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Historia 143311 — capítulo 6

6.Reencuentro.

Luego de unos minutos, el cielo se bañó de nubes; algunas grisáceas, otras tan sombrías como el humor de Draco en ese momento. Tenía los pelos de punta al imaginar la trágica posibilidad que después de subir la colina, las afinadas techumbres y las paredes de piedra cenicienta de Hogwarts no se avistaran por ninguna parte.

Y las absurdas y aniñadas preguntas de la castaña comenzaron a rondar ahora por su propia cabeza. ¿Cómo saldrían de ese lugar? ¿Cómo se comunicarían? ¿A dónde irían? Miró a la gryffindor nuevamente, para cerciorarse que ella no estuviera con la misma preocupación grabada en el rostro, y, cuando le vio la cara ensombrecida por las nubes pero iluminada asimismo por una extraña y a la vez desconocida beldad, dejó de sentirse tan intranquilo.

La conciencia de Draco no tardó en reprocharle como Lucius lo haría. Beldad, ¿estás de broma? ¡No seas estúpido, muchacho! Que no se te olvide que es la sangre sucia, y nada más ni nada menos que la amiga de Potter. ¡Madura de una vez! ¿Qué diría tu padre ante esta situación…?

-¡Cállate! -dijo Draco, sin darse cuenta que lo decía en voz alta. Sólo se percató cuando sintió la mirada indagadora de Hermione puesta sobre él. Intentando disimular, el rubio platinado desvió sus ojos hacia el cielo que ya tronaba.

-¿Le estás diciendo al cielo que se calle?

¡Rayos! Ahora ella cree que eres un idiota. No es que no sea cierto, pero…

-¡Ah, cállate! -volvió a decir Draco a su conciencia, mientras que Hermione lo veía con mala cara.

-No es mi culpa que seas un loco, Malfoy. Si tanto quieres que me calle no deberías hablar tantas estupideces -con su orgullo herido, Hermione continuó subiendo la colina.

Draco no supo qué decirle, mas sabiendo que no tenía arreglo se limitó a seguir a la castaña. Cuando ambos llegaron a la cima de la misma, sus rostros se iluminaron a pesar que todo se había vuelto oscuro por la tormenta.

Muy cercanas a la colina se divisaban las torres de Hogwarts que emergían entre altos pinares y alamedas y estaban rodeadas de frondosas nubes negrizcas. Un extenso puente apuntaba a Draco y Hermione, quienes, aliviados de ver al colegio, se dirigieron a él con prisa. Empezaron a descender gotas de agua helada con lentitud y suavidad, como una endeble cortina de lluvia que le acariciaban los hombros a los dos jóvenes. Pero luego de unos minutos, ya estaban empapados de pie a cabeza.

El equipaje humedecido, por ende, les comenzó a tornar más pesado de lo usual y, sumado esto al cansancio de tanto caminar y viajar, las fuerzas de ambos estudiantes empezaron a flaquear. Hermione ya se había tropezado varias veces cuando lograron llegar al puente.

-Descansemos -susurró Hermione, exhausta.

-No -dijo Draco, con seguridad y rudeza en la voz-, estamos muy, muy cerca a la entrada. No nos detengamos.

Y así, cansados como estaban, continuaron caminando. Hermione parecía una muerta en vida, mientras que Draco, aunque agotado como ella, parecía aún conservar algo de ímpetu en el espíritu. Por las prácticas de Quidditch surgían frutos después de todo.

-Es un alivio, ¿no? -expresó la castaña-. ¿Te hubieras imaginado subir la colina y que Hogwarts no estuviera allí…? -Draco no contestó, era como que si decía lo que fuera iba a perder las pocas fuerzas que le quedaban-. No hubiera soportado otro día a la deriva.

Y luego de decir esto, Hermione se detuvo. Sus piernas ya no le respondían, y terminó cayendo al suelo, respirando con dificultad.

-No puedo… no puedo caminar más -suspiró con los ojos brillosos.

Draco la miró intensamente y, sin pensarlo dos veces, la tomó entre sus brazos. Esto tomó por sorpresa a la castaña, quien no lo hubiera imaginado nunca.

-¿Malfoy… qué haces? ¡Espera! Nuestro equipaje…

-Déjalos -dijo Draco, que a duras penas podía soportar tener a Hermione encima de él-. Cuando lleguemos, les diremos que nuestras cosas han quedado en el puente. No importa…

Hermione le envió una mirada extraña, como pensativa.

-¿Por qué me cargas? -le preguntó.

-Estoy devolviéndote el… el favor por… haberme dado la llave de la habitación en Hogsmeade -comentó entrecortadamente. Sentía que se le iba el alma en cada exhalación. Con mucha suerte podrían llegar ambos a la puerta de entrada al colegio.

Entonces, la castaña cerró los ojos y apoyó su cabeza en el pecho del rubio platinado, quedándose dormida al instante. Pero antes incluso de sentir cómo su respiración se recuperaba, Draco juró escuchar un débil «gracias» por parte de la gryffindor.

