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Historia 143311 — capítulo 3

3.La habitación 45.

Luego de enviarle la carta a Dumbledore, ambos jóvenes subieron por las escaleras hasta el número de habitación que figuraba en la llave.

-45, no hay ninguna 45 -dijo Draco malhumorado, mirando todas las puertas del pasillo. Habían estado casi diez minutos buscando aquella perdida habitación pero los números de las mismas estaban distribuidas raramente, imposibilitando que tanto el rubio como Hermione la hallaran-. Estoy empezando a odiar esto.

-¡40! -exclamó la castaña, alegre, a la medida que señalaba una puerta-. Estamos cerca, Malfoy.

Caminaron un intervalo de tiempo y llegaron a la puerta de una habitación que tenía en la entrada un reluciente «45» en color cobre. "Aquí es", susurró la castaña sin saber que más hacer. Ninguno de los dos se atrevió a abrir la puerta, era una situación extraña para ambos, querían simplemente frenar lo que iba a suceder; ya que, ¿no era de por sí insólito que un slytherin y una hija de muggles convivieran en una misma habitación por una noche?

-Te vuelvo a repetir, Malfoy -dijo Hermione-. Hubiera preferido viajar con el Basilisco. Esta noche… ¡por Dios! Esta noche será la peor.

Draco sonrió irónicamente y abrió con brusquedad la puerta de la habitación 45. Luego, volviéndose a la castaña con la misma sonrisa, le dijo:

-¿De verdad piensas, sangre sucia, que dejaré que duermas aquí? ¿Conmigo? -y sin esperar que Hermione articulara palabra alguna, el rubio le cerró la puerta prácticamente en la cara.

Ella creyó al principio que se trataba de una desagradable y arrogante broma de Draco, pero luego de golpear la puerta con ambos puños (e incluso proporcionarles algunas patadas rabiosas) se dio cuenta de que él no se le estaba burlando.

¿Qué haré ahora? ¡He dejado a Granger al otro lado! Bien merecido que lo tenía. Luego que me pegó, lo mínimo que podía hacer yo era dejarla afuera. ¿Dónde dormirá? Bueno, no me interesa, sabrá como rebuscárselas.

Draco observó, entonces, la habitación en la que se encontraba.

Es todo muy corriente y vulgar, casi al estilo muggle; de seguro que el mago que decoró esto era un estúpido.

-¡Granger! -profirió Draco, acomodando sus pertenencias-. ¡Deja de patear la bendita puerta!

Y acto seguido, no se escuchó más nada. Sintiéndose contento (y para nada culpable) de que la castaña no interrumpiera su paz, sacó de su equipaje un poco de ropa. La desdobló y se metió inmediatamente al cuarto de baño para relajarse en la bañera de la habitación del albergue.

Se hundió en la profundidad que le permitió la tina; el agua caliente, casi hervida; la densidad del vapor como una penetrante niebla; el silencio misterioso e incluso la armonía extraña que tenía aquél cuarto de baño hicieron que sus músculos se relajaran y que sus problemas, por unos segundos y sólo por unos segundos, se dispersaran tanto que llegó a olvidarlos de un momento a otro.

¿Qué importaba haber perdido el tren a Hogwarts en la mañana? ¿Qué importaba haber estado casi todo un día viajando en tren? ¿Qué importaba que la única compañía que tenía era la indeseable sangre sucia, la amiga de Potter? ¿Qué importaba el enojo de su padre o el de su madre al ver que se había quedado dormido? Con esa atenuación de sus problemas, ya no le preocupaba nada.

Se hubiera quedado dormido, pero cuando sintió cómo se adormecían sus piernas y que sus párpados estaban por cerrarse, decidió salirse de la bañera. Se vistió lo más pronto que le fue posible, se vio un instante por el espejo para acomodar su cabello rubio platinado y bajó por las escaleras a toda prisa.

Le había dado hambre y aún más sed. Quizás, con un poco de suerte, encontraba en Hogsmeade algún lugar abierto para saciarse. En el vestíbulo impertinentemente se encontró con la castaña, quien, recostada sobre uno de los sillones con su equipaje a un costado, a penas lo vio llegar lo fulminó con la mirada.

