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"Los mellizos Potter" — capítulo 72

Capítulo 17:

"Una verdad dolorosa para los mellizos…"

Salieron del aula sonriendo con satisfacción. Los hermanos Potter se quedaron allí, mirando el mapa milagroso. Vieron que la mota de tinta que correspondía a la Señora Norris se volvía a la izquierda y se paraba a olfatear algo en el suelo. Si realmente Filch no lo conocía, ellos no tendrían que pasar por el lado de los Dementores. Pero incluso mientras permanecían allí, emocionados, Tabatha recordó algo que en una ocasión había oído al señor Weasley.

-No confíes en nada que piense si no ves dónde tiene el cerebro.-

Aquel mapa parecía uno de aquellos peligrosos objetos mágicos contra los que el señor Weasley les advertía. Ahora bien, meditó Harry, ellos sólo querían utilizarlo para ir a Hogsmeade. No era lo mismo que robar o atacar a alguien... Y Fred y George lo habían utilizado durante años sin que ocurriera nada horrible.

 La pelirroja recorrió con el dedo el pasadizo secreto que llevaba a Honeydukes. Entonces, muy rápidamente, como si obedeciera una orden,  Harry enrolló el mapa, se lo escondió en la túnica y se fueron a toda prisa hacia la puerta del aula. La abrió cinco centímetros. No había nadie allí fuera. Con mucho cuidado, salieron del aula y se colocaron detrás de la estatua de la bruja tuerta.

-¿Qué tenía que hacer?-preguntó el azabache, mirando a la bruja. Volvió a sacar el mapa y ambos vieron con asombro que en él habían aparecido dos mota de tinta con el rótulo Harry y Tabatha Potter. Estas motas se encontraban exactamente donde estaba ellos, hacia la mitad del corredor de la tercera planta. Harry lo miró con atención. Su otro yo de tinta parecía golpear a la bruja con la varita. Rápidamente, extrajo su varita y le dio a la estatua unos golpecitos. Nada ocurrió. Volvió a mirar el mapa. Al lado de la mota había un diminuto letrero, como un bocadillo de tebeo con un hechizo.

-¡Dissendio!-susurró la pelirroja, pegándole suavemente con su varita.

Inmediatamente, la joroba de la estatua se abrió lo suficiente para que pudiera pasar por ella una persona delgada.

-Vamos.-ordenó el azabache. Harry miró a ambos lados del corredor, guardó el mapa, metió la cabeza por el agujero y se impulsó hacia delante, seguido de su hermana. Se deslizaron por un largo trecho de lo que parecía un tobogán de piedra y aterrizaron en una tierra fría y húmeda. Se pusieron en pie, mirando a su alrededor.

Estaba totalmente oscuro. Ambos levantaron las varitas, murmurando Lumos, y vieron que se encontraban en un pasadizo muy estrecho, bajo y cubierto de barro. Harry levantó el mapa, lo golpeó con la punta de la varita diciendo Travesura realizada El pergamino quedó inmediatamente en blanco. Lo dobló con cuidado, se lo guardó en la túnica, y con el corazón latiéndole con fuerza, sintiéndose al mismo tiempo emocionado y temeroso, se puso en camino junto a su melliza.

El pasadizo se doblaba y retorcía, más parecido a la madriguera de un conejo gigante que a ninguna otra cosa. Ambos corrieron por él, con las varita por delante, tropezando de vez en cuando en el suelo irregular.

Tardaron mucho, pero les animaba la idea de llegar a Honeydukes. Después de una hora más o menos, el camino comenzó a ascender. Jadeando, aceleraron el paso. Tenían los rostros calientes y los pies muy fríos. Diez minutos después, llegaron al pie de una escalera de piedra que se perdía en las alturas. Procurando no hacer ruido, comenzaron a subir.

-¿Crees que sea correcto hacer esto?-preguntó la pelirroja, mientras se apresuraba por seguirle el paso a su hermano.- ¿Qué pasa si alguien nos descubre y le cuenta a McGonagall?-

-Tab, todo saldrá bien.-murmuró Harry, mirándola de reojo.- Tengo la capa, nadie notará nuestra presencia.-

 Cien escalones, doscientos... ambos perdieron  la cuenta mientras subían mirándose los pies... Luego, de improviso, la cabeza del chico Potter dio contra algo duro. Parecía una trampilla. Aguzó el oído mientras se sobaba la coronilla. No oía nada. Muy despacio, levantó ligeramente la trampilla y miró por la rendija. Se encontraba en un sótano lleno de cajas y cajones de madera.

