"Los mellizos Potter" — capítulo 132
Capítulo11:
"La advertencia del Sombrero"
Harry no quería que los demás supieran que Luna y él tenían la misma alucinación, si eso es lo que era, de modo que no volvió a mencionar los caballos; simplemente se sentó en el carruaje y cerró la portezuela tras él. Con todo, no pudo evitar mirar las siluetas de los animales que se movían detrás de la ventanilla.
-¿Han visto a Grubbly-Plank?-preguntó Ginny.- ¿Qué hace aquí? No se habrá marchado Hagrid, ¿verdad?-
-A mí no me importaría.-comentó Luna.- No es muy buen profesor.
-¡Claro que lo es!-saltaron los mellizos, Ron y Ginny, enojados.
El azabache lanzó una mirada fulminante a Hermione.
-Sí, sí...es muy bueno.-acotó la castaña, carraspeando.
-Pues a los de Ravenclaw nos da mucha risa.-añadió Luna sin inmutarse.
-Se ve que tienen un sentido del humor muy raro.-espetó Ron mientras las ruedas del carruaje empezaban a moverse.
A Luna no pareció afectarle la tosquedad del Prefecto; más bien al contrario: se quedó mirándolo un buen rato como si fuera un programa de televisión poco interesante.
Los coches, traqueteando y balanceándose, avanzaban en caravana por el camino. Cuando pasaron entre los dos altos pilares de piedra, adornados con sendos cerdos alados en la parte de arriba, que había a ambos lados de la verja de los jardines del colegio, vieron que los jardines estaban completamente a oscuras. El castillo, sin embargo, se erguía ante ellos.
Los carruajes se detuvieron con un tintineo cerca de los escalones de piedra que conducían a las puertas de roble, y Harry fue el primero en apearse. Se dio la vuelta una vez más para comprobar si había alguna ventana iluminada cerca del bosque, pero no distinguió señales de vida en la cabaña de Hagrid. Luego volvió a mirar de mala gana, porque todavía albergaba esperanzas de que hubieran desaparecido, a aquellas esqueléticas criaturas que conducían los carruajes, y vio que se habían quedado quietas y silenciosas en la fría noche, y que sus blancos e inexpresivos ojos relucían.
-¿Vienes o qué?-preguntó Ron.
-¡Ah, sí!-respondió Harry rápidamente, y se unieron a la muchedumbre que corría escalones arriba y entraba en el castillo.
El vestíbulo resplandecía con la luz de las antorchas, y en él resonaban los pasos de los alumnos que caminaban por el suelo de losas de piedra hacia las puertas que había a la derecha, las cuales conducían al Gran Comedor donde iba a celebrarse el banquete de bienvenida.
Los alumnos fueron sentándose en las cuatro largas mesas, bajo un techo negro sin estrellas. Las velas que flotaban en el aire, sobre las mesas, iluminaban a los plateados fantasmas que había desperdigados por el comedor, así como los rostros de los alumnos, que hablaban con entusiasmo intercambiando noticias del verano, saludando a gritos a los amigos de otras casas y examinándose los recientes cortes de pelo y las nuevas túnicas. A los mellizos les incomodo las miradas acusatorias que recibían por parte de los demás estudiantes.
Luna se separó de ellos al llegar a la mesa de Ravenclaw. En cuanto los demás llegaron a la de Gryffindor, a Ginny la llamaron unos compañeros de cuarto y fue a sentarse con ellos; Harry, Tabatha, Ron, Hermione y Neville encontraron cinco asientos libres hacia la mitad de la mesa, entre Nick Casi Decapitado, el fantasma de la casa de Gryffindor, y Parvati Patil y Lavender Brown.
-Ahí tampoco está.-comentó Tabatha, bajando la vista luego de fijarse en la mesa de profesores y tampoco ver a Hagrid.
-No puede haberse marchado.-acotó Ron, que parecía un tanto angustiado.
-Claro que no.-dijo Harry firmemente.
