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"Los mellizos Potter" — capítulo 139

Capítulo 17:

"El Decreto de Enseñanza n.° 24"

POR ORDEN DE LA SUMA

INQUISIDORA DE HOGWARTS

De ahora en adelante quedan disueltas todas las organizaciones y sociedades, y todos los equipos, grupos y clubes. Se considerará organización, sociedad, equipo, grupo o club cualquier reunión asidua de tres o más estudiantes. Para volver a formar cualquier organización, sociedad, equipo, grupo o club será necesario un permiso de la Suma Inquisidora (profesora Umbridge).

No podrá existir ninguna organización ni sociedad, ni ningún equipo, grupo ni club de estudiantes sin el conocimiento y la aprobación de la Suma Inquisidora. Todo alumno que haya formado una organización o sociedad, o un equipo, grupo o club, o bien haya pertenecido a alguna entidad de este tipo, que no haya sido aprobada por la Suma Inquisidora, será expulsado del colegio.

Esta medida está en conformidad con el Decreto de Enseñanza n.° 24.

Firmado: Dolores Jane Umbridge, Suma Inquisidora

-¡Alguien nos ha delatado!-exclamó Ron.

-Es imposible.-murmuró Hermione en voz baja.

-¡Qué ingenua eres!-explotó el pelirrojo.- ¿Crees que porque tú eres honrada y digna de confianza...?

-No, es imposible porque hice un embrujo en el rollo de pergamino en que firmamos todos.-explicó ella gravemente.- Créeme, si alguien se lo ha dicho a Umbridge, sabremos exactamente quién ha sido y te aseguro que lo lamentará.

-¿Qué le pasará?-preguntó Ron, intrigado.

-Bueno, para que te hagas una idea.-contestó Hermione.-Parecerá que el acné de Eloise Midgeon se trata solamente de unas cuantas pecas.-

-Será mejor que vayamos a desayunar y veamos qué piensan los demás...-propuso Tabatha, mirando con recelo el anuncio.- ¿Habrán colgado el letrero en todas las casas?

En cuanto entraron en el Gran Comedor comprendieron que el letrero no había aparecido únicamente en la torre de Gryffindor. En el comedor se percibía un rumor de una intensidad peculiar y una agitación mayor que la habitual: los alumnos iban y venían por sus mesas, comentando unos con otros lo que habían leído.

-¿Lo han visto?-preguntó Ginny, en cuanto se sentaron a la mesa.

-¿Creen que lo sabe?-curioseó Neville.

-¿Qué piensan hacer?-cuestionó Dean.

-Seguiremos adelante de todos modos, desde luego.-respondió Harry con serenidad, mientras se aseguraba que ningún profesor estuviese cerca.

-Sabía que dirías eso.-repuso George, sonriente, y le dio una palmada en el brazo.

-¿Los Prefectos también?-preguntó Fred observando inquisitivamente a Ron y Tabatha.

-Por supuesto.-afirmó ella con seguridad.

-Miren, ahí vienen Ernie y Hannah Abbott.-observó Ron.- Y esos de Ravenclaw y Smith…y ninguno tiene muchos granos.

Hermione parecía alarmada.

-Olvídate de los granos.-ella se volvió hacia los otros miembros de las casa.- ¿Se han vuelto locos? No pueden venir aquí ahora, resultará sumamente sospechoso. ¡Siéntense!-movía exageradamente los labios y les hacía señas para que regresaran a la mesa de Hufflepuff.- ¡Más tarde! ¡Ya... hablaremos... más tarde!

-Se lo diré a Michael.-terció Ginny, impaciente, y se levantó del banco.- Qué burros, francamente...

Fue corriendo hacia la mesa de Ravenclaw y Harry la siguió con la mirada. Cho estaba sentada cerca, hablando con la amiga del cabello rizado que la había acompañado a Cabeza de Puerco.

-Me encantaría ver a esa tal Marietta llena de granos.-murmuró Tabatha, siguiendo el camino que trazaban los ojos de su hermano.

Los cuatro comieron algo y luego recogieron sus cosas, para poner rumbo al salón de Historia de la Magia.

-Tengo muy mala espina sobre esa tal Marietta.-continuó la pelirroja, mientras iban por el pasillo. Tabatha seguía masticando con rabia las palabras de la chica de Ravenclaw.

-¡Chicos!-voltearon y se encontraron a Angelina, que corría hacia ellos. Parecía absolutamente desesperada.

-No pasa nada.-afirmó Harry en voz baja cuando ella se le acercó lo suficiente.- Seguiremos adelante de todos...

-¿Te das cuenta de que el quidditch está incluido en la prohibición?-comentó ella, ignorando sus palabras.- ¡Tenemos que ir a pedirle permiso para volver a formar el equipo de Gryffindor!