-¿Podemos salir?-murmuró Tabatha, estando debajo de Harry. Él asintió y la ayudo a salir, para luego volver a bajar la trampilla. Anduvieron sigilosamente hacia la escalera de madera. Ahora oían voces, además del tañido de una campana y el chirriar de una puerta al abrirse y cerrarse.

Mientras se preguntaban qué harían, se oyó el abrir de otra puerta mucho más cerca de ellos. Alguien se dirigía hacia allí. El azabache tomó la mano de su hermana y ambos se escondieron detrás de unas grandes cajas.

-Y toma otra caja de babosas de gelatina, querido. Casi se han acabado.-habló una voz femenina. Un par de pies bajaba por la escalera. Un hombre movía unas cajas y las ponía contra la pared de enfrente. Rápida y sigilosamente, salieron del escondite y subieron por la escalera. Llegaron a la puerta que estaba al final de la escalera, la atravesaron y se encontraron tras el mostrador de Honeydukes. Agacharon la cabeza, saliendo a gatas y se volvieron a incorporar.

Honeydukes estaba tan abarrotada de alumnos de Hogwarts que nadie se fijó en los mellizos. Pasaron por detrás de ellos, mirando a su alrededor; y tuvieron que contener la risa al imaginarse la cara que pondría Dudley si pudiera ver dónde se encontraban. La tienda estaba llena de estantes repletos de los dulces más apetitosos que se puedan imaginar.

Tuvieron que apretujarse entre una multitud de chicos de sexto, y vieron un letrero colgado en el rincón más apartado de la tienda. Ron y Hermione estaban debajo, observando una bandeja de pirulíes con sabor a sangre. Ellos se les acercaron a hurtadillas por detrás.

-Harry no querrá de éstos. Creo que son para vampiros.-decía Hermione, dejando los que había tomado.  

-¿Crees que a Tabatha les gusten estos?-preguntó Ron acercando un tarro de cucarachas a la nariz de la castaña.

-Aún peor.-murmuraron los mellizos. A Ron casi se le cayó el bote.

-¡Chicos!-gritó Hermione.- ¿Qué hacen aquí? ¿Cómo... como lo han hecho...?-

-¡Ahí va!-dijo Ron muy impresionado.- ¡Han aprendido a materializarse!-  

-Por supuesto que no.-repuso Harry. Bajó la voz para que ninguno de los de sexto pudiera oírle y les contó lo del mapa del merodeador.

-¿Por qué Fred y George no me lo han dejado nunca?-preguntó el pelirrojo, indignado.- ¡Son mis hermanos!

-¡Pero ellos no se quedará con él!-dijo Hermione, como si la idea fuera absurda.-Se lo entregarán a la profesora McGonagall. ¿A que sí, chicos?-

-¡No!-contestó Harry.

-¿Estás loca?-preguntó Ron, mirando a la castaña con ojos muy abiertos.- ¿Entregar algo tan estupendo?-

-¡Si lo entregamos tendremos que explicar dónde lo conseguimos!-explicó la pelirroja.-Filch se enteraría de que Fred y George se lo sacaron.-

-Pero ¿y Sirius Black?-susurró Hermione.- ¡Podría estar utilizando alguno de los pasadizos del mapa para entrar en el castillo! ¡Los profesores tienen que saberlo!-

-No puede entrar por un pasadizo.-repuso enseguida Harry.

-Hay siete pasadizos secretos en el mapa, ¿verdad?-murmuró Tabatha.- Fred y George saben que Filch conoce cuatro. Y en cuanto a los otros tres... uno está bloqueado y nadie lo puede atravesar; otro tiene plantado en la entrada el sauce boxeador; de forma que no se puede salir; y el que acabamos de atravesar..., bien..., es realmente difícil distinguir la entrada, ahí abajo, en el sótano... Así que a menos que supiera que se encontraba allí...-Ron, se aclaró la garganta y señaló un rótulo que estaba pegado en la parte interior de la puerta de la tienda.

