"Los mellizos Potter" — capítulo 108
Capítulo 23:
La primicia de Rita Skeeter.
-Así que Diggory te dio una pista sobre el huevo.-repitió Harry, mientras salían de los invernaderos para dirigirse hacia la clase de Hagrid.- ¿Qué te bañes?-
-Sí, no le encuentro mucho sentido, pero deberíamos probar.-acotó Tabatha, aferrándose a sus útiles.- No perdemos nada. Aparte, tenemos una pista más o menos solida sobre el huevo.-
Junto a Ron y Hermione, llegaron a la cabaña del guardabosque. Allí no se encontraba Hagrid. En su lugar había una bruja de cabello gris.
-¡Dense prisa, vamos, ya hace cinco minutos que sonó la campana!-les gritó al verlos acercarse a través de la nieve.
-¿Quién es usted?- preguntó Harry mirándola fijamente.- ¿Dónde está Hagrid?
-Soy la profesora Grubbly-Plank.-respondió con entusiasmo.-La sustituta temporal de su profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas.
-¿Dónde está Hagrid?-repitió Harry.
-Está indispuesto.-dijo lacónicamente la mujer. Hasta los oídos de los mellizos llegó una risa apenas audible, pero desagradable. Estaban llegando Malfoy y el resto de los de Slytherin. Todos parecían contentos, y ninguno se sorprendía de ver a la profesora.-Por aquí, por favor.-les indicó ésta, y se encaminó a grandes pasos hacia el potrero en que tiritaban los enormes caballos de Beauxbatons.
Los mellizos, Ron y Hermione la siguieron volviendo la vista atrás, a la cabaña de Hagrid. Habían corrido todas las cortinas.
-¿Qué le pasa a Hagrid?-cuestionó Tabatha, apresurándose para poder alcanzar a la profesora Grubbly-Plank, y evitando pisarse la túnica en el proceso.
-No te importa.-respondió ella, con la vista clavada hacia adelante.
-¡Sí que me importa!-chilló Tabatha, como si la hubiese insultado.- ¿Qué le pasa?
La bruja no le hizo caso. Los condujo al otro lado del potrero, donde descansaban los caballos de Beauxbatons, amontonados para protegerse del frío, y luego hacia un árbol que se alzaba en el lindero del bosque. Atado a él había un unicornio grande y muy bello. Muchas de las chicas soltaron exclamaciones al ver al unicornio.
-¡Qué hermoso!-susurró Lavender Brown.- ¿Cómo lo habrá atrapado? ¡Dicen que son sumamente difíciles de conseguir!
El unicornio era de un blanco tan brillante que a su lado la nieve parecía gris. Piafaba nervioso con sus cascos dorados, alzando la cabeza rematada en un largo cuerno.
-¡Los chicos que se echen atrás!-exclamó con voz potente la profesora Grubbly-Plank, apartándolos con un brazo que le pegó a Harry en el pecho.- Los unicornios prefieren el toque femenino. Que las chicas pasen delante y se acerquen con cuidado. Vamos, despacio...
Ella y las chicas se acercaron poco a poco al unicornio, dejando a los chicos junto a la valla del potrero, observando. Tabatha no se sumó al grupo de niñas, más bien, se quedó junto a su hermano. En cuanto la profesora se alejó lo suficiente para no oírlos, Harry se dirigió a ella y Ron.
-¿Qué creen que le pasa? ¿No habrá sido un escreg...?
-No, nadie lo ha atacado, Potter, si es lo que piensas.-intervino Malfoy con voz suave.- No: lo que pasa es que le da vergüenza que vean su fea carota.
-¿Qué quieres decir?-preguntó Harry.
Malfoy metió la mano en un bolsillo de la túnica y sacó una página de periódico.
-Aquí tienes.-dijo, entregándoselo.- No sabes cómo lamento tener que enseñártelo, Potter.
Sonreía de satisfacción mientras el azabache tomaba la página, la desplegaba y la leía. Ron, Tabatha, Seamus, Dean y Neville miraban por encima de su hombro. Se trataba de un artículo encabezado con una foto en la que Hagrid tenía pinta de criminal.
EL GIGANTESCO ERROR DE DUMBLEDORE
Albus Dumbledore, el excéntrico director del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, nunca ha tenido miedo de contratar a gente controvertida, nos cuenta Rita Skeeter, corresponsal especial. En septiembre de este año nombró profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras a Alastor Ojoloco Moody, el antiguo Auror que, como todo el mundo sabe, es un cenizo y además se siente orgulloso de serlo; una decisión que causó gran sorpresa en el Ministerio de Magia, dado el bien conocido hábito que tiene Moody de atacar a cualquiera que haga un repentino movimiento en su presencia. Aun así, Ojoloco Moody parece un profesor bondadoso y responsable al lado del ser parcialmente humano que ha contratado Dumbledore para impartir la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas. Rubeus Hagrid, que admite que fue expulsado de Hogwarts cuando cursaba tercero, ha ocupado el puesto de guardabosque del colegio desde entonces, un trabajo en el que Dumbledore lo ha puesto de forma fija. El curso pasado, sin embargo, Hagrid utilizó su misterioso ascendiente sobre el director para obtener el cargo adicional de profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas, por encima de muchos candidatos mejor cualificados.