Draco no le hizo caso y pasó de largo a la recepción.

-Disculpe -dijo él, con fastidio en la voz-, ¿dónde se puede comer?

-¿Comer? -le preguntó el viejo recepcionista, rascándose la pera y colocando una expresión pensativa-. Joven, existen cientos de lugares de comida. ¿Por qué no se da una vuelta al pueblo mientras yo subo las cosas de la señorita a la habitación?

Draco frunció el entrecejo.

-No, ella se queda ahí en ese sillón o usted le da una habitación nueva. ¡Ella no estará en la 45!

-No hace falta que grite, joven -susurró el recepcionista-. Pero, ¿es que no le da pena ver que esta noche dormirá ahí en ese sillón desgastado, desprotegida totalmente del frío?

-No -respondió él duramente.

Hermione volvió a fulminarlo.

-Déjelo, señor -dijo la castaña-. Es un hombre sin sentimientos con quien está hablando. Y me pregunto si él sabrá lo que la palabra «pena» significa…

-Granger, o ayudas o te callas.

Hermione refunfuñó en voz baja.

-Bueno, joven. Quizás Madame Rosmerta lo reciba…

Draco asintió con desgano y se dirigió a la puerta de salida. Hermione se erguió del sillón y corrió tras el rubio antes que éste desapareciera por la gente pueblerina.

-¿Qué quieres, Granger? -dijo Draco, con la voz algo irritada.

-También tengo hambre -respondió ella, mientras se encogía de hombros y seguía a Draco hasta la salida del albergue-. Pero no te preocupes, hurón… Que trataré que el lugar en el que tú almuerces no sea el mismo que el mío.

Draco avistó de pronto que el negocio de Madame Rosmerta estaba abierto y que ya habían algunas personas que comían y bebían dentro, por tanto, sin decirle ni una palabra a la castaña, ingresó al lugar a grandes pasos.

Hermione continuó dando vueltas al pueblo de Hogsmeade mientras buscaba otro restaurante o taberna en la cual almorzar, pero, luego de varios minutos sin resultado, no pudo resistirse por el hambre y entró también a lo de Madame Rosmerta.

La señora la recibió y le ofreció una mesa cercana a la barra.

¡Diablos! ¿Acaso no dijo la sangre sucia que iba a buscar otro lugar en donde almorzar?

Draco bufó, molesto, a la medida que le daba sorbos pequeños y largos a su cerveza de mantequilla.

Siento que ya me contamina el aire.

Hermione, quien no había avistado al rubio sentado a sólo dos mesas más allá de la suya, se sacó el abrigo que llevaba y lo colgó en el respaldo de la silla. Madame Rosmerta le llevó una bebida y unos bocadillos mientras la comida pedida por la castaña estaba siendo preparada en la cocina de la Tres Escobas.

Ella se quedó estática, pensando en todo lo que había sucedido desde la mañana del día anterior hasta ese momento. Pero, sin esperarlo, se perdió entre sus recuerdos y no se percató cuando una persona se le sentó a su lado, hasta que ésta le habló.

-Granger -dijo Draco, arrastrando sus palabras-, ¿no era que no me ibas a perseguir?

Hermione, sobresaltada al mismo tiempo que volvía en sí, miró al rubio platinado que había llevado hasta su mesa su vaso con la cerveza de mantequilla. Éste, sumamente tranquilo, bebiendo sin prisa alguna, le miraba con algo de hastío.

-Si tanto te molesta que esté aquí, no sé porqué te sientas a mi lado -susurró Hermione, algo sonrojada, pero tratando de sonar tan encrespado como él.

Draco se quedó en silencio y desvió sus ojos de la castaña con altivez.

-Cállate -le ordenó luego de darle tres sorbos a su bebida.

Hermione se sintió indignada pero no le contestó. Madame Rosmerta, interrumpiendo la tensión entre los dos jóvenes, llegó con la comida de la castaña.

-Gracias -la muchacha le sonrió, cándidamente, a lo que la mujer le respondió con una sonrisa parecida para luego desaparecer por la puerta que había detrás de la barra.

Draco miró la comida con algo de deseo, después de todo no había probado bocado desde hacía tiempo, pero al percatarse de que Hermione lo miraba de reojo, decidió darle otro sorbo a su bebida para disimular la obviedad de su apetito.

