Cambiando el pasado — capítulo 20
Odio todo lo que me rodea menos a ti" Esas fueron sus palabras que aún resonaban en su cabeza.
Draco disfrutaba del calor que despedía toda ella. Era como fuego entre sus brazos y sentía cómo el frío que lo envolvía comenzaba a desaparecer. No había mentido en sus palabras. Odiaba todo y a todos, pero a ella no; o tal vez sí, por haberse convertido en alguien tan imprescindible dentro de su vida ¿Qué era lo que la diferenciaba de todas las demás? No podía entenderlo. Lo ella lograba despertar en él eran sensaciones fantásticas que jamás había experimentado con ninguna otra. Estaba casi seguro de que se trataba del conocimiento de que ella en verdad le pertenecía. Sí, tenía que ser eso. Todavía podía sentir la suavidad de su piel en sus dedos; el fresco aroma que desprendía su cuerpo mientras la hacía suya. Él había sido el primer hombre en besar aquellos labios vírgenes, y quería ser el último también.
Draco acercó sus labios mas ella los rechazó. Aún no, y ella sabía que no era tiempo.
- Solo un beso…- susurró el rubio buscando nuevamente sus labios mas ella se separó de él y huyó antes de que fuera demasiado tarde y cediera.
Las palabras del Slytherin rondaron su cabeza hasta llegar a su sala común.
Aquella mañana el frío cedió dando paso a un sol que brilló en todo su esplendor. Mientras todos desayunaban Ginny continuó con su plan de alterar a Harry mientras Parvati la animaba para que continuara. Al terminar de comer. La pelirroja salió del gran comedor al igual que todos y caminando por los pasillos sintió como una mano la tomó del brazo y la obligó a voltear.
Sus ojos chocolate se chocaron con unos verdes.
-
Ya no lo voy a soportar más.- dijo Harry furioso. - O terminas este maldito juego, o le diré a Ron todo lo que has estado haciendo últimamente.
-
Y yo le diré que es una mentira y que eres tú quien ha estado acosándome. Conoces a Ron, los celos de hermano lo cegarán y me creerá a mí. - dijo Ginny.
Harry no podía creer hasta qué punto podía llegar la pelirroja.
-
¡Ni siquiera sé por qué haces todo esto¡No es algo que vendría de ti!
-
No me conoces.
-
¡Te equivocas, te conozco perfectamente y por eso mismo es que sé que todo esto es solo una maldita máscara de mujer vengativa que no pega contigo para nada! Tú sigues siendo la misma niña inocente que no mata ni una sola mosca.
-
¡Es mentira! - gritó la pelirroja y entonces Harry la pegó contra la pared y rozó sus labios con los de ella. Olían a cereza.
Ginny se congeló y no pudo ni mover un solo músculo. Su respiración se volvió agitada mientras los ojos verdes del chico la recorrían. Una sonrisa victoriosa se dibujó en el rostro del Gryffindor.
- ¿Ves? Finges ser fuerte y toda una experta pero solo necesito acercarme un poco a ti para que te acobardes y vuelvas a ser la misma inocente pelirroja de siempre.
Ginny no podía soportarlo más. Tenía que ser fuerte, no podía dejarse ganar por él. Si Harry se iba en ese preciso instante él había ganado el juego. No podía permitírselo.
¡Ginny sé fuerte, se fuerte! se dijo a sí misma.
Antes de que el buscador de Gryffindor pudiera reaccionar la pelirroja se había colgado de su cuello y unido sus labios contra los de él. Harry quiso parar, pero al sentir el cuerpo de la chica pegado contra al suyo lo único que pudo hacer fue rodear la cintura de Ginny con sus fuertes brazos a apretarla aún más. Él quería a la pelirroja, y lo había descubierto hace algún tiempo atrás. Sin embargo, trató de quitar ese pensamiento de su mente ya que se trataba de la hermana menor de su mejor amigo. Aquello le había resultado imposible con el juego que ella había iniciado, provocándolo todo el tiempo, y seguramente ella creía que lo único que él sentía hacia ella en esos precisos instantes era deseo y nada más; pero aquello no era cierto. Su lengua penetró la boca de la pelirroja sacando en ambos gemidos. La cordura regresó al moreno y se separó de ella inmediatamente mientras ella tomaba aliento y sonreía.