Hagrid, que es un hombre enorme y de aspecto feroz, ha estado utilizando su nueva autoridad para aterrorizar a los estudiantes que tiene a su cargo con una sucesión de horripilantes criaturas. Mientras Dumbledore hace la vista gorda, Hagrid ha conseguido lesionar a varios de sus alumnos durante una serie de clases que muchos admiten que resultan «aterrorizadoras».
«A mí me atacó un hipogrifo, y a mi amigo Vincent Crabbe le dio un terrible mordisco un gusarajo», nos confiesa Draco Malfoy, un alumno de cuarto curso. «Todos odiamos a Hagrid, pero tenemos demasiado miedo para decir nada.»
No obstante, Hagrid no tiene intención de cesar su campaña de intimidación. El mes pasado, en conversación con una periodista de El Profeta, admitió haber creado por cruce unas criaturas a las que ha bautizado como «Escregutos de cola explosiva», un cruce altamente peligroso entre mantícoras y cangrejos de fuego. Por supuesto, la creación de nuevas especies de criaturas mágicas es una actividad que el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas siempre vigila de cerca. Hagrid, según parece, se considera por encima de tales restricciones insignificantes. «Fue sólo como diversión», dice antes de apresurarse a cambiar de tema.
Por si esto no fuera bastante, El Profeta ha descubierto recientemente que Hagrid no es, como ha pretendido siempre, un mago de sangre limpia. De hecho, ni siquiera es enteramente humano. Su madre, revelamos en exclusiva, no es otra que la giganta Fridwulfa, que en la actualidad se halla en paradero desconocido. Brutales y sedientos de sangre, los gigantes llegaron a estar en peligro de extinción durante el pasado siglo por culpa de sus luchas fratricidas. Los pocos que sobrevivieron se unieron a las filas de El que-no-debe-ser-nombrado, y fueron responsables de algunas de las peores matanzas de muggles que tuvieron lugar durante su reinado de terror.
En tanto que muchos de los gigantes que sirvieron a El-que-no debe-ser-nombrado cayeron abatidos por Aurores que luchaban contra las fuerzas oscuras, Fridwulfa no se hallaba entre ellos. Es posible que se uniera a una de las comunidades de gigantes que perviven en algunas cadenas montañosas del extranjero. Pero, a juzgar por las travesuras que comete en las clases de Cuidado de Criaturas Mágicas, el hijo de Fridwulfa parece haber heredado su naturaleza brutal. Lo curioso es que, como todo Hogwarts sabe, Hagrid mantiene una amistad íntima con el muchacho que provocó la caída de Quien-ustedes-saben, y con ella la huida de la propia madre de Hagrid, como del resto de sus partidarios. Tal vez Harry Potter no se halle al corriente de la desagradable verdad sobre su enorme amigo, pero Albus Dumbledore tiene sin duda la obligación de asegurarse de que Harry Potter, al igual que sus compañeros, esté advertido de los peligros que entraña la relación con semigigantes.
Harry terminó de leer y alzó los ojos hacia Ron, que contemplaba boquiabierto la página del periódico.
-¿Cómo se ha enterado?-susurró el pelirrojo.
-¿Qué quieres decir con eso de todos odiamos a Hagrid?-le espetó Harry a Malfoy.- ¿Qué son todas estas mentiras acerca de que a ése le dio un terrible mordisco un gusarajo?-
-¡Ni siquiera tienen dientes!-exclamó Tabatha, con las mejillas coloradas. Crabbe se reía por lo bajo, muy satisfecho de sí mismo.
-Bien, creo que esto debería poner fin a la carrera docente de ese zoquete.-declaró Malfoy con ojos brillantes.- Un semigigante... ¡Y pensar que yo suponía que se había tragado una botella de crecehuesos cuando era joven! A los padres esto no les va a hacer ninguna gracia: ahora todos tendrán miedo de que se coma a sus hijos...
-¡Mald...!-Tabatha y Ron sostuvieron la túnica de Harry, para evitar que se lanzase sobre Malfoy.
-¿Están atendiendo, por ahí?-la voz de la profesora Grubbly-Plank llegó hasta ellos; las chicas se arracimaban en torno al unicornio, acariciándolo. Harry sentía tanta ira que el artículo de El Profeta le temblaba en las manos mientras se volvía con la mirada perdida hacia el animal, cuyas propiedades mágicas enumeraba en aquel instante la profesora en voz alta, para que los chicos también se enteraran.
