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El color de los sentimientos — capítulo 17

POV****Marta

Los labios de Sergio eran suaves y ágiles, besándome de forma lenta y dulce, con cariño, con ternura, casi con amor, lo cual me dejó tan sorprendida que me sentí incapaz de hacer nada… hasta que me di cuenta de que ya estaba haciendo algo: poco a poco había ido devolviéndole el beso con la timidez que conlleva la inexperiencia, pero la mano de Sergio sujetaba mi nuca guiando mi boca contra la suya, y el suave abrazo con el que rodeaba mi cintura lo hacía todo mucho más fácil.

Pasado un tiempo que no habría sabido especificar, nos separamos, y solo entonces volví a oír la música y los gritos de la gente, que durante el beso se habían extinguido como acallados por una fuerza superior.

Sentí mis mejillas arder mientras me atrevía a alzar lentamente la cabeza y mirar a Sergio a los ojos. Él respiraba de forma irregular y tenía la vista clavada en mí, con una mezcla de preocupación y… ¿nervios? ¿Cuándo había visto yo nervioso a Sergio?

—Te noto inquieta, ¿tan terrible ha sido? —preguntó con tono divertido, esbozando una de sus medias sonrisas, y en ese mismo instante me debatí entre besarle de nuevo o volverle la cara de un tortazo.

—Eres… eres… —empecé, con la voz temblorosa, incapaz de decidir si quería decir "perfecto" o "idiota".

—¿Irresistible? —aventuró él, ensanchando su sonrisa.

Sí, "idiota" era la palabra ideal para definirle.

Le di un puñetazo en el hombro y me fui corriendo, apretando los puños por la rabia.

Ese niñato se había reído de mí de lo lindo.

Seguí corriendo hasta la iglesia, deseosa de encontrar a Inés y decirle que quería volver a casa. Por alguna razón que no comprendía ni quería comprender, deseaba estar lo más lejos posible de Sergio… ¿o no?

Justo cuando estaba a punto de llegar a la parte trasera de la iglesia, una mano me sujetó del hombro, deteniéndome.

—Eh, espera —Sergio, cómo no—. Lo siento, no quería molestarte…

—Pues lo has conseguido —le gruñí, aunque no pude evitar notar que el gran "ocupo-casi-tanto-como-mi-ego" Sergio estaba disculpándose.

—Lo siento, princesa, de verdad...

—¿Por qué me llamas princesa todo el rato? —le interrumpí. Él sonrió.

—Porque me recuerdas a una de esas princesas que a menudo aparecen en los cuentos: soñadora, inocente y dulce… o quizás no tan dulce —comentó, alzando una ceja y sonriendo de nuevo mientras se tocaba el hombro en el que le había pegado. Apreté fuertemente los dientes mientras le respondí:

—Y supongo que tú eres el perfecto y apuesto príncipe azul, ¿verdad?

—No lo creo. Más bien soy el temible y cruel dragón que mantiene cautiva a la princesa —aseguró, serio de pronto, dedicándome una intensa mirada. Esto me desarmó, y por un segundo me olvidé de mi enfado con él por haberse reído de mí con aquel beso.

—¿El personaje malo en vez del bueno? ¿Y eso por qué? —quise saber.

—Porque es lo que quisieron que fuera.

—¿Qué? ¿Quisieron? ¿Quiénes?

Él se quedó callado unos segundos, el rostro ensombrecido por la oscuridad que flotaba ya en el aire y tal vez por algo más; finalmente abrió la boca para responder, pero se vio interrumpido por los pasos apresurados de Rafael, el amigo de Guillermo, que salió de entre los contrafuertes de la iglesia apurado y temeroso. Al vernos pareció asustarse un poco, pero después se recompuso y echó a correr, perdiéndose entre la multitud de adolescentes en los que empezaban a hacerse presentes los efectos del alcohol.

—¿Y a ese qué le pasa? —dijo Sergio, frunciendo el ceño.

—No lo sé, pero no tenía muy buen aspecto…

Sergio compuso una mueca burlona y comenzó a exponer lo que claramente tenía intención de ser una broma pesada.

—Probablemente acabe de…

No obstante, fue interrumpido una vez más, esta vez por gritos de dos voces que yo conocía.

—¡¿Cómo me has llamado?!

—Homófobo de mierda. ¿Te lo escribo?

—No, muchas gracias. Por cierto, deberías ir a por una fregona, lo estás poniendo todo perdido de aceite.

Sergio y yo nos miramos de nuevo, confusos.

—¿Qué está pasando ahí? —pregunté.

—Comprobémoslo —respondió él. Me cogió de la mano y me arrastró hacia la zona de contrafuertes de la que había salido Rafael… y fue así como me encontré con una imagen sorprendentemente desagradable.

—¡No le hables así! ¡O mejor dicho, no vuelvas a hablarle, a ver si vas a contagiarle algo!

—¡Eres el mayor gilipollas del planeta! ¡Y eso sí que puede resultar contagioso! ¡Enciérrate en tu cuarto y no vuelvas a salir de él, le harás un favor al mundo!