POR ORDEN DEL MINISTERIO DE MAGIA

Se recuerda a los clientes que hasta nuevo aviso los Dementores patrullarán las calles cada noche después de la puesta de sol. Se ha tomado esta medida pensando en la seguridad de los habitantes de Hogsmeade y se levantará tras la captura de Sirius Black. Es aconsejable, por lo tanto, que los ciudadanos finalicen las compras mucho antes de que se haga de noche.

¡Felices Pascuas!

-¿Lo ven?-inquirió el joven Weasley en voz baja.-Me gustaría ver a Black tratando de entrar en Honeydukes con los Dementores por todo el pueblo. De cualquier forma, los propietarios de la tienda lo oirían entrar, ¿no? Viven en el piso de arriba.-

-Sí, pero...- Hermione se esforzaba por hallar nuevas objeciones.-Miren, a pesar de lo que digas, ustedes no deberían venir a Hogsmeade porque no tienen autorización. ¡Si alguien los descubre se verán en un grave aprieto! Y todavía no ha anochecido. ¿Qué ocurriría si Sirius Black apareciera hoy? ¿Si apareciera ahora?

-Pues que las pasaría moradas para localizar aquí a los chicos.-dijo Ron, señalando con la cabeza la nieve densa que formaba remolinos al otro lado de las ventanas con parteluz.- Vamos, Hermione, es Navidad. Los mellizos se merecen un descanso.-la castaña se mordió el labio. Parecía muy preocupada.

-¿Nos vas a delatar?-le preguntó Tabatha con una sonrisa.

-Claro que no, pero, la verdad...-

-¿Has visto las Meigas Fritas, Harry?-preguntó Ron, tomándolo del brazo y llevándoselo hasta el tonel en que estaban.

-Tabatha.-la joven Granger, la detuvo antes de que siguiese a los chicos.- Sabes que esto está mal, ¿verdad?-ella asintió.

-Lo sé perfectamente.-respondió.- Pero a veces es bueno salir del esquema y romper alguna que otra regla.- Hermione iba a objetar algo, pero la pelirroja la detuvo.- Volveremos pronto al castillo.-Tabatha le sonrió y se acercó a los otros dos.

  • ¿Y las babosas de gelatina? ¿Y las píldoras ácidas? Fred me dio una cuando tenía siete años. Me hizo un agujero en la lengua. Recuerdo que mi madre le dio una buena tunda con la escoba.-Ron se quedó pensativo, mirando la caja de píldoras.- ¿Creen que Fred picaría y tomaría una cucaracha si le dijera que son cacahuetes?-

..*

Después de pagar los dulces que habían tomado, salieron los cuatro a la ventisca de la calle. Hogsmeade era como una postal de Navidad. Las tiendas y casitas con techumbre de paja estaban cubiertas por una capa de nieve crujiente. En las puertas había adornos navideños y filas de velas embrujadas que colgaban de los árboles.

A los mellizos les dio un escalofrío. A diferencia de Ron y Hermione, no habían tomado sus capas. Subieron por la calle, inclinando la cabeza contra el viento. Ron y Hermione gritaban con la boca tapada por la bufanda.

-¡Ahí está correos!-

-¡Zonko está allí!-

-¡Podríamos ir a la cabaña de los gritos!-

-Les propongo otra cosa.-habló Ron, castañeteando los dientes.- ¿Qué tal si tomamos una cerveza de mantequilla en Las Tres Escobas?-a los chicos Potter les apetecía muchísimo, porque el viento era horrible y tenían las manos congeladas. Así que cruzaron la calle y a los pocos minutos entraron en el bar. Estaba calentito y lleno de gente, de bullicio y de humo. Una mujer guapa y de buena figura servía a un grupo de pendencieros en la barra. -Ésa es la señora Rosmerta.-murmuró.- Voy por las bebidas, ¿eh?-añadió sonrojándose un poco.

Harry, Tabatha y Hermione se dirigieron a la parte trasera del bar; donde quedaba libre una mesa pequeña, entre la ventana y un bonito árbol navideño, al lado de la chimenea.