..*
-Ha sido una buena clase comentó Hermione cuando entraron en el Gran Comedor.- Yo no sabía ni la mitad de las cosas que la profesora Grubbly-Plank nos ha dicho sobre los unic...
-¡Mira esto!-la interrumpió Harry, y le puso bajo la nariz el artículo de El Profeta.
Hermione leyó con la boca abierta. Reaccionó exactamente igual que Ron.
-¿Cómo se ha podido enterar esa espantosa Skeeter? ¿Creen que se lo diría Hagrid?
-No.-contestó Harry, que se abrió camino hasta la mesa de Gryffindor y se echó sobre una silla, furioso.- Ni siquiera nos lo dijo a nosotros. Supongo que le pondría de los nervios que Hagrid no quisiera decirle un montón de cosas negativas sobre mí, y se ha dedicado a hurgar para desquitarse con él.
-Tal vez lo oyó decírselo a Madame Maxime durante el baile.-sugirió Hermione en voz baja.
-¡La habríamos visto en el jardín!-objetó Ron.- Además, se supone que no puede volver a entrar en el colegio. Hagrid dijo que Dumbledore se lo había prohibido...
-A lo mejor tiene una capa invisible.-dijo el azabache, sirviéndose en el plato un cazo de guiso de pollo, con tanta furia contenida que lo salpicó por todas partes.- Es el tipo de cosas que haría, ¿no?: ocultarse entre los arbustos para espiar a la gente.
-¿Como tú y Ron, te refieres?-preguntó Tabatha.
-¡Nosotros no pretendíamos oír!-repuso Ron indignado.- ¡No nos quedó otro remedio! ¡El muy tonto, hablando sobre la giganta de su madre donde cualquiera podía oírlo!
-Tenemos que ir a verlo.-propuso Harry.- Esta noche, después de Adivinación. Para decirle que queremos que vuelva... ¿Tú quieres que vuelva?-le preguntó a Hermione.
-Yo... bueno, no voy a fingir que no me haya gustado este agradable cambio, tener por una vez una clase de Cuidado de Criaturas Mágicas como Dios manda... ¡pero quiero que vuelva Hagrid, por supuesto que sí!-se apresuró a añadir Hermione, temblando ante las furiosas miradas de los mellizos.
De forma que esa noche, después de cenar, los cuatro volvieron a salir del castillo y se fueron por los helados terrenos del colegio hacia la cabaña de Hagrid. Llamaron a la puerta, y les respondieron los atronadores ladridos de Fang.
-¡Somos nosotros, Hagrid!-gritó Harry, aporreando la puerta.- ¡Abre!-no respondió. Oyeron a Fang arañar la puerta, quejumbroso, pero ésta siguió cerrada. Llamaron durante otros diez minutos, y Ron incluso golpeó en una de las ventanas, pero no obtuvieron respuesta.
-¿Por qué nos evita?-se lamentó Hermione, cuando finalmente desistieron y emprendieron el regreso al colegio.- Espero que no crea que a nosotros nos importa que sea un semigigante.
Pero parecía que a Hagrid sí le importaba, porque no vieron ni rastro de él en toda la semana. No hizo acto de presencia en la mesa de los profesores a las horas de comer, no lo vieron ir a cumplir con sus obligaciones como guardabosque, y la profesora Grubbly-Plank siguió haciéndose cargo de las clases de Cuidado de Criaturas Mágicas. Malfoy se relamía de gusto siempre que podía.
Había una visita programada a Hogsmeade para mediados de enero. Hermione se sorprendió mucho de que Harry y Tabatha pensaran ir. Ellos pensaban que si iban a Hogsmeade, tal vez pudiera encontrarse con Hagrid y persuadirlo de que volviera.
Ellos, Ron y Hermione salieron del castillo el sábado, y atravesaron el campo húmedo y frío en dirección a las verjas. Al pasar junto al barco anclado en el lago, vieron salir a cubierta a Viktor Krum, sin otra prenda de ropa que el bañador. A pesar de su delgadez debía de ser bastante fuerte, porque se subió a la borda, estiró los brazos y se tiró al lago.
-¡Está loco!-exclamó Harry, mirando fijamente el renegrido pelo de Krum cuando su cabeza asomó en el medio del lago.- ¡Es enero, debe de estar helado! -
-Hace mucho más frío en el lugar del que viene.-comentó Hermione.- Supongo que para él está tibia.
-Sí, pero además está el calamar gigante.-señaló Ron. No parecía preocupado, más bien esperanzado. Hermione notó el tono de su voz, y le puso mala cara.
-Es realmente agradable, ¿saben?-replicó ella.- No es lo que uno podría pensar de alguien de Durmstrang. Me ha dicho que esto le gusta mucho más.
