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Una nueva Vida. — capítulo 4

4.¿Qué diablos sucedió? ¿Quién fue el imbécil?

Antes de despedirme de Lydia y de Henry, tome mis cosas y cerré perfectamente ambas puertas de la sala.

-Evolet. ¿Qué no tienes otros jorros? Deberías de comprarte otros más lindos. Así que toma -me extendió un delgado y pequeño sobre amarillo -es tu paga de este mes y un adicional por tu buen comportamiento y eficiencia.

-Gracias, Lydia. En verdad te lo agradezco -lo tome y lo guarde en la bolsa de la chamarra. 

-¿Quieres que te dejemos cerca de tu casa? Ya son las diez y media -dijo Henry.

-No, estoy bien. Tomare mi camión y este me dejara a unas cuadras de mi casa. No se preocupen -les hice saber, sus rostros no parecían muy convencidos, pero me di por bien servida cuando me dedicaron una sonrisa y no me cuestionaron más. -Nos vemos mañana. Adiós.

Me retire del lugar y camine hacia la parada del autobús. Las calles estaban un poco solitarias, pero eso me había dejado de importar desde que yo me había convertido en un peligro para la sociedad. Ya no era la victima sino la victimaria. Pero, a pesar de mi estado de lunática, nunca le había provocado daño a nadie.

Al principio era fabuloso ser más fuerte, ser más ágil, hasta en una ocasión pensé que era fantástico ser hermosa físicamente; pero todo eso se vio sustituido poco a poco por fatiga, por hambre y por algo que no sabía cómo describirlo. Mi figura era muestra de lo indescriptible, mi piel era pálida, tan pálida y descolorida como un trozo de papel blanco y sin chiste alguno, mis ojos se veían inundados por unas enormes ojeras profundas y negras, mientras que mis pupilas habían perdido su hermoso color grisáceo para ser reemplazado por un negro intenso, que parecía que cada día aumentaba de tonalidad. Mi magnífico cabello había dejado de ser ondulado y castaño en su lugar había aparecido algo horrible y sin vida.

Llegue a la parada del autobús, y tal como lo esperaba el transporte se acercaba a lo lejos. Se detuvo con un rechinar de llantas tan descriptivo de los camiones viejos y desgastados y las puertas se abrieron estruendosamente, el chofer, un hombre obeso, me dirigió una sonrisa amable y cálida y sin pensarlo se la correspondí, después de ese gentil gesto subí los escalones e introduje mis monedas en el despachador. Con pasos torpes debido al movimiento del transporte llegue hasta mi lugar en la zona trasera. Me deje caer en el asiento y me acomode para ser más ameno el largo trayecto. Cerré los ojos y me deje llevar por los mil y un sonidos que oía en los alrededores. No podía dormir, pero nadie me quitaba el placer de pensar que lo podía hacer e imaginar que dormía por un par de momentos en el camión como todos lo solían hacer. Me encantaba sentirme como humana, aunque fuera un mal intento de humano o algo así.

Después de hora y media, por fin, llegamos a mi paradero. Toque el timbre y el camión se detuvo, baje de este con cautela y espere a que se marchase. Camine y cruce calles, hasta que llegue a mi casa; saque las llaves de mi mochila y abrí la reja de metal, seguidamente la cerré con llave y camine por el sendero de piedras, llegue hasta el pórtico. 

-Hola, Evolet.

Me sobresalte al escuchar el saludo. En una de las sillas colocadas a lo largo del pórtico mi madre reposaba muy plácidamente en ella, sobre sus manos reposaba una enorme tasa de liquido humeante, seguramente café. Su rostro era severo, algo andaba mal.

-¿Qué hay sobre la silla que esta junto a ti? -dijo.

Me acerque a la silla y sobre el asiento estaba lo que menos quería ver. Los mechones de cabellos que había tirado al cesto de basura aquella mañana.

-¡Exacto! -Exclamo -podrías decirme, mejor dicho, aclararme lo que está ocurriendo contigo.

-Nada -me aventure a decirle -nada que no sea de tu incumbencia.