-No le habrá... pasado nada, ¿verdad?-sugirió Hermione con inquietud.
-No.-respondió el azabache de inmediato.
-Pero ¿entonces dónde está?-inquirió la pelirroja, apoyando su mentón contra su palma.
-A lo mejor todavía no ha vuelto.-murmuró Harry, en voz baja.-Ya saben..., de su misión, de eso que ha estado haciendo este verano para Dumbledore.
-Sí...sí, debe de ser eso.-coincidió Ron, más tranquilo; pero Hermione se mordió el labio inferior y siguió recorriendo la mesa de los profesores con la mirada, como si allí fuera a encontrar alguna explicación convincente a la ausencia del guardabosque.
-¿Quién es ésa?-preguntó de pronto, señalando hacia la mitad de la mesa.
Harry miró hacia donde indicaba su amiga. Primero se detuvo en la figura del profesor Dumbledore. El director tenía la cabeza inclinada hacia una mujer que estaba sentada a su lado, que le decía algo al oído.
-¡Es Umbridge!-exclamó Tabatha en voz baja, apresando la túnica de su hermano entre sus manos.
-¿Quién?
-¡Estaba en la vista! ¡Trabaja para Fudge!-respondió.
-Bonita chaqueta.-comentó Ron con una sonrisa irónica.
-¡Trabaja para Fudge!-repitió Hermione frunciendo el entrecejo.- Entonces ¿qué demonios hace aquí?
-No lo sé...
Hermione volvió a recorrer la mesa de los profesores con los ojos entornados.
-No.-murmuró.-No, seguro que no...
La profesora Grubbly-Plank, que acababa de aparecer detrás de la mesa de los profesores; fue hasta el extremo de la mesa y se sentó en el lugar que debería haber ocupado Hagrid. Eso significaba que los de primer año ya habían cruzado el lago y habían llegado al castillo; y en efecto, unos segundos más tarde se abrieron las puertas del Gran Comedor. Por ellas entró una larga fila de alumnos de primero, con pinta de asustados, guiados por la profesora McGonagall, que llevaba en las manos un taburete sobre el que reposaba un viejo sombrero.
Los murmullos que llenaban el Gran Comedor fueron apagándose. Los de primer año se pusieron en fila delante de la mesa de los profesores y la profesora McGonagall dejó con cuidado el taburete delante de ellos y luego se apartó.
El colegio entero permanecía expectante, conteniendo la respiración. Entonces la rasgadura que el sombrero tenía cerca del borde se abrió, como si fuera una boca, y el Sombrero Seleccionador se puso a cantar.
Cuando Hogwarts comenzaba su andadura y yo no tenía ni una sola arruga, los fundadores del colegio creían que jamás se separarían.
Todos tenían el mismo objetivo, un solo deseo compartían: crear el mejor colegio mágico del mundo y transmitir su saber a sus alumnos. « ¡Juntos lo levantaremos y allí enseñaremos!», decidieron los cuatro amigos sin pensar que su unión pudiera fracasar.
Porque ¿dónde podía encontrarse a dos amigos como Slytherin y Gryffindor? Sólo otra pareja, Hufflepuff y Ravenclaw, a ellos podía compararse. ¿Cómo fue que todo acabó mal? ¿Cómo pudieron arruinarse tan buenas amistades?
Verán, yo estaba allí y puedo contarles toda la triste y lamentable historia.
Dijo Slytherin: «Sólo enseñaremos a aquellos que tengan pura ascendencia.»
Dijo Ravenclaw: «Sólo enseñaremos a aquellos de probada inteligencia.»
Dijo Gryffindor: «Sólo enseñaremos a aquellos que hayan logrado hazañas.»
Dijo Hufflepuff: «Yo les enseñaré a todos, y trataré a todos por igual.»
Cada uno de los cuatro fundadores acogía en su casa a los que quería. Slytherin sólo aceptaba a los magos de sangre limpia y gran astucia, como él, mientras que Ravenclaw sólo enseñaba a los de mente muy despierta. Los más valientes y audaces tenían como maestro al temerario Gryffindor. La buena de Hufflepuff se quedó con el resto y todo su saber les transmitía.