Mientras recorrían la calle principal, cubierta de nieve enfangada, los mellizos estuvieron muy atentos por si vislumbraba a Hagrid, y propusieron visitar Las Tres Escobas después de asegurarse de que éste no estaba en ninguna tienda. La taberna se hallaba tan abarrotada como siempre, pero un rápido vistazo a todas las mesas reveló que el guardabosque no se encontraba allí. Desanimados, fueron hasta la barra y le pidieron a la señora Rosmerta tres cervezas de mantequilla.
-Pero ¿es que ese hombre no va nunca a trabajar?-susurró Hermione de repente.- ¡Miren!
Señaló el espejo que había tras la barra, y Harry vio a Ludo Bagman allí reflejado, sentado en un rincón oscuro con unos cuantos duendes. Él les hablaba en voz baja y muy despacio, y ellos lo escuchaban con los brazos cruzados y miradas amenazadoras.
-Es bastante raro que Bagman esté aquí.-comentó Tabatha.- Es sábado y no hay ningún acontecimiento relacionado con el Torneo y, por lo tanto, nada que juzgar.- miraron el reflejo de Bagman. Parecía de nuevo tenso, tanto como lo había estado en el bosque aquella noche antes de que apareciera la Marca Tenebrosa. Pero en aquel momento Bagman miró hacia la barra.-No lo mires.-la pelirroja tomó la manga de Harry y lo obligó a romper contacto con el espejo, pero era demasiado tarde. Los habían visto.
-¡Un momento, sólo un momento!-oyó que les decía a los duendes, y Bagman se apresuró a acercarse a ellos cruzando la taberna.- ¡Chicos! ¿Cómo están?- saludó; había recuperado su sonrisa infantil.- ¡Tenía ganas de encontrarme con ustedes! ¿Va todo bien?
-Sí, gracias.-respondió Harry.
-Me pregunto si podría decirles algo en privado.-dijo Bagman.- ¿Nos podrían disculpar un momento?
-Eh... de acuerdo.-repuso Ron, y se fue con Hermione en busca de una mesa.
Bagman los condujo hasta el rincón de la taberna más alejado de la señora Rosmerta.
-Bueno, sólo quería felicitarlos por la espléndida actuación ante el Colacuerno húngaro y ese Ridgeback Noruego.-dijo Bagman.-Fue realmente soberbia.
-Gracias.-contestó Harry, pero sabía que aquello no era todo lo que Bagman quería decirles, porque sin duda podía haberlo felicitado delante de Ron y Hermione.
Sin embargo, Ludo no parecía tener ninguna prisa por hablar. En varias ocasiones volvió a mirar por el espejo a los duendes, que a su vez los observaban a ellos en silencio con sus ojos oscuros y rasgados.
-Una absoluta pesadilla.-habló Bagman en voz baja al notar que los mellizos también observaban a los duendes.- Su inglés no es muy bueno...es como volver a entendérselas con todos los búlgaros en los Mundiales de Quidditch...pero al menos aquéllos utilizaban unos signos que cualquier otro ser humano podía entender. Estos parlotean duendigonza... y yo sólo sé una palabra en duendigonza: bladvak, que significa pico de cavar. Y no quiero utilizarla por miedo a que crean que los estoy amenazando.-rió con una risa breve y retumbante.
-¿Qué quieren?-preguntó Tabatha, notando que los duendes no dejaban de vigilar a Bagman.
-Eh... bueno...-de pronto Ludo pareció muy nervioso.- Buscan a Barty Crouch.
-¿Y por qué lo buscan aquí?-se extrañó Harry.- Estará en el Ministerio, en Londres, ¿no?
-Eh... en realidad no tengo ni idea de dónde está.-reconoció Bagman.- Digamos que... ha dejado de acudir al trabajo. Ya lleva ausente dos semanas. El joven Percy, su ayudante, asegura que está enfermo. Parece que ha estado enviando instrucciones por lechuza mensajera. Pero te ruego que no le digas nada de esto a nadie, porque Rita Skeeter mete las narices por todas partes, y es capaz de convertir la enfermedad de Barty en algo siniestro. Probablemente diría que ha desaparecido como Bertha Jorkins.
-¿Se sabe algo de ella?-quiso saber la pelirroja.
-No.-contestó Bagman, recuperando su aspecto tenso.- He puesto a algunas personas en su busca, y todo resulta muy extraño. Hemos comprobado que llegó a Albania, porque allí se vio con su primo segundo. Y luego dejó la casa de su primo para trasladarse al sur a visitar a su tía. Pero parece que desapareció por el camino sin dejar rastro. Que me parta un rayo si comprendo dónde se ha metido. No parece el tipo de persona que se fugaría con alguien, por ejemplo... Pero ¿qué hacemos hablando de duendes y de Bertha Jorkins? Lo que quería preguntarles es cómo les va con el huevo.
-Eh... no muy mal.-mintió Harry.
