"Los mellizos Potter" — capítulo 71
Capítulo 16:
Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas
La señora Pomfrey insistió en que los mellizos se quedaran en la enfermería el fin de semana. Ellos no se quejaron, pero no le permitieron que tirase los restos de las Nimbus 2.000. Sabían que era una tontería y que las escobas no podían repararse, pero ellos no podían evitarlo. Era como perder a dos de sus mejores amigos.
Los visitaron gente sin parar; todos con la intención de infundirles ánimos. Hagrid les envió unas flores llenas de tijeretas y que parecían coles amarillas, y Ginny Weasley, sonrojada, apareció con una tarjeta de saludo para Harry, que ella misma había hecho y que cantaba con voz estridente salvo cuando se cerraba y se metía debajo del frutero.
El equipo de Gryffindor volvió a visitarlos el domingo por la mañana, esta vez con Wood, que aseguró a Harry con voz de ultratumba que no lo culpaba en absoluto. Ron y Hermione no se iban hasta que llegaba la noche. Pero nada de cuanto dijeran o hiciesen podía aliviar a los mellizos, porque los demás sólo conocían la mitad de lo que les preocupaba.
No le habían dicho nada a nadie acerca del Grim, ni siquiera a sus mejores, porque sabía que Ron se asustaría y Hermione se burlaría. El hecho era, sin embargo, que el Grim se les había aparecido dos veces y en las dos ocasiones habían tenido accidentes casi fatales.
Y luego estaban los Dementores. Los mellizos se sentían muy humillados cada vez que pensaban en ellos. Todo el mundo decía que los Dementores eran espantosos, pero nadie se desmayaba al verlos... Nadie más oía en su cabeza el eco de los gritos de sus padres antes de morir. Porque ellos sabían ya de quién era aquella voz que gritaba. En la enfermería, desvelado durante la noche, contemplando las rayas que la luz de la luna dibujaba en el techo, oían sus palabras una y otra vez. Cuando se le acercaban los Dementores, oían los últimos gritos de su madre, su afán por protegerlos de lord Voldemort, y las carcajadas de este antes de matarla...
Fue un alivio regresar el lunes al bullicio del colegio, donde estaban obligados a pensar en otras cosas, aunque Harry tuviera que soportar las burlas de Draco. Malfoy no cabía en sí de gozo por la derrota de Gryffindor. Por fin se había quitado las vendas y lo había celebrado parodiando la caída de Harry sobre Tabatha. La mayor parte de la siguiente clase de Pociones la pasó Malfoy imitando por toda la mazmorra a los Dementores. Llegó un momento en que Ron no pudo soportarlo más y le arrojó un corazón de cocodrilo grande y viscoso. Le dio en la cara y consiguió que Snape le quitara cincuenta puntos a Gryffindor.
-Si Snape vuelve a dar la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, me pondré enfermo.-explicó Ron, mientras se dirigían al aula de Lupin, tras el almuerzo.- Mira a ver quién está, Tabatha.-la pelirroja se asomó al aula y una gran sonrisa surco su rostro.
-¡Estupendo!-exclamó. El profesor Lupin había vuelto al aula. Ciertamente, tenía aspecto de convaleciente. La túnica de siempre le quedaba grande y tenía ojeras. Sin embargo, sonrió a los alumnos mientras se sentaban, y ellos prorrumpieron inmediatamente en quejas sobre el comportamiento de Snape durante su ausencia.
-No es justo. Sólo estaba haciendo una sustitución ¿Por qué tenía que mandarnos trabajo?-reprochó Lavander.
-No sabemos nada sobre los hombres lobo...-se quejó Seamus
-¡... dos pergaminos!-exclamó Ron.
-¿Le dijeron al profesor Snape que todavía no habíamos llegado ahí?-preguntó el Lupin, frunciendo un poco el entrecejo.
-Sí, pero dijo que íbamos muy atrasados...-se quejó Tabatha.
-... no nos escuchó…-
-¡... dos pergaminos!-el profesor Lupin sonrió ante la indignación que se dibujaba en todas las caras.
-No se preocupen. Hablaré con el profesor Snape. No tendrán que hacer el trabajo.
-¡Oh, no!-exclamó Hermione, decepcionada.- ¡Yo ya lo he terminado! -
Tuvieron una clase muy agradable. El profesor Lupin había llevado una caja de cristal que contenía un Hinkypunks, una criatura pequeña de una sola pata que parecía hecha de humo, enclenque y aparentemente inofensiva.
