"Los mellizos Potter" — capítulo 104
Capítulo 19:
"La ayuda de Hagrid".
"Supongo que les debemos esta fuerza a nuestros padres. Sé que estarían orgullosos de mí si pudieran vernos en este momento... sí, algunas noches aún lloro por ellos, no me da vergüenza confesarlo... Sé que no puedo sufrir ningún daño en el Torneo porque ellos me protegen...
-¡Tonterías!-exclamó Tabatha, haciendo una bola con el Profeta y lanzándolo en un contenedor de Hogsmeade.- Que mujer más…mentirosa.-gruñó con los dientes apretados.- Decir que tú y Harry salen, ¡JA! Y… Malfoy.-soltó un suspiro y negó con la cabeza.- El pobre se hartó de Parkinson y comenzó a "salir" conmigo, claro está que solo ocurre en su mente.-
-¿Qué Granger reboza de belleza? ¿Ella?-chilló Pansy Parkinson a sus amigas, repitiéndolo por quinta vez, mientras se cruzaban con Hermione y Tabatha (más Harry bajo la capa de invisibilidad).- ¿Comparada con quién?, ¿con un primate?-
-A tu lado, cualquier persona rebosa de belleza, Parkinson.-replicó la pelirroja, al pasar a su lado.-Incluso el calamar gigante es más bonito que tu cara de…-
-No hagas caso.-interrumpió Hermione con gran dignidad irguiendo la cabeza y pasando con aire majestuoso por al lado de las chicas de Slytherin, y llevándose a su amiga del brazo.- Como si no existieran, Tab, como si no existieran.
El sábado antes de la primera prueba dieron permiso a todos los alumnos de tercero en adelante para que visitaran el pueblo de Hogsmeade. Hermione le dijo a Harry que le iría bien salir del castillo por un rato, y él no necesitó mucha persuasión, (sin contar la escena donde excluían a Ron y el azabache terminó yendo a buscar su capa)
Harry se sentía maravillosamente libre bajo la capa. Al entrar en la aldea vio a otros estudiantes, la mayor parte de los cuales llevaban insignias de «Apoya a CEDRIC DIGGORY», aunque aquella vez, para variar, no vio horribles añadidos, y tampoco nadie recordó el estúpido artículo.
-Vamos, Harry, por favor, quítate la capa sólo un rato. Aquí nadie te va a molestar.-pidió Hermione.
-¿No?-replicó él.- Vuélvete.-ambas chicas obedecieron. Rita Skeeter y su amigo fotógrafo acababan de salir de la taberna Las Tres Escobas. Pasaron al lado de ellas sin mirarlas, hablando en voz baja. Harry tuvo que echarse contra la pared de Honeydukes para que Rita no le diera con el bolso de piel de cocodrilo.
-Deben de estar alojados en el pueblo.-comentó Tabatha.- Apuesto a que han venido para presenciar la primera prueba.
Era la primera vez, desde la selección, que mencionaban la prueba.
-Se ha ido.-dijo Hermione, mirando la calle principal a través de Harry.- ¿Qué tal si vamos a tomar una cerveza de mantequilla a Las Tres Escobas?-propuso.- Hace un poco de frío, ¿no?-Tabatha juró haber visto la expresión de su hermano, a través de la capa.- ¡No es necesario que hables con Ron!-
La taberna Las Tres Escobas estaba abarrotada de gente, en especial de alumnos de Hogwarts que disfrutaban de su tarde libre, pero también de una variedad de magos que difícilmente se veían en otro lugar. Hogsmeade al ser el único pueblo exclusivamente de magos de toda Gran Bretaña, debía de haberse convertido en una especie de refugio para ellos.
Era difícil moverse por entre la multitud con la capa invisible, y muy fácil pisar a alguien sin querer, lo que originaba embarazosas situaciones. Harry fue despacio, arrimado a la pared, hasta una mesa vacía que había en un rincón, mientras Hermione se encargaba de pedir las bebidas. En su recorrido por la taberna, los mellizos vieron a Ron, que estaba sentado con Fred, George y Lee. Harry, resistiendo el impulso de propinarle un buen golpe, consiguió llegar a la mesa y la ocupó.
