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Historia 143311 — capítulo 2
2.Durante el viaje.
Hermione se sentó lo más apartada de Malfoy como le fue posible. Draco rió en la oscuridad.
-No muerdo, Granger -lo oyó decir la castaña. Ésta arqueó una ceja, pensando que el rubio debía de tener un problema mental o algo así-. Y si mordería, no sería tan idiota para hacerlo contigo, sangre sucia. No tengo tan mal gusto para elegir carnadas.
-No seas imbécil, Malfoy -refunfuñó Hermione, ya harta del comportamiento del slytherin, a la vez que intentaba recuperar el aliento-. Además, no le veo lógica a tu comentario.
-No habrá luz en el compartimiento, Granger, pero noto a leguas que quieres estar lo más lejana a mí -Hermione iba a replicar, pero el rubió la calló-. Y precisamente no lo haces porque me odias. Por ello, mi comentario.
-¿Malfoy, estás loco o qué te picó? ¡Claro que es porque te odio! ¡Ojalá en vez de ti me hubiera tocado viajar con el Basilisco!
-Sí, Granger, y te creo -rió Draco, con sarcasmo mal disimulado-. Sin embargo, a la vez agradeces internamente que haya sido yo. No me soportas, sangre sucia, pero admite que es más divertido estar conmigo que con el Cara Rajada o con el pobretón.
-Por supuesto, Malfoy -dijo Hermione, también con suma ironía-. Me parece muy divertido que me insultes y me molestes todo el tiempo. ¡No obstante! -sacó su varita y apuntó directamente a los ojos del rubio-. ¡Espero que sea la última vez que insultes a Harry y a Ron en toda tu vida o yo te saco los sesos, Malfoy!
Éste en vez de defenderse con su propia varita o de tensarse, estalló en carcajadas. Se limpió unas lágrimas invisibles para fastidiar a la castaña, y se levantó lentamente. Con destreza, manoteó la varita de Hermione y se la sacó de entre sus dedos en un segundo. La miró extrañamente por un instante y la guardó en el bolsillo de su traje.
-Mira, Granger -el rubio se le acercó. Hermione, por la impresión cayó de lleno en el asiento contrario-. A mí, tus amiguitos no me interesan en lo absoluto. Y que me amenaces con tu varita me parece de lo más patético, por si quieres mi opinión. Pero lo que no te toleraré nunca, sangre sucia, es que creas que me puedes hablar o sermonear como un igual. Porque (y grábatelo, Granger) entre nosotros existe una brecha de aquí hasta Saturno e incluso más allá -Draco puso las manos en ambos costados de la cabeza de Hermione y la miró intensamente-. Mi clase está sobre la tuya, y aunque hoy en día no se tenga mucho en cuenta todo el tema de la sangre, me retuerce el estómago cada vez que estoy cerca de ti. Para mí, que una sangre sucia como tú me amenace e intente hablarme civilizadamente me parece tan insolente como hipócrita. ¡Nunca, Granger! ¡Nunca! Vuelvas a dirigirte a mí otra vez, no si no lo vas a hacer de rodillas como tu clase debería dirigirse a la nuestra…
Y eso fue suficiente. Un ruido en seco acalló las palabras del rubio. Una intensa marca roja en su mejilla fue lo mínimo que Hermione pudo proporcionarle. La palma de su mano le dolía por el golpe pero estaba algo satisfecha por haberle golpeado.
Draco no dijo nada, se limitó a volver a posar la mirada en la castaña, quien, con los ojos enardecidos por las lágrimas rabiosas, también lo miraba.
-Me pegaste -dijo, aún sin creerlo.
Me gasté hablándole de respeto de sangre y me pega como si no le hubiera importado. ¡Es mi límite! ¡No le soportaré más! ¿Qué se cree la sangre sucia?
-Sí -respondió Hermione.
Las manos de Draco se convirtieron en puños pero no las movió de su lugar. La castaña se había aplastado en el asiento haciendo posible que el rubio endemoniado se le acercara más de lo que ya se había acercado.
Sus narices se rozaban tanto como sus alientos. Las respiraciones de ambos estaban descontroladas. Los dos se sentían encolerizados totalmente con el otro pero no tenían palabras para demostrárselo. Se odiaban, ¡cuánto se odiaban! Y sin embargo, nada se decían en aquél momento tenso.
Se miraron como si el tiempo no existiera, como si nada tuviera tanta importancia como los ojos enfurecidos del otro. Ambos tenían la esperanza que, mirando intensamente a su enemigo, éste se daría cuenta de su aborrecimiento.
-Te odio -susurró Hermione.