-Atrae a los viajeros a las ciénagas.-explicó Lupin mientras los alumnos tomaban apuntes.- ¿Ven el farol que le cuelga de la mano? Le sale al paso, el viajero sigue la luz y entonces...-el Hinkypunks produjo un chirrido horrible contra el cristal. Al sonar el timbre, todos, los mellizos entre ellos, recogieron sus cosas y se dirigieron a la puerta, pero...-Esperen un momento, Harry, Tabatha.-los detuvo.-Me gustaría hablar un momento ustedes.-ellos volvieron sobre sus pasos, viendo al profesor cubrir la caja del Hinkypunks.- Me han contado lo del partido.-habló Lupin, volviendo a su mesa y metiendo los libros en su maletín.- Y lamento mucho lo de sus escobas. ¿Será posible arreglarlas?
-No.-contestó Harry.- El árbol la hizo trizas.-Lupin suspiró.
-Plantaron el Sauce Boxeador el mismo año que llegué a Hogwarts. La gente jugaba a un juego que consistía en aproximarse lo suficiente para tocar el tronco. Un chico llamado Davey Gudgeon casi perdió un ojo y se nos prohibió acercarnos. Ninguna escoba habría salido airosa.-
-¿Ha oído también lo de los Dementores?-preguntó Harry, haciendo un esfuerzo. Lupin le dirigió una mirada rápida.
-Sí, lo oí. Creo que nadie ha visto nunca tan enfadado al profesor Dumbledore. Están cada vez más rabiosos porque Dumbledore se niega a dejarlos entrar en los terrenos del colegio... Fue la razón por la que se cayeron, ¿no?
-Sí.-habló Tabatha. Dudó un momento y se le escapó la pregunta que le rondaba por la cabeza.- ¿Por qué? ¿Por qué nos afectan de esta manera? ¿Acaso somos...?-
-No tiene nada que ver con la cobardía.-respondió el profesor tajantemente, como si le hubiera leído el pensamiento.- Los Dementores les afectan más que a los demás porque en sus pasados hay cosas horribles que los demás no tienen.-un rayo de sol invernal cruzó el aula, iluminando el cabello gris de Lupin y las líneas de su joven rostro.-Los Dementores están entre las criaturas más nauseabundas del mundo. Infestan los lugares más oscuros y más sucios. Disfrutan con la desesperación y la destrucción ajenas, se llevan la paz, la esperanza y la alegría de cuanto les rodea. Incluso los Muggles perciben su presencia, aunque no pueden verlos. Si alguien se acerca mucho a un Dementor; éste le quitará hasta el último sentimiento positivo y hasta el último recuerdo dichoso. Si puede, él se alimentará hasta convertirlo en su semejante: en un ser desalmado y maligno. Le dejará sin otra cosa que las peores experiencias de su vida. Y el peor de tus recuerdos, Tabatha, es tan horrible que derribaría a cualquiera de su escoba. No tienen de qué avergonzarse.
-Cuando hay alguno cerca de nosotros...-Harry miró la mesa de Lupin, luego paso la mirada hacia su hermana, con los músculos del cuello tensos.- Oímos el momento en que Voldemort mató a nuestra madre.-Lupin hizo con el brazo un movimiento repentino, como si fuera a tomarlos de los hombros a los mellizos, pero lo pensó mejor...
-¿Por qué acudieron al partido?-preguntó la pelirroja con tristeza.
-Están hambrientos.-explicó Lupin tranquilamente, cerrando el maletín, que dio un chasquido.-Dumbledore no los deja entrar en el colegio, de forma que su suministro de presas humanas se ha agotado... Supongo que no pudieron resistirse a la gran multitud que había en el estadio. Toda aquella emoción... El ambiente caldeado... Para ellos, tenía que ser como un banquete.
-Azkaban debe de ser horrible.-masculló Harry. Lupin asintió con melancolía.
-La fortaleza está en una pequeña isla, perdida en el mar. Pero no hacen falta muros ni agua para tener a los presos encerrados, porque todos están atrapados dentro de su propia cabeza, incapaces de tener un pensamiento alegre. La mayoría enloquece al cabo de unas semanas.-
-Pero Sirius Black escapó.-comentó el azabache.- Escapó... -el maletín cayó de la mesa. Tanto Tabatha como el profesor, se inclinaron para tomarlo.
-Sí. Gracias.- dijo incorporándose.-Black debe de haber descubierto la manera de hacerles frente. Yo no lo habría creído posible... En teoría, los Dementores quitan al brujo todos sus poderes si están con él el tiempo suficiente.
