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"Los mellizos Potter" — capítulo 122

Capítulo 1:

"El regreso"

-Se pronostica un intenso calor para el resto del día y empeorando. La temperatura estaría aumentando hacia los 30° y se espera que llegue a los 40°. Se les aconseja permanecer en la sombra y refrescarse con los éxitos de nuestra emisora FM.-

Tabatha suspiró y se meció suavemente en la hamaca, sosteniendo la pequeña radio contra su oreja. Tenía la frente perlada del sudor, pero eso no parecía molestarle. Siendo casi él último día del verano, el más caluroso, la pelirroja prefirió pasarlo en el parque en el que solía jugar con Harry cuando eran niños.

-Hey.-alguien se sentó en la hamaca de al lado, haciendo chirriar los engranajes oxidados.-Tía Petunia estaba preocupada y me mandó a buscarte.-Harry codeó a su hermana, pero apenas logró mecerla. Su intento de broma había fracasado.-Oye.-el azabache pasó las piernas a cada lado de la gruesa tira de cuero, haciendo que la cadena le dividiese el rostro.-Ya han pasado semanas desde el Torneo.-

-Lo sé.-musitó Tabatha. Tenía la voz ronca y reseca, como si no la hubiera usado en semanas.

-¿No crees que sería tiempo de seguir adelante?-había que admitir que Harry estaba un poco irritado por el comportamiento de su melliza.

-Claro, iré a cortar margaritas y se las llevaré a Voldemort en persona para darle una bienvenida.-ironizó la pelirroja, poniendo los ojos en blanco.-Y de paso tomaré el té con los Mortifagos y me encantaría escuchar como…-

-¡Ya entendí!-la interrumpió el azabache.-Pero eso no es a lo que me refiero.-Harry arrastro un poco de seca con la punta de sus zapatillas.-Sé que la muerte de Cedric haya sido desgarrador para ti, pero no puedes pasar el resto de tu vida deprimida.-forzó la hamaca hacia adelante y apoyó su mano contra la rodilla de Tabatha.-Si detenemos a Voldemort impediremos que más inocentes, como Cedric, mueran en sus manos.-

-Harry, cuando lo derrotamos por primera vez fue solo por un golpe de suerte.-repuso la pelirroja.-Ahora no hay nadie que muera por nosotros y nos sirva de escudo para que él no nos pueda tocar.-

-¡¿Podrías al menos tener un poco de fe!?-exclamó Harry, poniéndose de pie bruscamente.- ¡estoy haciendo todo lo posible por ayudarte!

-¿Y no te pusiste a pensar que tal vez no necesito ayuda?-inquirió la pelirroja, tranquilamente, y enarcando una ceja.- No sé si lo has notado, pero me las he apañado muy bien por mi cuenta.-

-¡Te estás consumiendo a ti misma!-replicó el azabache. En sus ojos había un destello de enojo y preocupación.-Entiendo que…-

-¡No!-gritó Tabatha, poniéndose de pie también dejando caer la radio contra el suelo.- ¡Nadie es capaz de entenderme! ¡Nadie puede sentir lo que yo siento, ni siquiera tú!-el pecho le ardía.

-Sola no puedes.-insistió Harry.- Estás cegada por el odio y la tristeza.-la miró fijamente a los ojos.-Por más que te cierres al mundo, sé exactamente que necesitas desesperadamente un abrazo y ponerte a llorar si es necesario.-

-Eso me haría ver débil.-musitó, bajando la vista.

-No siempre debes ser la fuerte.-Harry le apretó suavemente el hombro.-Puedo aceptar que sea un poquito llorona.-ella sonrió levemente.-No voy a aceptar una Myrtle la llorona, tampoco hay que exagerar.-a pesar del abrazador calor, Harry la abrazó.- ¿Prometes dejar esa faceta de pelirroja depresiva?-

-¿Puedo andar de mal humor, al menos?-

-No.-

Tabatha rodó los ojos.

