"Los mellizos Potter" — capítulo 123
Capítulo 2:
"Vociferador para Tía Petunia"
-¿Qué?-preguntó Harry sin comprender.
-¡Se ha marchado!-repitió la señora Figg, retorciéndose las manos.- ¡Ha ido a ver a no sé quién por un asunto de un lote de calderos robados! ¡Ya le dije que iba a desollarlo vivo si se marchaba, y mira! ¡Dementores! ¡Suerte que informé del caso al señor Tibbles! Pero ¡no hay tiempo que perder! ¡Corran, tienen que volver a casa!-se llevó las manos a la cabeza.- ¡Oh, los problemas que va a causar esto! ¡Voy a matarlo!
-Pero...-Harry la miró impresionado.- ¿Usted es...? ¿Usted es bruja?
-Soy una Squib, como Mundungus sabe muy bien.-respondió con los ojos destellando furia.- Así que ¿cómo demonios iba a ayudarte para que te defendieras de unos Dementores? Los ha dejado completamente desprotegido, cuando yo le advertí...
-¿Ese tal Mundungus ha estado siguiéndome?-el azabache hizo silencio.- Un momento..., ¡era él! ¡Él se desapareció delante de mi casa!
-Sí, sí, sí, pero por fortuna yo había apostado al señor Tibbles debajo de un coche, por si acaso, y el señor Tibbles vino a avisarme, pero cuando llegué a tu casa ya no estabas, y ahora... ¡Oh! ¿Qué dirá Dumbledore? ¡Eh, tú!-le gritó a Dudley, que estaba tumbado en el suelo del callejón en posición supina.- ¡Levanta tu gordo trasero del suelo, rápido!
-¿Usted conoce a Dumbledore?-preguntó Tabatha, mirando fijamente a la señora Figg.
-Pues claro que conozco a Dumbledore. ¿Quién no conoce a Dumbledore?-hizo un gesto, como si fuese lo más obvio.- Pero vámonos ya, porque no voy a poder ayudarlos si vuelven; nunca he transformado ni siquiera una bolsita de té.-se inclinó, agarró uno de los inmensos brazos de Dudley con sus apergaminadas manos y tiró de él.- ¡Levántate, zoquete! ¡Levántate!
Pero Dudley o no podía o no quería moverse, así que permaneció en el suelo, tembloroso y pálido como la cera, con los labios muy apretados.
-Ya me encargo yo.-se ofreció Harry. Tomó a su primo por el brazo y dio un tirón. Una vez que estuvo, más o menos separado del suelo, la pelirroja lo tomó del otro brazo. Haciendo un gran esfuerzo consiguieron ponerlo de pie. Parecía que Dudley estaba a punto de desmayarse. Sus diminutos ojos giraban en sus órbitas y tenía la cara cubierta de sudor; en cuanto lo soltaron, Dudley se tambaleó peligrosamente.
-¡Deprisa!-insistió la señora Figg histérica.
Lo arrastraron hacia la calle, encorvándose un poco bajo su peso. La señora Figg iba dando tumbos delante de ellos, y al llegar a la esquina asomó la cabeza, nerviosa, y miró hacia la calle.
-Ten la varita preparada.-le dijo a Harry cuando entraron en el paseo Glicinia.-Deberías de tener la tuya en tus bolsillos, niña.-le recriminó a Tabatha.- Ahora no importa el Estatuto del Secreto; de todos modos lo vamos a pagar caro, tanto da que nos cuelguen por un dragón o por un huevo de dragón.-alzó las manos.- ¡Ay, el Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad!... Esto es ni más ni menos lo que temía Dumbledore.-colocó su mano sobre su frente a modo de visera.- ¿Qué es eso que hay al final de la calle?- Harry quiso esconder su varita dentro del bolsillo.- Ah, es el señor Prentice...-se volvió hacia el azabache.- ¡No la guardes, muchacho! ¿No te he dicho que yo no te serviría de nada?
Pero no resultaba fácil sujetar con firmeza una varita mágica y al mismo tiempo arrastrar a Dudley. Harry, impaciente, le dio un codazo en las costillas a su primo, pero éste parecía haber perdido todo interés por moverse por sí mismo. Dejaba caer todo su peso sobre los hombros de los mellizos y arrastraba sus grandes pies por el suelo.
-¿Por qué no nos dijo que era una Squib, señora Figg?-preguntó Harry, jadeando por el esfuerzo que tenía que hacer para seguir andando.- Con la de veces que hemos ido a su casa... ¿Por qué no lo mencionó?
-Órdenes de Dumbledore. Tenía que vigilarlos, pero sin revelar mi identidad porque eran demasiado jóvenes. Perdonen que les haya hecho pasarlo tan mal, pero los Dursley no los habrían dejado ir a mi casa si hubieran creído que conmigo se lo pasaban bien. No fue fácil, se los aseguro... Pero ¡oh, cielos!-exclamó trágicamente, y empezó a retorcerse las manos otra vez.- Cuando Dumbledore se entere de esto... ¿Cómo ha podido marcharse Mundungus? Se suponía que estaba de guardia hasta medianoche. ¿Dónde se habrá metido? ¿Cómo voy a explicarle a Dumbledore lo que ha sucedido? Yo no puedo aparecerme.
-Tengo una lechuza; si quiere, puedo prestársela.- ofreció Tabatha, quien luego emitió un gruñido y se preguntó si su columna vertebral acabaría partiéndose bajo el peso de Dudley.
