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Historia 143311 — capítulo 4

4.Camino a Hogwarts.

La odio y la detesto. ¡Cómo quisiera que desapareciera! No sólo me ha dejado en ridículo, sino que también tuve que pagar su comida. Sentí cómo Madame Rosmerta y todos los presentes se me han reído en la cara. ¡Y también el loco viejo del recepcionista! Pero apenas se distraiga o baje la guardia, ¡yo la…!

-¡Joven! -le gritó el anciano desde la recepción, interrumpiendo sus malévolos planes.

Draco, aún enojado y rechinando los dientes, alzó la cabeza por sobre el alto respaldar del sillón de cuero negro y arqueó una ceja.

-Lamento molestarlo, pero, ¿no desearía una taza de té? ¿O… una llave quizás? -y el viejo se echó a reír.

Sin contestarle más que un bufido, se dio vuelta y se hundió aún más en el sillón.

¡Algún día me respetarán todos!

Dobló sus piernas y se las abrazó con ambos brazos, la noche estaba entrando y se estaba comenzando a sentir el frío en la sala. Dejó su aliento cálido sobre sus manos que helaban e intentó cubrirse con los almohadones del sillón.

-¿No será mejor una manta o un abrigo? -le susurró de pronto una voz desde atrás.

-¿Granger?

Hermione hizo silencio, le tendió la llave y se envolvió en una frazada. Draco la miró con extrañeza.

-¿Por qué me la das?

-Porque yo no soy como tú, Malfoy. No puedo dormir con la conciencia tranquila sabiendo que he dejado a una persona, aunque seas tú, durmiendo en un sillón con este frío. Así que prefiero ser yo la que duerma en él. Puedes subir tranquilamente, ésta no es ninguna trampa ni ninguna broma.

Y Draco, totalmente confundido, aceptó la llave de la habitación 45 y sin mirar a Hermione subió escaleras arriba. La castaña suspiró y se sentó en el sillón que antes ocupaba el rubio platinado para luego cerrar los ojos.

El viejo recepcionista la siguió con la mirada y luego sonrió para sí. Apagó las luces respetando la situación de la castaña y se retiró de la sala.

Ella no tardó mucho tiempo en lograr dormirse plácidamente, a pesar de la incomodidad que concernía dormitar sobre un sillón tan duro y gélido como aquél. Pero el pensamiento en que al otro día ya no soportaría más la presencia de Draco y que se reencontraría con Harry y Ron en su apreciado Hogwarts hizo posible que la albergara una tranquilidad inigualable, hasta tal punto de dormirse sin esfuerzo alguno.

Sin embargo, cuando los débiles rayos de la aurora tintaban a la mañana siguiente de rosado el cielo y se bañaban de rocío los pastos y los caminos empedrados de Hogsmeade, se despertó Hermione con indecibles dolores de espalda y de cuello. ¿Y cómo no? La posición fetal durante más de cinco/seis horas en un asiento de cuero que absorbía el frío del aire y era tan duro como una piedra no es recomendable para nada. Y la castaña acababa de comprobarlo.

-¿Ha dormido usted aquí? -le preguntó el recepcionista con grandes ojeras y con su corbata mal acomodada. Hermione lo miró, sorprendida de su repentina aparición, luego se tiñeron sus mejillas de un leve sonrojo para luego asentir tímidamente. El anciano parecía apenado-. En la noche, después de irme, pensé que usted desistiría de dormir en ese feo sillón. Esperaba que hoy la sala estuviera vacía, de verdad que no creí que durara mucho en ella.

-No fue tan terrible -mintió Hermione con una sonrisa, mientras se sobaba su dolorida espalda-. Pero estoy mejor que si hubiera dormido en aquella habitación.

-Lo dudo -se escuchó decir desde las escaleras. Draco Malfoy, con su cabello sin peinar pero con su vestimenta perfecta y detalladamente arreglada, bajó hasta la recepción con su equipaje y le tiró la llave del cuarto número 45 a la castaña. Ésta la miró, con extrañeza-. ¿No irás a buscar tus cosas, Granger?

Y Hermione, captando la idea, salió corriendo de la sala hasta el segundo piso. El recepcionista, aún apenado, se acercó al rubio para decirle:

-¿Desea desayunar?