-¡¿Qué?!-exclamaron los mellizos, incrédulos.

-¡No puede ser!-dijo Ron, atónito.

-¡Ya han leído el letrero!-continuó Angelina.- ¡Incluye los equipos!-suspiró exasperada y se pasó las manos por el rostro.-Escucha, Harry...te lo digo por última vez... ¡por favor, no vuelvas a perder los estribos con la profesora Umbridge o no nos dejará jugar!

-Está bien.-aseguró él.- No te preocupes, me comportaré...-Angelina miró inquisitivamente a Tabatha.

-Yo lo vigilaré.-asintió la pelirroja.

-Gracias.-la capitana les sonrió un poco más aliviada. Giró sobre sus talones y enfiló hacia el Gran Comedor.

-Seguro que Umbridge está en Historia de la Magia.-comentó Ron gravemente cuando emprendieron de nuevo el camino.- Todavía no ha supervisado a Binns...me apuesto lo que quieran a que está allí...

Pero cuando entraron en el aula sólo encontraron al profesor Binns, que estaba flotando un par de centímetros por encima de su silla, como de costumbre, mientras se preparaba para continuar su monótono discurso sobre las guerras de los gigantes. Una vez que se acomodaron en sus respectivos asientos, el cuarteto se dispuso a prestar atención…o algo así. Harry ni siquiera intentó seguir lo que decía el profesor; para pasar el rato, se puso a garabatear, distraído, en su pergamino. Tabatha sostuvo entre sus dedos la pluma y la hacía girar sobre la mesa. Por lo general las clases de Binns le resultaban interesantes, pero esa mañana no estaba de humor para escucharlo.  Ella soltó la pluma y apoyó el mentón contra la palma; ladeó la cabeza y miró por la ventana. Remontando entre las nubes, había algo blanco que se sacudía. Tabatha se arrimó más al alfeizar. Aquella figura zigzagueaba en el cielo.

-¡Harry!-susurró alarmada, estirando el brazo y atrapando la túnica de su hermano. Harry parecía más interesado en sus garabatos. Tabatha apretó los labios y clavó las uñas sobre el brazo del azabache.

-¿Qué pasa?-preguntó él con enojo, mientras intentaba zafarse.

Tabatha lo tomó del mentón y lo obligó a girar la cabeza en dirección a la ventana. La figura se había materializado ante ellos; Hedwig estaba posada en el estrecho alféizar, mirándolos a través del grueso cristal, con una carta atada a la pata. Varios de sus compañeros de clase señalaban también a Hedwig.

Harry giró la cabeza y miró al profesor Binns, que continuaba leyendo sus notas con tranquilidad, sin darse cuenta de que los alumnos le prestaban aún menos atención de lo habitual. Se levantó con sigilo, soltó el cierre y abrió  la ventana muy despacio. Suponía que Hedwig extendería la pata para que él pudiera retirar la carta, y que luego echaría a volar hacia la lechucería, pero en cuanto abrió la ventana lo suficiente, la lechuza dio un salto y entró, ululando lastimeramente. Harry cerró la ventana y miró preocupado al profesor Binns; se puso a Hedwig en el regazo y fue a retirar la carta que llevaba atada a la pata.

-¡Mira!-señaló Tabatha. La lechuza tenía las plumas muy alborotadas; unas cuantas estaban del revés, y tenía un ala en una extraña postura.

-¡Está herida!-susurró Harry agachando la cabeza. Hermione y Ron se inclinaron hacia él; Hermione hasta dejó la pluma.-Miren, le pasa algo en el ala.- Hedwig estaba temblando; cuando Harry le tocó el ala, la lechuza dio un respingo y se le erizaron las plumas, como si se le inflaran, y miró a su amo con reproche.

-Debes llevársela a la profesora Grubbly-Plank.-urgió Tabatha, acariciando la coronilla de la lechuza.

-Profesor Binns.-dijo Harry en voz alta, y todos giraron la cabeza hacia él.-No me encuentro bien.

El fantasma levantó la vista de sus notas, sorprendido, como siempre, al ver que estaba ante un aula llena de alumnos.

-¿No se encuentra bien?-preguntó vagamente.

-No, me encuentro muy mal.-aseguró Harry con firmeza, y escondiendo a Hedwig detrás de la espalda, se levantó.- Creo que necesito ir a la enfermería.

-Sí.-repuso el profesor Binns, a quien Harry había pillado desprevenido.- Sí, ya...a la enfermería... bueno, pues vaya, Perkins...

El resto del cuarteto vio al azabache salir del aula. No tendrían noticias de Hedwig hasta que finalizase la hora. Hasta el momento, debían esperar.