Hermione se reunió con ellos un momento más tarde, y le metió bajo la capa una cerveza de mantequilla a Harry. Luego de haber ocupado su lugar, sacó el cuaderno en que había llevado el registro de los miembros de la P.E.D.D.O.
A Harry le dio nostalgia pensar en el día en que se habían puesto a inventar juntos aquellas predicciones y había aparecido Hermione y los había nombrado administradora, secretario y tesorero respectivamente.
-No sé, a lo mejor tendría que intentar que la gente del pueblo se afiliara a la P.E.D.D.O.-comentó Hermione como si pensara en voz alta.
-Bueno.-asintió Harry. Tomó un trago de cerveza de mantequilla tapado con la capa.
-¿No vas a aburrirte de esto, verdad?-inquirió la pelirroja, alzando una ceja y jugueteando con una de las insignias.
-¡Dejaré de hacerlo cuando los elfos domésticos disfruten de un sueldo decente y de condiciones laborales dignas!-le contestó.- ¿Saben?, estoy empezando a pensar que ya es hora de emprender acciones más directas. Me pregunto cómo se puede entrar en las cocinas del colegio.
-Entre el año pasado, junto a Remus.-
-O, también, puedes preguntarle a Fred y George.-propuso Harry.
Hermione se sumió en un silencio ensimismado mientras el azabache se bebía su cerveza de mantequilla observando a la gente que había en la taberna. Todos parecían relajados y alegres.
-Ah.-suspiró pesadamente Tabatha.-Éramos pocos y llegó Chang.-al lado de la puerta vio a Cho y a un numeroso grupo de amigos. Ella no llevaba ninguna insignia de apoyo a Cedric, lo cual animó un poco a Harry. La pelirroja rodó los ojos y se enfrascó en su cerveza.
-¡Miren, es Hagrid!-dijo Hermione. De entre la multitud se destacaba la parte de atrás de su enorme cabeza llena de greñas.
-Por suerte se sacó las coletas.-comentó Tabatha, señalando el enmarañado cabello del guardabosque. Harry se preguntó por qué no lo había visto nada más entrar, siendo Hagrid tan grande; pero, al ponerse en pie para ver mejor, se dio cuenta de que él se hallaba inclinado, hablando con el profesor Moody. Hagrid tenía su acostumbrado y enorme jarrón de cerveza, pero Ojoloco bebía de la petaca. La señora Rosmerta no ponía muy buena cara ante aquello: miraba al profesor con recelo mientras recogía las copas de las mesas de alrededor. Probablemente le parecía un insulto a su hidromiel con especias. Pero el profesor insistía en que el enemigo podía envenenar fácilmente una copa o un plato con comida.
Hagrid y Moody se levantaron para irse. Harry le hizo un gesto con la mano al guardabosque, pero luego recordó que éste no podía verlo. Moody, sin embargo, se detuvo y miró con su ojo mágico hacia el rincón en que se encontraba él. Tabatha bajó la cabeza para no ser vista, pero era delatada por su cabellera. Ojoloco le dio a Hagrid una palmada, le susurró algo y, a continuación, uno y otro se dirigieron a la mesa de Hermione y Tabatha.
-¿Va todo bien, chicas?-preguntó Hagrid en voz alta.
-Hola.-respondieron ambas, sonriendo.
Moody se acercó a la mesa rengueando y se inclinó al llegar. Harry pensó que estaba leyendo el cuaderno de la P.E.D.D.O. hasta que le habló
-Bonita capa, Potter.
Harry lo miró muy sorprendido. A unos centímetros de distancia, el trozo de nariz que le faltaba era especialmente evidente. Moody sonrió.
-¿Su ojo es capaz de... quiero decir, es usted capaz de...?
-Sí, mi ojo ve a través de las capas invisibles.-contestó Ojoloco en voz baja.- Es una cualidad que me ha sido muy útil en varias ocasiones, te lo aseguro.
El guardabosque también le sonreía a Harry. Éste sabía que Hagrid no lo veía, pero era evidente que Moody le había explicado dónde estaba. Hagrid se inclinó haciendo también como que leía el cuaderno de la P.E.D.D.O. y le dijo en un susurro tan bajo que sólo los mellizos pudieron oír.