-¡No lo entiendes, niña! Dumbledore tendrá que actuar cuanto antes porque los del Ministerio tienen sus formas de detectar la magia hecha por menores de edad; ya deben de saberlo, te lo digo yo.
-Pero si estaba defendiéndome de unos Dementores..., tenía que usar la magia. Seguro que les preocupará más saber qué hacían unos Dementores flotando por el paseo Glicinia, ¿no cree?-repuso el azabache.
-¡Ay de mí, ojalá fuera así! Pero me temo que... ¡MUNDUNGUS FLETCHER, VOY A MATARTE!-se oyó un fuerte estampido, y un fuerte olor a licor mezclado con el de tabaco rancio llenó el aire al mismo tiempo que un individuo achaparrado y sin afeitar, con un abrigo harapiento, se materializaba justo delante de ellos. Tenía las piernas cortas y arqueadas, el cabello, de color rojo anaranjado, largo y desgreñado, y unos ojos con bolsas que le daban el aire compungido de un basset. En las manos llevaba un bulto plateado que Harry reconoció al instante: era una capa invisible.
-¡Cállate, Figgy!-exclamó el individuo mirando a la señora Figg y luego a los mellizos y a Dudley.- ¿No teníamos que operar en secreto?
-¡Ya te daré yo secreto!-gritó la señora Figg.- ¡Dementores! ¡Inútil, ladrón, holgazán!
-¿Dementores?-repitió Mundungus horrorizado.- ¿Dementores, aquí?
-¡Sí, aquí mismo, saco de cagarrutas de murciélago, aquí!-chilló la señora Figg.- ¡Los Dementores han atacado al muchacho y a la niña durante tu guardia!
-¡Caramba!-dijo Mundungus atemorizado; observó a Harry y luego volvió a mirar a la señora Figg.- Caramba, yo...
-¡Y tú por ahí, comprando calderos robados! ¿No te dije que no te marcharas? ¿No te avisé?
-Yo..., bueno..., yo...-Mundungus estaba muy abochornado.- Es que..., es que era una buenísima ocasión...
La señora Figg levantó el brazo del que colgaba la cesta de la compra y dio un porrazo con él en la cara y en el cuello de Mundungus; a juzgar por el ruido metálico que hizo la cesta, debía de estar llena de latas de comida para gatos.
-¡Ay! ¡Uy! ¡Vieja destornillada! ¡Alguien va a tener que contarle lo ocurrido a Dumbledore!
-¡Sí!... ¡Ya lo creo!...-gritó la señora Figg sin parar de golpear con la cesta a Mundungus.- ¡Y... será... mejor... que lo hagas... tú... y le cuentes... por qué... no estabas... aquí... para ayudar!
-¡Se te va a caer la redecilla!-dijo Mundungus, encogiéndose y protegiéndose la cabeza con los brazos.- ¡Ya me voy! ¡Ya me voy!
Sonó otro fuerte estampido y Mundungus desapareció.
-¡Ojalá Dumbledore lo mate!-exclamó la señora Figg furiosa.- Y ahora, ¡vamos, niños! ¿A qué esperan?
Los mellizos intercambiaron una mirada y decidieron no gastar el poco aliento que le quedaba indicando que apenas podían caminar bajo el peso de Dudley, así que echaron a andar.
-Los acompañaré hasta la puerta.-dijo la señora Figg cuando llegaron a Privet Drive.- Por si hay alguno más por aquí... ¡Oh, cielos, qué catástrofe! Y has tenido que defenderte de ellos tú solo... Y Dumbledore nos advirtió que teníamos que evitar a toda costa que hicieran magia... Bueno, supongo que no sirve de nada llorar cuando la poción ya se ha derramado... Pero ahora el mal está hecho.
-Entonces...-comentó Harry entrecortadamente.- ¿Dumbledore... nos ha puesto... vigilancia?
-Por supuesto.-respondió la señora Figg con impaciencia.- ¿Qué esperaban? ¿Qué los dejara pasear por ahí solo después de lo que pasó en junio?-negó con la cabeza.- ¡Vamos, muchacho, me habían dicho que eras inteligente!-se detuvieron frente al número 4.- Bueno, entren y no salgan. Supongo que alguien se pondrá en contacto pronto.
-¿Qué va a hacer usted?-se apresuró a preguntar la pelirroja.
-Me voy derechita a casa.-contestó la señora Figg; echó un vistazo a la oscura calle y se estremeció.- Tendré que esperar a que me envíen más instrucciones. Quédense en casa.-repitió.- Buenas noches.
-¡Espere un momento! ¡No se marche todavía! Quiero saber...-exclamó Harry, intentando moverse bajo el peso de su primo, pero la señora Figg ya había echado a andar a buen paso, con las zapatillas de cuadros escoceses como chancletas, mientras la cesta de la compra continuaba produciendo aquel curioso ruido metálico.- ¡Espere!-
-Será mejor que le hagamos caso.-jadeó Tabatha.-Entremos. No quiero encontrar a otro Dementor.-con el entrecejo fruncido, Harry colocó todo el peso de Dudley sobre los hombros y se dirigió lenta y dolorosamente hacia el sendero del jardín del número cuatro. Ella se adelantó y fue hacia el vestíbulo; por suerte la luz estaba encendida. Se aseguró de que su hermano no tuviese la varita a la vista y tocó el timbre. Tras unos segundos, la silueta de tía Petunia se hizo más y más grande, distorsionada por el cristal esmerilado de la puerta de la calle.