-De acuerdo, lo prometo.-

-Hey, ¿quieres saber algo gracioso?-preguntó Harry, contra la cabellera rojiza de su hermana.

-¿Qué?-

-Los Dursley creen que Dudley es popular y un encanto de niñito.-por primera vez en largas semanas, Tabatha comenzó a reír. Al principio fue una catarata de carcajadas roncas y al cabo de unos segundos, volvió a fluir con aquel encanto de siempre.- Un ejemplo a seguir.-Harry suspiró teatralmente.-De grande quiero ser como él; me encantaría destruir parques…-

-…fumar en la esquina de noche…-añadió Tabatha.

-…lanzarle piedras en la cabeza al pequeño Kevin mientras anda en bicicleta.-ambos mellizos se miraron y suspiraron.

-Un ejemplo a seguir.-dijeron al mismo tiempo mientras se dejaban caer contra el césped reseco.

-Como extrañaba esto.-rió Harry, pasándose la palma por el rostro, tratando de sacar el sudor.

-Oye.-Tabatha tomó la mano de su hermano entre la suya y le observó los dedos.- ¿Qué te pasó?-

-Oh…eso.-Harry sonrió.-Creo que me metí en un enorme problema.-admitió.

-¿Cómo cuál?-la pelirroja enarcó una ceja, tal como hacía cuando algo le molestaba.

-Me temo, querida hermana mía, que he llamado idiotas a nuestros amados tíos.-las dos avellanas de Tabatha se abrieron como si acabasen de insultarla.

-¿Qué…qué les has dicho…qué?-

-Idiotas.-repitió Harry.

-¡James!-gritó Tabatha, alzando los brazos al cielo.- ¡Solo tiene un trabajo! ¡Uno solo! E implica en no provocarlos.-

-Bueno, lo lamento.-se disculpó el azabache.-Pero cansa un poco que siempre nos subestimen, ¿sabes?-

-Créeme, eso lo tengo bien en claro.

-Aparte, ellos no son ninguna autoridad que me prohíba escuchar las noticias.-continuó Harry, cruzándose de brazos por encima de su pecho.

-¿Alguna novedad?-Tabatha ladeó la cabeza hacia un costado.

-A menos que te interese que el periquito Bungy descubrió la manera de andar en esquí acuático…-

-¿Enserio?-preguntó la pelirroja con sorna, sonriendo de lado.

-Sí y me temo decirte que no, no hay noticias.-

Ambos suspiraron y volvieron sus rostros hacia el cielo, cerrando los ojos.

-¿Cómo crees que estén las cosas?-inquirió la pelirroja.-Digo, en todo el verano Hermione y Ron no nos pudieron dar muchas explicaciones, el Profeta tampoco es de mucha información que digamos y…-

-Creo que deberíamos cancelar la suscripción, por el momento.-murmuró Harry.

Como si estuvieran conectados, sintieron un vació en el estómago.

-Creo que está noche le enviaré una carta a los señores Diggory para saber cómo están.-dijo la pelirroja, utilizando sus brazos como almohada.- Tal vez, y con suerte, para mañana tenga su respuesta.

-¿Te imaginas si Hermione estuviese en la Madriguera, divirtiéndose con Ron y pasando allí el verano?-preguntó Harry, mirando al cielo.- Y nosotros aquí, pudriéndonos con los idi…-Tabatha le dio un puntapié en la pantorrilla.-…con nuestros tíos.-

-Al menos agradece que nos envían chocolates.-repuso la pelirroja.-Las cuales tiraste y me molesté tanto cuando pude haberlas disfrutado en vez de aquella insípida ensalada de la tía Petunia. ¡Ni siquiera tenía sal!-

-Lo lamento.-Harry le palmeó el hombro descuidadamente.-Pero tengo algo que me anda rondando en la cabeza desde hace días; ¿Qué es lo que tiene Ron y a Hermione tan ocupados?-Tabatha se encogió de hombros.- ¿Por qué no estamos nosotros ocupados? ¿Se…se habrá olvidado el mundo mágico de nosotros?-