-
¿Qué fue lo que dijiste?- dijo ella victoriosa.
-
Nada.
Y con esto se fue lo más rápidamente y Ginny se sintió terrible.
Ron salió del castillo y caminó por los campos de Hogwarts. Algunas chicas de quinto lo miraron y hablaron entre ellas sonriendo y arreglándose el cabello para llamar su atención. En cualquier otro momento él se hubiera acercado y entablado una conversación con ellas, pero ahora no era un buen momento. Su mirada buscaba entre los campos a alguien en especial. Había tomado la resolución de averiguar lo que le estaba sucediendo a Ginny y mejor si lo conseguía lo más pronto posible.
Para su desgracia, su pequeña hermanita no tenía muchas amistades. En su curso no se llevaba íntimamente con nadie. Sus amistades eran Lavander (con la cual no hablaba mucho), Hermione (con la cual él no hablaría jamás), Parvati (una insufrible que no le diría nada) y Luna..., a quien buscaba en esos precisos instantes.
Ella resultaba ser ideal. Estaba en 6to curso con Ginny, en distintas casas, pero varias materias las cursaban juntas. En realidad no sabía mucho de Looney Lovegood. Las pocas veces que había cruzado palabras con ella era bastante retraída. Algunas veces, cuando charlaba con chicas de su mismo curso, ellas se habían referido a ella como rara y loca. No estaba tan seguro de aquellas afirmaciones, pero siendo amiga de Ginny cualquier cosa podría esperarse.
Fue entonces cuando sus ojos se detuvieron ante la figura de una chica sentada bajo un árbol. El tiempo pareció detenerse de repente. Los rayos de luz que lograban penetrar las ramas del grueso roble que la cubría caían sobre ella, haciéndola ver inconfundiblemente angelical. Su cabello era rubio y largo, cubriendo esa piel que él solo había visto una vez en una muñeca de porcelana que su madre había adquirido en una subasta. Sus manos, finas y delicadas, cambiaban la página del grueso libro que descansaba sobre sus piernas cubiertas por una larga falda que pasaba sus rodillas. Por un momento creyó estar presenciando algo irreal, una visión. Un ángel caído del cielo, un ser celestial; eso era lo que despertaba ante sus ojos, la imagen de un ser inmortal y fuera de aquel mundo terrenal.
Luna leía atentamente el libro que tenía sobre sus piernas. Ya había acabado el volumen uno y ahora se deleitaba con el dos. Una historia caballerística bastante interesante. Sus labios le ardían por el repentino cambio de clima que se había dado aquel día. Estaba casi segura que mañana llovería o haría un frío escalofriante. Sus ojos celestes se fijaron en el pelirrojo que se recostó frente a ella en el fresco césped.
Ron sonrió antes de hablar.
- Hola¿leyendo después de clases? Me recuerdas a Hermione.
Luna sonrió y Ron notó que su belleza era aún mayor cuando se la veía de cerca. Sus mejillas eran rosas y sus labios rojos, haciendo contraste con aquella piel blanca y tersa. Sus ojos celestes eran claros, puros y brillantes. Parecía perfecta.
- Me gusta leer. Además, no tengo muchas cosas que hacer después de clases.- dijo Luna.
En realidad a la rubia se le hacía bastante extraño el que el pelirrojo le estuviera hablando. Algunas veces había intercambiado palabras con él, pero nada del otro mundo. Lo único que sabía de él era que era el hermano de una de sus mejores amigas y que la mayoría de las de su curso se morían por él.
- Entonces tendré que enseñarte a divertirte un poco.- dijo Ron aún sonriéndole. Era tan tierna en todos los sentidos. Sus gestos, su voz... - Por lo pronto permitiré que leas.