De este modo las casas y sus fundadores mantuvieron su firme y sincera amistad. Y Hogwarts funcionó en armonía durante largos años de felicidad, hasta que surgió entre nosotros la discordia, que de nuestros miedos y errores se nutría. Las casas que, como cuatro pilares, habían sostenido nuestra escuela se pelearon entre ellas y, divididas, todas querían dominar.
Entonces parecía que el colegio mucho no podría aguantar, pues siempre había duelos y peleas entre amigos. Hasta que por fin una mañana el viejo Slytherin partió, y aunque las peleas cesaron, el colegio muy triste se quedó. Y nunca desde que los cuatro fundadores quedaron reducidos a tres volvieron a estar unidas las casas como pensaban estarlo siempre.
Y todos los años el Sombrero Seleccionador se presenta, y todos saben para qué: yo los pongo a cada uno en una casa porque ésa es mi misión, pero este año iré más lejos, escuchen atentamente mi canción: aunque estoy condenado a separarlos creo que con eso cometemos un error. Aunque debo cumplir mi deber y cada año tengo que dividirlos, sigo pensando que así no lograremos eliminar el miedo que tenemos.
Yo conozco los peligros, leo las señales, las lecciones que la historia nos enseña, y les digo que nuestro Hogwarts está amenazado por malignas fuerzas externas, y que si unidos no permanecemos por dentro nos desmoronaremos. Ya se los he dicho, ya están prevenidos.
Que comience la Selección.
El sombrero se quedó quieto y su discurso fue recibido con un fuerte aplauso.
-Este año se ha ido un poco por las ramas, ¿no?-comentó Ron arqueando las cejas.
-Pero tiene mucha razón.-repuso Harry.
-Me pregunto si habrá hecho advertencias como ésta alguna otra vez.-dijo Hermione con ansiedad.
-Sí, ya lo creo.-afirmó Nick Casi Decapitado dándoselas de entendido e inclinándose hacia ella a través de Neville.- El sombrero se cree obligado a prevenir al colegio siempre que...-pero la profesora McGonagall, que esperaba para empezar a leer la lista de alumnos de primer año, miraba a los ruidosos muchachos con aquellos ojos que abrasaban. El fantasma se llevó un transparente dedo a los labios y se sentó remilgadamente tieso, y los murmullos cesaron de inmediato. McGonagall, tras recorrer por última vez las cuatro mesas con el entrecejo fruncido, bajó la vista hacia el largo trozo de pergamino que tenía entre las manos.
-¡Abercrombie, Euan!-
Un muchacho muerto de miedo, se adelantó dando trompicones y se puso el sombrero en la cabeza; sus grandes orejas impidieron que éste se le cayera hasta los hombros. El sombrero caviló unos instantes, y luego la rasgadura que tenía cerca del borde volvió a abrirse.
-¡Gryffindor!-gritó.
Harry aplaudió con el resto de los de su casa mientras el muchacho iba tambaleándose hasta su mesa y se sentaba; parecía que estaba deseando que se lo tragara la tierra para que nadie volviera a mirarlo jamás.
Poco a poco, la larga fila de alumnos de primero fue disminuyendo. Finalmente seleccionaron a Zeller, Rose para Hufflepuff, y la profesora McGonagall recogió el sombrero y el taburete y se los llevó mientras el profesor Dumbledore se ponía en pie.
-A los nuevos.-dijo Dumbledore con voz sonora, los brazos abiertos y extendidos y una radiante sonrisa en los labios.-Les digo: ¡bienvenidos! Y a los que no son nuevos les repito: ¡bienvenidos otra vez! En toda reunión hay un momento adecuado para los discursos, y como éste no lo es, ¡al ataque!-las palabras de Dumbledore fueron recibidas con risas y aplausos, y el director se sentó con sumo cuidado y se echó la larga barba sobre un hombro para que no se le metiera en el plato, pues la comida había aparecido por arte de magia.