-Aquí no los verá nadie.-dijo la castaña, mirando para asegurarse de que nadie se hubiera percatado. El pelirrojo regresó cinco minutos más tarde con cuatro jarras de caliente y espumosa cerveza de mantequilla.

-¡Felices Pascuas!-brindó levantando la jarra, muy contento. Harry bebió hasta el fondo, en cambio su hermana, daba pequeños sorbitos. Era lo más delicioso que habían probado en la vida, y reconfortaba cada célula del cuerpo. Una repentina corriente de aire despeinó al azabache. Se había vuelto a abrir la puerta de Las Tres Escobas. Tabatha echó un vistazo por encima de la jarra y casi se atragantó.

El profesor Flitwick y la profesora McGonagall acababan de entrar en el bar con una ráfaga de copos de nieve. Los seguía Hagrid muy de cerca, inmerso en una conversación con un hombre corpulento que llevaba un sombrero hongo de color verde lima y una capa de rayas finas. Cornelius Fudge, el ministro de Magia. En menos de un segundo, Ron y Hermione obligaron a los mellizos a agacharse y esconderse debajo de la mesa, empujándolos con las manos. Chorreando cerveza de mantequilla y en cuclillas, empuñando con fuerza la jarra vacía, observaron los pies de los tres adultos, que se acercaban a la barra, se detenían, se daban la vuelta y avanzaban hacia donde él estaba.

-¡Mobiliarbo!-susurró Hermione. El árbol de Navidad que había al lado de la mesa se elevó unos centímetros, se corrió hacia un lado y, suavemente, se volvió a posar delante de ellos, ocultándolos. Mirando a través de las ramas más bajas y densas, vieron las patas de cuatro sillas que se separaban de la mesa de al lado, y oyeron a los profesores y al ministro resoplar y suspirar mientras se sentaban. Luego vieron otro par de pies con zapatos de tacón alto y de color turquesa brillante.

-Una tacita de alhelí...-

-Para mí.-indicó la voz de la profesora McGonagall.

-Dos litros de hidromiel caliente con especias...-

-Gracias, Rosmerta.-dijo Hagrid.

-Un jarabe de cereza y gaseosa con hielo y sombrilla.-

-¡Mmmm!-exclamó el profesor Flitwick, relamiéndose.

-El ron de grosella tiene que ser para usted, señor ministro.-

-Gracias, Rosmerta, querida.-agradeció la voz de Fudge.-Estoy encantado de volver a verte. Tómate tú otro, ¿quieres? Ven y únete a nosotros...-

-Muchas gracias, señor ministro.- vieron alejarse y regresar los llamativos tacones.

-Debemos volver al castillo.-susurró la pelirroja, mirando por encima de las ramas del árbol de navidad.

-¿Qué le trae por estos pagos, señor ministro?-preguntó Rosmerta.

-¿Qué va a ser, querida?-respondió Fudge, luego de haberse asegurado que nadie les prestaba atención.- Sirius Black. Me imagino que sabes lo que ocurrió en el colegio en Halloween.

-Sí, oí un rumor.-admitió Rosmerta.

-¿Se lo contaste a todo el bar; Hagrid?-inquirió la profesora McGonagall enfadada.

-¿Cree que Black sigue por la zona, señor ministro?-susurró la dueña del bar.

-Estoy seguro.-dijo Fudge escuetamente.

-¿Sabe que los Dementores han registrado ya dos veces este local?-informó Rosmerta.-Me espantaron a toda la clientela. Es fatal para el negocio, señor ministro.

-Rosmerta querida, a mí no me gustan más que a ti.-afirmó con incomodidad.-Pero son precauciones necesarias... Son un mal necesario. Acabo de tropezarme con algunos: están furiosos con Dumbledore porque no los deja entrar en los terrenos del castillo.

-Menos mal.-murmuró la profesora McGonagall tajantemente.- ¿Cómo íbamos a dar clase con esos monstruos rondando por allí?-

-Bien dicho, bien dicho.-habló el profesor Flitwick.

-De todas formas.-objetó Fudge.- Están aquí para defendernos de algo mucho peor. Todos sabemos de lo que Black es capaz...