-Ay, Harry, no digas idioteces.-pidió la pelirroja, mirándolo de costado.-Tal vez es como dice Hermi; no les permiten soltar tanta información en caso de que las cartas sean interceptadas por quienes no deberían leerlas.-

-¿Y qué hay de Dumbledore?-prosiguió Harry.- Podría aparecerse cuando quisiera y decirnos que cuerno está pasando, ¿no?-su hermana se encogió de hombros, nuevamente.-Te aseguro que estoy hasta la coronilla de leer las precauciones de Sirius. Harry sé cuidadoso. No te metas en problemas. Mantente al margen.-

Tabatha se enderezó en el recalentado césped y puso cara de espanto.

-¿Escuchaste eso?-preguntó. El sol ya había bajado del todo y una aterciopelada noche se cernía sobre ellos.

-¿Qué cosa?-a los oídos del azabache llegó una voz. Las farolas comenzaban a encenderse y llegaron nuevas voces. Una de ellas cantaba, o más bien gritaba, una canción muy ordinaria. Las otras reían. Al poco rato empezó a oírse también el débil ruidito de varias bicicletas de carreras caras, que aquellas personas llevaban agarradas por el manillar.

-¿Ese es…?-la figura que iba delante era, sin lugar a dudas, era la de Dudley que regresaba a casa acompañado de su leal pandilla.

Aquel muchacho, que antes tenía mejillas rosadas, había pasado de ser un adorable cerdito a ser un enorme oso peludo, de espalda ancha, manos como dos inmensos y brazos fornidos.

Las oscuras figuras cruzaban el césped y se preguntaron a quién habrían estado pegando aquella noche.

-No nos vieron.-murmuró Harry.- ¿Te parece provocarlos?-

-Que ni se te ocurra, James.-lo reprendió Tabatha con tono serio.-Ya bastante con lo de Vernon y Petunia.-

-Pero sería divertido ver como Dudley se rompe la cabeza pensando si atacarnos frente a su pandilla o retirarse como un cobarde.-

-Haz lo que quieras.-la pelirroja volvió a recostarse.-No me hago cargo si te dejan todo moreteado.-

-Llevo mi varita por las dudas.-

-No podemos hacer magia fuera de Hogwarts, genio.-le recordó, cerrando los ojos.

-Oye, por primera vez tengo la oportunidad de devolverles todos y cada uno de los abusos de autoridad que nos hicieron…-

-Que te hicieron.-repuso su hermana.

-Que me hicieron de niño.-pero cuando volvió a mirar al frente, la pandilla se estaba alejando al igual que sus voces. Se estaban dirigiendo hacia la Avenida Magnolia. Harry suspiró de aburrimiento.-Ya lo ves, Sirius.-le dijo al aire.- No hago nada con precipitación. No me meto en líos. Exactamente lo contrario de lo que hiciste tú.-

Tabatha bufó y se puso de pie, desperezándose.

-Ya vámonos.-murmuró, tendiéndole una mano.-Acuérdate que no debemos llegar después de Dudley o pasaremos la noche en el cobertizo.-así que, conteniendo un bostezo y todavía con el entrecejo fruncido, Harry echó a andar hacia la verja del parque con su hermana prendida del brazo.

 La avenida Magnolia, al igual que Privet Drive, estaba llena de grandes y cuadradas casas con jardines perfectamente cuidados, cuyos propietarios también eran grandes y cuadrados y conducían coches muy limpios parecidos al de tío Vernon. A los mellizos les encantaba pasear por Little Whinging en la noche, cuando las ventanas, con las cortinas echadas, dibujaban formas de relucientes colores en la oscuridad. Se ahorraban la cantidad de murmullos que se abrían tras ellos.