-¡Duddy!-exclamó al abrir la puerta.-Ya era hora, estaba poniéndome un poco..., un poco...-se fijó en el rostro de su hijo.- ¡Duddy! ¿Qué te pasa?
Harry miró de reojo a Dudley y se escabulló de debajo de su brazo justo a tiempo. Su primo se quedó de pie un momento, oscilando, con la cara de un verde pálido... De pronto, abrió la boca y vomitó en el felpudo.
-¡Duddy!-chilló Petunia.- ¿Qué te pasa, Duddy?-comenzó agitar las manos como una gallina y siguió chillando.- ¡Vernon! ¡Vernon!
El señor Dursley apareció, moviéndose con la gracia de un elefante y meneando el bigote de morsa de aquí para allá, como hacía siempre que se ponía nervioso. Corrió a ayudar a tía Petunia para conseguir que Dudley, que no se tenía en pie, cruzara el umbral, mientras él evitaba pisar el charco de vómito.
-¡Está enfermo, Vernon!
-¿Qué tienes, hijo? ¿Qué ha pasado? ¿Te ha dado la señora Polkiss algo raro con el té?
-¿Cómo es que vas manchado de tierra, cariño?-notó Petunia.- ¿Te has tumbado en el suelo?
-Un momento... No te habrán atracado, ¿verdad, hijo?
Tía Petunia soltó un grito desgarrador.
-¡Llama a la policía, Vernon! ¡Llama a la policía! ¡Duddy, tesoro, dile algo a mami! ¿Qué te han hecho?
Con toda aquella distracción, nadie se había fijado todavía en los mellizos, lo cual fue una suerte para ellos. Consiguieron colarse dentro justo antes de que tío Vernon cerrara la puerta, y mientras los Dursley seguían avanzando ruidosamente por el vestíbulo hacia la cocina, ellos se dirigieron con cautela y sin hacer ruido hacia la escalera.
-¿Quién ha sido, hijo?-cuestionó Vernon.- Danos nombres. Los atraparemos, no te preocupes.
-¡Chissst!-exclamó Petunia.- ¡Está intentando decirnos algo, Vernon!-le acarició la cabeza a su hijo.- ¿Qué es, Duddy? ¡Cuéntaselo a mami!
Los hermanos tenían un pie en el primer escalón cuando Dudley recuperó la voz.
-Él.-
Harry se quedó inmóvil, con una mueca en la cara, preparado para el estallido. Tabatha cerró los ojos y suspiro.
-¡Chico! ¡Ven aquí!
Con una mezcla de miedo y rabia, Harry levantó con lentitud el pie del escalón y se dio la vuelta para seguir a los Dursley.
La cocina, impecable, tenía un brillo casi irreal en contraste con la oscuridad del exterior. Tía Petunia hizo sentar a Dudley en una silla; el chico todavía estaba muy verde y sudoroso. Tío Vernon estaba de pie delante del escurreplatos, fulminando a Harry con sus diminutos y entrecerrados ojos.
-¿Qué le has hecho a mi hijo?-preguntó con un rugido amenazador.
-Nada.-contestó Harry pese a saber que tío Vernon no iba a creérselo.
-¿Qué te ha hecho, Duddy?-dijo tía Petunia con voz insegura mientras con una esponja le limpiaba el vómito a su hijo de la chaqueta de cuero.- ¿Ha sido... con lo que tú ya sabes, tesoro? ¿Ha utilizado... esa cosa?-Dudley, tembloroso, asintió muy despacio.
-¡No es verdad!-saltó Harry; tía Petunia soltó un gemido y tío Vernon levantó los puños.- No le he hecho nada, no he sido yo, ha sido...-
-¡Harry lo salvo!-exclamó Tabatha, irrumpiendo en la cocina.
Segundos después una lechuza entró como una flecha por la ventana, cruzó volando la cocina y rozó la coronilla de tío Vernon; a continuación, dejó a los pies de Harry el gran sobre de pergamino que llevaba en el pico, se dio la vuelta con agilidad, tocando ligeramente con las puntas de las alas la parte superior de la nevera, salió por donde había entrado y cruzó el jardín.
-¡Lechuzas!-bramó tío Vernon, y mientras cerraba de golpe la ventana de la cocina, la maltrecha vena de su sien empezó a latir con furia.- ¡Otra vez lechuzas! ¡No quiero ver más lechuzas en mi casa!
Harry no perdió tiempo y abrió el sobre.
"Querido señor Potter:
Nos han informado de que ha realizado usted el encantamiento Patronus a las 21.23 horas de esta noche en una zona habitada por muggles y en presencia de un muggle. La gravedad de esta infracción del Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad ha ocasionado su expulsión del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. En breve, representantes del Ministerio se desplazarán hasta su lugar de residencia para destruir su varita. Dado que usted ya recibió una advertencia oficial por una infracción anterior de la Sección Decimotercera de la Confederación Internacional del Estatuto del Secreto de los Brujos, lamentamos comunicarle que se requiere su presencia en una vista disciplinar en el Ministerio de la Magia el día 12 de agosto a las 09.00 horas.
Con mis mejores deseos. Atentamente, Mafalda Hopkirk.
Oficina Contra el Uso**Indebido de la Magia. Ministerio de la Magia."
-¡No!-jadeó Tabatha, mirando por encima del hombro de su hermano y llevándose las manos a la boca.
