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La historia jamás contada de James Potter y Lily Evans — capítulo 2

El tren ya había parado y, mientras Remus le echaba la bronca a James por no saber comportarse, este sacaba su equipaje sin hacer mucho caso a su amigo.

  • No entiendo cuál es el problema. ¡Acabo de conseguir que Lily Evans se ría!

-¡El problema es que no se estaba riendo contigo, sino de ti!

-No te preocupes, Lunático. Ya tendrá tiempo para reírse conmigo cuando estemos casados y tengamos a James 1  y James 2. Serán tan apuestos como su padre…

  • Le suelta el chico, provocando de esa manera las risas de sus tres amigos.

  • Espero que no sean tan presumidos como él - Esta vez hablaba Sirius, el  que se ganó un puñetazo en el hombro por parte de su amigo.

Los cuatro bajaron juntos del  tren alegremente y fueron hacia donde estaba el enorme guardabosques para subir a sus carruajes. Allí cogieron uno de los pocos que quedaban y se montaron en él.

Los chicos se pasaron todo el trayecto escuchando la anécdota que James les estaba contando sobre una chica de Hufflepuff que se caía del palo de su escoba cuando de repente el chico se calló. Delante de ellos había aparecido un inmenso castillo con cuatro torres altísimas. Aunque era ya su séptimo y último año, la imagen del colegio les seguía imponiendo tanto como el primer día. Hogwarts era un lugar donde la magia impregnaba el ambiente y donde cualquier persona que no fuese un Merodeador podía perderse fácilmente entre los numerosos pasadizos secretos y las escaleras que desaparecían y cambiaban de posición a su antojo.

Al bajar del carruaje,  James se llevó una desagradable sorpresa. En la puerta del colegio les esperaba el conserje con una sonrisa gran maliciosa listo para cachearlos a todos. A la hora de registrar a los Merodeadores, Filch tardó más tiempo que con los demás. Como Remus no escondía nada, al terminar su registro se sentó en un grueso tronco caído mientras esperaba a sus amigos. Sin embargo, ellos no tuvieron tanta suerte. Entre los tres reunieron: cincuenta bombas fétidas, seis discos con colmillos, cuatro varitas falsas, veinte pastillas crece-pelo y tres plumas autocorrectoras.

Tras este pequeño incidente, todos los alumnos se fueron directamente al Gran Comedor. Cuando estuvieron todos sentados, la profesora McGonagall colocó un sombrero viejo y raído encima de un taburete. Este se puso a cantar una canción sobre la unión de las cuatro casas y, al terminar, comenzó la Selección.

  • Muriel, Anne - Llamó a una chica con muy pecosa - ¡Ravenclaw!

La niña se levantó del taburete y se fue dando pequeños saltitos a su mesa.

  • Diggory, Bort ¡Hufflepuff!

-Lockhart, Gilderoy ¡Slytherin!

-Charitty, Miriam ¡Griffyndor!

Los aplausos de la casa a la que iba cada niño eran atronadores. Al terminar la ceremonia, el director se puso de pie y les invitó a los jóvenes magos a disfrutar de aquel festín.

Todos devoraban con ansia los deliciosos manjares que había encima de las mesas. Mientras James engullía las alitas de pollo, revisó la mesa la mesa de los profesores para saber cuál sería el nuevo maestro de Defensa Contra las Artes Oscuras. Todos los años quedaba una vacante libre en esa asignatura, por lo que todo el mundo decía que estaba maldita. En esa mesa pudo ver un tipo gordo y calvo que comía como un animal. No tenía pinta de enseñar muy bien pero sabía que podía ser un blanco perfecto para sus bromas.

Cuando todos se hartaron de comer, todos los platos desaparecieron y entonces el profesor Dumbledore se volvió a poner de pie para recitar su discurso de bienvenida.

  • ¡Buenas noches a todos! Espero que hayan disfrutado del gran banquete de esta noche. - El director cambió de posición y comenzó a hablar en un tono más serio - Como muchos de vosotros habréis escuchado ya, fuera de estas puertas está sucediendo una gran catástrofe. Han habido muchas muertes ya y la situación no mejora mucho. Por eso yo les pido que a todos los presentes que sean mantengan firmes y no se dejen llevar por las tentaciones. Son tiempos difíciles y debemos mantenernos unidos. Aquí ninguno es superior a nadie y todos debemos respetar al prójimo. - Se calló un instante para ver el efecto que habían causado sus palabras y concluyó - Además, tengo el placer de presentarles al nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, Lewis Carrot - El aludido se puso de pie mientras la gente lo aplaudía y lo observaba con curiosidad para luego volver a sentarse - También quería recordarles que por orden del Filch el conserje, se han añadido nuevos objetos de la tienda Zonko a la lista de artilugios prohibidos y recordad, no está permitida la entrada de los alumnos a las inmediaciones del Bosque Prohibido. Buenas noches.

Todos se levantaron mientras los alumnos de primero seguían a los prefectos de sus respectivas casas. Al llegar a la Sala Común de Griffindor, los cuatro amigos se dirigieron a su habitación donde se cambiaron y se tumbaron en sus camas para hablar sobre el discurso del director.

  • Yo jamás me uniré a Voldemort. - Dijo James, y al pronunciar ese nombre una mueca de disgusto asomó en la cara de Peter.

-A mí Quien-vosotros-sabéis me asusta un poco. Dicen que es capaz de torturarte hasta la locura. -Comentó este.

-Pues yo preferiría antes eso que unirme a los mortífagos -Dejó claro Sirius.

  • ¿Por qué no hacemos un pacto? - Sugirió Remus acaparando la atención de sus amigos - En el futuro lucharemos contra él y ante todo nos protegeremos y estaremos siempre juntos.

Todos asintieron con la cabeza y, exhaustos, apagaron las luces quedándose dormidos rápidamente; despreocupados,  sin saber que, tarde o temprano, uno de ellos faltaría a aquella promesa.