-Vengan a verme a la cabaña esta noche. Pónganse la capa.- luego, incorporándose, añadió en voz alta.-Me alegro de haberlas visto, chicas.-guiñó un ojo, y se fue. Moody lo siguió.
-¿Para qué querrá que vayamos a verlo esta noche?-dijo Harry, muy sorprendido.
-¿Eso ha dicho?-se extrañó Hermione.- Me pregunto qué se trae entre manos. No sé si deberían ir...-miró a su alrededor nerviosa y luego dijo entre dientes.-Podrían llegar tarde a la cita con Sirius.
Los terrenos del colegio estaban envueltos en una oscuridad total. Los mellizos bajaron por la explanada hacia la luz que brillaba en la cabaña de Hagrid. También el interior del enorme carruaje de Beauxbatons se hallaba iluminado. Mientras llamaba a la puerta de la cabaña, se escuchó hablar a Madame Maxime dentro de su carruaje.
-¿Son ustedes?-susurró Hagrid, abriendo la puerta.
-Sí.-respondió Harry, mientras ingresaban y se desprendían de la capa.- ¿Por qué nos has hecho venir?
-Tengo algo que mostrarles.-repuso Hagrid.
Parecía muy emocionado. Llevaba en el ojal una flor que parecía un alcaucil gigante. Por lo visto, había abandonado el uso de aceite lubricante, pero era evidente que había intentado peinarse, porque en el pelo se veían varias púas del peine rotas.
-¿Qué vas a mostrarnos?-preguntó la pelirroja con recelo, temiendo que sea alguna de las cosas raras que estaba acostumbrado a hacer el guardabosque.
-Cúbranse con la capa, vengan conmigo y no hablen.-les indicó Hagrid.- No vamos a llevar a Fang, porque no le gustaría...
-Escucha, Hagrid, no podemos quedarme mucho...tenemos que estar en el castillo a la una.
Pero Hagrid no lo escuchaba. Abrió la puerta de la cabaña y se internó en la oscuridad a zancadas. Ellos lo siguieron aprisa y, para su sorpresa, advirtió que el guardabosque los llevaba hacia el carruaje de Beauxbatons.
-Hagrid, ¿qué...?-
-¡Shhh!-los acalló, y llamó tres veces a la puerta que lucía las varitas doradas cruzadas. Madame Maxime, abrió. Un chal de seda cubría sus voluminosos hombros. Al verlo, sonrió.
-¡Ah, Hagrid! ¿Ya es la hoga?
-Bon suar.-saludó el guardabosque, dirigiéndole una sonrisa y ofreciéndole la mano para ayudarla a bajar los escalones dorados.
Madame Maxime cerró la puerta tras ella. Hagrid le ofreció el brazo, y se fueron bordeando el potrero donde descansaban los gigantescos caballos alados. Los mellizos, sin entender nada, corrían para no quedarse atrás.
-¿Adónde me llevas, Hagrid?-preguntó, alegremente la directora
-Esto te gustará.-aseguró él.- Merece la pena, confía en mí. Pero no le digas a nadie que te lo he mostrado, ¿eh? Se supone que no puedes verlo.
-Descuida.- dijo Madame Maxime, luciendo sus largas y negras pestañas al parpadear.
Y siguieron caminando. Los mellizos los seguía, cada vez más nerviosos y mirando el reloj continuamente. Hagrid debía de tener en mente alguna de sus disparatadas ideas, que podía hacerlos llegar tarde a su cita. Si no llegaban pronto a donde fuera, darían media vuelta para volver al castillo y dejarían a Hagrid disfrutando su paseo a la luz de la luna.
Pero entonces, cuando habían avanzado tanto por el perímetro del bosque que ya no se veían ni el castillo ni el lago, se oyó algo. Delante había hombres que gritaban. Luego oyó un bramido ensordecedor... Hagrid llevó a Madame Maxime junto a un grupo de árboles y se detuvo. Los mellizos caminaron aprisa a su lado. Durante una fracción de segundo pensaron que lo que veían eran hogueras y a hombres que corrían entre ellas.
