pasara.
— ¡No puedes irte! — me suplico mi madre, le había contado mis planes de partir y lo había tomado mucho pero de lo que yo esperaba
—Mal agradecida— me dijo Athenodora con rabia, esa era su forma de demostrar que me quería y no quería que los dejara.
Mire a mi tía por un momento.
—No estaré demasiado lejos— le dije dándole un abrazo.
Aro no quería que me fuera, pero mi decisión se había tomado y era firme, el no tuvo más remedio que permitirlo, no se iba a arriesgar a tocarme y permitirme ver sus pensamientos ni me destruiría sabía que así provocaría su propia destrucción.
Me ofreció un castillo no muy lejos de casa donde podía pasar el tiempo que quisiera sola, eso era justo lo que yo necesitaba, todos estaban siendo algo dramáticos, no pensaba partir para siempre, ni siquiera estaría muy lejos, pero para cualquiera de ellos alejarse un poco del clan era un martirio, claro que yo ya tenía el mío propio y era suficiente como para acarrear con otro.
—Te voy a extrañar— me dijo mi tía correspondiendo el afecto
—Necesito soledad— le dije dándole un pequeño beso— pronto volveré.
—Que no sea demasiado— suplico.
Las abrace con cariño, aun no había partido y ya las extrañaba.