-Usted ahuyentó en el tren a aquel Dementor.-recordó la pelirroja de repente.
-Hay algunas defensas que uno puede utilizar.-explicó Lupin.-Pero en el tren sólo había uno. Cuantos más hay, más difícil resulta defenderse.
-¿Qué defensas?-preguntó Harry inmediatamente.- ¿Puede enseñarnos?
-No soy ningún experto en la lucha contra los Dementores, Harry. Más bien lo contrario...-
-Pero si los ellos acuden a otro partido de Quidditch, tenemos que tener algún arma contra ellos.-Lupin vio a Tabatha tan decidida que dudó un momento.
-Bueno, de acuerdo. Intentaré ayudarlos. Pero me temo que no podrá ser hasta el próximo trimestre. Tengo mucho que hacer antes de las vacaciones. Elegí un momento muy inoportuno para caer enfermo.-
..*
Con la promesa de que Lupin les daría clases anti-Dementores, la esperanza de que tal vez no tuvieran que volver a oír la muerte de su madre, y la derrota que Ravenclaw infligió a Hufflepuff en el partido de Quidditch de finales de noviembre, el estado de ánimo de los mellizos, mejoró mucho. Gryffindor no había perdido todas las posibilidades de ganar la copa, aunque tampoco podían permitirse otra derrota. Oliver recuperó su energía obsesiva y entrenó al equipo con la dureza de costumbre bajo la fría llovizna que persistió durante todo el mes de diciembre. Ellos no vieron la menor señal de los Dementores dentro del recinto del colegio. La ira de Dumbledore parecía mantenerlos en sus puestos, en las entradas.
Dos semanas antes de que terminara el trimestre, el cielo se aclaró de repente, volviéndose de un deslumbrante blanco opalino, y los terrenos embarrados aparecieron una mañana cubiertos de escarcha. Dentro del castillo había ambiente navideño. El profesor Flitwick, ya había decorado su aula con luces brillantes que resultaron ser hadas de verdad, que revoloteaban. Los alumnos comentaban entusiasmados sus planes para las vacaciones. Ron y Hermione habían decidido quedarse en Hogwarts, y aunque Ron dijo que era porque no podía aguantar a Percy durante dos semanas, y Hermione alegó que necesitaba utilizar la biblioteca, no consiguieron engañar a Harry ni a Tabatha. Se quedaban para hacerles compañía y ellos se sintieron muy agradecido.
Para satisfacción de todos menos de los niños Potter, estaba programada otra salida a Hogsmeade para el último fin de semana del trimestre. Resignados a ser los únicos de tercero que no irían, Harry le pidió prestado a Wood su ejemplar de El mundo de la escoba, y decidió pasar el día informándose sobre los diferentes modelos y Tabatha leería por décima vez la novela Muggle que le regaló Hermione en segundo año.
La mañana del sábado de la excursión, se despidieron de Ron y de Hermione, envueltos en capas y bufandas, y subieron solo la escalera de mármol que conducía a la torre de Gryffindor. Había empezado a nevar y el castillo estaba muy tranquilo y silencioso.
-¡Hey, chicos! -ambos dieron la vuelta a mitad del corredor del tercer piso y vieron a Fred y a George que los miraban desde detrás de la estatua de una bruja tuerta y jorobada.
-¿Qué hacen?-preguntó Harry con curiosidad.- ¿Cómo es que no están camino de Hogsmeade?-
-Hemos venido a darles un poco de alegría antes de irnos.-le dijo Fred guiñándole el ojo misteriosamente.-Entren aquí... - señaló con la cabeza un aula vacía que estaba a la izquierda de la estatua de la bruja. Los mellizos entraron detrás de Fred y George. Este último cerró la puerta sigilosamente y se volvió, mirando a Harry y a Tabatha con una amplia sonrisa.-Un regalo navideño por adelantado.- Fred sacó algo de debajo de la capa y lo puso en una mesa, haciendo con el brazo un ademán rimbombante. Era un pergamino grande, cuadrado, muy desgastado. No tenía nada escrito. Harry, sospechando que fuera una de las bromas de Fred y George, lo miró con detenimiento.
-¿Qué es?- preguntó la pelirroja.
-Esto, Tabi, es el secreto de nuestro éxito.-explicó George, acariciando el pergamino.
-Nos cuesta desprendernos de él.-agregó Fred.-Pero anoche llegamos a la conclusión de que ustedes lo necesitan más que nosotros.
-De todas formas, nos lo sabemos de memoria. Suyo es. A nosotros ya no nos hace falta.-
-¿Y para qué necesitamos un pergamino viejo?-preguntó Harry.