-Escuchen.-dijo en voz muy baja.-Todo esto me hace sentirme culpable. Los metieron en el Torneo, ustedes no se presentaste, y...-su voz se hizo tan sutil que los mellizos tuvieron que inclinarse para escuchar.-Si puedo ayudarlos, darles un empujoncito en la dirección correcta...siento debilidad por ustedes... ¡La manera en que burlaron a los dragones! Bueno, sólo espero una indicación por su parte.
Ambos miraron la cara de Bagman, redonda y sonrosada, y los azules ojos de bebé, completamente abiertos.
-Se supone que tenemos que descifrarlo por nosotros mismos, ¿no?-repuso Tabatha, poniendo mucho cuidado en decirlo como sin darle importancia y que no sonara a una acusación.
-Bueno, sí.-admitió Bagman.-Pero...en fin, chicos, todos queremos que gane Hogwarts, ¿no?
-¿Le ha ofrecido ayuda a Cedric?-curioseo la pelirroja.
Bagman frunció levemente el entrecejo.
-No, no lo he hecho.-reconoció.- Yo... bueno, como dije, siento debilidad por ustedes. Por eso pensé en ofrecerles...
-Bueno, gracias.-respondió Harry.-Pero creo que ya casi lo tenemos... nos faltan un par de días.
Bagman parecía casi ofendido, pero no pudo decir mucho más porque en ese momento se acercaron Fred y George.
-Hola, señor Bagman.-saludó Fred con entusiasmo.- ¿Podemos invitarlo?
-Eh... no.-contestó el hombre, dirigiéndoles a los mellizos una última mirada decepcionada.- No, muchachos, muchas gracias.-los gemelos se quedaron tan decepcionados como Bagman.-Bueno, tengo prisa.-dijo.- Me alegro de verlos a todos. Buena suerte, Potter.
Salió de la taberna a toda prisa. Los duendes se levantaron de las sillas y fueron tras él. Los mellizos se reunieron con sus amigos.
-¿Qué quería?-preguntó Ron en cuanto se sentaron.
-Quería ayudarnos con el huevo de oro.-explicó Harry.
-¡Eso no está bien!-exclamó Hermione muy sorprendida.- ¡Es uno de los jueces! Y además, ustedes ya lo tienen, ¿no?
-Eh... casi.-repuso Harry.
-¡Bueno, no creo que a Dumbledore le gustara enterarse de que Bagman intenta convencerlos de que hagas trampa!-opinó Hermione, con expresión muy reprobatoria.- ¡Espero que intente ayudar igual a Cedric!
-Pues no. Se lo he preguntado.-respondió Tabatha.
-¿Y a quién le importa si a Diggory lo están ayudando?-dijo Ron. La pelirroja enarcó una ceja y lo miró con malos ojos.
-Esos duendes no parecían muy amistosos.-comentó Hermione, sorbiendo la cerveza de mantequilla.- ¿Qué harían aquí?
-Según Bagman, buscar a Crouch.-explicó Harry.- Sigue enfermo. No ha ido a trabajar.
-A lo mejor lo está envenenando Percy.-sugirió Ron.- Probablemente piensa que, si Crouch la palma, a él lo nombrarán director del Departamento de Cooperación Mágica Internacional.-
Hermione le dirigió una mirada que quería significar no se bromea sobre esas cosas.
-Es curioso que los duendes busquen al señor Crouch... Normalmente tratarían con el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas.
-Pero Crouch sabe un montón de lenguas.-le recordó Harry.- A lo mejor buscan un intérprete.
-¿Ahora te preocupas por los duendecitos?-inquirió Ron.- ¿Estás pensando en fundar la S.P.A.D.A., o algo así?-
-¿S.P.A.D.A?-repitió Tabatha.
-La Sociedad Protectora de los Asquerosos Duendes Atontados.-respondió Ron.
Hermione rió con sarcasmo.
-Los duendes no necesitan protección. ¿No se han enterado de lo que ha contado el profesor Binns sobre las revueltas de los duendes?
-No.-respondieron al unísono Harry y Ron.
-Bueno, pues son perfectamente capaces de tratar con los magos.-explicó Tabatha.- Son muy listos. No son como los elfos domésticos, que nunca defienden sus derechos.
-¡Oh!-exclamó Ron, mirando hacia la puerta.
Acababa de entrar Rita Skeeter. Aquel día llevaba una túnica amarillo plátano y las uñas pintadas de un impactante color rosa, e iba acompañada de su barrigudo fotógrafo. Pidió bebidas, y ambos pasaron por medio de la multitud hasta una mesa cercana a la de Harry, Tabatha, Ron y Hermione, que la miraban mientras se acercaba. Hablaba rápido y parecía muy satisfecha por algo.