-¿Saben? Todavía me cuesta creerlo.-dijo pensativa Rosmerta.-De toda la gente que se pasó al lado Tenebroso, Sirius Black era el último del que hubiera pensado... Quiero decir, lo recuerdo cuando era un raño en Hogwarts. Si me hubieran dicho entonces en qué se iba a convertir; habría creído que había tomado demasiado hidromiel.

-No sabes la mitad de la historia, Rosmerta.-agregó Fudge con aspereza.- La gente desconoce lo peor.

-¿Lo peor?-repitió la cantinera con la voz impregnada de curiosidad.- ¿Peor que matar a toda esa gente?-

-Desde luego, eso quiero decir.-afirmó el ministro.

-No puedo creerlo. ¿Qué podría ser peor?-

-Dices que te acuerdas de cuando estaba en Hogwarts, Rosmerta.-susurró la profesora McGonagall.- ¿Sabes quién era su mejor amigo?

-Pues claro.-respondió la mujer riendo ligeramente.-Nunca se veía al uno sin el otro. ¡La de veces que estuvieron aquí! Siempre me hacían reír. ¡Un par de cómicos, Sirius Black y James Potter!-los mellizos se quedaron sin habla en ese momento, pero recobraron el sentido cuando Harry, dejó caer la jarra.

-Exactamente.-dijo la profesora McGonagall.- Black y Potter. Cabecillas de su pandilla. Los dos eran muy inteligentes. Excepcionalmente inteligentes. Creo que nunca hemos tenido dos alborotadores como ellos.

-No sé.-habló Hagrid, riendo entre dientes.-Fred y George Weasley podrían dejarlos atrás.

-¡Cualquiera habría dicho que Black y Potter eran hermanos!-terció el profesor Flitwick.- ¡Inseparables!-

-¡Por supuesto que lo eran!-dijo Fudge.-Potter confiaba en Black más que en ningún otro amigo. Nada cambió cuando dejaron el colegio. Black fue el padrino de boda cuando James se casó con Lily. Luego fue el padrino de Harry y el tío de la pequeña Tabatha. Ellos no saben nada, claro. Ya te puedes imaginar cuánto se impresionarían si lo supiera.-

-¿Porque Black se alió con Quien Ustedes Saben?-susurró la señora Rosmerta.

-Aún peor; querida...-Fudge bajó la voz y continuó en un susurro casi inaudible.-Los Potter no ignoraban que Quien Tú Sabes iba tras ellos. Dumbledore, que luchaba incansablemente contra el Innombrable, tenía cierto número de espías. Uno le dio el soplo y Dumbledore alertó inmediatamente a James y a Lily. Les aconsejó ocultarse. Bien, por supuesto que Quien Tú Sabes no era alguien de quien uno se pudiera ocultar fácilmente. Dumbledore les dijo que su mejor defensa era el encantamiento Fidelio.

-¿Cómo funciona eso?-preguntó Rosmerta, muerta de curiosidad. El profesor Flitwick carraspeó.

-Es un encantamiento tremendamente complicado.-explicó con voz aguda.-Que supone el ocultamiento mágico de algo dentro de una sola mente. La información se oculta dentro de la persona elegida, que es el guardián secreto. Y en lo sucesivo es imposible encontrar lo que guarda, a menos que el guardián secreto opte por divulgarlo. Mientras el guardián secreto se negara a hablar, Quien Tú Sabes podía registrar el pueblo en que estaban James y Lily sin encontrarlos nunca, aunque tuviera la nariz pegada a la ventana de la salita de estar de la pareja.

-¿Así que Black era el guardián secreto de los Potter?-susurró la señora Rosmerta.

-Naturalmente.-dijo la profesora McGonagall.-James Potter le dijo a Dumbledore que Black daría su vida antes de revelar dónde se ocultaban, y que Black estaba pensando en ocultarse él también... Y aun así, Dumbledore seguía preocupado. Él mismo se ofreció como guardián secreto de los Potter.

-¿Sospechaba de Black?-exclamó Rosmerta.

-Dumbledore estaba convencido de que alguien cercano a los Potter había informado a Quien Tú Sabes de sus movimientos.-explicó  McGonagall con voz misteriosa.-De hecho, llevaba algún tiempo sospechando que en nuestro bando teníamos un traidor que pasaba información a Quien Tú Sabes.