-No -respondió Draco, secamente-. El carruaje a Hogwarts sale en unos treinta minutos. No tenemos tiempo.

-Ah -murmuró el recepcionista en voz baja y volvió a la recepción sin decir nada más.

Hermione bajó luego de unos instantes con su equipaje y con su uniforme de Hogwarts. Una corbata roja y dorada y la inscripción «Gryffindor» en la capa negra adornaban orgullosamente aquél conjunto pero que no hacían posible que las medias descoloradas y hasta la rodilla ni que la falda grisácea y desagradablemente larga quedaran a tono en él. Hermione, en cambio, parecía importarle muy poco cómo se veía, ya que ni siquiera su cabello lucía mejor que antes de peinarlo, si es que lo había hecho.

La castaña arrastró el baúl por la sala, llegando a Draco y con un bufido molesto, dijo a viva voz:

-¿Ya?

El rubio asintió con desgano y ambos, despidiéndose del recepcionista con una leve señal con la cabeza, salieron de la hospedería. Caminaron en silencio por la calle hasta que se toparon con un anticuado y deslucido carruaje tirado por dos caballos blancos y viejos.

-¿Esto es lo mejor que nos pudo enviar Dumbledore?

Draco parecía molesto y asqueado, Hermione, en cambio, lo miró con desdén y se subió inmediatamente al carruaje. A veces el rubio era simple y sencillamente irritable.

El carro comenzó a andar tardamente, con una lentitud reprochable a medida que recorría todas (y de verdad parecían ser todas) las calles de Hogsmeade, hasta que luego de una hora o dos, salía del dicho pueblo.

Los caballos comenzaron a gemir exhaustos y el carruaje debió detenerse por unos minutos. En ese tiempo, tanto Hermione como Draco no se dirigieron la palabra. La castaña pensaba en cómo iba a explicarles a Harry y Ron cuando los viera que había perdido el tren el primero de septiembre y que por ello llegaba UN DÍAtarde, mientras que el rubio no pensaba en nada, sólo miraba con su vacío interior los paisajes que circulaban por la ventanilla del carro.

Hasta que, cansados quizás los dos, una de suponer discursos poco creíbles y el otro de contemplar aburridos pinos o cerros verdes, se miraron con un dejo de hastío; no entre ellos sino por la situación.

-¿Qué me miras, Granger?

-¿Qué me miras tú? -dijo Hermione, defendiéndose a la vez que fruncía el entrecejo.

Draco desvió la mirada de nuevo a la ventanilla haciéndole caso omiso y la castaña aprovechó para resoplar. ¿Qué más iban a decirse? ¿Qué más iban a exhalar sus almas sino un profundo disgusto por el otro? No hubiera sido natural un diálogo corriente o amigable porque simplemente eso no existe ni entre los mejores enemigos. Y ambos lo entendían a la perfección. Pero sin embargo, se sentían algo solos por no tener a sus amigos cerca para compartir sus intimidades y aquello los obligó nuevamente a echare un vistazo mutuo. Volvió a ser una mirada de desazón, de odio, de desprecio casi. No obstante, a ninguno le importó la desazón, el odio ni el desprecio que emanaba su contrario.

-¿Qué me miras, Malfoy? -musitó Hermione, haciéndole burla al rubio.

Draco esbozó una de sus sonrisas orgullosas y déspotas, mas nada dijo.

Pasó otra hora de sumo mutismo, sólo se sentía la brisa acariciando las copas de los pinos e intentando ingresar a la fuerza a los adentros de la carroza. Eso provocaba leves golpes en las paredes de lona que eran la única compañía que Hermione y Draco tenían.

-Si no llegamos en unos minutos, tendremos que copiar la tarea de dos días -suspiró entonces la castaña-. Qué mal que empezamos.

Esta vez fue Draco quien frunció el ceño, indignado nuevamente que Hermione le hablara como un igual.

-Granger, quédate callada.

Hermione resopló por segunda vez.

-Me olvidaba que eras tú el que estaba aquí. Insisto: el Basilisco me hubiera tratado mejor.