Harry leyó la carta dos veces de arriba abajo. Aunque oía hablar a tío Vernon y a tía Petunia, no los escuchaba. Se le había quedado la mente en blanco, pero un hecho había penetrado en su conciencia como un dardo paralizador: lo habían expulsado de Hogwarts. Todo había terminado. Ya no podría volver allí.
Levantó la cabeza y miró a los Dursley. Tío Vernon estaba lívido de ira y gritaba con los puños en alto; tía Petunia tenía los brazos alrededor de Dudley, que volvía a vomitar.
El cerebro de Harry, aturdido durante unos instantes, se puso de nuevo en funcionamiento. Iban a romperle la varita. Sólo podía hacer una cosa: tenía que echar a correr, en ese mismo momento. No sabía adónde iría, pero de una cosa estaba seguro: tanto dentro como fuera de Hogwarts, necesitaba su varita. Como si estuviera soñando, sacó su varita y se dio la vuelta dispuesto a salir de la cocina.
-¿Adónde te has creído que vas?- gritó tío Vernon. Al ver que Harry no contestaba, cruzó la cocina a grandes zancadas para cerrarle el paso.- ¡Todavía no he acabado contigo, chico!
-Apártate.-ordenó Harry con voz queda.
-Vas a quedarte aquí y explicarme por qué mi hijo...
-Si no te apartas de la puerta, voy a echarte un maleficio.-afirmó el azabache, levantando su varita.
-¡A mí no vas a amenazarme con eso!-gruñó tío Vernon.- ¡Sé que no estás autorizado a utilizarla fuera de esa casa de locos que llamas colegio!
-La casa de locos me ha expulsado.-respondió Harry.- Ahora puedo hacer lo que me dé la gana. Te doy tres segundos. Uno, dos...-un fuerte estruendo resonó en la cocina. Tía Petunia se puso a chillar, tío Vernon pegó un grito y se agachó, pero por tercera vez aquella noche Harry buscó el origen de un alboroto que no había provocado él. Esa vez lo descubrió de inmediato: había una lechuza, aturdida y con las plumas alborotadas, posada en el alféizar. Acababa de chocar contra la ventana cerrada. Ignorando el angustiado grito de tío Vernon, la pelirroja cruzó la habitación corriendo y abrió la ventana de golpe. La lechuza estiró una pata en la que llevaba atado un pequeño rollo de pergamino, sacudió las plumas y emprendió el vuelo en cuanto la carta ya no estuvo atada a su pata. Con manos temblorosas, desenrolló el segundo mensaje, que estaba apresuradamente escrito con tinta negra y emborronada.
Harry:
Dumbledore acaba de llegar al Ministerio y está intentando arreglarlo todo. NO SALGAS DE LA CASA DE TUS TÍOS. NO HAGAS MÁS MAGIA. NO ENTREGUES TU VARITA.
Arthur Weasley
Tabatha tragó saliva y le entregó el rollo a Harry. Él lo releyó varias veces.
-Dumbledore estaba intentando arreglarlo todo...-susurró.- ¿Qué significaba eso?-la pelirroja se encogió de hombros.
-Supongo que tratará de ayudarte.-
Un pequeño brote de esperanza floreció en el pecho de Harry, pero enseguida el miedo volvió a atenazarlo: ¿cómo iba a negarse a entregar su varita sin hacer magia? Tendría que batirse en duelo con los representantes del Ministerio, y si lo hacía podría considerarse afortunado si no acababa en Azkaban, por no hablar de la expulsión.
Su cerebro trabajaba a toda velocidad... Podía huir y arriesgarse a que el Ministerio lo capturara, o quedarse donde estaba y esperar a que fueran a buscarlo allí. La primera opción lo tentaba mucho más, pero sabía que el señor Weasley quería lo mejor para ellos...y después de todo, Dumbledore había arreglado situaciones mucho peores otras veces.
-De acuerdo.-dijo Harry.- He cambiado de idea. Me quedo.-se dejó caer en una de las sillas de la cocina, frente a Dudley y a tía Petunia. Los Dursley parecían sorprendidos por el brusco cambio de opinión de Harry. Tía Petunia miró con desesperación a tío Vernon. La vena de la morada sien de tío Vernon palpitaba con más violencia que nunca.
-¿Quién envía esas malditas lechuzas?-preguntó, rabioso, su tío.
-La primera me la ha enviado el Ministerio de la Magia para comunicarme mi expulsión.-respondió Harry con calma. Mientras hablaba, aguzaba el oído para captar cualquier ruido procedente del exterior, por si llegaban los representantes del Ministerio; además, era más fácil y menos enervante contestar a las preguntas de tío Vernon que enfrentarse a sus bramidos.- La segunda era del padre de mi amigo Ron, que trabaja en el Ministerio.
-¿El Ministerio de la Magia?-gritó tío Vernon.- ¿Estás diciéndome que hay gente como ustedes en el gobierno? Claro, eso lo explica todo, todo; no me extraña que el país se esté viniendo abajo.-como los mellizos no dijo nada, tío Vernon los fulminó con la mirada.- ¿Y por qué te han expulsado?
-Porque he hecho magia.
-¡Ajá!-rugió tío Vernon, y dio un puñetazo en la parte superior de la nevera, cuya puerta se abrió; unos cuantos tentempiés de bajo contenido graso, que consumía Dudley, salieron despedidos y cayeron al suelo.- ¡Así que lo reconoces! ¿Qué le has hecho a tu primo?
