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Una nueva Vida. — capítulo 2

2.Espejito, espejito...dime ¿En qué me he convertido?

Me quede inmóvil, mirando hacia arriba. Me sentía mareada, me dolían extremadamente los brazos y el cuello. No deseaba moverme pero tenía que hacerlo. El reloj marcaba las 4:30 am. En pocas horas mi transporte pasaría y tendría que correr para llegar a mi destino.

*Levántate Evolet. Pronto saldrán los primeros rayos del sol y no querrás estar aquí.*Me dije.

Tome asiento en el borde de la cama, mis pies colgaban y en un gesto de diversión los balance un poco. Claro, duró muy poco mi sentido de la diversión y volví a la realidad. Jale el pantalón de mezclilla y la blusa de pana que reposaban sobre una silla a lado de mi cama y me los coloque rápidamente. Con mi mano palpe debajo y a un lado de la cama el lugar en donde podrían estar ambos tenis, velozmente di con su paradero y los alcé, afloje las agujetas y me los ate. Me puse de pie, y en plena oscuridad di con el interruptor de la luz, encendí una de las dos luces que iluminaba mi habitación y débilmente una luminosidad rosada alumbro la mitad del cuarto. Levante ambos brazos para relajarme y oír un crujir de huesos, pero desde hace tres meses ese ruido había dejado de escucharse. Pero la costumbre de alzarlos y oír aquel ruido tan peculiar de una persona aun prevalecía en mí. Deje caer ambas manos sobre mi cabeza y la eche hacia tras, pase ambas manos sobre mis cabellos, tratando de alaciarlos, cuando llegue al final de mi larga cabellera saque mis manos y las puse frente a mis ojos; cientos de cabellos prendían de mis dedos, cada día se caían más y más y no lo podía creer, cerré mis ojos y en un arranque de coraje me deshice de ellos y los tire al cesto de basura. 

Tenía tantos deseos de mirar en lo que me había convertido, pero había retirado todos los espejos de mi habitación por miedo a ver como día tras día mi imagen se transformaba en algo horrible. Ya habían pasado tres meses desde que los había retirado de la habitación y los evitaba en la casa y las calles. Llegue a pensar, aquella mañana, de que ya era hora de verme.

Abrí la puerta, tratando de olvidar la estupidez en la que había pensado, apague la luz y cerré la puerta detrás de mí. Otra luz me ilumino y me di cuenta de que se trataba de la luz de pasillo. Seguramente mi madre la había dejado encendida para mi pequeño primo que dormía cercano a esa luz. Desde hace un mes que el pequeño Louis vivía con nosotras, todo desde el repentino y fatal accidente de sus padres. Pase junto a su puerta y lo mire, le dedique una pequeña sonrisa y me retire cautelosa de ahí. Me dolía no pasar más tiempo con mis seres amados, pero es que no podía, no debía.

Baje apáticamente las escaleras, rosando con mis dedos las fotografías que colgaban de la pared.

-Hola pa'. Hola Loana. Hola Will. Hola Elaine… -baje la mano para no tocar la que seguía y cuando la hube pasado mis dedos rozaron el marco de la fotografía de mamá. -Hola ma'.  

Las primeras veces tomaba mi fotografía y la escondía. No quería verla, ni mucho menos rosarla. Pero me di cuenta de que mientras más lo hacía, más tenía que hablar y ver a mamá, antes no era ningún peligro, no obstante, conforme pasaba el tiempo y mi persona de iba transformando deseaba que nadie me viera y desde entonces sólo bajaba la mirada, mi mano y me saltaba mi fotografía.

 Cuando llegue al último escalón, presione los dos interruptores, una luz amarilla iluminó la sala y el comedor. Camine hacia la cocina, aun costado de la escalera, pero antes de entrar me di cuenta de que un enorme plato cubierto con plástico se encontraba sobre la mesa principal. Me acerque.

"Linda, es tu comida y cena. Come y lava el plato. Te amo. Mamá"

A un lado del amplio plato descansaba esa pequeña nota. Recordatorio de mi madre, del cual ni siquiera me había dado cuenta. Tome el plato, hice bolita la nota y me dirige con ambos hacia la cocina. Abrí la puerta y con mi mano derecha encendí el interruptor de la cocina y la despensa. Me acerque a la tarja en donde encendí el triturador de comida y con mis dedos quite el plástico del plato, toda la deliciosa comida que mi madre había preparado con mucho amor cayó de poco en poco en la boca del triturador. Cuando se termino la comida, apague el triturador y el plato lo deje sin lavar en la mesa de la cocina, junto con un tenedor y un vaso semilleno de leche.

Apague la luz de la cocina y salí. Tome mi mochila del sofá junto con mi chamarra y me dirige hacia la puerta principal. Una pequeña luz roja llamo mi atención y me acerque a la pequeña mesa junto a la puerta de salida. Un mensaje en la contestadora. Raro, mamá no pasaba por alto ningún mensaje.

Oprimí el botón para oír el mensaje.

-Hola Evolet.

Una cálida voz, se oyó en toda la habitación. Era la voz de mi hermano.

-Espero que te encuentres de maravilla. Le dije a mamá que después de escuchar este mensaje lo pusiera como no leído y así tú pudieras escuchar mi bella voz -dejo escapar una pequeña carcajada. -Pero bueno, eso es otro asunto. Sólo quería que escucharas este mensaje para poderte decir que te extraño como loco y que tengo tantas ganas de verte y estar a tu lado. Sé que últimamente has estado muy ocupada como para responder uno de los tantos mensajes que te he enviado o contestar una de las mil llamadas que te he hecho. Tus razones has de tener, espero que una de ellas no sea un enfado hacia mi persona. Tierra llamando a Evolet. Responda señorita, es su hermano quien la busca -hizo una pequeña pausa y después de unos segundos dijo -Te amo Evolet. Eres mi persona favorita en todo el mundo. Y por favor háblame, quiero saber de ti.

Colgó y la contestadora dejo de mostrar ese número de color rojo. 

Un silencio sepulcral inundo mis alrededores. No podía llorar, pero el sentimiento de dolor, nadie me lo podía quitar.

-Y ¿Qué te voy a responder, William? -alce mi mirada hacia el espejo colocado sobre la mesa de la contestadora, y me mire fijamente. -Que tu persona favorita se convirtió en un monstruo. -Acaricie con ambas manos mi rostro, observe con detenimiento el color de mis ojos y vi con espanto los pedazos faltantes de cabello sobre mi cabeza. -No creo que quieras saber sobre esto. Por eso no te respondo -observe la contestadora, como si mi hermano pudiera oírme por medio de aquel aparato.

Me puse la chamarra antes de salir y con un gorro cubrí mi cabeza. Tome mis llaves que colgaba de uno de los clavos puestos en el marco de la puerta.

-¿A qué hora vuelves, Evolet? -dijo mi madre.

Me di la media vuelta y sin mirarla le respondí.

-Tarde madre. Tarde.

Cruce la salida y cerré la puerta despacio. Atravesé el amplio pórtico y baje la pequeña escalinata. Camine con paso veloz sobre la senda de piedras que se abría paso sobre nuestro selvático césped y abrí con mi llave la puerta de hierro que dividía mi casa de la calle.