-Excelente.-dijo Ron con un gemido de placer; luego agarró la bandeja de chuletas que tenía más cerca y empezó a amontonarlas en su plato bajo la nostálgica mirada de Nick Casi Decapitado.
-¿Qué decía usted antes de que se iniciara la Ceremonia de Selección?-preguntó Tabatha al fantasma, mientras llenaba su copa con zumo de calabaza.- Eso de que el sombrero podía lanzar advertencias.
-¡Ah, sí!-contestó Nick, contento de tener un motivo para apartar la mirada del plato de Ron.-Sí, he oído al sombrero lanzar advertencias otras veces, siempre que ha detectado momentos de grave peligro para el colegio. Y, por supuesto, el consejo siempre ha sido el mismo: permanezcan unidos, fortalézcanse por dentro.
-¿Cóbo va a fabeb um fombebo fi el cobefio ftá em belifro?-preguntó Ron, con la boca llena.
-¿Cómo dices?-preguntó con mucha educación Nick Casi Decapitado mientras Hermione hacía una mueca de asco. Ron tragó.
-¿Cómo va a saber un sombrero si el colegio está en peligro?-repitió.
-No tengo ni idea.-respondió el fantasma.-Bueno, vive en el despacho de Dumbledore, así que supongo que allí se entera de cosas.
-¿Y pretende que todas las casas sean amigas?-inquirió la pelirroja, echando un vistazo a la mesa de Slytherin, donde estaba Draco rodeado de admiradores.-Enseguida me tiro a los brazos de Malfoy.-ironizó.
-Miren, no deberían adoptar esa actitud.-aconsejó Nick en tono reprobatorio.- Cooperación pacífica, ésa es la clave. Nosotros, los fantasmas, pese a pertenecer a diferentes casas, mantenemos vínculos de amistad. Aunque haya competitividad entre Gryffindor y Slytherin, a mí ni se me ocurriría provocar una discusión con el Barón Sanguinario.
-Ya, pero eso es porque le tiene usted miedo.-aseguró Ron. El fantasma se ofendió mucho.
-¿Miedo?-repitió, bufando.- ¡Creo poder afirmar que yo, sir Nicholas de Mimsy-Porpington, nunca jamás he pecado de cobarde! La noble sangre que corre por mis venas...
-¿Qué sangre?-lo interrumpió Ron.- Pero si usted ya no tiene...
-¡Es una forma de hablar!-exclamó Nick Casi Decapitado, tan enojado que empezó a temblarle aparatosamente la cabeza sobre el cuello medio rebanado.- ¡Espero tener todavía libertad para utilizar las palabras que se me antojen, dado que los placeres de la comida y de la bebida me han sido negados! Pero ¡ya estoy acostumbrado a que los alumnos se rían de mi muerte, se los aseguro!
-¡Ron no se estaba riendo de usted, Nick! -terció Hermione fulminando a su amigo con la mirada.
Por desgracia, éste volvía a tener la boca a punto de explotar, y lo único que consiguió fue escupir comida, algo que Nick no consideró una disculpa adecuada. Se elevó, se colocó bien el sombrero con plumas y se fue hacia el otro extremo de la mesa, donde se sentó entre los hermanos Creevey.
-Felicidades, Ron.-soltó Hermione.
-¿Qué pasa?-protestó él, indignado.- ¿No puedo hacer una sencilla pregunta?
-Olvídalo.-dijo Hermione con fastidio, y ambos estuvieron el resto de la cena callados y enfurruñados.
Cuando todos los alumnos terminaron de comer y el nivel de ruido del Gran Comedor empezó a subir de nuevo, Dumbledore se puso una vez más en pie. Las conversaciones se interrumpieron al instante y todos giraron la cabeza para mirar al director.