-¿Creen que hayan querido interceptarla?-preguntó la pelirroja, mordisqueándose las uñas.- ¿Y sí alguien leyó la carta?-Hermione se cubrió la boca.

-Esperemos que no.-murmuró.-Pobre Hedwig.-se lamentó.- ¿Quién habrá sido capaz de alguien así?-

-Me apuesto todo a que fue Umbridge.-habló Ron.-Esa mujer…-

-Ya entendimos.-interrumpió Hermione.-Aunque…no sería raro viniendo de una mujer así.

-Debe tener todos los medios de comunicación vigilados.-apostilló Tabatha.

-¡Silencio ahí atrás!-ordenó el profesor Binns, regresando a sus lecturas.

Luego de que hubiera sonado el timbre de fin de hora, el trio salió a trompicones del aula. Querían irse primero para encontrarse a Harry. Al salir al pasillo, se vieron atrapados en una masa de alumnos que salían de sus respectivos salones. Los tres se abrieron paso como pudieron, pero era complicado ir contra la corriente. Los cuerpos los empujaban hacia atrás, haciendo que el transito sea más difícil de transitar. Tabatha iba aferrada a la túnica de Hermione, mientras que con la mano libre sostenía sus libros. Junto a ellos pasó un grupo de Ravenclaw; Cho y su amiga Marietta iban a los costados. Marietta no hablaba, gritaba, como gallina escandalosa y al a ver a Tabatha, no pudo resistir y darle un empujón con el hombro. La pelirroja trastabillo hacia atrás, pero los largos dedos de Ron se cerraron alrededor de su muñeca, evitando la caída.

-Gracias.-murmuró, mirando con recelo por encima de su hombro.

Al llegar al patio se ubicaron en una esquina, allí es donde esperarían a Harry.

-¡Allí está!-exclamó Hermione.

Entre la marea de gente que salía de la galería, divisaron una cabellera azabache y un rostro surcado por unos lentes. A él también se le complicaba para abrirse pasó, pero lo consiguió.

-¿Cómo está Hedwig?-preguntó Tabatha, preocupada, tan pronto como su hermano llegó junto a ellos.

-¿Adónde la has llevado?-preguntó Ron a su vez.

-Se la he llevado a la profesora Grubbly-Plank.-respondió Harry.- Y he visto a McGonagall...escuchen...-miró para todos lados y luego cerró un poco más el círculo.- McGonagall dice que los medios de comunicación están siendo vigilados. Que debemos de tener cuidado con lo que mandamos por cartas.-para sorpresa del azabache, ninguno de tres se mostró sorprendido. Más bien al contrario: intercambiaron miradas de complicidad.- ¿Qué pasa?-inquirió, observándolos con desconcierto.

-Bueno, precisamente estaba diciéndoles.-habló Hermione.-... ¿y si alguien ha intentado interceptar a Hedwig? Es la primera vez que llega herida de un vuelo, ¿verdad?

-Bueno, ¿de quién es la carta?-preguntó Ron quitándosela de las manos.

 -De Hocicos.-contestó Harry en voz baja.- ¿«Misma hora, mismo sitio»? ¿Se refiere a la chimenea de la sala común?

 -Evidentemente.-confirmó Hermione, que también había leído la nota.- Espero que nadie más haya visto esto...

-El rollo todavía estaba sellado.-comentó el muchacho de la cicatriz intentando convencerse también a sí mismo.-Y nadie entendería qué significa el mensaje si no sabe dónde hemos hablado con él la vez anterior, ¿no?

-No lo sé.-murmuró la pelirroja, angustiada. En ese momento volvió a sonar la campana y se colgó la mochila del hombro.-No sería muy difícil volver a sellar el rollo mediante magia...-curvó los labios.- Y si hay alguien vigilando la Red Flu...-

-Pero ¡no sé cómo vamos a decirle que no venga sin que nos intercepten a nosotros también!-intervino Hermione.

A continuación bajaron cansinamente la escalera de piedra que conducía a las mazmorras donde daban la clase de Pociones. Iban los cuatro absortos en sus pensamientos, pero, cuando llegaron al final de la escalera, la voz de Draco Malfoy los sacó de su ensimismamiento. El Slytherin estaba de pie junto a la puerta del aula de Snape y exhibía una hoja de pergamino de aspecto oficial mientras hablaba en voz mucho más alta de lo necesario para que lo oyera todo el mundo.

-¡Sí, la profesora Umbridge ha concedido permiso al equipo de quidditch de Slytherin para seguir jugando!-pregonó.- He ido a pedírselo esta mañana a primera hora. Bueno, ha sido prácticamente automático, porque la profesora Umbridge conoce muy bien a mi padre, ya que mi padre frecuenta el Ministerio...-se volvió a los leones.-Será interesante saber si al equipo de Gryffindor también le dan permiso para seguir jugando, ¿verdad?