-¡Dragones!-exclamó Tabatha en voz baja, llevándose la mano a la boca.
Rugiendo y resoplando, cinco dragones adultos enormes, de aspecto fiero, se alzaban sobre las patas posteriores dentro de un cercado de gruesas tablas de madera. A quince metros del suelo, las bocas llenas de colmillos lanzaban torrentes de fuego al negro cielo de la noche. Uno de ellos, de color azul plateado con cuernos largos y afilados, gruñía e intentaba morder a los magos que tenía a sus pies; otro verde se retorcía y daba patadas contra el suelo con toda su fuerza; uno rojo, con un extraño borde de pinchos dorados alrededor de la cara, lanzaba al aire nubes de fuego en forma de hongo; el cuarto, negro y gigantesco, era el que estaba más próximo a ellos. Y el quinto, se les hacía familiar.
-¡Norberto!-volvió a exclamar la pelirroja, reconociendo a la vieja mascota de Hagrid.-Harry, es el pequeño Norberto.-
Al menos treinta magos, siete u ocho para cada dragón, trataban de controlarlos tirando de unas cadenas enganchadas a los fuertes collares de cuero que les rodeaban el cuello y las patas.
-¡No te acerques, Hagrid!-advirtió un mago desde la valla, tirando de la cadena.- ¡Pueden lanzar fuego a una distancia de seis metros, ya lo sabes! ¡Y a este Colacuerno lo he visto echarlo a doce!
-¿No es hermoso?-dijo Hagrid con voz embelesada. Tabatha asintió bajo la capa, con la misma expresión.
-¡Es peligroso!-gritó otro mago.- ¡Encantamientos aturdidores, cuando cuente tres!
Todos los cuidadores sacaban la varita.
-¡Desmaius!-gritaron al unísono.
Los encantamientos aturdidores salieron disparados en la oscuridad como bengalas y se deshicieron en una lluvia de estrellas al chocar contra la escamosa piel de los dragones. El más próximo, a los mellizos, se balanceaba peligrosamente sobre sus patas traseras y abría completamente las fauces en un aullido mudo. Las narinas parecían haberse quedado de repente desprovistas de fuego, aunque seguían echando humo. Luego, muy despacio, se desplomó. Varias toneladas de dragón dieron en el suelo con un golpe que pareció hacer temblar los árboles que había tras ellos.
Los cuidadores bajaron las varitas y se acercaron a las derribadas criaturas que estaban a su cargo, cada una de las cuales era del tamaño de un cerro. Se dieron prisa en tensar las cadenas y asegurarlas con estacas de hierro, que clavaron en la tierra utilizando las varitas.
-¿Quieres echar un vistazo más de cerca?-le preguntó Hagrid a Madame Maxime, embriagado de emoción.
Se acercaron hasta la valla, seguidos por los mellizos. En aquel momento se volvió el mago que le había aconsejado a Hagrid que no se acercara, y descubrieron quién era: Charlie Weasley.
-¿Va todo bien, Hagrid?-preguntó, jadeante, acercándose para hablar con él.- Ahora no deberían darnos problemas. Les dimos una dosis adormecedora para traerlos, porque pensamos que sería preferible que despertaran en la oscuridad y tranquilidad de la noche, pero ya has visto que no les hizo mucha gracia, ninguna gracia...
-¿De qué razas son, Charlie?-inquirió Hagrid mirando al dragón más cercano, el negro, con algo parecido a la reverencia. El animal tenía los ojos entreabiertos, y debajo del arrugado párpado negro se veía una franja de amarillo brillante.
-Éste es un Colacuerno húngaro.-explicó Charlie.- Por allí hay un galés verde común, que es el más pequeño; un Hocicorto sueco, que es el azul plateado, Ridgeback noruego, tu amigo Norberto…bueno, Norberta y un Bola de Fuego chino, el rojo.-Charlie miró a Madame Maxime, que se alejaba siguiendo el borde de la empalizada para ir a observar los dragones adormecidos. -No sabía que la ibas a traer, Hagrid.-dijo, ceñudo.- Se supone que los campeones no tienen que saber nada de lo que les va a tocar, y ahora ella se lo dirá a su alumna, ¿no?