Luna sonrió pero pronto sus ojos se fijaron a la orilla del lago. El pelirrojo volteó tratando de ver qué era aquello que cautivaba su atención. La rubia se levantó y corrió hacia la orilla.
- ¡Espera!- dijo Ron levantándose.
Cuando la alcanzó vio cómo arrancaba un diente de león de entre algunas plantas que crecían cerca. Lo acarició con sus delicadas manos y al Gryffindor le pareció nuevamente que se encontraba junto a alguien superior.
Luna lo miró y comprendió que era algo extraño lo que había hecho. Decidió explicarse.
-
Mamá solía regalarme dientes de león cuando vivía. Casi nunca logro verlos y menos ahora que viene el invierno. Es un milagro que este haya sobrevivido.
-
Ahora que lo arrancaste ya no.- dijo Ron y Luna rió. Tomó el diente de león de las manos de la chica y se lo acercó a la nariz haciéndole cosquillas. Ella retrocedió y estornudó.
-
¡No hagas eso!- dijo riendo. - Soy alérgica.
-
¡Entonces deja eso!- dijo Ron arrebatándole el diente de león. - ¿Estás loca o qué?
-
Eso dicen.- dijo inocentemente Luna. - Soy alérgica a ellas desde que mamá murió, papá dice que se trata de un trauma.
El reloj del colegio sonó y la Ravenclaw corrió a tomar sus cosas.
- Lo siento debo irme.- dijo y corriendo se adentró al castillo.
Ron se quedó viéndola hasta que se perdió entre la multitud. Su cabello dorado había ingresado a Hogwarts dando destellos de luz. Fue después, cuando recuperó el sentido, que notó que no había preguntado nada de lo que venía a preguntar.
Hermione se había instalado justamente después de las clases en la biblioteca. Durante el camino se había cruzado con Harry, mas sus ojos simplemente evadieron los verdes de él y siguió su camino. Le dolía el que su amistad se hubiera roto con tanta facilidad después de tantos años compartidos, pero lo que más le afectaba era el hecho de notar que la relación con ellos se había deteriorado hasta tal punto en que se sentía igual de sola que cuando aún eran amigos. Parecía que la única compañía que siempre tendría era a sí misma; y eso no era muy tranquilizador.
Unos instantes después vio a Ron entrar a la biblioteca, sus ojos chocaron velozmente con los de él, pero no duró más que unos segundos. El pelirrojo siguió su camino hacia una estantería y tomó algún libro que seguramente le iba a ser útil para los exámenes y salió. Ella suspiró y siguió su lectura. Cuando leía el mundo entero desvanecía, no había problemas y angustias; lograba sentirse otra persona completamente diferente a ella y eso le agradaba. Respiró profundamente cuando, inconscientemente, o tal vez porque sus sentidos le advirtieron que estaba siendo observada, levantó la mirada y vio al otro lado de la biblioteca a Draco. Sus ojos grises fijos en ella desde hacía ya mucho tiempo antes de que se hubiera percatado.
Estaba con algunos Slytherins en la gran mesa que se preparaban para los exámenes. Mientras estudiaban, comentaban que ya más del 50 de los pertenecientes a la casa de las serpientes ya eran mortíos. Draco sabía que tenían razón; Zabini, Crabbe, Goyle, Spencer y Pansy ya que habían iniciado, mas no tomaba parte en la discusión porque le parecía estúpida y detestaba la falta de discreción de los ineptos que lo acompañaban. Había cosas mucho más importantes que hacer en aquel preciso instante, y una de ellas era mirar a Hermione.
Los ojos marrones de la Gryffindoriana le transmitieron calor en los breves segundos que chocaron con los suyos. Ella bajó la mirada y el rubio notó complaciente que las mejillas de la castaña se habían encendido. El simple gesto logró volverlo loco.
Hermione había decidido ignorar la penetrante mirada de Slytherin y seguir con su lectura, pero pronto notó que le era imposible. Sentía los ojos grises del rubio recorrerla, y no podía dejar de intimidarse ante aquel hecho. Volvió a levantar la mirada y esta vez la sostuvo, hundiéndose en aquellos claros ojos fríos.