-No lo escuchen.-imploró con un susurro Hermione.-Eso es precisamente lo que está buscando.

-Lo digo.-prosiguió Malfoy levantando un poco más la voz.-Porque si es cuestión de influencia en el Ministerio, no creo que tengan muchas posibilidades...-miró a Ron.-Según dice mi padre, hace años que buscan un pretexto para despedir a Arthur Weasley...y en cuanto a Potter..., mi padre dice que cualquier día el Ministerio lo factura para el Hospital San Mungo... Por lo visto, tienen una planta reservada para gente a la que la magia ha trastornado.-Malfoy hizo una mueca grotesca, con la boca abierta y los ojos bizcos, Crabbe y Goyle se rieron a carcajadas, como de costumbre, y Pansy Parkinson soltó una risita idiota.

De pronto, Harry notó un golpe en el hombro que lo desvió hacia un lado. Unas milésimas de segundo más tarde, se dio cuenta de que Neville lo había apartado de un empujón e iba derechito hacia Malfoy. Tabatha también el borrón oscuro que pertenecía a su amigo; logró prenderse de su túnica.

-¡No, Neville!-exclamó, haciendo fuerza hacia atrás.- ¡Harry, ayúdame!-el azabache saltó hacia delante y agarró a Neville por otro extremo de la túnica; éste forcejeó con ímpetu, agitando los puños, e intentó abalanzarse sobre Malfoy, que durante un momento se quedó completamente perplejo.

-¡Ayúdennos!-gritó Harry.  La pelirroja logró trepar por la espalda de Neville y rodearle el cuello con un brazo; tiró de él hacia atrás y lo alejó de los de Slytherin. Crabbe y Goyle se colocaron delante de Malfoy y flexionaron los brazos, listos para pelear. Ron agarró a Neville por los brazos, y Harry y él lograron volver a colocarlo en la fila de alumnos de Gryffindor. El muchacho estaba rojo como un tomate; la presión que Tabatha ejercía sobre su cuello hacía que apenas se le entendiera, pero seguía farfullando.

-No tiene... gracia... San Mungo..., ya verás...

Entonces se abrió la puerta de la mazmorra y Snape apareció en el umbral. Recorrió con sus negros ojos a los alumnos de Gryffindor hasta llegar a donde estaban los mellizos y Ron intentando sujetar a Neville.

-¿Peleando, Potter, Weasley, Longbottom?-preguntó con su fría y socarrona voz.-Diez puntos menos para Gryffindor. Suelta a Longbottom, Potter, o serás castigada. Todos adentro.

Tabatha soltó a Neville. Bajó de un salto limpio y se situó junto a su amigo, que se quedó mirándolo y jadeando.

-He tenido que frenarte.-se excusó ella entrecortadamente mientras recogía su mochila.- Crabbe y Goyle te habrían hecho pedazos.

Neville no dijo nada; se limitó a recoger sus y entró muy ofendido en la mazmorra.

-Por las barbas de Merlín.-comentó Ron en voz baja.- ¿Qué le ha pasado?

Los mellizos intercambiaron una mirada, pero no contestaron.

Los cuatro se sentaron como siempre al fondo de la clase y sacaron pergamino, plumas y sus ejemplares de Mil hierbas y hongos mágicos. Sus compañeros de clase cuchicheaban sobre lo que acababa de hacer Neville, pero cuando Snape cerró la puerta de la mazmorra con un sonoro golpetazo, todos guardaron silencio de inmediato.

-Como verán.-anunció con su queda y socarrona voz.-Hoy tenemos una invitada.-señaló un oscuro rincón de la mazmorra; la profesora Umbridge sentada allí, con las hojas de pergamino sujetas con el sujetapapeles sobre las rodillas. Harry miró de reojo a sus amigos arqueando las cejas.-Hoy vamos a continuar con la solución fortificante. Encontraran sus mezclas como las dejaron en la última clase; si las prepararon correctamente deberían haber madurado durante el fin de semana. Las instrucciones.-agitó su varita.-están en la pizarra. Ya pueden empezar.

La profesora Umbridge pasó la primera media hora de la clase tomando notas en su rincón. Harry estaba deseando escuchar cómo interrogaba a Snape, pero le interesaba tanto enterarse que estaba volviendo a descuidar su poción.

-¡Sangre de salamandra, Harry!- avisó Hermione por lo bajo, agarrándole la muñeca para impedir que añadiera un ingrediente equivocado por tercera vez.- ¡No jugo de granada!