Caminaban deprisa, pero cuando estaba hacia la mitad de la avenida Magnolia, la pandilla de Dudley volvió a aparecer ante ellos: estaban despidiéndose. Harry detuvo a su hermana y aguardaron a la sombra de un gran lilo.

-...chillaba como un cerdo, ¿verdad?-decía Malcolm entre las risotadas de los demás.

-Buen gancho de derecha, Big D.-canturreó Piers.

-¿Mañana a la misma hora?-preguntó Dudley.

-En mi casa. Mis padres no estarán.-respondió Gordon.

-Hasta mañana entonces.-se despidió Dudley.

-¡Adiós, Dud!

-¡Hasta luego, Big D!

Cuando sus voces se hubieron apagado de nuevo, los mellizos doblaron la esquina de la calle Magnolia. Harry aceleró el paso y no tardó en situarse a escasa distancia de Dudley, que caminaba tan campante, tarareando de forma poco melodiosa.

-¡Eh, Big D!

Dudley se dio la vuelta.

-¡Ah!-gruñó.- Son ustedes.

-¿Desde cuándo te llaman Big**D?-preguntó Harry, con sorna.

-Cállate.-espetó Dudley, y giró la cabeza.

-Qué nombre tan fardón.-continuó Harry, sonriendo y situándose junto a su primo.-Aunque para mí siempre serás Cachorrito.

-¡He dicho que te calles!-gritó Dudley, que había cerrado aquellas manos suyas que parecían jamones.- ¡Has que se calle!-le ordenó a Tabatha.

-¿No saben tus amigos que así es como te llama tu madre?-dijo Harry.

-Cierra el pico.

-A ella nunca le dices que cierre el pico. ¿Qué me dices de PeoncitayMuñequito precioso?-la pelirroja se mordió el labio y trató ocultar la risa, cruzándose de brazos y alcanzando a ambos.- ¿Puedo usarlos?

Dudley no replicó. El esfuerzo que tenía que hacer para no golpear a Harry parecía exigir todo su autocontrol.

-¿A quién le han estado pegando esta noche?-cuestionó Tabatha, tratando de mantenerse seria.- ¿A otro niño de diez años?-inquirió, enarcando una ceja.- Ya sé que hace un par de noches le diste una paliza a Mark Evans.

-Se la había buscado.-gruñó Dudley.

-¿Ah, sí?-ella apretó los brazos contra su pecho.

-Me contestó mal.

-¿En serio?-la pelirroja, curvó los labios.- ¿Qué te dijo?-quiso saber.- ¿Que pareces un cerdo al que han enseñado a caminar sobre las patas traseras?-

-Porque eso no es contestar mal, Dud.-añadió Harry.-Eso es decir la verdad.

Un músculo palpitaba en la mandíbula de Dudley.

Torcieron a la derecha por el estrecho callejón donde Harry había visto por primera vez a Sirius y que formaba un atajo entre la calle Magnolia y el paseo Glicinia. Estaba vacío y mucho más oscuro que las calles que unía porque allí no había farolas. El ruido de sus pasos quedaba amortiguado entre las paredes del garaje que había a un lado y una alta valla que había al otro.

-Se creen muy mayor porque llevan esas cosas, ¿verdad?-cuestionó Dudley pasados unos segundos.

-¿Qué cosas?

-Eso... Esa cosa que llevas escondida.-respondió.

Harry volvió a sonreír.

-No eres tan tonto como pareces, ¿verdad, Dud? Claro, supongo que si lo fueras no serías capaz de andar y hablar al mismo tiempo- sacó su varita. Dudley la miraba de reojo.

-Lo tienes prohibido.-se apresuró a decir.- Sé que lo tienen prohibido. Los  expulsarían de esa escuela para bichos raros a la que van.

-¿Cómo sabes que no han cambiado las normas, Big D?

-No las han cambiado.-aseguró el muchacho, aunque no parecía del todo convencido. Harry soltó una risita.- No tienes agallas para enfrentarte a mí sin esa cosa, ¿verdad que no?-gruñó.