-...no parecía muy contento de hablar con nosotros, ¿verdad, Bozo? ¿Por qué será, a ti qué te parece? ¿Y qué hará con todos esos duendes tras él? ¿Les estaría enseñando la aldea? ¡Qué absurdo! Siempre ha sido un mentiroso. ¿Estará tramando algo? ¿Crees que deberíamos investigar un poco? El infortunado ex director de Deportes Mágicos, Ludo Bagman... Ése es un comienzo con mucha garra, Bozo: sólo necesitamos encontrar una historia a la altura del titular.
-¿Qué, tratando de arruinar la vida de alguien más?-preguntó Harry en voz muy alta.
Algunos se volvieron a mirar. Al ver quién le hablaba, Rita Skeeter abrió mucho los ojos, escudados tras las gafas con incrustaciones.
-¡Harry!-dijo sonriendo.- ¡Qué divino! ¡Pero qué lindo traes el cabello hoy, Tabatha! ¿Por qué no se sientan con nos...?
-No nos acercaríamos a usted ni con una escoba de diez metros.-contestó Harry furioso.- ¿Por qué le ha hecho eso a Hagrid?
Rita Skeeter levantó sus perfiladas cejas.
-Nuestros lectores tienen derecho a saber la verdad, Harry. Sólo cumplo con mí...
-¿Y qué más da que sea un semigigante?-rugió la pelirroja.- ¡Él no tiene nada de malo!
Toda la taberna se había sumido en el silencio. La señora Rosmerta observaba desde detrás de la barra, sin darse cuenta de que el pichel que llenaba de hidromiel rebosaba.
La sonrisa de Rita Skeeter vaciló muy ligeramente, pero casi de inmediato tiró de los músculos de la cara para volver a fijarla en su lugar. Abrió el bolso de piel de cocodrilo, sacó la pluma a vuelapluma.
-¿Me concederían una entrevista para hablarme del Hagrid que ustedes conocen?, ¿el hombre que hay detrás de los músculos?, ¿sobre vuestra inaudita amistad y las razones que hay para ella? ¿Crees que puede ser algo así como un sustituto del padre?
Tabatha estaba iracunda. Y tanto ella como Hermione se levantaron de pronto. La pelirroja le arrebató el pergamino y lo rompió en millones de pedacitos, para luego lanzárselos a la cara.
-¡Es usted una mujer horrible!-le espetó con los dientes apretados.- No le importa nada con tal de conseguir su historia, ¿verdad? Cualquiera valdrá, ¿eh? Hasta Ludo Bagman...-
-¡Es un asco de persona!-gritó Hermione.
-Siéntate, estúpida, y no hables de lo que no entiendes.-contestó fríamente Skeeter, arrojándole una dura mirada.- Yo sé cosas sobre Ludo Bagman que te pondrían los pelos de punta... y casi les iría bien.-añadió, observando el pelo de la castaña.
-¡No voy a permitir que le hable de esa manera!-gruñó Tabatha. Miró por encima de su hombro, con las mejillas ardiéndole y los ojos centellantes de furia.- ¡Nos vamos!-al pasar al lado de Rita, no dudo en propinarle un codazo de la maraña de perfectos y falsos rizos.
Salieron. Mucha gente los observó mientras se iban. Harry miró atrás al llegar a la puerta: la pluma a vuelapluma de Rita Skeeter estaba fuera del bolso y se deslizaba de un lado a otro por encima de un pedazo nuevo de pergamino puesto sobre la mesa.
-Ahora la tomará ustedes.-dijo Ron con voz baja y preocupada mientras subían la calle, deshaciendo el camino por el que habían llegado.
-¡Que lo intente no más!-chilló Tabatha. Ambas chicas temblaban de rabia.- ¡Ya verá! ¿Conque soy una estúpida? Pagará por esto. Primero Harry, luego Hagrid...
-No hay que hacer enfadar a Rita Skeeter.-añadió Ron nervioso.- Se los digo en serio. Buscará algo para ponerlas en evidencia...
-¡Mis padres no leen El Profeta, así que no me va a meter miedo!-contestó Hermione, dando tales zancadas que a Harry y Ron les costaba trabajo seguirla.- ¡Y Hagrid no va a seguir escondiendo la cabeza! ¡Nunca tendría que haber permitido que lo alterara esa imitación de ser humano! ¡Vamos!
Hermione echó a correr y precedió a sus amigos durante todo el camino de vuelta por la carretera, a través de las verjas flanqueadas por cerdos alados y de los terrenos del colegio, hacia la cabaña de Hagrid. Las cortinas seguían corridas, y al acercarse oyeron los ladridos de Fang.
-¡Hagrid!-gritó Hermione, aporreando la puerta delantera.- ¡Ya está bien, Hagrid! ¡Sabemos que estás ahí dentro! ¡A nadie le importa que tu madre fuera una giganta! ¡No puedes permitir que esa asquerosa de Skeeter te haga esto! ¡Sal, Hagrid, deja de...!
Se abrió la puerta. Hermione y se calló de repente, porque acababa de encontrarse cara a cara no con Hagrid sino con Albus Dumbledore.