-Sólo pensé que le gustaría verlos.-Hagrid se encogió de hombros, sin dejar de mirar embelesado a los dragones.
-¡Vaya cita romántica, Hagrid!-exclamó Charlie con sorna.
-Cinco... uno para cada campeón, ¿no? ¿Qué tendrán que hacer?, ¿luchar contra ellos?
-No, sólo burlarlos, según creo.-repuso Charlie.- Estaremos cerca, por si la cosa se pusiera fea, y tendremos preparados encantamientos extinguidores. Nos pidieron que fueran hembras en período de incubación, no sé por qué... Pero te digo una cosa: no envidio al que le toque el Colacuerno. Un bicho fiero de verdad. La cola es tan peligrosa como el cuerno, mira.-Charlie señaló la cola del dragón, que estaba llena de largos pinchos de color bronce.
Cinco de los compañeros de Charlie se acercaron en aquel momento al Colacuerno llevando sobre una manta una nidada de enormes huevos que parecían de granito gris, y los colocaron con cuidado al lado del animal. A Hagrid se le escapó un gemido de anhelo.
-Los tengo contados, Hagrid.-le advirtió Charlie con severidad.- ¿Qué tal están Harry y Tabatha?
-Bien.-respondió Hagrid, sin apartar los ojos de los huevos.
-Pues espero que sigan bien después de enfrentarse con éstos.-comentó Charlie en tono grave, mirando por encima del cercado.- No me he atrevido a decirle a mi madre lo que les esperaba en la primera prueba, porque ya le ha dado un ataque de nervios pensando en él...-Charlie imitó la voz casi histérica de su madre.- ¡Cómo los dejan participar en el Torneo, con lo pequeños que son! ¡Creí que iba a haber un poco de seguridad, creí que iban a poner una edad mínima! Se puso a llorar a lágrima viva con el artículo de El Profeta. ¡Todavía lloran cuando piensan en sus padres! ¡Nunca me lo hubiera imaginado! ¡Pobrecillos!
Antes de volver al colegio, se cruzaron con Karkarov, quién andaba husmeando para avisarle a Krum. Al fin de cuentas, el único que no sabría nada hasta el día de la prueba sería Cedric.
Cuando volvieron al castillo, entraron a escondidas por la puerta principal y subieron la escalinata de mármol. Estaban sin aliento, pero no se atrevieron a ir más despacio: les quedaban menos de cinco minutos para llegar junto al fuego.
-¡Tonterías!-le dijeron casi sin voz a la Señora Gorda, que dormitaba en su cuadro tapando la entrada.
-Si ustedes lo dicen...-susurró medio dormida, sin abrir los ojos, y el cuadro giró para dejarlos pasar.
La sala común estaba desierta y, dado que olía como siempre, concluyó que Hermione no había tenido que recurrir a las bombas fétidas para asegurarse de que no quedara nadie allí. Harry quitó la capa invisible y se echó en un butacón que había delante de la chimenea. La sala se hallaba en penumbra, sin otra iluminación que las llamas. Al lado, en una mesa, brillaban a la luz de la chimenea las insignias de Apoya a CEDRIC DIGGORY que los Creevey habían tratado de mejorar. Ahora decía en ellas: POTTER APESTA DE VERDAD. Harry volvió a mirar al fuego y se sobresaltó.
La cabeza de Sirius estaba entre las llamas. Si no hubieran visto al señor Diggory de la misma manera en la cocina de los Weasley, aquella visión les habría dado un susto de muerte. Pero, en vez de ello, Harry sonrió por primera vez en muchos días, saltó de la silla, se agachó junto a la chimenea.
-¿Qué tal estás, Sirius?-saludó el azabache.
Sirius estaba bastante diferente de cómo lo recordaban. Cuando se habían despedido, él tenía el rostro demacrado y el pelo largo y enmarañado. Pero ahora llevaba el pelo corto y limpio, tenía el rostro más lleno y parecía más joven, mucho más parecido a la única foto que Harry poseía de él, que había sido tomada en la boda de sus padres.