-¿Y a pesar de todo James Potter insistió en que el guardián secreto fuera Black?-

-Así es.-confirmó Fudge.- Y apenas una semana después de que se hubiera llevado a cabo el encantamiento Fidelio...

-¿Black los traicionó?-musitó la señora Rosmerta.

-Desde luego. Black estaba cansado de su papel de espía. Estaba dispuesto a declarar abiertamente su apoyo a Quien Tú Sabes. Y parece que tenía la intención de hacerlo en el momento en que murieran los Potter. Pero como sabemos todos, Quien Tú Sabes sucumbió ante los pequeños Potter. Con sus poderes destruidos, completamente debilitado, huyó. Y esto dejó a Black en una situación incómoda. Su amo había caído en el mismo momento en que Black había descubierto su juego. No tenía otra elección que escapar...

-Sucio y asqueroso traidor.-exclamó Hagrid, tan alto que la mitad del bar se quedó en silencio. La profesora McGonagall, le golpeo las costillas, para que bajara la voz.- ¡Me lo encontré.-bramó.- Seguramente fui yo el último que lo vio antes de que matara a toda aquella gente! ¡Fui yo quien rescató a Harry y a Tabatha de la casa de Lily y James, después de su asesinato! Los saqué de entre las ruinas, pobrecitos. Harry tenía una herida grande en la frente, la pequeña Tabi lloraba sin consuelo y sus padres habían muerto... Y Sirius Black apareció en aquella moto voladora que solía llevar. No se me ocurrió preguntarme lo que había ido a hacer allí. No sabía que él había sido el guardián secreto de Lily y James. Pensé que se había enterado del ataque de Quien Ustedes Saben y había acudido para ver en qué podía ayudar. Estaba pálido y tembloroso. ¿Y saben lo que hice? ¡ME PUSE A CONSOLAR A AQUEL TRAIDOR ASESINO!-exclamó Hagrid.

-Hagrid, por favor.-pidió McGonagall.-Baja la voz.-

-¿Cómo iba a saber yo que su turbación no se debía a lo que les había pasado a Lily y a James? ¡Lo que le turbaba era la suerte de Quien Ustedes Saben! Y entonces me dijo: Dame a los mellizos, Hagrid. Soy su padrino y tío. Yo cuidaré de ellos...» ¡Ja! ¡Pero yo tenía órdenes de Dumbledore y le dije a Black que no! Dumbledore me había dicho que los chicos tenían que ir a casa de sus tíos. Black discutió, pero al final tuvo que ceder. Me dijo que tomara su moto para llevarlos hasta la casa de los Dursley. «No la necesito ya», me dijo. Tendría que haberme dado cuenta de que había algo raro en todo aquello. Adoraba su moto. ¿Por qué me la daba? ¿Por qué decía que ya no la necesitaba? La verdad es que una moto deja demasiadas huellas, es muy fácil de seguir. Dumbledore sabía que él era el guardián de los Potter. Black tenía que huir aquella noche. Sabía que el Ministerio no tardaría en perseguirlo. Pero ¿y si le hubiera entregado a Harry y Tabatha, eh? Apuesto a que los habría arrojado de la moto en alta mar. ¡A los hijos de su mejor amigo! Y es que cuando un mago se pasa al lado tenebroso, no hay nada ni nadie que le importe...-tras la perorata de Hagrid hubo un largo silencio.

-Pero no consiguió huir; ¿verdad?-preguntó Rosmerta.- El Ministerio de Magia lo atrapó al día siguiente.

-¡Ah, si lo hubiéramos encontrado nosotros...!-dijo Fudge con amargura.- No fuimos nosotros, fue el pequeño Peter Pettigrew: otro de los amigos de Potter. Enloquecido de dolor; sin duda, y sabiendo que Black era el guardián secreto de los Black, él mismo lo persiguió.

-¿Pettigrew...? ¿Aquel gordito que lo seguía a todas partes?-preguntó Rosmerta.

-Adoraba a Black y a Potter. Eran sus héroes.-habló McGonagall.-No era tan inteligente como ellos y a menudo yo era brusca con él. Pueden imaginaros cómo me pesa ahora...-su voz sonaba como si tuviera un resfriado repentino.