-Buenas tardes.-saludó el director en tono agradable, sonriéndoles.
-Que... que... queríamos ver a Hagrid.-dijo Hermione con timidez.
-Sí, lo suponía.-repuso Dumbledore con ojos risueños.- ¿Por qué no entran?
-Ah... eh... bien.-aceptó Hermione.
Los cuatro amigos entraron en la cabaña. En cuanto Harry cruzó la puerta, Fang se abalanzó sobre él ladrando como loco, e intentó lamerle las orejas. El azabache se libró del perro y miró a su alrededor.
Hagrid estaba sentado a la mesa, en la que había dos tazas de té. Parecía hallarse en un estado deplorable. Tenía manchas en la cara, y los ojos hinchados, y, en cuanto al cabello, se había pasado al otro extremo: lejos de intentar dominarlo, en aquellos momentos parecía un entramado de alambres.
-Hola, Hagrid.-saludó Tabatha, acomodándose a su lado.
-... la.-respondió, con la voz muy tomada.
-Creo que nos hará falta más té.-admitió Dumbledore, cerrando la puerta tras ellos. Sacó la varita e hizo una floritura con ella, y en medio del aire apareció, dando vueltas, una bandeja con el servicio de té y un plato de bizcochos. Dumbledore la hizo posarse sobre la mesa, y todos se sentaron. Hubo una breve pausa.- ¿Has oído por casualidad lo que gritaba la señorita Granger, Hagrid?
Hermione se puso algo colorada, pero Dumbledore le sonrió y prosiguió:
-Parece ser que Hermione, Tabatha, Harry y Ron aún quieren ser amigos tuyos, a juzgar por la forma en que intentaban echar la puerta abajo.
-¡Por supuesto que sí!-exclamó el azabache mirando al guardabosque.- Te tiene que importar un bledo lo que esa vaca...perdón, profesor.-añadió apresuradamente, mirando a Dumbledore.
-Me he vuelto sordo por un momento y no tengo la menor idea de qué es lo que has dicho.-dijo Dumbledore, jugando con los pulgares y mirando al techo.
-Eh... bien.-dijo Harry mansamente.- Sólo quería decir... ¿Cómo pudiste pensar, Hagrid, que a nosotros podía importarnos lo que esa... mujer escribió de ti?
Dos gruesas lágrimas se desprendieron de los ojos color azabache de Hagrid y cayeron lentamente sobre la barba enmarañada. La pelirroja apoyó su mano sobre la de él.
-Aquí tienes la prueba de lo que te he estado diciendo, Hagrid.-dijo Dumbledore, sin dejar de mirar al techo.- Ya te he mostrado las innumerables cartas de padres que te recuerdan de cuando estudiaron aquí, diciéndome en términos muy claros que, si yo te despidiera, ellos tomarían cartas en el asunto.
-No todos.-repuso él con voz ronca.-No todos los padres quieren que me quede.
-Realmente, Hagrid, si lo que buscas es la aprobación de todo el mundo, me temo que te quedarás en esta cabaña durante mucho tiempo.-replicó Dumbledore, mirando severamente por encima de los cristales de sus gafas de media luna.- Desde que me convertí en el director de este colegio no ha pasado una semana sin que haya recibido al menos una lechuza con quejas por la manera en que llevo las cosas. Pero ¿qué tendría que hacer? ¿Encerrarme en mi estudio y negarme a hablar con nadie?
-Ya... pero tú no eres un semigigante.-contestó Hagrid con voz ronca.
-¡Hagrid, mira los parientes que tenemos nosotros!-exclamó Tabatha furiosa.- ¡Mira a los Dursley!
-Bien observado.-aprobó Dumbledore.- Mí propio hermano, Aberforth, fue perseguido por practicar encantamientos inapropiados en una cabra. Salió todo en los periódicos, pero ¿crees que él se escondió? ¡No lo hizo! ¡Siguió con lo suyo, como de costumbre, con la cabeza bien alta! La verdad es que no estoy seguro de que sepa leer, así que tal vez no fuera cuestión de valentía...
-Vuelve a las clases, Hagrid.-pidió Hermione en voz baja.- Vuelve, por favor: te echamos de menos.
Él tragó saliva. Nuevas lágrimas se derramaron por sus mejillas hasta la barba. Dumbledore se levantó.
-Me niego a aceptar tu dimisión, Hagrid, y espero que vuelvas al trabajo el lunes.-dijo.- Nos veremos en el Gran Comedor para desayunar, a las ocho y media. No quiero excusas. Buenas tardes a todos.-Dumbledore salió de la cabaña, deteniéndose sólo para rascarle las orejas a Fang. Cuando la puerta se hubo cerrado tras él, Hagrid comenzó a sollozar tapándose la cara con las manos, del tamaño de ruedas de coche. Hermione le dio unas palmadas en el brazo, y al final Hagrid levantó la vista, con los ojos enrojecidos.