-Nada.-contestó Harry, ya no tan calmado.- Eso no lo he hecho yo...
-Sí lo ha hecho.-masculló inesperadamente Dudley.
-¡Cuéntales lo que vistes!-gruñó Tabatha.- ¡Diles que no fue Harry, sino el Dementor!-
De inmediato, tío Vernon y tía Petunia se pusieron a agitar las manos para hacerla callar mientras se inclinaban sobre Dudley.
-Sigue, hijo.-dijo tío Vernon.- ¿Qué te ha hecho?
-Cuéntanoslo, ricura.-susurró tía Petunia.
-Me apuntaron con la varita.-farfulló Dudley.
-Sí, es verdad, pero no he utilizado...-se defendió Harry, enojado, aunque...
-¡Cállate!-gritaron tío Vernon y tía Petunia al unísono.
-Sigue, hijo.-repitió tío Vernon con los pelos del bigote agitadísimos.
-Se ha quedado todo oscuro.-dijo Dudley con voz ronca, estremeciéndose.- Muy oscuro. Y entonces he o…oído... cosas. Dentro de mi cabeza.-Vernon y Petunia se miraron horrorizados.
-¿Qué cosas has oído, Peoncita?-preguntó tía Petunia con un hilo de voz. Se había quedado muy pálida y tenía lágrimas en los ojos.
Pero Dudley parecía incapaz de explicarse. Volvió a estremecerse y sacudió su enorme y rubia cabeza.
-¿Cómo te has caído, hijo?-preguntó tío Vernon con una voz artificialmente tranquila, el tipo de voz que habría adoptado junto a la cama de una persona gravemente enferma.
-He tro…tropezado.-contestó Dudley con voz temblorosa. A Tabatha le pareció raro que no la hubiese delatado.- Y entonces...-se señaló el enorme pecho. Harry lo comprendió.-Horrible.-graznó.- Frío. Mucho frío.
-Ya.-dijo tío Vernon con serenidad forzada mientras tía Petunia, nerviosa, le ponía una mano en la frente a su hijo para comprobar si tenía fiebre.- ¿Qué ha pasado luego, Dudders?
-He sentido... sentido... como... como si... como si...
-Como si nunca más fueras a ser feliz.-aportó Harry con un tono muy débil.
-Sí.-susurró Dudley, que no paraba de temblar.
-¡Ya veo!-exclamó tío Vernon, cuya voz había recuperado su volumen habitual, y se enderezó.-Le has hecho un maleficio a mi hijo para que oiga voces y crea que está condenado... a la desgracia o algo así, ¿no?
-Retiro lo dicho.-musitó Tabatha.-Si, tenías razón. Es idiota.-rodó los ojos.- ¡Harry no ha hecho ningún maleficio, han sido los Dementores!-
-¿Qué son esas paparruchas?
-De-men-to-res.-repitió Harry, pronunciando con lentitud y claridad.- Tres.
-¿Y qué demonios son los Dementores, si puede saberse?
-Vigilan la prisión de los magos, Azkaban.-terció tía Petunia.
Tras aquellas palabras, hubo dos segundos de silencio absoluto; luego tía Petunia se tapó la boca con una mano, como si acabara de pronunciar una espantosa palabrota. Tío Vernon la miraba con los ojos abiertos como platos.
-¿Cómo sabes eso?-preguntó, perplejo, su marido.
Tía Petunia estaba horrorizada de sí misma. Miró a tío Vernon, cohibida, como pidiéndole disculpas; después bajó un poco la mano, dejando al descubierto sus dientes de caballo.
-Hace muchos años... oí a aquel... infeliz... que se lo contaba a ella...-explicó con voz entrecortada.
-Si te refieres a nuestro padre y a nuestra madre, ¿por qué no los llamas por sus nombres?-dijo Harry en voz alta, pero tía Petunia no le hizo caso. Parecía terriblemente aturullada.
Tío Vernon abrió la boca, la cerró, la abrió una vez más, la cerró de nuevo y luego, como si le costara trabajo recordar lo que había que hacer para hablar, la abrió por tercera vez y dijo con voz ronca:
-Entonces... entonces... ¿existen de verdad, existen esos... demencomosellamen?
Tía Petunia asintió. Tío Vernon miró primero a tía Petunia, luego a Dudley y por último a sus sobrinos, esperando que en cualquier momento alguien gritara: ¡Inocente!
Como nadie lo hizo, abrió la boca una vez más, pero no tuvo que esforzarse en encontrar más palabras porque, en ese preciso instante, llegó la tercera lechuza de la noche. Entró a toda pastilla por la ventana, que seguía abierta, como una bala de cañón con plumas, y aterrizó con estrépito sobre la mesa de la cocina, haciendo que los tres Dursley pegaran un bote, asustados. Harry tomó el segundo sobre, que parecía oficial, del pico de la lechuza y lo abrió, mientras el animal se marchaba por donde había llegado y se perdía en la noche.
-¡Estoy harto de esas condenadas lechuzas!-masculló tío Vernon, como un loco; fue hacia la ventana y volvió a cerrarla de golpe.
Querido señor Potter:
Con relación a nuestra carta de hace unos veinte minutos, el Ministerio de Magia ha revisado su decisión de destruir de inmediato su varita mágica. Puede conservar usted su varita hasta la vista disciplinar del 12 de agosto, momento en el que se tomará una decisión oficial.
