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Historia 139126 — capítulo 75
1 de Julio de 1999.
Ginny suspiró. Había estado esperando el momento de marcharse desde que había llegado, pero ahora, frente a la idea de no volver a subir a ese tren la nostalgia se hizo paso. Dentro de ese tren sería, por última vez en su vida, una niña. Sería la última vez que alguien podría regañarla o quitarle puntos. Tan solo un mes después, estaría en otra parte del mundo, casada y disfrutando de su luna de miel, y esa perspectiva la emocionaba y la ilusionaba, pero no podía evitar querer aferrarse a esos últimos segundos de niñez mientras el tren se detenía en la estación de Londres.
King Cross. Después de tantos años, se le venía a la mente, como si fuese ayer, la primera vez que vio a Harry, delgaducho, bajito y con el pelo revuelto le había parecido su alma gemela.
Y ahí estaba. Al bajar del expreso de Hogwarts, esperándola, mas alto, fuerte y atractivo, pero con la misma sensación. Al localizarla una sonrisa apareció en su rostro. Notó que dos aurores mayores estaban deteniendo a los reporteros y que todos miraban a Harry, las niñas enamoradas y los niños admirados, pero los ojos esmeraldas solo la observaban a ella, como si fuese la única cosa en el mundo.
-Hola pelirroja- Toda su vida cobró sentido cuando sus brazos la rodearon y la voz de Harry llegó a sus oídos.
-Te extrañe- lo besó, ignorando los flashes que probablemente serían la primer página del profeta al día siguiente.
-También yo.
Llegaron a casa, su casa, y a las pocas horas, Andrómeda paso a dejarles a Teddy.
-Ahí tienes, cariño- se sentó en las piernas de Harry con Teddy sobre ella, tomando el biberón.
-¿En qué piensas?- Harry le besó el hombro.
-Hoy es el primer día del resto de mi vida- suspiró.
-¿Y te gusta?- la pelirroja sonrió.
-Es todo lo que siempre quise desde que te conocí.
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Astoria juntó los platos con un movimiento de varita. La vida entre muggles no era tan complicada, salvo por cocinar, no extrañaba los elfos domésticos. Sorprendentemente el rubio había aprendido a hacer tostadas y café, logro que seguía mencionando cada vez que tenía oportunidad.
Vivian en una casa tamaño normal, aunque para Draco era mucho más pequeña de lo que estaba acostumbrado no se quejó, con paredes de piedra, papel tapiz y colores crema, lo más amplio eran las dos habitaciones que junto con el baño eran lo único que ocupaban el segundo piso.
Era su pequeño palacio, alejado, cálido y donde nadie los juzgaba. Tenían una bonita biblioteca repleta de libros y Astoria disfrutaba dibujando.
Draco, sin miradas extrañas, lograba ser alguien cariñoso, quizás no estaba diciendo cursiladas cada minuto, pero si dejaba que ella se acurrucara con él en el sofá. Además, ella sabía que él apreciaba mucho poder bajar la guardia, especialmente el hecho de poder tener la marca sin vendar ni cubrir.
No habían vuelto a mencionar bebés, ambos habían llegado al punto de que eran demasiado jóvenes para tener hijos, la guerra había instalado en ellos la sensación de cargar con demasiados años, pero ahora con la paz reinante, se enfrentaban con la sorprendente realidad de solo ser dos jóvenes despreocupados. Y la idea les fascinaba.
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-¿Qué tal estas?- Charlie se sentía algo extraño en compañía de Melanie, no es que ella le desagrada, era una linda y simpática chica…pero no era Nina y estaba embarazada.
-Bien, es algo molesto- Melanie sonrió levemente, estaba acostada y Charlie le había llevado un vaso de jugo fresco.
- Ya pasara- sin saber que contacto establecer con ella, solo le palmeó la mano.
-¿Tanto te molesta el bebé?- preguntó con tristeza.
-Nunca me molestaría un bebé, solo me cuesta imaginarme como padre- Melanie endureció la expresión.
-Tendrás que acostumbrarte, es tu hijo ¿o piensas abandonarnos?- Por mucho que se insultara a si mismo por semejante desliz aquella idea nunca había cruzado por su mente, no era ese tipo de hombre y nunca lo sería.