-Malfoy -masculló la castaña, acercándole el plato-, ¿quieres probar algo de aquí?

El rubio le echó un vistazo a la comida y luego negó con la cabeza.

-No necesito nada de ti, sangre sucia.

Y eso marcó el límite de la paciencia de la castaña. Ésta apartó el plato con odio de Draco y se dispuso a comer sin darle importancia su presencia. El rubio, muriéndose de hambre y viendo a ratos cómo Hermione devoraba su comida, se levantó de su silla y se acercó a la barra.

En eso, Madame Rosmerta apareció por ella y lo atendió cariñosamente. Intercambiaron algunas palabras, ininteligibles para la castaña, y luego de eso Draco se volvió a sentar al lado de Hermione, sin prestarle atención.

La castaña terminando su comida, miró a su compañero fijamente y le dijo:

-Malfoy, ¿alguna vez te han dicho que eres muy lindo?

Su pregunta tomó por sorpresa al chico, quien casi escupió toda la cerveza de mantequilla sobre la mesa de la taberna. Sin dejarse sentir intimidado, Draco le devolvió la mirada, mientras arqueaba una ceja.

-¿Qué dices, Granger?

-Es que es verdad, Malfoy. Eres muy… lindo para ser tan cruel y conservador.

El rubio no apartó los ojos de la castaña, queriendo encontrar en ella algún indicio de que todo ello era una broma de mal gusto.

-¿Te estás escuchando, sangre sucia? -le dijo con algo de desprecio.

Hermione sonrió, con ternura.

-¿Acaso no parezco lo suficientemente consciente o responsable de lo que hago? ¿Tengo cara, acaso, de delirar?

-Estás loca, Granger -suspiró Draco, restándole importancia al tema.

-Loca por ti.

Hermione reprimió una carcajada al ver por segunda vez cómo el rubio se atragantaba con su bebida.

-Pero, ¡contrólate! -dijo él, entre apenado y frío-. ¡No hables más, Granger!

-¿Por qué? ¿Lograré quizás que te sonrojes?

-¡Cállate!

Madame Rosmerta, entonces, se acercó a ellos con otra bandeja de comida y se la entregó al rubio platinado, quien la aceptó con un rostro pleno de seriedad y pena.

-Ahora que se fue, ¿puedo preguntarte algo? -Hermione se acercó peligrosamente al rubio y le sonrió encantadoramente.

Draco no supo que responder y la castaña, aprovechando su mudez y su parálisis, le acarició el cabello blondo que le caía con gracia por la frente. El rubio estaba confundido y de verdad sorprendido; nunca se le hubiera imaginado que tras sentarse a su lado en la taberna iba lograr conseguir que una Hermione Granger seductora lo acorralara en mitad de almuerzo.

Dile algo, ¡dile algo! ¡Pero rápido! Ella ahora se ríe, ¡debes de tener una cara de idiota! Disimula… DISIMULA.

-Granger, ¿puedes alejarte de mí, por favor? Me produces nauseas -y aunque sus palabras eran de por sí duras y frívolas, Draco tembló tanto al decirlas que Hermione no las tomó en serio.

De pronto, con un aire a victoria en su rostro, la castaña se alejó instantáneamente de él y le mostró algo que brillaba entre sus dedos.

¡La llave!

Hermione comenzó a reírse de nuevo, haciendo tambalear la llave con el número «45» en ella. Draco, por instinto, se llevó la mano al bolsillo de su abrigo y lo encontró vacío.

-¿Cómo es que…? ¡Maldita sangre sucia! -exclamó el rubio, enfadado con la castaña y con él mismo por haber sido tan estúpido-. ¡Era una trampa!

-¿Quién va a dormir afuera ahora, Malfoy? -murmuró Hermione, riendo a elevada voz*-. ¿De verdad piensas que dejaré que duermas aquí? ¿Conmigo?*­ -y aunque la imitación que hizo de Draco no fue la mejor que podría haber hecho, volvió a reír, se dispuso de su abrigo y se marchó de las Tres Escobas, dejando a Malfoy muy malhumorado.

¡Maldita seas, Granger! ¡Te odio!