-Venga, venga, Minerva.-le dijo Fudge amablemente.-Pettigrew murió como un héroe. Los testigos oculares nos contaron que Pettigrew había arrinconado a Black. Dicen que sollozaba*¡A Lily y a James, Sirius! ¿Cómo pudiste*...? Y entonces sacó la varita. Aunque, claro, Black fue más rápido. Hizo polvo a Pettigrew.-la profesora McGonagall se sonó la nariz.

-¡Qué chico más alocado, qué bobo! Siempre fue muy malo en los duelos.-habló con la voz gangosa.-Tenía que habérselo dejado al Ministerio...

-Les digo que si yo hubiera encontrado a Black antes que Pettigrew, no habría perdido el tiempo con varitas... Lo habría descuartizado, miembro por miembro.-gruñó Hagrid.

-No sabes lo que dices, Hagrid.-replicó Fudge con brusquedad.-Nadie salvo los muy preparados Magos de Choque del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales habría tenido una oportunidad contra Black, después de haberlo acorralado. En aquel entonces yo era el subsecretario del Departamento de Catástrofes en el Mundo de la Magia, y fui uno de los primeros en personarse en el lugar de los hechos cuando Black mató a toda aquella gente. Nunca, nunca lo olvidaré. Todavía a veces sueño con ello. Un cráter en el centro de la calle, tan profundo que había reventado las alcantarillas. Había cadáveres por todas partes. Muggles gritando. Y Black allí, riéndose, con los restos de Pettigrew delante... Una túnica manchada de sangre y unos... unos trozos de su cuerpo.-la voz de Fudge se detuvo de repente. Cinco narices se sonaron.-Bueno, ahí lo tienes, Rosmerta.-prosiguió con la voz tomada.-A Black se lo llevaron veinte miembros del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales, y Pettigrew fue investido Caballero de primera clase de la Orden de Merlín, que creo que fue de algún consuelo para su pobre madre. Black ha estado desde entonces en Azkaban. - Rosmerta dio un largo suspiro.

-¿Es cierto que está loco, señor ministro?

-Me gustaría poder asegurar que lo estaba.-murmuró Fudge.- Ciertamente creo que la derrota de su amo lo trastornó durante algún tiempo. El asesinato de Pettigrew y de todos aquellos Muggles fue la acción de un hombre acorralado y desesperado: cruel, inútil, sin sentido. Sin embargo, en mi última inspección de Azkaban pude ver a Black. La mayoría de los presos que hay allí hablan en la oscuridad consigo mismos. Han perdido el juicio... Pero me quedé sorprendido de lo normal que parecía Black. Estuvo hablando conmigo con total sensatez. Fue desconcertante. Me dio la impresión de que se aburría. Me preguntó si había acabado de leer el periódico. Tan sereno como nos podemos imaginar; me dijo que echaba de menos los crucigramas. Sí, me quedé estupefacto al comprobar el escaso efecto que los Dementores parecían tener sobre él. Y él era uno de los que estaban más vigilados en Azkaban, ¿saben? Tenía Dementores ante la puerta día y noche.

-Pero ¿qué pretende al fugarse?-preguntó Rosmerta.- ¡Dios mío, señor ministro! No intentará reunirse con Quien Usted Sabe, ¿verdad?

-Me atrevería a afirmar que es su... su... objetivo final.-respondió Fudge evasivamente.-Pero esperamos atraparlo antes. Tengo que decir que Quien Tú Sabes, solo y sin amigos, es una cosa... pero con su más devoto seguidor, me estremezco al pensar lo poco que tardará en volver a alzarse...-hubo un sonido hueco, como cuando el vidrio golpea la madera. Alguien había dejado su vaso.

-Si tiene que cenar con el director, Cornelius, lo mejor será que nos vayamos acercando al castillo.-

Todos los pies que había ante los mellizos, volvieron a soportar el cuerpo de sus propietarios. La parte inferior de las capas se balanceó y los llamativos tacones de la señora Rosmerta desaparecieron tras el mostrador. Volvió a abrirse la puerta de Las Tres Escobas, entró otra ráfaga de nieve y los profesores desaparecieron.

-¿Harry? ¿Tabatha?-las caras de Ron y Hermione se asomaron bajo la mesa. Los dos los miraron fijamente, sin saber qué decir.