-Pues, entonces búscalo y tráelo, porque no es él el que está aquí. Soy yo -dijo Draco enojado. Había algo en la voz de la castaña que le molestaba en sobremanera; era como si apenas podía soportarla.

Hermione parpadeó varias veces antes de contestarle.

-Y eso es lo que lamento, Malfoy.

Draco, cansado de la situación, rodó los ojos y se acomodó en el asiento, dejando de lado a su compañera de viaje. Apoyó inconscientemente su mano en el bolsillo de su capa y notó un bulto en él. Metió la mano extrañado y sacó una vara de madera que no era suya.

-Granger -dijo, elevando la vara a la altura de su mandíbula para que Hermione la viera-, creo que ésta es tu varita.

La castaña miró fijamente la vara y con cara de sorpresa se acercó a Draco. Tomó la varita entre sus dedos y luego preguntó:

-¿Cómo es que tú tienes mi varita? -Hermione enfatizó el tú dando a entender que pensaba que él se la había robado.

El rubio no respondió. Ni siquiera él sabía que hacía la varita de la impura en el bolsillo de su capa. Se encogió de hombros y volvió a mirar por la ventanilla, dejando su mente entre los prados helados y el pinar que se mecía con la brisa. ¿Cómo es que tenía su varita? No lo recordaba, ni tampoco se le venía a la cabeza ninguna extraña posibilidad en la cual Draco se la hubiera podido quedar con él. Pero en el acto, dejó de importarle el tema, ¿o es que acaso tanto podía importar que él, el slytherin puro que era, había tomado la varita de ella, la impura gryffindor?

¡Por supuesto que no! Pensó, y contento interiormente que su conciencia en vez de reprocharle le felicitara, no volvió a mirar a Hermione. Ésta continuaba deduciendo lo que Draco había desistido en concluir: ¿cómo es que él la tenía?

Y le parecía la trama más interesante de la historia de la humanidad, puesto que durante varios largos minutos continuó ella induciendo la situación. Draco, en cambio, sintiéndose de nuevo necesitado de un habla con alguien, volteó a verla.

-Granger, ¿qué importa si la tenía? Lo importante es que la tienes de vuelta. Yo no te la he robado, ni mucho menos. No me interesan las pertenencias de ninguna sangre sucia, de eso puedes estar tranquila.

-Bueno, gracias, Malfoy -dijo Hermione, con un tono sarcástico-. Gracias por no interesarte en mis cosas y dejarme claro que, aunque mi varita estaba en TÚ bolsillo, no has tenido intenciones de quedártela.

-¿De verdad tienes ganas de pelear?

Hermione se sonrojó y arqueó las cejas.

-¿Me lo preguntas tú, el que siempre tiene la última palabra en una pelea?

-Mira, Granger. Tu varita me importa un comino. ¡Un comino! Deja de ser tan melodramática.

-No hablo por la varita, hablo por tu egocentrismo y tu maldito orgullo, ¿o no puedes reconocer que lo único que has hecho es dificultarme la vida? Primero el viaje en tren en donde me aclaraste que no soy digna de hablarte, segundo te quedas con la habitación, tercero me sigues insultando.

-Granger, es lo natural -dijo Draco, sonriendo como era típico en él-. Los enemigos normales hacen eso. Tornan difíciles las cuestiones del otro. ¿O es que quieres que te trate bien?

-¡Ja! No durarías ni un día entero sin tratarme mal -espetó Hermione.

Draco dejó inmediatamente de sonreír. Saboreó lentamente lo que parecía un reto.

-¿Quieres comprobarlo?

-¿En serio te crees capaz de tan gran sacrificio? ¿Estás seguro, Malfoy? ¿Podrás, acaso, reprimir tus impulsos de insultarme, burlarte y agraviarme?

-Granger -murmuró, enojado otra vez-, no subestimes mis talentos ni mis capacidades -estiró la mano y la dejó en el aire un momento-. ¿Es un trato?

-¿Qué pactamos?

-Yo no te molesto por un mes a partir de nuestra llegada a Hogwarts.

-¿Y yo qué tengo que hacer? -indagó, presintiendo que ella también debía dar de su parte.

-Tú… -Draco sonrió levemente-. ¿De verdad lo quieres saber?

Hermione tragó en seco.