Draco sonrió, fríamente.
-Mutuo, Granger, mutuo.
El rubio se apartó y, por segunda vez, se sentó al lado de la ventanilla. Sin embargo, no miró por ella, sino que se quedó con los ojos fijos en la castaña. Ésta, algo nerviosa, retiró su mirada de él y se acurrucó en una esquina, para poder dormir.
-Es raro -dijo él.
-¿Qué es raro?
-Que me hayas pegado por segunda vez desde que te conozco y que por segunda vez yo no haya hecho nada -Draco, en la oscuridad del compartimiento, pudo ver cómo Hermione sonreía.
-Eres un débil.
El rubio volvió a sonreír.
-Y tú una insufrible.
-No te soporto.
-Yo tampoco.
-Déjame dormir, ¿quieres? -Hermione tembló del frío.
-¿Tienes frío?
-¿Acaso te importa?
Draco, haciendo caso omiso a su comentario, se sacó el abrigo de su traje y lo colocó sobre los hombros de la castaña.
-¿Y esto? -inquirió ella.
-Déjatelo, porque si me lo devuelves tendré que quemarlo.
Hermione resopló, exasperada.
-¡Nadie te dijo que me lo dieras!
-Cállate, sangre sucia. Y duérmete de una vez.
-Deja de decirme así.
-¿Por qué? Es lo que eres.
Hermione negó con la cabeza, incapaz de continuar hablando con su rubio enemigo.
-Sueña conmigo, Granger -Draco sonrió nuevamente-. Porque si sueñas con Potter y Weasley te va a dar escalofríos. Quizás te levantes con un trauma cerebral o algo así.
-¿Por qué no me dejas dormir? ¡Cállate!
Draco se preguntó lo mismo.
Será una tediosa, patética y una maldita sangre sucia, pero a veces tiene razón. ¿Por qué no la dejo dormir? Si se duerme, no me molestará más y estaré en paz. ¿No es lo que quiero? Bueno, admito que me divierte hacerla enojar, pero todo tiene un límite. ¡Déjala dormir, idiota!
Pero, al cuarto de segundo que se dijo eso, intentó todo lo contrario.
Se sentó en el mismo asiento en el cual estaba la castaña y se arrimó a dónde ella se había acostado.
-Granger -susurró. Pero no tuvo respuesta. ¿Ya se habrá dormido?-. Granger, despierta -una vez más, le castaña no le respondió-. ¡Joder, Granger! ¿Cómo te has dormido tan rápido?
-¿Qué rayos quieres, Malfoy?
Draco sonrió.
-Es que estoy aburrido.
Escuchó como Hermione lo insultaba en baja voz y Draco no pudo reprimir otra sonrisa. La vio ahí, acostada, con sus cabellos enmarañados esparcidos por todo su rostro, éste oscurecido por la noche que atravesaba la ventanilla del compartimiento. Y aunque no la distinguía bien por la falta de luz, pudo ver cómo tenía aferrada sus piernas y cómo las oprimía contra su pecho. La tela del abrigo de su traje se resbaló por sus hombros y Draco hizo el ademán de volvérselo a colocar hasta que una voz recriminadora dentro suyo lo detuvo.
¿Qué haces? ¿Desde cuándo siendo gentil con los sangre sucias?
Reprimiendo su impulso, se sentó en el asiento contrario, con un sentimiento de bochorno que encendió sus mejillas. El desprecio por lo que iba a hacer no se lo olvidó ni cuando estaba por quedarse dormido. ¡Iba a ser imperdonable! No por su padre ni por sus compañeros de casa, que nunca se enterarían de ello, sino para su propia conciencia, que como hostigadora que era, lo culparía de aquél terrible crimen toda su vida.
Entonces, para calmarse un poco, le arrebató el abrigo a la castaña y se lo colocó sobre sí mismo, para no pasar frío esa noche.
¿Qué importa si ella tiene frío? ¡Es MI abrigo! ¡Y YO lo tengo que tener puesto encima! ¡No ella!
Y se quedó dormido.
Cuando la moneda de oro refulgente de todas las mañanas comenzaba a bañar de luz los montes y los cerros, Draco, inundado también de ese albor esplendente y hasta molesto, se despertó y se esperezó lentamente. El tren aún marchaba pero ya se veía cercano el pueblo de Hogsmeade.
Algo contento de que aquella larga travesía terminara, dirigió su mirada hacia Hermione, quien aún dormía. Draco, malicioso, se acercó al oído de la misma y le gritó a viva voz:
-¡Granger, despierta!