Tras entrevistarse con el director del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, el Ministerio ha acordado que el asunto de su expulsión también se decidirá en esa vista. Por lo tanto, considérese excusado del colegio hasta posteriores investigaciones.
Con mis mejores deseos.
Atentamente, Mafalda Hopkirk
Oficina Contra el Uso Indebido de la Magia. Ministerio de Magia
Harry leyó la carta con rapidez tres veces seguidas. Aquel angustioso nudo que se le había formado en el pecho se aflojó un tanto con el alivio de saber que todavía no lo había expulsado definitivamente, aunque sus temores no habían desaparecido, ni mucho menos. Todo parecía depender de la vista del 12 de agosto.
-¿Y bien?-preguntó tío Vernon, devolviéndolo a la realidad.- ¿Qué pasa ahora? ¿Te han condenado a algo? ¿Existe la pena de muerte entre tu gente?-añadió, esperanzado, como si se le acabara de ocurrir esa idea.
-Si no tienes nada inteligente que aportar, tío, mejor cierra la boca.-le espetó Tabatha.
-Tengo que ir a una vista.-explicó Harry.
-¿Y allí te condenarán?
-Supongo que sí.
-Entonces no perderé la esperanza.-aseguró tío Vernon con crueldad.
-Bueno, si eso es todo...-dijo Harry poniéndose en pie. Estaba deseando quedarse a solas para pensar y quizá para enviarle una carta a Ron, a Hermione o a Sirius.
-¡No, claro que no es todo!-bramó tío Vernon.- ¡Siéntate inmediatamente!
-¿Y ahora qué pasa?-preguntó Harry con impaciencia.
-¡Dudley!-gritó tío Vernon.- ¡Quiero saber exactamente qué le ha ocurrido a mi hijo!
-¡Muy bien!-chilló Harry, y la rabia que sentía hizo que de la punta de su varita, que todavía tenía en la mano, saltaran chispas rojas y doradas. Los tres Dursley, acobardados, se encogieron.- Dudley y nosotros estábamos en el callejón que conecta la calle Magnolia y el paseo Glicinia.-explicó; hablaba deprisa, intentando no perder los estribos.- Dudley estaba vacilándome y yo saqué mi varita, pero no la utilicé. Entonces aparecieron los Dementores...
-Pero ¿qué son los dementoides?-preguntó tío Vernon furioso.- ¿Qué hacen?
-Ya te lo he dicho: te quitan toda la alegría que tienes dentro.-respondió Harry.-Y si tienen ocasión te besan y...
-¿Que te besan?-lo interrumpió tío Vernon con los ojos fuera de las órbitas.- ¿Que te besan?
-Así llaman al hecho de que te saquen el alma por la boca.-explicó Tabatha, con tono lúgubre, recordando lo que había hecho Fudge con Barty Crouch Jr.
Tía Petunia soltó un débil grito.
-¿El alma? No le habrán quitado...él todavía tiene su...-agarró a Dudley por los hombros y lo sacudió, como si pretendiera oír el alma de su hijo repiqueteando en el interior del cuerpo del chico.
-Claro que no le han quitado el alma.-repuso la pelirroja.- Si lo hubieran hecho ya se habrían dado cuenta.-
-Tú los ahuyentaste, ¿verdad, hijo?-inquirió tío Vernon con ímpetu, como quien se esfuerza por devolver la conversación a un plano que domina.- Les diste su merecido, ¿verdad?
-A los Dementores no puedes darles su merecido.-sentenció Harry entre dientes.
-Entonces, ¿cómo es que está bien?-rugió tío Vernon.- ¿Por qué no está vacío?
-Porque utilicé el encantamiento Patronus...
¡ZUUUM! Con un fragor, un aleteo y una pequeña nube de polvo, una cuarta lechuza salió a toda velocidad de la chimenea de la cocina.
-¡Por todos los demonios!-gritó tío Vernon, arrancándose los pelos del bigote, algo que no se había visto obligado a hacer durante mucho tiempo.- ¡No quiero ver más lechuzas en mi casa, no pienso tolerarlo, te lo advierto!
Pero Harry ya había tomado el pergamino que la lechuza llevaba atado a una pata. Estaba tan seguro de que aquella carta tenía que ser de Dumbledore y de que en ella lo explicaba todo que, por primera vez en su vida, se llevó una desilusión al ver la caligrafía de Sirius. Sin prestar atención a la perorata que tío Vernon estaba soltando sobre las lechuzas, y entrecerrando los ojos para protegerse de otra nube de polvo que la última había provocado al colarse por la chimenea, Harry leyó el mensaje de Sirius:
Arthur acaba de contarnos lo que ha sucedido. No vuelvas a salir de la casa, pase lo que pase.
El contenido de la carta le pareció a Harry una reacción tan inapropiada ante lo ocurrido aquella noche que le dio la vuelta al pergamino buscando el resto del texto, pero no encontró ni una sola palabra más.
Y notaba que estaba volviendo a perder la calma. ¿Acaso nadie pensaba felicitarlo por haber derrotado él solo a dos Dementores? Tanto el señor Weasley como Sirius estaban actuando como si Harry se hubiera portado mal y como si estuvieran reservándose la reprimenda hasta que pudieran determinar el alcance de los daños ocasionados.
-...una bananada, quiero decir, una bandada de lechuzas entrando y saliendo de mi casa. No pienso tolerarlo, chico, no voy a...
-No puedo impedir que vengan lechuzas.-le espetó Harry al mismo tiempo que arrugaba la carta de Sirius con la mano.