Draco disfrutaba con el hecho de tan solo verla. Aquellas deliciosas pequeñas pecas castañas en sus mejillas junto con unas largas pestañas que solo había visto en muñecas varias ocasiones la hacían demasiado irresistible. Le parecía una eternidad el tiempo en el cual no la había tenido entre sus brazos; quería sentirla, tenerla a su lado aunque fuera unos instantes.
Los ojos marrones de la Gryffindoriana seguían fijos en él y Draco sonrió maliciosamente notando que con tan solo mirarla lograba ponerla nerviosa ¿Qué otra se intimidaba con algo tan simple? Por lo menos él no conocía a ninguna, y si la conociera no hubiera sido tan adorable como Hermione. La castaña sintió que aquello era una tortura pero no se movió de donde estaba. No le iba a dar el gusto. Fijó sus ojos nuevamente en el libro y se tranquilizó, volviéndose a sumir en la espesa lectura.
Draco no soportó más.
-
Ya vengo.- les dijo a los demás Slytherins mientras se levantaba de la mesa.
-
¿A dónde vas?
-
A fastidiar a Granger.
Draco caminó hacia la mesa de Hermione y ella lo sintió venir. El rubio se sentó en la silla que estaba frente a ella mientras la castaña lo miraba incrédula.
-
¿Estás loco¡Tus amigos te están viendo!- dijo ella.
-
Piensan que te estoy insultando.- dijo Draco con la misma expresión fría de siempre mientras fijaba sus ojos en el libro que ella tenía entre sus manos. - Veo que lees lo que te di.
Hermione sonrió.
- Sí.- respondió. - ¿Qué es lo que quieres?
Draco tenía sus ojos fijos en ella cuando las palabras salieron de su boca.
-
Que termines este maldito juego. - dijo respondiendo a su pregunta.
-
Pronto.- dijo la castaña.
-
Me estoy cansando.
-
Si quieres alcanzarme tendrás que ser paciente Malfoy, esa es una cualidad que valoro mucho.
-
Puedo ser muy paciente Granger.- respondió él. - Pero necesito saber cuánto más tengo que esperar. No me gusta hacer el papel de idiota.
Hermione notó en la seriedad de su rostro que se verdad estaba comenzando a enfadarse. Ya lo había previsto. Conocía el carácter impetuoso de Draco e incluso le sorprendía el hecho de que no hubiese estallado antes. De cualquier forma, eso también ya estaba en el plan.
-
Déjame pensarlo.- dijo ella.
-
No te creas tan importante.- dijo él tomando nuevamente su tono agresivo. Lo conocía perfectamente y ahora estaba a la defensiva. -Si quieres rechazar todo lo que te ofrezco es tu problema. Cualquier otra moriría por estar en tu lugar.
-
Yo no soy cualquier otra.
Draco sabía que tenía razón, pero nunca se lo diría.
-
Hay mejores que tú Granger.
-
Entonces… ¿por qué tanto interés en mí cuando puedes tener algo mucho mejor?- dijo Hermione cruzándose de brazos. - Tus argumentos con contradictorios.
Cómo la detestaba. Nunca antes ella había sido capaz de ganarle en una discusión y en los últimos tiempos todo lo que hacía era derrotarlo ¿Qué era lo que ella tenía que lo hacía tan vulnerable? No comprendía qué deseaba con tantas fuerzas de la Gryffindoriana teniendo a tantas otras a su disposición. Pero no, él no quería a nadie más. Se había obsesionado tanto con Hermione, que hasta había dejado de mirar a las demás mujeres que poblaban Hogwarts. Por supuesto, la castaña no podía saberlo, ni siquiera imaginar hasta qué punto se había incrustado en los pensamientos del Slytherin. Draco había aprendido con los años a ser tan frío y tener una mirada protegida por una barrera tan impenetrable que cualquier sentimiento era automáticamente invisible ante los ojos de los demás. La castaña tenía que escuchar y analizar cada frase pronunciada para seguir sacando la misma concusión, la cual por cierto, no la satisfacía en lo más mínimo. Se trataba de una obsesión dolorosa la que crecía cada día más dentro del rubio; fuerte, penetrante y angustiante mente insaciable.