La castaña saltó del asiento mientras, confundida, veía como Malfoy hacía un esfuerzo sobrehumano para no reírse en su cara. El rubio adoptó un semblante frívolo y la miró con desprecio.
-Era hora, ya casi llegamos y debemos cambiarnos.
-¿Y eso te da derecho de despertarme de esa forma?
-Granger, no me hables de derechos; los sangre sucias no tienen derecho a nada.
Hermione lo miró con odio.
-Qué bien que llegamos ya no soportaba estar un segundo más contigo.
-Nadie te ha obligado a compartir el compartimiento, Granger. ¡Lo has querido tú solita!
-¡Cállate! -Hermione, ruborizada y enfadada, tomó su bolso y abandonó el compartimiento.
Draco se vistió con el uniforme y se quedó allí, esperando. Aunque en realidad no sabía lo que esperaba. Miraba de vez en cuando la puerta del compartimiento, con una leve esperanza de que…
¡No! ¿Para qué? ¿Para que te sigas peleando? ¡Es mejor para ti que no venga!
Y eso sucedió. Desde ese momento hasta que el tren se detuvo, Hermione no apareció por el compartimiento.
¡Mejor! Le decía la conciencia, sin embargo, él no estaba tan convencido. *Es normal, te divierte hacerla enojar y expresarle todo el odio que sientes por ella, pero cuando llegues al castillo y estés en contacto con tus compañeros ya no querrás saber que existe. ¡Y si no lo sientes yo te obligaré! ¡No me obligarás! ¡Sí lo haré!*Bien, discutir con su conciencia no fue lo más inteligente que se le pudo ocurrir, no obstante había estado todo un día prácticamente solo y sin hablar con nadie. Excepto por la sangre sucia. Pero fuera de ella, con nadie más. ¿No era normal acaso que sintiera necesidad de hablar con alguien?
Pero hablar con tu conciencia es algo ridículo.
Exasperado y creyendo que se estaba volviendo loco, abrió el compartimiento y comenzó a buscarla en los demás. La encontró luego de unos minutos, mientras ésta miraba por la ventanilla del compartimiento en donde se encontraba.
-¡Granger! -exclamó.
La castaña lo miró, con una expresión de fastidio.
-¿Qué quieres, Malfoy?
-¿Eres sorda o qué? El tren se detuvo, tenemos que bajar.
-Escucho perfectamente.
Hermione se erguió de su asiento, tomó su bolso y pasó por al lado del rubio sin mirarlo, como si él no existiera. Esto hizo enfurecerlo, mas nada salió de sus labios ni cuando bajaron ambos del tren.
Hogsmeade no era un pueblo precisamente grande ni lujoso, pero Draco y Hermione debieron obligarse a escoger algún lugar para hospedarse. No había ningún transporte que los llevara a Hogwarts ese día por tanto debían escribirle al director para que a la otra mañana les enviara uno.
-Ya no lo tolero más -suspiró Draco-. Ponle eso también.
Hermione bufó, mientras continuaba escribiendo la carta a Dumbledore, sentada en una de las butacas del primer albergue que encontraron.
-YO no te tolero más -dijo ella.
Draco se acercó al viejo recepcionista y pidió dos habitaciones.
-¡Claro, jovenzuelo! Pero, ¿no será mejor una habitación con cama matrimonial? -inquirió éste, guiñándole el ojo.
Draco se ruborizó y, estático, frunció el ceño.
-¿Qué?
-Vamos, joven -dijo el viejo-. La chica se sentirá sola en una habitación apartada.
-No, no lo entiende -Draco se enojó por el comentario-. Somos compañeros de escuela, no pareja.
-Sí, sí. He tenido a muchos "compañeros de escuela" últimamente y le puedo asegurar que ninguno de ellos ha dormido en habitaciones separadas.
Draco se ruborizó aún más y creyó por una milésima de segundo que el viejo le estaba haciendo una broma. Hermione, en la butaca que estaba, comenzó a reírse.
-Pero, pero nosotros no…
-Les doy la de la cama matrimonial y se acabó, joven. Además, ¿qué malo podría pasar? -el viejo volvió a guiñarle el ojo y le entregó la llave de la habitación.
Draco iba a refutar pero el recepcionista no se lo permitió. Por lo cual, resignado, confundido, humillado y enojado, caminó hasta Hermione, quien aún se estaba riendo de él.
-¡No te rías! -le ordenó el rubio, con la voz fría y amarga-. ¿Es qué no te das cuenta, sangre sucia, que tendrás que dormir conmigo?
Y Hermione detuvo su risa y se sonrojó tanto como el Draco que tenía delante.