—¡Tú eres el que debería estar encerrado! ¡Tú y todos los que son como tú!

Nicolás y Guillermo rodaban por el suelo, arañándose y golpeándose tanto como podían, mientras Inés, que había caído a su lado, trataba en vano de separarlos, llorando y gritándoles que se detuviesen.

Sergio bufó molesto, como si en vez de frente a una pelea estuviese ante un día lluvioso, y de un par de zancadas se plantó junto a los dos chicos. Agarró a Nicolás del cuello de la camisa y lo separó de Guillermo.

Los dos integrantes de la pelea se miraban con odio. Ambos ofrecían un aspecto lamentable, cubiertos de barro y sangre.

Inés se puso en pie y miró a Sergio con auténtico asombro, como si de una aparición se tratase. Yo me acerqué despacio a él y coloqué una mano sobre su hombro, más para impedir que se uniese a la pequeña batalla que por otra cosa.

—Esto se está convirtiendo en una costumbre —gruñó Sergio—. ¿Cuál es vuestro problema? Parecéis dos críos de Primaria.

—Es él, ¡es gay! —dijo Nicolás.

—¿Qué? —solté yo, anonadada. Inés me miró como si reparase por primera vez en mi apariencia—. ¿Es eso cierto, Guille? ¿Eres gay?

—Sí, lo soy. ¿Algún problema?

—No, por mi parte ninguno, solo me ha sorprendido —respondí con calma y sinceridad. Él pareció conforme con mi sentencia, pero no pudo evitar lanzar una mirada de intranquilidad a Sergio.

—Creo que el otro día, en el callejón, dejé bien claro que yo tampoco tengo nada en contra de la homosexualidad —comentó, y Guillermo se relajó al instante. ¿De qué callejón estaría hablando?

—Lo sé. Lo siento. No he tenido un buen día… No tengo ganas de hablar con nadie. Creo que me voy a casa. Hasta el lunes —dijo apresuradamente, y se fue, mirando primero a Nico con odio y luego a Sergio con disculpa.

—Yo también me voy. Adiós —masculló Nico, y se escabulló del agarre de Sergio como una sanguijuela, desapareciendo velozmente en dirección a la fiesta.

Inés suspiró, masajeándose las sienes con los dedos índice y corazón. Sergio y yo nos quedamos mirándola, y ella, al reparar en esto, preguntó tontamente:

—¿Qué?

—Que nos expliques qué demonios ha pasado aquí, por ejemplo —gruñó Sergio, rodeándome por la cintura con el brazo derecho, al parecer inconscientemente.

—Mejor aún, ¿y por qué no me explicáis qué ha ocurrido entre vosotros? —replicó Inés, cruzándose de brazos y mirando fijamente el brazo de Sergio.

Él se enderezó de golpe, y pude ver cómo tragaba saliva visiblemente. Me pareció que palidecía por unos segundos, y durante un instante creí ver el miedo en sus ojos grises, pero la chispa de temor e incertidumbre desapareció a tal velocidad que pensé que me lo había imaginado.

De pronto, su postura hacia mí cambió: el aura de calidez y su gesto protector se esfumaron como humo bajo un huracán, y Sergio se mostró de nuevo frío y arrogante. Me empujó hacia Inés esbozando esa media sonrisa gélida y burlona que le caracterizaba.

—Encima que me encargo de que nadie aplaste a la niñata de tu hermana ahí fuera… Hay que ver qué desconsideración —dijo con tono socarrón. Se sacó un mechero y un cigarrillo de la cazadora de cuero y lo encendió, llevándose a los labios. Dio una profunda calada, mirándonos con un brillo divertido en la mirada—. Bueno, ya me he cansado de hacer de niñera y de teneros delante. Me largo, me aburrís sobremanera.

Y dicho esto, dio media vuelta y se fue. Inés bufó, pateando el suelo.

—¡Pero será creído y estúpido!

Yo, sin embargo, no dije nada. Me mantuve callada, seria, observando el punto exacto por el cual Sergio había desaparecido. Inconscientemente, me llevé los dedos a los labios, en los que aún podía sentir el cosquilleo de mi primer beso… y del sabor de su boca.

"…Más bien soy el temible y cruel dragón que mantiene cautiva a la princesa.

—¿El personaje malo en vez del bueno? ¿Y eso por qué?

—Porque es lo que quisieron que fuera."

¿Qué habría querido decir Sergio con aquello?

¡Hola! Y hoy, domingo de nuevo, nos volvemos a leer. Siento haber tardado tanto en responder los comentarios, me temo que, al igual que las actualizaciones, las respuestas las tendré que poner los domingos… Pero que sepáis que leo todos los comentarios desde el móvil el día que me los mandáis, ¿eh? Por cierto, este capítulo va dedicado awillow of inkpor lo que me escribió en su último comentario!!!!!

Bien, ¿qué os ha parecido el cap? Espero que os haya gustado!!!

Gracias por los comentarios del capítulo anterior, sois geniales!!!

Un besazo enorme,

Meri