Sin embargo, a pesar de todas las cosas que ella despertaba dentro de él ya no estaba dispuesto a soportar más la situación. Su orgullo había sido lo suficientemente pisoteado. No más.
- Como quieras Granger.- dijo Draco levantándose. - Es tú decisión.
Salió de la biblioteca e inmediatamente los Slytherins que estaban en la mesa de la esquina se levantaron y le siguieron.
Hermione siguió leyendo tranquilamente. No se había turbado por las palabras de rubio; ella ya sabía lo que tenía que hacer aquella noche.
Cuando Luna terminó de dar algunas clases al niño de primer año del cual era tutora se dirigió caminando hacia su sala común. Tenía mucha más facilidad para tratar con niños o jóvenes menores a ella que con los de su edad. Tal vez era porque resultaba evidente que la rubia nunca había dejado de ser una niña. Su cabello dorado era una cortina suave y lisa que no tenía explicación ante los cambios que la adolescencia producía mientras que su piel tenía no solo el aspecto, sino la suavidad de un bebé de meses. Nadie sabía que desde muy pequeña, cuando su madre aún vivía, la llenó de mimos y se encargó de transformarla en el ángel que era. Solía bañarla con violetas y jazmín para luego untarle miel que conservó su piel intacta. Después, cuando cumplió los seis años y su cabello había crecido lo suficiente se consagró a cepillarlo tres veces al día; jornada que no acababa hasta que éste quedara sedoso y brillante. La nana nunca dejó que Luna tocara un solo plato, o que moviera un solo dedo de sus tiernas manos para labores domésticas. La rubia al levantarse siempre encontraba su desayuno listo y la ropa tendida y planchada sobre la cama. Incluso cuando su madre murió las atenciones hacia ella incrementaron. Había sido criada en una burbuja que su padre y la nana habían fabricado para que ningún mal llegara a alcanzarla. Tal vez por eso era un ángel que no creía en la maldad dentro del mundo; simplemente porque no la había conocido.
Durante el trayecto a su sala común una voz la detuvo. Se volteó y observó distraídamente a Jack Spencer, quien al tener aquellos ojos celestes capturados en los suyos sintió cómo sus manos comenzaron a sudar y notó que las palabras parecieron desvanecerse. Luna le sonrió dulcemente y esto le devolvió las fuerzas.
- ¿Quieres que te acompañe a tu sala común?- preguntó él.
Luna asintió no dándole mucha importancia.
En el camino, ella le contó sobre lo gratificante que era poder ser tutora y sentirse útil para alguien. Le habló sobre varios libros pedagógicos que había estado consultando y cuando terminó Spencer notó que solo había captado la mitad de lo que ella había dicho. Luna se despidió amistosamente antes de entrar a su sala común y al entrar solo escuchó al Slytherin decirle:
-¡Quisiera ser tutor también!
Harry estaba sentado en el sillón de la sala común. Muchas cosas cruzaban por su mente y todas tenían relación con Ginny ¿Por qué estaba sintiendo lo que sentía? No podía ser verdad, a él no podía gustarle la hermana menor de su mejor amigo. Aquello sería una especie de traición hacia Ron. Ya podía escuchar los gritos del pelirrojo estallando en su rostro, y éstos serían completamente comprensibles ya que él en su lugar también lo hubiera hecho.
Harry desató un poco su corbata y echó la cabeza hacia atrás. Sus ojos verdes se fijaron en el techo de la gran sala. Si Ginny seguía con aquel juego él no iba a ser lo suficientemente fuerte como para resistirse. Tenía que encontrar la forma de sacarla de sus pensamientos y de su vida para siempre ¿Pero cómo?