-Bueno, ahora que estamos digiriendo otro magnífico banquete, les pido un instante de atención para los habituales avisos de principio de curso.-anunció.- Los de primer año deben saber que los alumnos tienen prohibido entrar en los bosques de los terrenos del castillo, y algunos de nuestros antiguos alumnos también deberían recordarlo.-los mellizos, Ron y Hermione se miraron y rieron por lo bajo.-El señor Filch, el conserje, me ha pedido, y según dice ya van cuatrocientas sesenta y dos veces, que les recuerde a todos que no está permitido hacer magia en los pasillos entre clase y clase, así como unas cuantas cosas más que pueden revisar en la larga lista que hay colgada en la puerta de su despacho.-se sacudió unas cuantas migas que tenía sobre la túnica.-Este año hay dos cambios en el profesorado. Estamos muy contentos de dar la bienvenida a la profesora Grubbly-Plank, que se encargará de las clases de Cuidado de Criaturas Mágicas; también nos complace enormemente presentarles a la profesora Umbridge, la nueva responsable de Defensa Contra las Artes Oscuras.-hubo un educado pero no muy entusiasta aplauso.-Las pruebas para los equipos de quidditch de cada casa tendrán lugar en...-
-Ejem, ejem.-la profesora Umbridge se aclaró la garganta, interrumpiendo a Dumbledore. El director vaciló unos segundos; luego se sentó con elegancia y miró con interés a la profesora Umbridge.-Gracias, señor director.-empezó con una sonrisa tonta.-Por esas amables palabras de bienvenida.-tenía una voz muy chillona y entrecortada. Volvió a carraspear.- ¡Bueno, en primer lugar quiero decir que me alegro de haber vuelto a Hogwarts!-sonrió, enseñando unos dientes muy puntiagudos.- ¡Y de ver tantas caritas felices que me miran!-el alumnado no tenía ni por asomo una sonrisa en sus rostros.- ¡Estoy impaciente por conocerlos a todos y estoy segura de que seremos muy buenos amigos!-se aclaró la garganta una vez más, pero cuando habló de nuevo su voz ya no sonaba tan entrecortada como antes. Sonaba mucho más seria, y ahora sus palabras tenían un tono monótono, como si se las hubiera aprendido de memoria.-El Ministerio de la Magia siempre ha considerado de vital importancia la educación de los jóvenes magos y de las jóvenes brujas. Los excepcionales dones con los que nacieron podrían quedar reducidos a nada si no se cultivaran y desarrollaran mediante una cuidadosa instrucción. Las ancestrales habilidades de la comunidad mágica deben ser transmitidas de generación en generación para que no se pierdan. El tesoro escondido del saber mágico acumulado por nuestros antepasados debe ser conservado, reabastecido y pulido por aquellos que han sido llamados a la noble profesión de la docencia.-hizo una pausa y saludó con una pequeña inclinación de cabeza al resto de los profesores, pero ninguno le devolvió el saludo.-Cada nuevo director o directora de Hogwarts ha aportado algo a la gran tarea de gobernar este histórico colegio, y así es como debe ser, pues si no hubiera progreso se llegaría al estancamiento y a la desintegración. Sin embargo, hay que poner freno al progreso por el progreso, pues muchas veces nuestras probadas tradiciones no aceptan retoques. Un equilibrio, por lo tanto, entre lo viejo y lo nuevo, entre la permanencia y el cambio, entre la tradición y la innovación...-Tabatha bostezó, ocultando su boca tras su mano. La cena la había saciado y aquellas palabras la adormecían.-...porque algunos cambios serán para mejor, y otros, con el tiempo, se demostrará que fueron errores de juicio. Entre tanto se conservarán algunas viejas costumbres, y estará bien que así se haga, mientras que otras, desfasadas y anticuadas, deberán ser abandonadas. Sigamos adelante, así pues, hacia una nueva era de apertura, eficacia y responsabilidad, decididos a conservar lo que haya que conservar, perfeccionar lo que haya que perfeccionar y recortar las prácticas que creamos que han de ser prohibidas.-y tras pronunciar esa última frase, se sentó. Dumbledore aplaudió y los profesores lo imitaron, aunque varios de ellos sólo juntaban las manos una o dos veces y luego paraban. Unos cuantos alumnos aplaudieron también, pero el final del discurso, del que en realidad sólo habían escuchado unas palabras, pilló desprevenidos a casi todos, y antes de que pudieran empezar a aplaudir como es debido, Dumbledore ya había dejado de hacerlo.