-De acuerdo.-asintió Harry, despistado. Luego empezó a verter el contenido de la botella en el caldero y siguió observando el rincón. La profesora Umbridge acababa de levantarse.- ¡Ja! —exclamó en voz baja al ver que la mujer caminaba dando zancadas entre dos hileras de pupitres hacia Snape, que estaba inclinado sobre el caldero de Dean Thomas.-el cuarteto agudizó el oído.

-Bueno, parece que los alumnos están bastante adelantados para el curso que hacen.-comentó la con brusquedad, dirigiéndose a Snape, que estaba de espaldas.- Aunque no estoy segura de que sea conveniente enseñarles a preparar una poción como la solución fortificante. Creo que el Ministerio preferiría que fuera eliminada del programa.-Snape se enderezó lentamente y se volvió para mirarla.-Dígame, ¿cuánto tiempo hace que enseña en Hogwarts?-preguntó con la pluma apoyada en el pergamino.

-Catorce años.-respondió Snape. La expresión de su rostro era insondable.  

-Tengo entendido que primero solicitó el puesto de Defensa Contra las Artes Oscuras, ¿no es así?-inquirió la profesora Umbridge.

-Sí.-contestó Snape con serenidad.

-Pero ¿no lo consiguió?

Snape torció el gesto.

-Es obvio.

La profesora Umbridge anotó algo en sus pergaminos.

-Y desde que entró en el colegio ha solicitado con regularidad el puesto de Defensa Contra las Artes Oscuras, ¿verdad?

-Sí.-asintió Snape, imperturbable, sin mover apenas los labios. Parecía muy enfadado.

-¿Tiene usted idea de por qué Dumbledore ha rechazado por sistema su solicitud?-inquirió Umbridge.

-Eso debería preguntárselo a él.-dijo Snape entrecortadamente.

-Oh, lo haré, lo haré.-aseguró la profesora componiendo una dulce sonrisa.

-Aunque no veo qué importancia puede tener eso.-añadió Snape a la vez que entrecerraba sus ojos negros.

-¡Oh, ya lo creo que la tiene!-replicó Dolores.- Sí, el Ministerio quiere conocer a la perfección el... pasado de los profesores.- entonces se dio la vuelta, fue hacia Pansy Parkinson y empezó a interrogarla sobre las clases. Snape giró la cabeza hacia donde estaba Harry y sus miradas se encontraron durante un momento. Harry bajó rápidamente la vista hacia su poción, que se había espesado, dando lugar a una masa asquerosa, y desprendía un intenso olor a goma quemada.

-Otro cero, Potter.-dijo Snape con malicia, y vació el caldero de Harry con una sacudida de la varita.- Quiero que me escribas una redacción sobre la correcta composición de esta poción, indicando dónde y por qué te has equivocado, y que me la entregues en la próxima clase. ¿Entendido?

-Sí.-contestó Harry, furioso.

..*

Media hora más tarde, Harry, Ron y Tabatha se encontraban envueltos en el caluroso y perfumado ambiente del aula de Adivinación. Harry continuaba furioso. La profesora Trelawney volvió a repartir ejemplares de El oráculo de los sueños. Dando un porrazo, la profesora dejó un ejemplar del libro de texto sobre la mesa que había entre Harry y Ron, y se alejó con los labios fruncidos. Lanzó el siguiente ejemplar de El oráculo a Seamus y Dean, rozando la cabeza de Seamus, y el último libro se lo puso a Neville en el pecho con tanto ímpetu que  éste se cayó del puf donde estaba sentado.

-¡Ya pueden empezar!-gritó con una voz chillona y un tanto histérica.- ¡Ya saben lo que tienen que hacer, ¿o soy una profesora con un nivel de conocimientos tan bajo que ni siquiera les he enseñado a abrir un libro?!

Los alumnos la observaron perplejos y luego se miraron unos a otros.

-Me parece que ya ha recibido los resultados de su supervisión.-murmuró Harry.

-Profesora...-dijo Parvati Patil con voz queda.- Profesora, ¿le ocurre... algo?

-¡¿Si me ocurre algo?!-exclamó Trelawney con una voz cargada de emoción.- ¡No, claro que no! Me han insultado, desde luego... han hecho insinuaciones contra mí...han formulado acusaciones infundadas...pero ¡no, no me ocurre nada!-inspiró hondo con un estremecimiento y dejó de mirar a Parvati; las lágrimas resbalaban por debajo de sus gafas.- No me importa que no hayan tenido en cuenta mis dieciséis años de abnegado servicio...-prosiguió entrecortadamente.-Por lo visto, eso ha pasado desapercibido...pero ¡no voy a permitir que me insulten, no, señor!