En aquel preciso instante Parvati entró a la sala común. Tarareaba una canción mientras dejaba sus cuadernos rayados sobre la mesa. Revisó sus uñas comprobando que la manicure que Lavander le había aplicado permanecía intacta y sonrió.
Harry había fijado sus ojos verdes en ella. Parvati Patil era considerada la chica más linda de Gryffindor. Era amable, popular e increíblemente atractiva. Sin duda alguna representaba lo que todos los chicos deseaban. Las ideas comenzaron a volar por su mente y comprendió que la única forma de eliminar a Ginny de su mente era con otra. En aquel preciso instante el cabello rubio de Parvati pareció brillar ante sus ojos como oro. Ella resultaría perfecta. Durante mucho tiempo había estado buscando a una novia, alguien con quien salir y sentirse bien. Eran muchas las chicas que ahora se le insinuaban, pero ninguna llegaba a interesarle. Parvati estaba bien, bastante bien. Tenía carácter y personalidad definida, todo lo que a Ginny le hacía falta. Estaba seguro que si hacía el intento, podría llegar a funcionar.
Parvati abrió su cuaderno y lo volvió a cerrar al instante. Tenía pocos apuntes y no podría estudiar correctamente así.
¡Qué más da! Se los pediré a Hermione… pensó cuando notó que Harry se acercaba.
-
Si vienes a preguntarme sobre Hermione déjame decirte que creo que es mejor que hables tú con ella y no…
-
No quiero hablar de eso.- interrumpió el moreno. - Quiero conversar de otras cosas.
Con esto se sentó en la mesa dibujando en su rostro la mejor de las sonrisas. Sus ojos verdes centelleaban con tal fuerza, que Parvati tan solo pudo sentarse y antes de que comprendiera algo ya estaba sumida en una larga y entretenida charla con el buscador de Gryffindor.
La noche llegó rápidamente. Desde la ventana de la habitación del rey de Slytherin copos de nieve caían lentamente cubriendo los campos de Hogwarts. Los ojos grises y fríos de Draco estaban fijos en el cristal mientras dejaba con rabia el dibujo que tenía entre sus manos sobre un velador. Pasó una mano sobre su cabello rubio y miró su cama, recordando el cuerpo de la castaña cubierto por las verdes sábanas. La odiaba. La detestaba como a nadie. No podía sacarla de su cabeza ni un solo segundo. Ella jugaba y él caía estúpidamente. Ya no más. El orgullo de un Malfoy no podía ser brutalmente aplastado por una sangre sucia ¿Quién se creía ella para rechazarlo? Quería lastimarla, hacerle todo el daño posible. Que pagara, que pagara por no aceptar estar con él. Y así lo haría. El Draco amable que había estado fingiendo ser desaparecería. Hermione iba a conocer el infierno esa misma noche.
Hermione bajó las escaleras de la sala común arreglándose la bufanda. El frío sin duda estaba congelándola lentamente. Harry y Parvati se encontraban conversando sentados en una de las mesas del hall. Los ojos marrones de la chica chocaron fugazmente con los verdes del moreno. Fue la primera vez que agradeció el estar peleada con él. En cualquier otra ocasión Harry le hubiera preguntado qué hacía saliendo tan tarde, pero debido a que ya no se hablaban, no se sentía con el derecho de hacerlo. De todos modos se sintió mal mientras caminaba por los pasillos. Normalmente, a la hora de su salida furtiva, todos estaban durmiendo en sus respectivas habitaciones. Ahora Harry y Parvati la había visto salir, y si bien el moreno no la iba a interrogar estaba segura de que la rubia sí lo haría.
Pero… ¿Qué hacían hablando ellos dos?
Con estos pensamientos rondando por su mente abrió la puerta de la biblioteca. Automáticamente reconoció al Slytherin sentado sobre una mesa. Sus ojos chocaron con los de él y un extraño escalofrío la recorrió de pies a cabeza. Sus ojos de hierro estaban más fríos y severos que nunca. Podía sentirlo, y sabía que debía actuar rápidamente.