El rubio también quería hacer lo mismo; cerrar los ojos y dejar de caminar. Hasta podía apreciar cómo todos sus sentidos se adormecían y su cuerpo le pedía que se detuviese…


-Me preocupa que no hayan llegado -expresó Albus Dumbledore en la oficina del director. Sus expresiones se habían vuelto nerviosas y severas, mas por el brillo que corría por sus ojos podía asegurarse que él de verdad no estaba preocupado. Con los anteojos con forma de medialuna torcidos y con la túnica redoblada, miró a los presentes sin decir nada más.

-¿Y si Malfoy le hizo algo? -soltó el único pelirrojo de la sala, como si hubiese estado esperando todo ese tiempo para decirlo-. ¡Hermione no…!

-La señorita Granger es muy inteligente como para que un chico no tan capacitado como ella pueda hacerle algo, señor Weasley -respondió el director sin inmutarse, todo lo contrario: esbozó una tierna y sumisa sonrisa-. Además, no creo que el señor Malfoy se atreva a nada, es sólo un niño.

-Sí, pues ese niño la odia y de haber podido ya la hubiera matado -dijo Ron, exasperado.

-Ron, tranquilo -murmuró Harry, aunque estaba tan enojado como él.

-Yo creo -dijo el profesor de Pociones, arrugando la frente- que es ridículo pensar que mi estudiante pudiera hacerle algo a la señorita Granger, por más insufrible e insoportable que ésta sea.

Ron y Harry apretaron los puños e iban a contestarle de no haber sido que Dumbledore habló con voz enérgica.

-Tanto la señorita Granger como el señor Malfoy deben estar en camino, tan a salvo como siempre. No hay que preocuparse por ello, confío plenamente en la conducta de mis prefectos. Lo que sí me preocupa es el porqué de tanta tardanza. La carroza que les envié los tendría que haber dejado aquí hace medio día. Si no aparecen en la noche, me temo que tendré que enviar a Hagrid en su búsqueda…

-¡Profesor Dumbledore! -irrumpió en la oficina, la profesora McGonagall. En su rostro se habían mezclado su vejez con una gran preocupación. En un intento de sonar calmada, su voz casi se quiebra-. Los encontramos. Los llevamos inmediatamente a la enfermería.

Ninguno de los presentes necesitó oír más para salir a zancadas por la puerta de la oficina y dirigirse a la enfermería.

-Estúpido Malfoy -masculló el pelirrojo, pasándose la mano por la cara en señal de abatimiento-. Te aseguro que es su culpa.

Harry asintió y apresuró el paso. Luego de unos minutos tanto él como Ron, el profesor Snape, la profesora McGonagall y Dumbledore arribaron a la enfermería. Al ver llegar a tantas personas, Madame Pomfrey los detuvo.

-¡Se terminó el horario de visitas! ¡Vuélvanse a sus…! -pero al comprobar que en el grupo estaban tanto el director como los profesores, la enfermera se ruborizó al instante y se hizo a un lado-. Quiero decir… pueden pasar. Los jóvenes están… están durmiendo.

-¿Cómo están, Poppy? -inquirió el director Dumbledore a la vez que Ron y Harry corrían hasta la camilla donde la castaña dormía plácidamente.

-Obviamente que cansados. Noté algo de deshidratación, pero el problema es la extensión del camino que han recorrido. Mucho caminar, nada de hidratación… no es nada bueno. Pero dentro de todo, están muy bien. Para mañana estarán frescos para las clases.

Ron y Harry vieron con algo de pena a Hermione y después se volvieron a Madame Pomfrey.

-¿Mañana? Pero… ¿no tendrá que descansar?

-Tendrán, señor Potter -lo corrigió la enfermera-. Pero, no. No necesitarán más que esta noche, no están nada graves. Lo que sería aconsejable es que no recibieran más visitas hasta que en un par de horas les deje abandonar la enfermería. Necesitan dormir sin interrupciones o sino no se recuperarán como es debido.

Con ello, todos, incluso Madame Pomfrey, salieron de la enfermería, apagando las luces y cerrando las puertas. Ni Harry ni Ron les hacía gracia dejar sola a Hermione con Draco Malfoy dentro, pero, por órdenes de la enferma y de Dumbledore, debieron volver a la Sala Común de Gryffindor en silencio, sin chistar.

Fue un reencuentro agridulce para ambos gryffindors, estaban contentos que Hermione hubiera aparecido y que no estuviera herida (como habían temido en un principio), pero les desconcertaba la idea de que ella hubiera compartido los últimos dos días con el hurón malnacido de Malfoy.

-¿Y qué tal si le hace algo en la enfermería, aprovechando que está dormida?

-¡Ron! ¡Tranquilo! -dijo Harry-. Es Malfoy no Voldemort.

-Hubiera preferido que, en vez de Malfoy, hubiera sido el Basilisco quien la acompañara.

-¿Sabes, Ron? Tengo la sensación que… ella también lo hubiera preferido.