-Muchas gracias, profesora Umbridge, ha sido un discurso sumamente esclarecedor.-dijo con una inclinación de cabeza.- Y ahora, como iba diciendo, las pruebas de quidditch se celebrarán...
-Sí, sí que ha sido esclarecedor.-comentó Hermione en voz baja.
-No me irás a decir que te ha gustado.-repuso Ron mirándola con ojos vidriosos.- Ha sido el discurso más aburrido que he oído jamás, y eso que he crecido con Percy.
-He dicho que ha sido esclarecedor, no que me haya gustado.-puntualizó Hermione.- Ha explicado muchas cosas.
-¿Ah, sí?-dijo Harry con sorpresa.- A mí me ha parecido que tenía muchos puntos oscuros.
-Había cosas importantes escondidas entre esos puntos oscuros.-replicó Tabatha con gravedad.
-¿En serio?-se extrañó Ron, que no comprendía nada.
-Como, por ejemplo, hay que poner freno al progreso por el progreso. O recortar las prácticas que creamos que han de ser prohibidas.-
-¿Y eso qué significa?-preguntó Ron, impaciente.
-Te voy a decir lo que significa.-respondió Hermione con tono amenazador.-Significa que el Ministerio está inmiscuyéndose en Hogwarts.
De pronto se produjo un gran estrépito a su alrededor; era evidente que Dumbledore los había despedido a todos, porque los alumnos se habían puesto en pie y se disponían a salir del Gran Comedor. La pelirroja se levantó muy atolondrada.
-¡Ron, tenemos que enseñar a los de primero adónde deben ir!-exclamó.
-¡Ah, sí!-asintió Ron.- ¡Eh, eh, ustedes! ¡Enanos!
-¡Ron!
-Es que lo son, míralos...son pequeñísimos.
-¡Ya lo sé, pero no puedes llamarlos enanos! ¡Los de primer año!-llamó Tabatha con tono autoritario a los nuevos alumnos de su mesa.- ¡Por aquí, por favor!-un grupo de alumnos desfiló con timidez por el espacio que había entre la mesa de Gryffindor y la de Hufflepuff; todos ponían mucho empeño en no colocarse a la cabeza del grupo. Realmente parecían muy pequeños.-Síganme, por favor.-pidió la pelirroja. Harry le sonrió a uno de los niños, el que había sido llamado primero y seleccionado para Gryffindor, pero el que estaba a su lado le susurró algo al oído; Euan Abercrombie, puso cara de asombro y sus ojos se llenaron de pánico. Tabatha notó que Harry se había sorprendido también; ¿qué clase de cosas les dirían a esos niños en sus casas?
-Hasta luego.-se despidió tristemente el azabache, siguiendo a Hermione. Su hermana intentó ir detrás de él, pero una marea de alumnos le cortó el paso.
-No te preocupes.-Ron apareció a su lado.-Hablaremos en cuanto lleguemos a la torre.-el pelirrojo miró por encima de su hombro.-Ahora, tenemos que llevar a estos enanos.-
Una vez que salieron del pasillo, Ron entendió que su amiga no estaba en condiciones por lo que se encargó de dirigir a los de primero, respondiendo alguna que otra pregunta. Tabatha, por otro lado, mantuvo la mirada al frente y en ningún momento abrió la boca.