-Pero profesora, ¿quién la ha insultado?-preguntó Tabatha, levantando la mano.

-¡Las autoridades!-contestó la profesora Trelawney con una voz grave, dramática y temblorosa.- Sí, aquellos que tienen los ojos tan cegados por las cosas vulgares que no pueden ver como yo veo, para saber cómo yo sé...las videntes siempre han inspirado temor, desde luego; siempre han sido objeto de persecución...ése es, lamentablemente, nuestro destino.-la pelirroja se deslizó por el puf y se acercó a la mujer. Del interior de su túnica extrajo un pañuelo blanco y se lo tendió. La profesora lo aceptó, mascullando un gracias. Luego Tabatha sacó menos de la mitad de una barra de chocolate.

-Alguien una vez me dijo que el chocolate alivia los males.-murmuró, tendiéndole el dulce.

Trelawney tragó saliva, se secó las mejillas con una punta del chal y con el pañuelo  se sonó la nariz. Dentro de uno de los miles bolsillos, guardó el chocolate.

-Profesora...-insistió Parvati.- ¿Se refiere a... la profesora Umbridge?

-¡No menciones a esa mujer en mi presencia!-gritó Trelawney poniéndose en pie; sus collares de cuentas tintinearon y sus gafas lanzaron destellos.- ¡Hagan el favor de seguir con su trabajo!

Y pasó el resto de la clase paseándose entre los alumnos. Las lágrimas continuaban brotando detrás de sus gafas y no paraba de murmurar lo que parecían amenazas.

-Nada de entrenamientos de Quidditch.-murmuró Angelina con voz apagada aquella noche cuando el cuarteto entró en la sala común después de cenar.

-Pero ¡si he controlado mi genio!-exclamó Harry, horrorizado.- No le he dicho nada, Angelina, te lo juro...

-Ya lo sé, ya lo sé.-interrumpió ella con tristeza.- Me ha dicho que necesita un poco de tiempo para pensarlo.

-Para pensar ¿qué?-preguntó Ron muy enojado.-A los de Slytherin les ha dado permiso. ¿Por qué no va a dárnoslo a nosotros?-la capitana se encogió de hombros.

-Bueno.-comentó Hermione.-Mira la parte positiva del asunto, ¡al menos ahora tendrás tiempo para escribir la redacción para Snape!

-¿Ésa es la parte positiva?-espetó Tabatha.- No hay nada mejor que un entrenamiento, no tener que estar confinada en la torre de Gryffindor, viendo como Harry hace su redacción de pociones.-se volvió a su mellizo.-Saca las cosas y ponte a hacer la tarea.-se contradijo.

Harry se dejó caer en una butaca, sacó a regañadientes de la mochila el material necesario para escribir su redacción de Pociones y se puso a trabajar. Pero le costaba mucho concentrarse, y aunque sabía que Sirius no aparecería en la chimenea hasta mucho más tarde, su mirada se dirigía de forma inconsciente hacia las llamas, por si acaso. Además, había muchísimo ruido en la sala común: parecía que Fred y George habían perfeccionado por fin una clase de golosinas del Surtido Saltaclases, y se turnaban para hacer una demostración de sus efectos ante un animado grupo de curiosos.  Primero, Fred mordía un trocito del extremo de color naranja de un chicle y empezaba a vomitar espectacularmente en un cubo que habían colocado delante de él. A continuación se tragaba, aunque con dificultad, el extremo de color morado del chicle, y los vómitos cesaban de inmediato. Lee Jordan, que desempeñaba la función de ayudante en la exhibición, hacía desaparecer el vómito, a intervalos regulares. Entre el ruido de las vomiteras, los vítores y los gritos de Fred y George, que no paraban de anotar pedidos de sus compañeros, a Harry le resultaba muy difícil pensar cuál era el método correcto de elaboración de la solución fortificante. Su hermana tampoco lo ayudaba nada, porque a Harry lo distraían sobre todo los resoplidos de desaprobación que ella dedicaba a las exclamaciones de entusiasmo y al ruido que los vómitos de los gemelos producían al caer en el fondo del cubo.

-Si tanto te molesta, ¿por qué no vas y les dices que paren?-preguntó Harry con irritación después de tachar por cuarta vez una medida equivocada de polvo de zarpa de grifo.

-No puedo, porque técnicamente no están haciendo nada malo.-contestó la pelirroja apretando los dientes.-Están en su derecho de comerse esas porquerías, y no encuentro ninguna norma que diga que los idiotas que los aclaman no tengan derecho a comprarlas, a menos que esté demostrado que son peligrosas en algún sentido, y no parece que lo sean.