-¡Quiero saber la verdad de lo que ha pasado esta noche!-bramó Vernon.- Si han sido los Demendadores los que le han hecho daño a Dudley, ¿por qué te han expulsado? ¡Has hecho eso que tú ya sabes, lo has admitido!
Harry respiró hondo para tranquilizarse. Empezaba a dolerle otra vez la cabeza. Lo que más deseaba era salir de la cocina y perder de vista a los Dursley.
-Hice el encantamiento Patronus para librarme de los Dementores.-explicó, obligándose a conservar la calma.-Es lo único que funciona con ellos.
-Pero ¿qué hacían esos dementoides en Little Whinging?-preguntó Vernon con indignación.
-Eso no puedo decírtelo.-respondió Harry cansinamente.- No tenemos ni idea.
Las punzadas que notaba en la cabeza eran cada vez más fuertes, y le molestaba mucho la intensa luz de los fluorescentes de la cocina. Su enfado iba disminuyendo poco a poco. Estaba agotado, exhausto. Los Dursley lo miraban fijamente.
-Es por su culpa.-afirmó tío Vernon con energía.- Tiene algo que ver ustedes, mocosos, estoy seguro. Si no, ¿por qué iban a venir aquí? ¿Qué iban a estar haciendo en ese callejón? Es evidente que son los únicos..., los únicos...-al parecer no lograba pronunciar la palabra magos.- Los únicos, ya saben qué, en varios kilómetros a la redonda.
-No sabemos a qué han venido.-repitió Tabatha, con aburrimiento, sentándose en la mesada de mármol.
-¿Esos Desmembradores vigilan una prisión de bichos raros?-preguntó tío Vernon siguiendo trabajosamente el hilo de las ideas del muchacho.
-Sí.-confirmó Harry.
-¡Ajá! ¡Venía a detenerte!-exclamó tío Vernon con el aire triunfante de quien ha llegado a una conclusión irrefutable.- Seguro que es eso, ¿verdad, chico? ¡Estás huyendo de la justicia!
-Claro que no.-dijo Harry moviendo la cabeza como si ahuyentara una mosca; su mente iba a toda velocidad.
-Entonces, ¿por qué...?
-Debe de haberlos enviado él.-sugirió la pelirroja con un hilo de voz, más para sí que para tío Vernon.
-¿Cómo dices? ¿Que debe de haberlos enviado quién?
-Lord Voldemort.-dijo Harry.
Reparó en lo extraño que resultaba que los Dursley, que se encogían, hacían muecas y chillaban cada vez que escuchaban palabras como mago, magia o varita, pudieran oír el nombre del mago más malvado de todos los tiempos sin alterarse lo más mínimo.
-Lord...espera un momento.-dijo tío Vernon, con la cara contraída, al mismo tiempo que en sus ojos de cerdito brillaba una chispa de comprensión.- No es la primera vez que oigo ese nombre... Ése fue el que...
-Asesinó a mis padres, sí.-confirmaron los mellizos.
-Pero desapareció.-objetó Vernon con impaciencia, sin pararse a pensar que el asesinato de los padres de sus sobrinos pudiera ser un tema delicado.-Aquel tipo gigantesco lo dijo. Desapareció.
-Ha vuelto.-sentenció Harry con rotundidad.
Era rarísimo estar allí de pie, en la aséptica cocina de tía Petunia, entre la nevera último modelo y el televisor de pantalla plana, hablando como si tal cosa de lord Voldemort con tío Vernon. Parecía que la llegada de los Dementores a Little Whinging había abierto una brecha en el enorme aunque invisible muro que separaba el mundo implacablemente no mágico de Privet Drive y el que había al otro lado.
-¿Que ha vuelto?-susurró tía Petunia.
Miraba a sus sobrinos como nunca lo había hecho. Y de pronto, por primera vez en su vida, ellos se dieron plena cuenta de que tía Petunia era la hermana de su madre. Petunia jamás lo había mirado de aquella manera y en ese momento no tenía entrecerrados los grandes ojos claros, con una expresión de asco o de enojo, sino muy abiertos y asustados. La ficción que tía Petunia había mantenido durante toda la vida de los mellizos parecía haberse derrumbado.
-Sí.-confirmó Harry, dirigiéndose a tía Petunia.- Volvió hace un mes.
-Nosotros lo vimos.-añadió la pelirroja.
Las manos de tía Petunia se posaron sobre los anchos hombros de Dudley, cubiertos con su ropa de cuero, y los apretaron.
-Espera un momento.-intervino Vernon, mirando a su esposa, luego a sus sobrinos y luego otra vez a Petunia, aparentemente atónito y desconcertado por el entendimiento que parecía haber surgido entre tía y sobrino.- Un momento. ¿Dicen que ese lord Voldcomosellame ha vuelto?
-Sí.
-El que mató a sus padres.
-Sí.
-¿Y ahora ha empezado a enviarte Desmembradores?
-Eso parece.-respondió Harry.
-Entiendo.-dijo tío Vernon. Miró a su esposa, que estaba tremendamente pálida, y luego a los Potter, al mismo tiempo que se subía la cintura de los pantalones.-Bueno, ya no me cabe duda.-aseguró, y siguió inflándose, mientras la camisa se le tensaba más y más.- ¡Ya pueden largarse de esta casa, mocosos!
-¿Qué?-dijeron al mismo tiempo.