-¡Un pergamino viejo!-exclamó Fred, cerrando los ojos y haciendo una mueca de dolor; como si lo hubiera ofendido gravemente.- Explícaselos, George.
-Bueno, chicos…cuando estábamos en primero...-y éramos jóvenes, despreocupados e inocentes...-los mellizos se rieron. Dudaban que Fred y George hubieran sido inocentes alguna vez.-Bueno, más inocentes de lo que somos ahora... tuvimos un pequeño problema con Filch.-
-Tiramos una bomba fétida en el pasillo y se molestó.
-Así que nos llevó a su despacho y empezó a amenazarnos con el habitual...
-... castigo...
-... de descuartizamiento...
-... y fue inevitable que viéramos en uno de sus archivadores un cajón en que ponía -Confiscado y altamente peligroso.
-No me digan...-murmuró Tabatha sonriendo.
-Bueno, ¿qué habrían hecho ustedes?-preguntó Fred.- George se encargó de distraerlo lanzando otra bomba fétida, yo abrí a toda prisa el cajón y tomé... esto.-
-No fue tan malo como parece.-dijo George.-Creemos que Filch no sabía utilizarlo. Probablemente sospechaba lo que era, porque si no, no lo habría confiscado.
-¿Y sabéis utilizarlo?-preguntó la pelirroja.
-Si.-respondió Fred, sonriendo con complicidad.- Esta pequeña maravilla nos ha enseñado más que todos los profesores del colegio.-
-Nos están tomando el pelo.-murmuró Harry, mirando el pergamino.
-Ah, ¿sí? ¿Les estamos tomando el pelo?-replicó George. Sacó la varita, tocó con ella el pergamino.- Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.-e inmediatamente, a partir del punto en que había tocado, empezaron a aparecer unas finas líneas de tinta, como filamentos de telaraña. Se unieron unas con otras, se cruzaron y se abrieron en abanico en cada una de las esquinas del pergamino. Luego empezaron a aparecer palabras en la parte superior. Palabras en caracteres grandes, verdes y floreados.
Los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta proveedores de artículos para magos traviesos están orgullosos de presentar EL MAPA DEL MERODEADOR
Era un mapa que mostraba cada detalle del castillo de Hogwarts y de sus terrenos. Pero lo más extraordinario eran las pequeñas motas de tinta que se movían por él, cada una etiquetada con un nombre escrito con letra diminuta. Estupefacto, los mellizos se inclinaron sobre el mapa. Una mota de la esquina superior izquierda, etiquetada con el nombre del profesor Dumbledore, lo mostraba caminando por su estudio. La gata del Filch, la Señora Norris, patrullaba por la segunda planta, y Peeves se hallaba en aquel momento en la sala de los trofeos, dando tumbos. Y mientras los ojos de ambos Potter recorrían los pasillos que conocía, se percató de otra cosa: aquel mapa mostraba una serie de pasadizos en los que ellos no habían entrado nunca. Muchos parecían conducir...
-Exactamente a Hogsmeade.-dijo Fred, recorriéndolos con el dedo.-Hay siete en total. Ahora bien, Filch conoce estos cuatro.- señaló.- Pero nosotros estamos seguros de que nadie más conoce estos otros. Olvídense de éste de detrás del espejo de la cuarta planta. Lo hemos utilizado hasta el invierno pasado, pero ahora está completamente bloqueado. Y en cuanto a éste, no creemos que nadie lo haya utilizado nunca, porque el sauce boxeador está plantado justo en la entrada. Pero éste de aquí lleva directamente al sótano de Honeydukes. Lo hemos atravesado montones de veces. Y la entrada está al lado mismo de esta aula, como quizás hayan notado, en la joroba de la bruja tuerta.
-Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta.-suspiró George, señalando la cabecera del mapa.-Les debemos tanto...
-Hombres nobles que trabajaron sin descanso para ayudar a una nueva generación de quebrantadores de la ley.-prosiguió Fred solemnemente.
-Bien.-añadió George.-No olviden borrarlo después de haberlo utilizado.
-De lo contrario, cualquiera podría leerlo.-continúo Fred en tono de advertencia.
-No tienen más que tocarlo con la varita y decir ¡Travesura realizada!, y se quedará en blanco.
-Así que, joven Harry, pequeña Tabatha.-dijo Fred, imitando a Percy admirablemente-Pórtense bien.
-Nos veremos en Honeydukes.-añadió George, guiñándole un ojo a la pelirroja.