Ella entendía perfectamente cómo debía de sentirse Harry; claro estaba que a ella le importaba poco y nada si hablaban a sus espaldas. Había aprendido a permanecer callada y a escuchar las mentiras que salían de la boca de la tía Petunia cuando invitaba a tomar el té a sus amigas; aquellas mujeres la había tildado de rara, ladrona, mentirosa, entre otras cosas. Cabía destacar que al principio, sí le dolían aquellas palabras. Pero con el tiempo logró construir un muro en su interior; los insultos golpeaban contra la pared, sin llegar a ella.
Harry no.
Al fin habían llegado al final de las escaleras que conducía a la sala común de Gryffindor. Ron se paró frente al retrato de la Dama Gorda, y no supo que decir. Tabatha dio un paso adelante y se situó frente a la pintura.
-Mimbulus mimbletonia.-recitó.
-Correcto.-la Señora Gorda se abrió hacia ellos y les permitió ingresar.
La sala común de Gryffindor, una agradable habitación circular llena de destartaladas y blandas butacas y viejas y desvencijadas mesas, parecía más acogedora que nunca. Un fuego chisporroteaba alegremente en la chimenea y había varios alumnos calentándose las manos frente a él antes de subir a sus dormitorios; al otro lado de la estancia Fred y George Weasley estaban colgando algo en el tablón de anuncios.
-Muy bien.-la prefecta les dio la espalda a sus compañeros y se dirigió hacia los de primero.- Niñas a la derecha, niños a la izquierda.-ordenó, señalando con sus manos las escaleras que llevaban a los dormitorios.
-Los chicos tienen terminantemente prohibido subir al cuarto de las niñas.-añadió Ron. Muchos de los nuevos, varones, cuchicheaban entre sí, observando a sus nuevas compañeras.-Bien, enanos, todos a la cama. Sus cosas ya están en sus habitaciones; yo les recomendaría que se acuesten de inmediato. Esa cena fue deliciosa, pero a más de uno le habrá llenado el estómago.-el pelirrojo se sobó por encima de la túnica, recordando aquellas papas asadas.-los de primero siguieron su consejo y se dispersaron en las escaleras.-Bien.-Ron bostezó.-Creo que también me voy a dormir.-se rascó la cabeza y puso rumbo hacia su habitación.
Tabatha sonrió y se soltó el cabello. Una mata roja cayó sobre sus hombros. Avanzó por la sala y se dejó caer en uno de los sillones. Los de cuarto habían encendido una radio y la estación en la que estaba comenzó a pasar música. Se cubrió la boca con la mano y bostezó.
Al otro lado de la sala Dean y Seamus se hallaban jugando una ronda de Snap Explosivos y de vez en cuando, le lanzaban miradas a la prefecta. Tabatha ni siquiera se inmutó.
En cuanto recostó la cabeza contra el sillón, el cuadro de la Dama Gorda se abrió y Harry ingresó junto a Neville. La mayoría de los presentes aminoró el tono de voz con el que hablaban.
-¡Hola!-saludó el azabache, dirigiéndose a sus compañeros; quienes habían dejado de jugar.
-¡Hola, Harry!-respondió Dean.- ¿Has pasado un buen verano?
-No ha estado mal.-masculló Harry.- ¿Y tú?
-Sí, muy bueno.-contestó el muchacho con una risita.- Mejor que el de Seamus, desde luego.-le echó una mirada a su compañero.-Estaba contándomelo.
-¿Por qué? ¿Qué ha pasado, Seamus?-preguntó Neville mientras cargaba su nueva planta.
-Mi madre no quería que volviera.-respondió Finnigan.
-¿Qué dices?-Tabatha se puso de pie, dejando atrás su cómodo sillón y se acercó al grupo.
-No quería que volviera a Hogwarts.-Seamus centró su vista en la mesa, ignorando la llegada de la pelirroja.
-Pero ¿por qué?-preguntó ésta, perpleja.
Seamus no contestó hasta que hubo terminado de guardar el juego.
-Bueno…-respondió con voz tranquila.-…supongo que... por ustedes.
-¿Qué quieres decir?-inquirió Harry rápidamente. Todos en la sala estaban expectantes.