Draco se bajó de la mesa en cuanto la vio entrar. Se quedó parado a varios metros de ella preparado para lastimarla de todas las formas que le fueran posibles. Estaba dispuesto a atacar y a ser lo más agresivo que pudiera cuando la castaña caminó hacia él y rodeando sus brazos alrededor de su cuello le dio un pequeño beso en los labios sorprendiéndolo por completo. La rabia pareció despejarse de su mirada repentinamente cuando ella sin cortar la cercanía lo miraba con sus ojos cálidos y dulces.
- Ya olvidé todo. Te perdono.
Aquello paró el corazón de Draco por varios segundos. Contra todo sentido común la tomó entre sus brazos y la besó intensamente robándole el aire. Sintió el calor de la lengua de Hermione, y su tibio aliento desvaneciéndose entre sus labios. La había extrañado demasiado. Tomó la cintura de la castaña y pegó su pequeño cuerpo aún más contra el de él, sintiéndola. La Gryffindoriana no pudo evitar soltar un gemido ante las caricias que el rubio esparcía por todo su cuerpo sin dejar de besarla con una necesidad imperiosa. Las delicadas y finas manos de la chica se enterraron en su cabello rubio mientras él mordía su labio inferior. Draco la tomaba como si su vida dependiera de ello, y sabía bien que si la soltaba iba a morir.
Hermione sintió el frío recorrer su espalda cuando él la pegó contra la pared. El Slytherin dejó los labios de la castaña bajando por su cuello y besándolo con fuerza mientras sus manos se movían debajo de la falda escolar de la Gryffindor. Fue entonces cuando ella lo alejó lentamente.
-
Tenemos que regresar al pasado.
-
No me interesa el pasado.- dijo él mientras seguía besando su cuello en las partes más sensibles.
Hermione encontró las fuerzas para responder.
- A mí sí. - le dijo separándose de él y esbozando una dulce sonrisa. - Ya habrá tiempo.
Pero ella era incapaz de comprender lo que Draco sentía cuando no la tenía entre sus manos. Siempre había estado acostumbrado a aquel frío que lo envolvía y nunca llegó a molestarle, pero desde que la había hecho suya había conocido la tibieza y ese frío que siempre lo acompañaba desaparecía ante tan solo una mirada de sus ojos marrones. Ya no podía vivir sin ese calor que ella le transmitía. Simplemente le era imposible.
Más nunca se lo diría. Su orgullo no le permitiría confesar la dependencia en la que se veía envuelto hasta mucho tiempo después. Ahora prefería cortarse la lengua antes de decírselo. Solo él sabía qué tan bajo había caído.
Hermione tomó su mano aún sonriendo y lo condujo hacia la sección prohibida. El Slytherin sintió su corazón bombear más rápido con tan solo ese simple contacto.
-
¡Qué bien!- dijo William aplaudiendo cuando ellos entraron. - ¡Vinieron! Creí que no vendrían esta noche.
-
¿Por qué lo dices?- dijo Draco.
-
Por nada, solo que ¿llegan un poco tarde no?- dijo William mientras les abría paso. - Pero eso ya no es de importancia. Regresen y solucionen el enigma. Ya hemos avanzado bastante, pero no lo suficiente.
Hermione y Draco se acercaron y pronto vieron todo completamente negro.
Hermione observó a su alrededor. Se encontraba en la sala de la mansión Pirandello, de eso no cabía duda. Las espadas estaban perfectamente arregladas y algunas m u c a m a s limpiaban el lugar.
- Muy bien... ¿y ahora qué?- preguntó Draco notando que no había nadie más que las sirvientas en el lugar.
Entonces Xavier apareció bajando las escaleras. Estaba con tan solo un pantalón negro de ceda que contrastaba con el color excesivamente blanco de su piel. No cargaba camisa. El cabello rubio caía por su frente dándole un aire de ángel caído mientras que sus ojos grises se fijaron en una de las mucamas.
-
¿Ya está el desayuno?- preguntó él.