-Dumbledore es un gran hombre... un gran hombre...-
-Sí que lo es.-afirmó Ron.- ¿Me puedo tomar uno de estos bizcochos, Hagrid?
-Todos los que quieras.-contestó el guardabosque, secándose los ojos con el reverso de la mano.
-No debes dejarte influenciar por las paparruchadas que escribe Skeeter, al fin y al cabo, tanto nosotros como Dumbledore, sabemos que son mentiras.-le recordó Tabatha, aferrándose al brazo de Hagrid.-No nos importa si eres un semigigante, un gigante o un…hombre lobo, seguirás siendo la persona que más queremos.-la pelirroja, sintió una pesada lágrima cayendo sobre su cabeza.
Tiene razón, desde luego; todos tienen razón: he sido un tonto.-admitió Hagrid.- A mí padre le hubiera dado vergüenza la forma en que me he comportado...-derramó más lágrimas, pero se las secó con decisión.-Nunca les he enseñado fotos de él, ¿verdad?-el cuarteto negó.- Aquí tengo una...-Hagrid se levantó, fue al aparador, abrió un cajón y sacó la foto de un mago de corta estatura. Tenía los mismos ojos negros de él, y sonreía sentado sobre el hombro de su hijo. Hagrid debía de medir entonces sus buenos dos metros y medio de altura, a juzgar por el manzano que había a su lado, pero su rostro era lampiño, joven, redondo y suave: seguramente no tendría más de once años.
-Que linda imagen.-comentó Tabatha, cuando el guarda parques volvió a sentarse.
-Fue tomada justo después de que entré en Hogwarts.-explicó Hagrid con voz ronca.-Mi padre se sentía muy satisfecho... aunque yo no pudiera ser mago, porque mi madre... Ya saben. Naturalmente, nunca fui nada del otro mundo en esto de la magia, pero al menos no llegó a enterarse de mi expulsión. Murió cuando yo estaba en segundo. Dumbledore fue el único que me defendió después de que faltó mi padre. Me dio el puesto de guardabosque...confía en la gente. Le da a todo el mundo una segunda oportunidad: eso es lo que lo diferencia de otros directores. Aceptará a cualquiera en Hogwarts, mientras valga. Sabe que uno puede merecer la pena incluso aunque su familia no haya sido... bueno... del todo respetable. Pero hay quien no lo comprende. Los hay que siempre están contra uno...los hay que pretenden que simplemente tienen esqueleto grande en vez de levantarse y decir: soy lo que soy, no me avergüenzo. Mi padre me decía que no me avergonzara nunca, que había quien estaría contra mí, pero que no merecía la pena molestarse por ellos. Y tenía razón. He sido un idiota. Y, en cuanto a ella, no voy a volver a preocuparme, os lo prometo. Esqueleto grande... Ya le daré esqueleto grande.
Harry, Ron, Tabatha y Hermione se miraron nerviosos unos a otros. Harry antes se hubiera llevado de paseo a cincuenta Escregutos que admitir ante Hagrid que había escuchado su conversación con Madame Maxime, pero Hagrid seguía hablando, aparentemente inconsciente de haber dicho algo extraño.
-¿Sabes una cosa, Harry, Tab?-dijo, apartando la mirada de la fotografía de su padre, con los ojos muy brillantes.- Cuando los vi por primera vez, me recordaron un poco a mí mismo. Sus padres muertos, y ambos se sentían como si no se merecieran venir a Hogwarts, ¿recuerdan?-los mellizos asintieron.- ¡Y ahora mírense! ¡Campeones del colegio!-los miró por unos instantes y luego se puso serio.- ¿Saben lo que me gustaría, chicos? Me gustaría que ganaran, de verdad. Me da igual cuál de los dos, pero que ganen. Eso les enseñaría a todos... que no hay que ser de sangre limpia para conseguirlo. No se tienen que avergonzar de lo que son. Eso les enseñaría que es Dumbledore el que tiene razón dejando entrar a cualquiera siempre y cuando sea capaz de hacer magia. ¿Cómo les va con esos huevos, chicos?
-Muy bien.-mintió Harry.-
-Genial.-añadió Tabatha, acompañada de un asentimiento.
En el entristecido rostro de Hagrid se dibujó una amplia sonrisa.
-Esos son mis niños...muéstrenselo. Muéstrenle quiénes son. Vénzanlos.
No era lo mismo mentir a los demás que hacerlo con Hagrid. Aquella tarde los mellizos volvieron al castillo, incapaz de desvanecer la imagen de la expresión de contento en la cara de Hagrid cuando se los había imaginado ganando el Torneo. El incomprensible huevo pesaba aquella noche más que nunca en sus conciencias. Harry, a la hora de dormir, pensó que ya era tiempo de tragarse el orgullo y ver si la pista de Cedric conducía a alguna parte.