-No se preocupes por mí. ¿Qué tal estás ustedes?- preguntó Sirius con el semblante grave.
-Estamos...-los mellizos se miraron unos segundos, intentando decir bien, pero no pudieron. Antes de darse cuenta, estaban hablando como no lo había hecho desde hacía tiempo: de cómo nadie les creía cuando decían que no se habían presentado al Torneo, de las mentiras de Rita Skeeter en El Profeta, de cómo no podían pasar por los corredores del colegio sin recibir muestras de desprecio... y de Ron, de la desconfianza de Ron, de sus celos...
-... y ahora Hagrid acaba de enseñarnos lo que nos toca en la primera prueba, y son dragones, Sirius. ¡No vamos a contarlo!-terminó Harry desesperado. Sirius lo observó con ojos preocupados, unos ojos que aún no habían perdido del todo la expresión adquirida en la cárcel de Azkaban: una expresión embotada, como de hechizado.
-Se puede manejar a los dragones, chicos, pero de eso hablaremos dentro de un minuto. No dispongo de mucho tiempo...he allanado una casa de magos para usar la chimenea, pero los dueños podrían volver en cualquier momento. Quiero advertirles algunas cosas.
-¿Qué cosas?-preguntó Tabatha, sintiendo crecer su desesperación.
-Karkarov.-explicó Sirius.- Era un Mortifago. Saben lo que son los Mortifagos, ¿verdad?
-Sí...
-Lo atraparon y estuvo en Azkaban conmigo, pero lo dejaron salir. Estoy seguro de que por eso Dumbledore quería tener un Auror en Hogwarts este curso... para que lo vigilara. Moody fue el que atrapó a Karkarov y lo metió en Azkaban.
-¿Dejaron salir a Karkarov?-preguntó Harry, sin entender por qué podían haber hecho tal cosa.- ¿Por qué lo dejaron salir?
-Hizo un trato con el Ministerio de Magia.-repuso Sirius con amargura.- Aseguró que estaba arrepentido, y empezó a cantar...muchos entraron en Azkaban para ocupar su puesto, así que allí no lo quieren mucho; eso se los puedo asegurar. Y, por lo que sé, desde que salió no ha dejado de enseñar Artes Oscuras a todos los estudiantes que han pasado por su colegio. Así que tengan cuidado también con el campeón de Durmstrang.
-De acuerdo.-asintieron, pensativos.- Pero ¿quieres decir que Karkarov puso nuestros nombres en el Cáliz? Porque, si lo hizo, es un actor francamente bueno. Estaba furioso cuando salí elegido. Quería impedirme a toda costa que participara.
-Sabemos que es un buen actor.-dijo Sirius.-Porque convenció al Ministerio de Magia para que lo dejara libre. Además he estado leyendo con atención El Profeta...
-Tú y el resto del mundo.-comentó Harry con amargura.
-... y, leyendo entre líneas el artículo del mes pasado de esa Rita Skeeter, parece que Moody fue atacado la noche anterior a su llegada a Hogwarts. Sí, ya sé que ella dice que fue otra falsa alarma.-añadió rápidamente Sirius, viendo que los mellizos estabas a punto de hablar.-Pero yo no lo creo. Estoy convencido de que alguien trató de impedirle que entrara en Hogwarts. Creo que alguien pensó que su trabajo sería mucho más difícil con él de por medio. Nadie se toma el asunto demasiado en serio, porque Ojoloco ve intrusos con demasiada frecuencia. Pero eso no quiere decir que haya perdido el sentido de la realidad: Moody es el mejor Auror que ha tenido el Ministerio.
-¿Qué quieres decir? ¿Que Karkarov quiere matarnos? Pero... ¿por qué?-Sirius dudó.
-He oído cosas muy curiosas. Últimamente los Mortifagos parecen más activos de lo normal. Se desinhibieron en los Mundiales de Quidditch, ¿no? Alguno conjuró la Marca Tenebrosa... y además... ¿han oído lo de esa bruja del Ministerio de Magia que ha desaparecido?
-¿Bertha Jorkins?