-Y tú necesitas tener a cuatro amigos detrás para pegar a un niño de diez años.-replicó Tabatha con serenidad.

-Dud, ¿te acuerdas de ese título de boxeo del que tanto alardeas? ¿Cuántos años tenía tu oponente? ¿Siete? ¿Ocho?

-Tenía dieciséis, para que lo sepan.-protestó.-Y cuando terminé con él estuvo veinte minutos sin conocimiento, y pesaba el doble que los dos juntos.-los mellizos rodaron los ojos al mismo tiempo.- Ya verás cuando le cuente a papá que has sacado esa cosa...

-¿Vas a ir a papi?-preguntó el azabache, poniendo puchero.- ¿Le da miedo a su campeoncito de boxeo la horrible varita de Harry?

-¿Y qué hay de ti, pecosa?-gruñó Dudley, dándole un fuerte palmada en la espalda a su prima.-Por la noche no eres tan valiente, ¿verdad?-

-Ahora es de noche, Cachorrito.-replicó Harry.- Se llama así cuando el cielo se pone oscuro.

-¡Me refiero a cuando ella está en la cama!-le espetó Dudley, que se había parado.

Los mellizos de detuvieron también. En ningún momento apartaron la vista de su primo. Dudley tenía una extraña mirada de triunfo.

-¿Qué quieres decir con eso de que cuando estoy en la cama no soy tan valiente?-preguntó Tabatha desconcertado.- ¿De qué quieres que tenga miedo? ¿De las almohadas?

-Anoche te oí.-replicó Dudley entrecortadamente.- Hablabas en sueños. ¡Gemías!-ella tragó saliva trabajosamente.

-¿Qué quieres decir?-insistió Harry. Dudley soltó una fuerte carcajada y luego puso una vocecilla aguda y quejumbrosa.

-¡No mates a Cedric! ¡No mates a Cedric!-los músculos del rostro de Tabatha se tensaron, al igual que sus manos.- ¿Quién es Cedric? ¿Tu novio?-

-¡Mientes!-gruñó la pelirroja, pero se le había quedado la boca seca. Sabía que su primo no mentía.

-¡Papá! ¡Ayúdame, papá! ¡Me va a matar, papá! ¡Buuaaah!-

-Cállate.-ordenó Harry, tomando el brazo de su hermana.- ¡Cállate, Dudley! ¡Te aviso!

-*¡Ven a ayudarme, papá! ¡Mamá, ven a ayudarme! ¡Ha matado a Cedric! ¡Ayúdame, papá! Va a...-*Tabatha se liberó del agarre de su hermano y aprovechó para robarle la varita. Se volvió a su primo y lo empujó con todas las fuerzas que poseía en sus brazos y colocó la varita a la altura de su pecho.- ¡No me apuntes con esa cosa!

Tabatha tenía una mirada de irritación en los ojos. Sentía latir en sus venas los catorce años de odio hacia él. Habría dado cualquier cosa por atacarlo en aquel momento, por lanzarle un conjuro tan fuerte que tuviera que volver a su casa arrastrándose como un insecto.

-No vuelvas a hablar de eso.-lo amenazó.- ¿Me has entendido?

-¡Apunta hacia otro lado!

-Te he preguntado si me has entendido.

-¡Apunta hacia otro lado!-insistió Dudley.

-¿ME HAS ENTENDIDO?-gritó la pelirroja, presionando la varita contra el pecho de su primo.

-¡APARTA ESA COSA DE...!

Dudley soltó un extraño y estremecedor grito ahogado, como si le hubieran echado encima un cubo de agua helada.

Algo le había pasado a la noche. El cielo, de color añil salpicado de estrellas, se quedó de pronto completamente negro, sin una sola luz: las estrellas, la luna y el resplandor de las farolas que había en ambos extremos del callejón habían desaparecido. El murmullo de los coches y el susurro de los árboles también habían cesado. Un frío glacial se había apoderado de la noche, hasta entonces templada y agradable. Estaban rodeados de una oscuridad total, impenetrable y silenciosa, como si una mano gigante hubiera cubierto el callejón con un grueso y frío manto, dejándolos ciegos.