-
No. Lo haré enseguida señor.- dijo Mya caminando hacia la cocina.
Xavier dio media vuelta para volver a subir y entonces recordó que se había casado y que ya no estaba solo más en esa casa. Regresó para mirar a la ama de llaves.
-
¿Has visto a mi esposa? - preguntó él.
-
Se levantó muy temprano. Estuvo rondando por la mansión y bueno, usted sabe lo grande que es este lugar. Ni idea de dónde puede estar ahora.
Xavier terminó de bajar los escalones y cruzó la sala hacia un largo pasillo. Draco y Hermione lo siguieron hasta llegar a una gran puerta que él se encargó de abrir. La imagen pareció impactarlo. Isabella estaba en el mueble con un grueso libro entre sus manos. Era la biblioteca en la cual Hermione ya había estado anteriormente. Xavier seguía observando a su esposa algo confundido por la escena. Su cabello estaba recogido en un moño y usaba un vestido blanco que le recordó a la primera la vez que la vio bañándose desnuda en el río. Cuando lo vio entrar ella cerró el libro y se levantó.
-
¿Qué estabas haciendo?
-
Esa debe ser la pregunta más estúpida que me han formulado a lo largo de mi existencia.- dijo Isabella ariscamente aún con el libro en sus manos. Parecía un animal salvaje encerrado en una jaula; dispuesto a morder la mano de su domador. - Estaba leyendo, no es tan difícil de deducir.
Xavier la observó extrañado. Le tomó unos segundos hablar.
- Las mujeres no leen.- dijo mientras caminaba hacia ella y le arrebataba el libro. Miró la portada. - Mucho menos un libro como La Ciencia de la Magia.
Isabella miró a su enemigo de arriba abajo y se sonrojó. Nunca había visto a un hombre sin camisa y aquello era algo perturbador.
-
No finjas ser una inocente doncella que no ha visto a un hombre en su vida. Eres aún más hipócrita que tu hermana, al menos ella siempre dejó en claro que no era virgen.
-
Piensa lo que quieras.- dijo ella groseramente. - Y en cuanto a la estupidez que dijiste déjame informarte que he leído todos los tomos pero ese era el que me faltaba. Si hay algo bueno en esta casa es que tienes una biblioteca completa.
Xavier parecía extremadamente confundido. Aún parecía no asimilar lo que ella le había dicho.
- Ninguna mujer es capaz de leer este tipo de libros ni mucho menos entender la mitad de lo que en ellos dicen.
Isabella rió ante aquello sonoramente.
-
¡Por favor! Si eso sucede es por esta sociedad machista en la cual solo el hombre tiene todos los privilegios. Si a las mujeres se les enseñara lo mismo que a los hombres seríamos capaces de borrar esa estúpida idea de que no servimos para otra cosa que para cuidar niños.
-
¡Está bien! Yo lo creo así.- dijo sorpresivamente el rubio.- Mi madre también era muy conocedora. A lo que me refería es a que es muy extraño ver a una mujer que sepa leer y tenga una idea de los conocimientos más importantes que rodean al mundo.- dijo Xavier ariscamente. - Con razón Carmen se quejaba de lo extraña que eras.
-
Mi hermana no sabe ni siquiera cómo controlar su vida y ¿pretendas que sepa lo que es abrir un libro? Ni siquiera conoces de quien te enamoraste, es patético.
Xavier miró con rabia a Isabella. El odio y la ira se reflejaban en sus ojos nítidamente.
- ¡Cállate! No quiero que vuelvas a hablar sobre ello ¿me entendiste? Pareces no querer comprender que tu vida está en mis manos de ahora en adelante.
Isabella dio media vuelta he hizo ademán de irse cuando la puerta se cerró de repente ante un hechizo conjurado por el rubio.
- No he dicho que te podías ir.- dijo él
La castaña se volteó lentamente controlando las ganas de gritarle lo mucho que lo detestaba.
- Te vas a arreglar hoy. Vamos a ir en la noche a la casa de Buchamp.