-No dije eso, solo creo que me será más fácil cuando vea al bebé. Ahora parece todo muy irreal, tu tuviste varios meses para acostumbrarte a la idea.
-Lo sé, lo siento- los cambios de ánimo estaban a la vuelta de la esquina- ¿Podrías prestarme algo? Me siento incomoda.
Charlie asintió, sacó de su cajonera una remera limpia y se la tendió, dándose la vuelta para darle privacidad. Él conocía el cuerpo de Melanie y parecía ridículo no verla, pero observarla era traicionar a Nina, aunque no hubiese vuelto a verla desde aquel día. La extrañaba.
-¿Necesitas algo más?- estaba desesperado por cortar el ambiente pesado que había dentro de la habitación.
-¿Qué tal unos pastelillos?- Charlie agradeció la idea de salir de su departamento.
-Claro, vuelvo en un rato- tomó dinero muggle, su varita y sus llaves. Se marchó, sintiendo un profundo alivio al respirar aire puro.
Melanie escuchó el timbre, sabía quién era, se tomó su tiempo para disfrutar su venganza y llegar a la puerta.
-Hola- la rubia estaba frente a ella con la nota que ella le había enviado en nombre de Charlie- ¿Nina, verdad?- los ojos delineados la recorrieron, desde el pelo algo despeinado por la almohada, la remera de Charlie y las piernas desnudas- Lo siento, estaba durmiendo, una se cansa mucho mas con el embarazo, aunque no quiero decirle que no a Charlie.
-Seguro- murmuró con mordacidad- ¿Charlie?
-Fue a comprar pastelillos, el bebé estaba antojado.
-El bebé- repitió.
-Sí- sonrió tontamente.
-El bebé de Charlie.
-¿De quién más sería?- replicó.
-No lo sé, tu eres su madre deberías saberlo.
-¿Insinúas algo?
-¿Debería de hacerlo?- Melanie la miró confusa, pero Nina sonrió de lado. -Creo que todo está más que claro.
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-Vamos barbie, no puedes hacer esto por siempre- Sam no estaba molesta, no estaba feliz, ni siquiera le daba la ley del hielo, solo se mostraba imperturbable en su presencia.
-¿Hacer qué?- no lo miró, seguía juntando sus cosas y emprendió marcha hacía la salida de la academia.
-Nena, sabes que hay algo, ¿no sientes la conexión? - Sam se contuvo de poner los ojos en blanco. -Teníamos buen sexo ¿Qué ocurrió?
-Pregúntale a tu amiga y su proposición de que ambas te compartamos- respondió por fin, harta de Alexander.
-Pero no he vuelto a verla, ¿No quieres que salgamos? Te invito lo que quieras, te llevaré a donde quieras, te compraré cualquier cosa que pidas.
-Alexander, las cosas como esto no se arreglan con dinero, menos si solo es de la cuenta bancaria de tu padre.
-Auch, eso duele cariño.
-No soy tu cariño, no soy tu nena, no soy tu rubia y por un maldito demonio, no soy tu Barbie, déjame en paz de una vez.
-¿Por qué estas tan apurada?- la frenó, ninguna chica lo rechazaba.
-Tengo que ir a un lugar y no puedo llegar tarde- lo empujo para que la dejara pasar y siguió caminando. Alexander se enfadó ¿lo rechazaba porque tenía una cita con otro? ¿Quién se creía la rubia para rechazarlo a él? ¿Qué tan atractivo sería el otro para que lo prefiera?
Sam no desapareció, por lo que decidió seguirla, pura y vanidosa curisodad. La siguió por las calles de Londres, hasta que llegó a un taller mecánico y abrazó a un hombre unos diez años mayor que ella ¿lo dejaba por un insulso mecánico muggle? observó que él le dio una gran caja de cartón ¿Qué podría haberle regalado que él no? La siguió un par de calles más, hasta lo que parecía un Hospital muggle.
-Oiga ¿vio a una chica rubia bonita?- le preguntó a una sanadora que pasaba por ahí.
-¿paciente?- se encogió de hombros, Sam no parecía enferma de nada.
-No lo creo, traía una caja- aquello se oía estúpido.