Harry le arrebató la varita a su hermana; temía que ella hubiese hecho magia intencionalmente; pero entonces cayó en que ella no tenía el poder de apagar las estrellas. Giró la cabeza hacia uno y otro lado, intentando ver algo, pero la oscuridad se le pegaba a los ojos como un ingrávido velo. La aterrorizada voz de Dudley sonó en los oídos de Harry.

-¿Q…qué ha…hacen? ¡Paren!

-¡No estamos haciendo nada!-respondió Harry.- ¡Cállate y no te muevas!

-¡N…no veo nada! ¡M…me he quedado ciego!

-¡He dicho que te calles!

Harry permaneció allí plantado, inmóvil, dirigiendo los ojos a derecha e izquierda sin ver nada. El frío era tan intenso que temblaba de pies a cabeza; se le puso la carne de gallina en los brazos y se le erizó el vello de la nuca. Abrió los ojos al máximo, mirando alrededor, pero no pudo ver nada.

-Es imposible...-susurró Tabatha, reconociendo aquella sensación.- No pueden estar aquí...no en Little Whinging…-

-¡S…se lo diré a papá!-gimoteó Dudley.- ¿D…dónde están? ¿Q…qué haces?

-¿Quieres callarte de una vez?-susurró Harry.- Estoy intentando escu...

Pero se quedó callado. Acababa de oír justo lo que temía. Había algo en el callejón además de ellos dos, algo que respiraba, produciendo un ruido ronco y vibrante. Harry seguía de pie, temblando de frío, y notó una fuerte sacudida de terror.

-¡B…basta!-Dudley se puso de pie de un brinco.- ¡Para ya! ¡Te voy a pe…pegar un puñetazo! ¡Te juro que te voy a pegar!

-Cállate...

¡ZAS!

Un puño chocó contra un lado de la cabeza de Harry y lo levantó del suelo. Ante sus ojos aparecieron unas lucecitas blancas. Por segunda vez en una hora, tuvo la impresión de que la cabeza se le había partido por la mitad, y un momento después aterrizó en el duro suelo y su varita salió volando.

-¡Eres un imbécil, Dudley!-gritó, y el dolor hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas.

Se puso a cuatro patas y empezó a tantear con desesperación a su alrededor, en la oscuridad. Oyó a Dudley, que se alejaba dando tumbos, chocando contra la valla del callejón, tambaleándose.

-¡Dudley!-chilló Tabatha, yendo tras él. Era un chico desagradable, pero seguía siendo su primo y no iba a permitir que esas cosas lo atacasen.

-¡VUELVAN!-les gritó Harry, aun buscando su varita.- ¡LILY, VAN DIRECTO HACIA ÉL!-

Se oyó un chillido espantoso y entonces cesó el ruido de los pasos de Dudley. En medio de la oscuridad, la pelirroja seguía buscando a su primo. Tenía los brazos extendidos hacia adelantes, hasta que sus manos tocaron un bulto carnoso. Dudley soltó un chillido, pero ella logró taparle la boca.

-Soy yo, soy yo.-le susurró. El muchacho se sorprendió y comenzó a respirar con desesperación.- Oye, escúchame con atención. Hagas lo que hagas, no grites ni te muevas.-un frio glacial le recorrió la espalda. Tabatha tragó saliva con dificultad y trato de mantenerse serena. No había solo uno.

Un aliento hediendo le barrió los cabellos que descansaban sobre su hombro. Dudley temblaba del miedo y alcanzó a morderle los dedos a su prima. Ella, por otro lado, utilizó su mano libre y se la llevó a la boca. Una mano viscosa y huesuda se colocó a la altura de la coronilla de Tabatha. Dudley no pudo soportarlo más y salió corriendo despavorido.