Los cuatro se quedaron mirando cómo George vomitaba a chorro en el cubo, se comía el resto del chicle y se enderezaba, sonriente y con los brazos extendidos, para recibir el prolongado aplauso de su público.

-La verdad es que no entiendo por qué Fred y George sólo aprobaron tres TIMOS cada uno.-comentó Harry mientras observaba cómo los gemelos y Lee recogían las monedas de oro que les arrojaba el entusiasmado corro de alumnos.- Lo hacen muy bien.

-Ya, pero es que sólo saben hacer trucos espectaculares que no tienen ninguna aplicación práctica.-apuntó Hermione con desdén.

-¿Ninguna aplicación práctica?-repitió Ron con crispación.- Hermione, ya llevan ganados unos veintiséis galeones.

Pasó un buen rato hasta que el coro que rodeaba a los gemelos Weasley se dispersó; entonces Fred, Lee y George se sentaron para contar sus beneficios, de modo que era más de medianoche cuando el cuarteto dispusieron por fin de la sala común para ellos solos. Fred había cerrado la puerta de los dormitorios de los chicos tras él, agitando ostentosamente su caja llena de galeones. Harry, que no avanzaba mucho con su redacción de Pociones, decidió dejarlo por aquella noche. Cuando estaba guardando sus libros, Ron, que dormitaba en una butaca, soltó un gruñido ahogado, despertó y miró con cara de sueño la chimenea.

-¡Sirius!-exclamó.

Harry se volvió con brusquedad. La oscura y despeinada cabeza de su padrino había vuelto a aparecer entre las llamas.

-¡Hola!-saludó sonriente.

-¡Hola!-corearon los chicos, y se arrodillaron en la alfombra que había delante de la chimenea. Crookshanks se acercó al fuego, ronroneando ruidosamente, e intentó, pese al calor, acercar su cara a la de Sirius.

-¿Cómo va todo?

-No muy bien.-contestó Harry mientras Hermione apartaba a Crookshanks para que no se chamuscara los bigotes.- El Ministerio ha aprobado otro decreto por el que quedan prohibidos los equipos de quidditch...

-... ¿y los grupos secretos de Defensa Contra las Artes Oscuras?-preguntó Sirius.

Hubo una breve pausa.

-¿Cómo sabes eso?-inquirió Harry.

-Deberían elegir con más cuidado sus lugares de reunión.-repuso Sirius sonriendo abiertamente.-Mira que escoger Cabeza de Puerco, ¡menuda ocurrencia!

-¡Bueno, no me negarás que era mejor que Las Tres Escobas!-replicó Hermione a la defensiva.- Porque ese local siempre está abarrotado de gente...

-Lo cual significa que no habría sido tan fácil que os oyeran.-comentó Sirius.- Todavía tienes mucho que aprender, Hermione.

-¿Quién nos oyó?-preguntó Harry.

-Mundungus, por supuesto.-respondió Sirius, y como todos parecían muy desconcertados, rió y añadió.-Era la bruja del velo negro.

-¿La bruja era Mundungus?-se extrañó la pelirroja, atónita.- ¿Y qué hacía en Cabeza de Puerco?

 -¿A ti qué te parece que hacía allí?-dijo Sirius, impaciente.- Vigilarlos, claro.

-¿Todavía nos siguen?-preguntó Harry con enojo.

-Sí.-confirmó Sirius.-Y me alegro de que así sea, si lo único que se te ocurre hacer en la primera excursión es organizar un grupo ilegal de defensa.- pero el hombre no parecía ni enfadado ni preocupado, sino que, al contrario, miraba a su ahijado con evidente orgullo.

-¿Por qué se escondió Dung de nosotros?-inquirió Ron un tanto decepcionado.-A todos nos habría encantado verlo.

-Le prohibieron la entrada en Cabeza de Puerco hace veinte años.-explicó Sirius.-Y ese camarero tiene una memoria de elefante. Perdimos la capa invisible de recambio de Moody cuando detuvieron a Sturgis, de modo que últimamente Dung se disfraza a menudo de bruja...en fin, antes que nada, Ron, me he comprometido a hacerte llegar un mensaje de tu madre.

-¿Ah, sí?-dijo Ron con aprensión.

-Dice que ni se te ocurra, bajo ningún concepto, formar parte de un grupo secreto e ilegal de Defensa Contra las Artes Oscuras porque te expulsarán del colegio y arruinarás tu futuro. Dice que ya tendrás tiempo de aprender a defenderte por tus propios medios más adelante y que aún eres demasiado joven para preocuparte por esas cosas. Del mismo modo aconseja a Harry, Tabatha y a Hermione.-Sirius dirigió la mirada hacia ellos.-Que no sigan adelante con el grupo, aunque admite que no tiene ninguna autoridad para ordenarles nada, pero simplemente les ruega que recuerden que sólo quiere lo mejor para ellos. Le habría gustado explicarte todo esto por escrito, Ron, pero si hubieran interceptado la lechuza, habrías tenido graves problemas, y no te lo puede decir en persona porque esta noche está de guardia.