-Exactamente... Desapareció en Albania, que es donde sitúan a Voldemort los últimos rumores. Y ella estaría al tanto del Torneo de los tres magos, ¿verdad?
-Sí, pero... no es muy probable que ella fuera en busca de Voldemort, ¿no?-dijo Harry.
-Escuchen, yo conocí a Bertha Jorkins.-repuso Sirius con tristeza.- Coincidimos en Hogwarts, aunque iba unos años por delante de tu padre y de mí. Y era idiota. Muy bulliciosa y sin una pizca de cerebro. No es una buena combinación, chicos. Me temo que sería muy fácil de atraer a una trampa.
-Así que... ¿Voldemort podría haber averiguado algo sobre el Torneo?-preguntó Tabatha.- ¿Eso es lo que quieres decir? ¿Crees que Karkarov podría haber venido obedeciendo sus órdenes?
-No lo sé.-reconoció Sirius.-La verdad es que no lo sé... No me pega que Karkarov vuelva a Voldemort a no ser que Voldemort sea lo bastante fuerte para protegerlo. Pero el que metió sus nombren tenía algún motivo para hacerlo, y no puedo dejar de pensar que el Torneo es una excelente oportunidad para atacarlos haciendo creer a todo el mundo que es un accidente.
-Visto así parece un buen plan.-comentó Harry en tono lúgubre.-Sólo tendrán que sentarse a esperar que los dragones hagan su trabajo.
-En cuanto a los dragones.-dijo Sirius, hablando en aquel momento muy aprisa.-Hay una manera. No se les ocurra emplear el encantamiento aturdidor: los dragones son demasiado fuertes y tienen demasiadas cualidades mágicas para que les haga efecto un solo encantamiento de ese tipo. Se necesita media docena de magos a la vez para dominar a un dragón con ese procedimiento.
-Sí, ya lo sé, lo vimos.
-Pero pueden hacerlo solo.-prosiguió Sirius.-Hay una manera, y no se necesita más que un sencillo encantamiento. Simplemente...
Pero Harry lo detuvo con un gesto de la mano. El corazón les latía en el pecho como si fuera a estallar. Oían tras ellos los pasos de alguien que bajaba por la escalera de caracol.
-¡Vete!-le dijeron a Sirius entre dientes.- ¡Vete! ¡Alguien se acerca!
Se pusieron en pie de un salto para tapar la chimenea. Tras ellos se escuchó un plin y comprendieron que Sirius había desaparecido. Vigilaron el inicio de la escalera de caracol. Era Ron. Vestido con su pijama de cachemir rojo oscuro, se detuvo frente a ellos y miró a su alrededor.
-¿Con quién hablaban?-preguntó.
-¿Y a ti qué te importa?-gruñó Harry. Tabatha le dio un codazo en las costillas.- ¿Qué haces tú aquí a estas horas?
-Me preguntaba dónde estarías...-se detuvo, encogiéndose de hombros.- Bueno, me vuelvo a la cama.
-Se te ocurrió que podías bajar a husmear un poco, ¿no?-gritó Harry. Sabía que Ron no tenía ni idea de qué era lo que había interrumpido, sabía que no lo había hecho a propósito, pero le daba igual. En ese momento odiaba todo lo que tenía que ver con Ron, hasta el trozo del tobillo que le quedaba al aire por debajo de los pantalones del pijama.
-Lo siento mucho.-dijo Ron, enrojeciendo de ira.- Debería haber pensado que no querías que te molestaran. Te dejaré en paz para que sigas ensayando tu próxima entrevista.
Harry tomó de la mesa una de las insignias de POTTER APESTA DE VERDAD y se la tiró con todas sus fuerzas. Le pegó a Ron en la frente y rebotó.
-¡Ahí tienes!-chilló Harry.- Para que te la pongas el martes. Ahora a lo mejor hasta te queda una cicatriz, si tienes suerte... Eso es lo que te da tanta envidia, ¿no?-
-Harry…-intervino Tabatha, pero él cruzó la sala a grandes zancadas y se encerró en su habitación.-Ron…-el pelirrojo ni siquiera le dirigió la mirada, más bien le dio la espalda y terminó por dejarla sola.