-¡Dud…!-la frase murió en los labios de la pelirroja. Aquella mano huesuda la dio vuelta y el frío se intensificó a su alrededor. El olor hediendo fue creciendo a medida que el Dementor asomó su rostro al de su víctima.

Con prisa, intentó soltarse del agarre pero aquella viscosa mano la tenía sujeta con fuerza. Intentó gritar, pero sintió como el alma se le iba desprendiendo del alma y sus peores recuerdos salían a la luz. El más reciente le hizo saltar lágrimas.

Sus manos tantearon, inútilmente, sus bolsillos pero Tabatha había olvidado su varita en la mesilla de luz. Se insultaba internamente mientras el Dementor seguía consumiéndola con su boca.

-¡EXPECTO PATRONUM!-mirando por el rabillo, vio al reluciente ciervo de su hermano atacando al primer Dementor. Su atacante se echó hacia atrás, ingrávido como la oscuridad, y cuando el ciervo lo embistió, se alejó revoloteando como un murciélago, derrotado.

Tabatha cayó al suelo, de un golpe seco, y comenzó a toser. Las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas.

-¡Por aquí!-le ordenó Harry al ciervo. Luego giró sobre los talones y echó a correr a toda velocidad por el callejón, manteniendo en alto la varita encendida.- ¿Estás bien?-se arrodilló, casi sin frenar, junto a su hermana y la tomó del brazo.- ¡Dudley! ¡Dudley!-gritó mientras los dos corrían.

Apenas habían dado una docena de pasos cuando los alcanzó: Dudley estaba acurrucado en el suelo, tapándose la cara con los brazos. El tercer Dementor estaba inclinado sobre él, sujetándole las muñecas con sus pegajosas manos, tirando de ellas poco a poco, separándolas casi con ternura, y bajaba la encapuchada cabeza hacia la cara de Dudley como si fuera a besarlo.

-¡A por él!-bramó Harry, y con un fuerte estrépito el ciervo que había hecho aparecer pasó al galope por su lado.

El rostro sin ojos del Dementor estaba apenas a dos centímetros del de Dudley cuando los cuernos plateados lo golpearon; el Dementor salió despedido por los aires y, al igual que sus compañeros, se alejó volando y quedó absorbido por la oscuridad; después el ciervo fue a medio galope hasta el final del callejón y se disolvió en una neblina plateada.

La luna, las estrellas y las farolas volvieron a cobrar vida. Una tibia brisa recorrió el callejón. En los jardines del vecindario, los árboles susurraban, y volvió a escucharse el prosaico murmullo de los coches que circulaban por la calle Magnolia. Harry se quedó de pie, quieto, con todos los sentidos en tensión, intentando asimilar el brusco regreso a la normalidad. Pasados unos instantes se dio cuenta de que tenía la camiseta pegada al cuerpo: estaba empapado en sudor.

-Dementores en Little Whinging.-musitó Tabatha, con la voz quebrada.

-Ya se fueron.-aseguró el azabache, abrazándola.

Dudley seguía acurrucado en el suelo, gimoteando y tembloroso. Harry se agachó para comprobar si estaba en condiciones de levantarse, pero entonces oyó unos fuertes pasos que corrían detrás de ellos.

-Quédate con él.-murmuró y volvió a levantar la varita instintivamente y giró sobre los talones para enfrentarse al recién llegado.

La señora Figg, la vecina vieja y chiflada, apareció jadeando. El canoso cabello se le había salido de la redecilla, y llevaba una cesta de la compra, que hacía un ruido metálico, colgada de la muñeca y los pies medio fuera de las zapatillas de gruesa tela de cuadros escoceses. Harry se apresuró a esconder su varita mágica, pero...

-¡No guardes eso, necio!-gritó la señora Figg.- ¿Y si hay alguno más suelto por aquí?-frunció el ceño.- ¡Oh, voy a matar a Mundungus Fletcher!