-¿De guardia? ¿Dónde?-preguntó rápidamente Ron.

-Eso no es asunto tuyo, son cosas de la Orden.-respondió Sirius.-Así que me ha tocado a mí hacer de mensajero y asegurarme de que le comunicas que te he transmitido el mensaje, porque me parece que no se fía de mí.

Hubo otra pausa, durante la cual Crookshanks, que maullaba, intentó tocar con la pata la cabeza de Sirius, y Ron se puso a hurgar en un agujero que había en la alfombrilla.

-¿Qué quieres, que te diga que no voy a participar en el grupo de defensa?-murmuró finalmente.

-¿Yo? ¡Claro que no!-exclamó Sirius con sorpresa.- ¡Creo que es una idea excelente!

-¿Ah, sí?-dijo Harry, y se le levantaron los ánimos.

-¡Por supuesto! ¿Acaso crees que tu padre y yo nos habríamos quedado de brazos cruzados y habríamos aceptado las órdenes de una arpía como la profesora Umbridge?

-Pero... el curso pasado lo único que hiciste fue decirme que tuviera cuidado y que no me arriesgara...

-¡El curso pasado había indicios de que dentro de Hogwarts había alguien que intentaba matarlos, Harry!-argumentó Sirius con impaciencia.- Este año sabemos que hay alguien fuera de Hogwarts que está deseando liquidarnos a todos, así que creo que es una idea estupenda que aprendan a defenderse ustedes mismos.

-¿Y si nos expulsan?-preguntó Tabatha, desafiante.

-¡Todo esto fue idea de Hermione!-gritó Harry mirando a su amiga fijamente.

-Ya lo sé.-asintió la aludida.- Sólo quería saber qué opinaba Sirius.-replicó ella encogiéndose de hombros.

-Bueno, estarán mejor si los expulsan pero son capaces de defenderse, que si se quedan sentados a salvo en el colegio sin hacer nada.-consideró Sirius.

-¡Eso, eso!-saltaron Harry y Ron con entusiasmo.

-Y bien.-continuó Sirius.- ¿Cómo piensan organizar ese grupo? ¿Dónde van a reunirse?

-Bueno, ése es un problema que todavía no hemos solucionado.-admitió Harry.- No sabemos adónde podemos ir.

-¿Y la Casa de los Gritos?-propuso Sirius.

-¡Eh, no es mala idea!-exclamó Ron.

-Verás, Sirius, es que en la Casa de los Gritos sólo se reunían cuatro cuando venían a este colegio.-explicó Hermione.-Y los cuatro podían transformarse en animales; supongo que también habrían podido apretujarse bajo una única capa invisible si hubieran querido. Pero nosotros somos veintiocho y sólo Tab es animago, así que no necesitaríamos una capa invisible, sino un toldo invisible...

-Tienes razón.-coincidió Sirius, que parecía un poco alicaído.- Bueno, estoy seguro de que ya se les ocurrirá algo. Había un pasadizo secreto muy espacioso detrás de ese gran espejo del cuarto piso; allí quizá tendrían suficiente espacio para practicar embrujos.

-Fred y George me dijeron que está bloqueado.-intervino Tabatha, haciendo un gesto negativo con la cabeza.-Creo que se derrumbó o algo así.

-Ah...-dijo Sirius frunciendo el entrecejo.- Bueno, ya lo pensaré y les...-se interrumpió antes de terminar la frase. De pronto, su expresión se tornó tensa y alarmada. Se volvió hacia un lado y tuvieron la sensación de que intentaba encontrar algo en la sólida pared de ladrillo de la chimenea.

-¡Sirius!-exclamó Harry, preocupado. Pero el rostro de su padrino había desaparecido. Harry se quedó mirando las llamas y luego se volvió hacia Ron y Hermione.- ¿Por qué ha...?

Entonces las chicas soltaron un grito ahogado y se pusieron en pie de un brinco sin apartar la vista del fuego. Entre las llamas había aparecido una mano que buscaba a tientas como si quisiera tomar algo; era una mano de dedos cortos y regordetes llenos de feos y anticuados anillos.

Los cuatro echaron a correr. Al llegar a la puerta de los dormitorios de los chicos, Harry miró hacia atrás. La mano de la profesora Umbridge seguía agitándose entre las llamas con la intención de agarrar algo, como si supiera exactamente dónde había estado el cabello de Sirius hasta momentos antes y estuviera decidida a aferrarse a él.