-Oh si, Samantha está en la 104, como siempre- Tal vez tuviera algun familiar enfermo, camino mirando los números, hasta que llego a la zona infantil. Que deprimente, pensó. Y la encontró, con varios niños repartiéndoles juguetes.
-¿Sam?- la bonita sonrisa que adornaba su rostro desapareció.
-¿Qué haces aquí?-Alexander sonrió de lado, mientras una niña se enganchó a su pierna.
-¿Y tú qué?- miró a la pequeña, pelirroja y de enormes ojos azules.
-Eres guapo- halagó la niña antes de soltar risitas, acompañadas por las de las otras niñas.
-Ya lo sé ¿Qué haces tú aquí?- interrogó a samantha, mientras intentaba soltarse a la niña que se había pegado a su pierna- Suelta, suelta… ¿quieres? Te daré si sueltas- le ofreció un billete de veinte.
-Eres un inútil, Alexander. Kylie, ¿Por qué no vas a jugar? Mira, esta es especialmente para ti- le tendió una muñeca con trenzas rojizas. La niña se soltó y corrió con el resto de sus pequeñas amigas.
-¿Así que…te pagan por ser niñera?
-No soy niñera, dono juguetes al hospital y no me pagan.
-¿Y tu novio te convenció de esto?
-Doné algunos juguetes cuando era pequeña, en este hospital estuvo mi madre antes de morir, le he seguido haciendo con los años. ¿Qué novio?
-El tipo rubio y sucio del taller.
-Eres un ignorante, no puedes trabajar en un taller con pulcritud, aunque dudo que sepas lo que significa el concepto de trabajo y no es mi novio, es mi hermano.
-¿Tu hermano?
-Si el hijo de la misma madre y mismo padre suele considerarse hermano. ¿Por qué te contesto yo a ti?- le dio un golpe en el brazo- ¿Por qué me seguiste?
-Porque estabas molesta conmigo y no me gusta que me rechacen…ay maldita sea ¿tienes síndrome de sanguijuela tú?- Kylie había vuelto a prenderse de su pierna.
-No tengo eso, pero me dieron corazón nuevo- respondió sonriente- el otro no funcionaba bien, mamá todavía llora cuando me ve pero ahora parece contenta- explicó.
-Ve, Alexander y yo tenemos que irnos- los niños se quejaron- volveré en la semana lo prometo.
-Trae al príncipe azul- pidió Kylie.
Salieron del hospital en silencio.
-Le ha pegado al apodo- murmuró Sam para cortar la tensión.
-La niña… ¿estará bien?
-Si, esta en observación un tiempo, pero la operación fue bien.
-Yo- Alex la miró seriamente- no me molestaría volver a verla.
-No tienes que hacer esto, ya no estoy enfadada.
-Pero quiero verla de nuevo.
-Vendré el viernes, después de la academia.
-¿Puedo venir contigo?- Sam suspiró y acabó por asentir. -¿Así que ya no estás enojada? ¿Tan irresistible soy?
-Idiota.
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Percy acarició la espalda de Audrey. Estaban en el ministerio, ocupándose de que todo marchara en orden. El embarazo aun no se notaba, pero ellos sabían que estaba ahí. Su pequeño bebé creciendo con lentitud.
-¿Te sientes bien?- susurró el pelirrojo.
-Me lo preguntaste cinco veces en la última media hora, Percy.
-No tendrías que trabajar en tu estado, es peligroso.
-No tengo ni tres meses ¿Qué harás cuando tenga nueve, meterme en una burbuja?
-No es mala idea- Audrey rió y dejó el papeleo un momento para abrazarse a su costado.
-Le conté a mis padres- Percy asintió tenso- están algo molestos por no conocer aun al padre de su nieto, pero están felices por el niño, supongo que es porque yo estoy feliz.
-¿No les molesta que tu y yo no estemos casados?
-Estamos en el siglo veinte, no es tan necesario.
Percy asintió, aunque fuese raro para él, siempre organizado y con una vida planeada, un bebé de sorpresa no era lo que hubiese esperado, incluso un par de años antes si alguien le hubiese dicho lo que viviría, se insultaría así mismo por irresponsable, pero ahora, con Audrey, siempre relajada y jovial, parecía que la vida entera era más sencilla, incluida la llegada de un pequeño miembro más a la familia.