Abrí la puerta de la entrada y la azoté al entrar.

-Tu ¿Qué te crees? - entro mamá furiosa. -Piensas que es así de fácil. Dices nada y todo queda como eso ¡Como nada! No Evolet. Tú crees que soy tonta, que estoy ida o que no vivo en este planeta. Pues te equivocas, claro que estoy aquí, y por supuesto que me doy cuenta de lo que te ocurre. Sé que no comes, que no duermes, que llegas tarde, que no asistes al colegio, que estás perdiendo cantidades enormes de cabello, que el triturador de comida esta a reventar de comida que no comes -me gritaba y gritaba -Y mírame cuando te hable.

-¿Qué quieres? -Vocifere -ya te dije que no pasa nada.

Camine hasta las escaleras y mi madre llegó antes a ellas y se interpuso en mi camino.

-¿Qué te sucede?

-¡NADA! -grite.

-Que me mires cuando te hablo, ¡niña!

Me quite de golpe la chamarra junto con el gorro y la observe llena de coraje. Al verme, cayó sobre las escaleras y ahogó un pequeño grito.

-¿Feliz? Estarás feliz ¿no? -Me señale -es lo que querías ver. Es de lo que te querías enterar. Pues mírame -me acerque a ella y de un manotazo le quite las manos de los ojos -¡Mírame! Quiero me mires.

Me quite la blusa, la camiseta y solamente me quede con el sujetador. Con mis dedos le señale una a una las marcas de mordidas que invadían mis brazos y cuello.

-Estas marcas son las que me tienen así. ¿Por qué? No lo sé -tenía tantas ganas de llorar, pero que lagrima podría salir de mi -ve, esto es en lo que me eh convertido. En algo que no tengo la menor idea -me acerque a ella -tu siempre quisiste que tus hijos fueran claros contigo, pues heme aquí, que mas claridad quieres que esta, mira mi piel, mira mi rostro, soy más clara que un pedazo de papel. No hay secretos madre.

Me derrumbe frente a sus pies y me ceñí de ellos con gran fuerza. No sabía que más hacer, estaba tan desesperada, tan deseosa de una solución.

-¿Qué sucedió, amor? -Sollozaba una y otra vez mi madre -¿Qué tienes?

-No lo sé mamá. Ni siquiera yo lo sé. Tienes que ayudarme -mi voz se entrecortaba por mi falta de cordura.

-Ven -se puso de pie y me puso a mí de pie -vamos. Tenemos que llamar al doctor Smith. El nos dará una respuesta. Lo tengo por seguro.

Mamá me dejo sobre el sillón y en los hombros me puso mi enorme chamarra. Rápidamente y aun sollozando se acerco al teléfono y comenzó presionar las teclas.

-Buenas noches. Con el doctor Smith. De la señora Agatha. Gracias.

-Si -se oyó al otro lado de la línea.

-Buenas noches doctor. Perdón por la hora, pero es una urgencia. Podría venir, por favor. Le pagare el doble, pero necesito que este aquí inmediatamente.

-Por supuesto que si Agatha. Voy inmediatamente.

-Gracias.

Mamá colgó el auricular y se acercó hacia mí, tomo asiento a un lado mío y con su brazo protector me cubrió, como si con eso me pudiera curar de alguna manera.

Un golpe fuerte nos sobresalto. Al parecer se trataba del doctor a la puerta. Pero ¿Cómo? Si la puerta de metal estaba cerrada y no había otra entrada como para llegar a la puerta principal. Mamá se levanto de su lugar y fue a abrir rápidamente.

-Buenas noches, señora.

No se trataba de la voz del doctor, era la voz de un hombre con un asentó extraño.

-Sí, ¿Qué desean?

-Nuestros nombres son Stefan y Vladimir. Y venimos por la hermosa Evolet.

De tener sangre, esta se me hubiera helado al instante. Mis ojos se abrieron como platos y mi angustia y pánico se hicieron tan presentes y tan vividos como en aquella noche en aquel callejón.