-Ya me han oído. ¡FUERA!-gritó tío Vernon, tan fuerte que hasta tía Petunia y Dudley dieron un brinco.- ¡FUERA! ¡FUERA! ¡Debí hacer esto hace muchos años! ¡Lechuzas que se pasean por aquí como si tal cosa, pudines que explotan, medio salón destrozado, la cola de Dudley, Marge flotando por el techo y ese Ford Anglia volador! ¡FUERA! ¡LARGO! ¡Se acabó! ¡Han pasado a la historia! No van a quedarse aquí si hay un loco que los persigue, ni vas a poner en peligro la vida de mi esposa y de mi hijo, ni vas a causarnos más problemas. ¡Si piensas seguir los pasos de tus padres, es asunto tuyo! ¡LARGO DE AQUÍ!
Los dos quedaron petrificados en el lugar donde estaban. Por lógico razonamiento, no debían de salir de la casa.
-No…no podemos.-susurró Tabatha.
-¡Ya me han oído!-insistió Vernon, y se inclinó hacia delante hasta que su enorme y morada cara quedó tan cerca de la de Harry que éste notó las salpicaduras de saliva en el rostro.- ¡Andando! ¡Hace media hora estabas deseando marcharte! ¡Pues adelante! ¡Lárguense de aquí y no vuelvan a pisar nuestra casa jamás! No sé por qué los acogimos en su día; Marge tenía razón, debimos enviarlos al orfanato. Fuimos demasiado blandos, creímos que podríamos rehabilitarlos, creímos que podríamos convertirlos en una persona normal, pero estaban podridos desde el principio, y ya estoy harto. ¡Lechuzas!
La quinta lechuza salió disparada de la chimenea, tan deprisa que chocó contra el suelo antes de volver a emprender el vuelo con un fuerte aullido. Harry levantó las manos para coger la carta, que iba en un sobre de color escarlata, pero el pájaro pasó volando por encima de su cabeza y se dirigió hacia tía Petunia, que soltó un chillido y se agazapó, tapándose la cara con los brazos. La lechuza dejó caer el sobre rojo sobre la cabeza de tía Petunia, dio media vuelta y volvió a colarse por la chimenea.
Harry se abalanzó sobre su tía para arrebatarle la carta, pero Petunia se le adelantó.
-Puedes abrirla si quieres.-dijo Harry.-Pero de todos modos oiré lo que pone. Es un vociferador.
-¡Suelta eso, Petunia!-rugió tío Vernon.- ¡No lo toques, podría ser peligroso!-
-¡Es solo una carta, pedazo de morsa humana!-gritó Tabatha.
-Va dirigida a mí.-se excusó tía Petunia con voz trémula, haciendo callar a su sobrina.- ¡Va dirigida a mí, Vernon, mira! Señora Petunia Dursley, La Cocina, Privet Drive Número Cuatro...
Contuvo la respiración, horrorizada. El sobre rojo había empezado a echar humo.
-¡Ábrelo!-pidieron los mellizos.- ¡Ábrelo ya! De todos modos ocurrirá.
—No.
A tía Petunia le temblaba la mano. Miró frenéticamente alrededor, como si buscara una ruta de huida, pero era demasiado tarde: el sobre empezó a arder. Tía Petunia gritó y lo soltó con rapidez.
Se oyó una voz imponente que resonaba en el reducido espacio de la cocina; salía de la carta en llamas, que había quedado sobre la mesa.
-Recuerda mi última... Petunia.-
Tía Petunia estaba a punto de desmayarse. Se sentó en la silla, junto a Dudley, y se tapó la cara con las manos. Los restos del sobre fueron quedando reducidos a cenizas en medio de un profundo silencio.
-¿Qué es eso?-preguntó Vernon con voz ronca.- ¿Qué...? No… ¡Petunia!
Ella no dijo nada. Dudley miraba a su madre, estupefacto y con la boca abierta, mientras el silencio lo envolvía todo en una espiral horrenda. Los mellizos observaban a su tía completamente perplejos.
-Petunia, querida.-empezó Vernon con timidez.-Pe…Petunia...-ella levantó la cabeza. Todavía temblaba. Tragó saliva.
-Ellos... ellos tendrán que quedarse aquí, Vernon.-dijo con un hilo de voz.
-¿Cómo dices?
-Que se quedan.-repitió ella sin mirar a sus sobrinos, y se puso de nuevo en pie.
-Pero si... Petunia...
-Si los echamos, los vecinos hablarán.-añadió tía Petunia. Estaba recuperando su tono enérgico e irascible, aunque seguía muy pálida.- Nos harán preguntas incómodas, querrán saber adónde han ido. Tendremos que quedárnoslos.
Tío Vernon estaba desinflándose como un neumático pinchado.
-Pero Petunia, querida...
Ella no le hizo caso. Se volvió hacia los mellizos.
-Van a quedarse en sus habitaciones. No salgan de casa. Y ahora vayan a la cama.-ordenó.
Ninguno se movió de donde estaba.
-¿Quién te ha enviado ese vociferador?-preguntó Harry.
-No hagas preguntas.-espetó tía Petunia.
-¿Estás en contacto con algún mago?-añadió Tabatha.
-¡Les he dicho que te vayan a la cama!
-¿Qué significaba? ¿Recuerda mi última qué?-continuó Harry.
-¡A la cama!
-¿Cómo es que...?-comenzó la pelirroja.
-¡Ya han oído a tu tía! ¡Suban a acostarse!-