-Bueno.-continuó Seamus, esquivando la mirada de su compañero.-Es que...esto... bueno, no sólo por ti, sino también por Dumbledore...
-¿Dumbledore?-repitió Tabatha.- ¿Se ha creído lo que cuenta El Profeta?-se extrañó. Intercambió una mirada con su hermano.- ¿Cree que somos mentirosos y que Dumbledore es un viejo chiflado?-Seamus levantó la cabeza y los miró.
-Sí, más o menos.-ellos ni dijeron nada. Harry se llevó una mano al bolsillo, donde tenía su varita, pero su hermana lo detuvo.- Oye..., ¿qué pasó aquella noche?-continuó Seamus, dirigiéndose a la pelirroja.
-¿Qué noche?-espetó ella, con tono mordaz.
-La noche en que..., ya sabes, cuando..., lo de Diggory y todo eso...-el muchacho parecía nervioso y expectante al mismo tiempo. Dean, que estaba inclinado sobre la mesa.
-¿Por qué se lo preguntas?-replicó Harry.- Sólo tienes que leer El Profeta como tu madre, ¿no? Así podrás enterarte de todo lo que quieras saber.
-No te metas con mi madre.-espetó Seamus, poniéndose de pie.
-Me meto con cualquiera que me llame mentiroso.-contestó Harry.
-¡No me hables así!-
-Te hablo como me da la gana.-estalló el azabache; entre Neville y Tabatha, tuvieron que sujetarlo.- Si tienes algún inconveniente en compartir dormitorio y casa con nosotros, ve y pídele a McGonagall que te cambie...así tu madre no tendrá que preocuparse por ti...
-¡Deja a mi madre en paz, Potter!
-¡Ya basta los dos!-gritó Tabatha, con las mejillas encendidas.
-¿Sabes qué?-chilló Seamus acaloradamente, lanzando a Harry una mirada cargada de veneno.- Tiene razón, no quiero compartir dormitorio con él; está loco.
-Eso está fuera de lugar, Seamus.-aseguró Neville, cuyas orejas comenzaban a ponerse coloradas.
-¿Fuera de lugar, dices?-repitió.-Tú te crees todas las chorradas que cuenta sobre Quien-tú-sabes, ¿no? Te tragas todo lo que cuenta, ¿verdad?-Neville no contestó, solo se abrazó a su planta.-Entonces tú también estás loco.-afirmó con desprecio.
-¡No te metas con él!-Tabatha lo empujó, haciendo que volviese a caer sobre la silla.- ¡Te recuerdo que estás hablándole a TÚ prefecta!-bramó, mostrándole la insignia.- ¡Así que, si no quieres que te castigue, vigila lo que dices!-se volvió violentamente hacia los demás alumnos, que se miraban los pies.- ¡¿Hay alguien más cuyos padres tengan algún problema con Harry?!-preguntó con agresividad.
-Mis padres son muggles.-dijo Dean encogiéndose de hombros.- No saben nada de ninguna muerte ocurrida en Hogwarts porque no soy tan idiota como para contárselo.
-¡No sabes cómo es mi madre, es capaz de sonsacarle lo que sea a cualquiera!-espetó Seamus, mirando a su amigo.- Además, tus padres no reciben El Profeta. No se han enterado de que a nuestro director lo han echado del Wizengamot y de la Confederación Internacional de Magos porque está perdiendo la cabeza...
-Mi abuela dice que eso son tonterías.-intervino Neville.- Afirma que el que está perdiendo los papeles es El Profeta, y no Dumbledore. Así que ha cancelado la suscripción.-se volvió hacia los mellizos.-Nosotros creemos en ustedes.-concluyó con rotundidad.-Mi abuela siempre ha dicho que Quien-tú-sabes regresaría algún día, y asegura que si Dumbledore dice que ha vuelto, es que ha vuelto.
Tabatha le sonrió con gratitud.
-Gracias, Neville.-