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El color de los sentimientos — capítulo 18
POV****Inés
Regresamos a casa poco después de que Sergio se fuese tras meterse con Marta. Ni mi hermana ni yo hablamos mucho más el resto de la noche.
Sin embargo, a la mañana siguiente, Marta se me acercó retorciéndose el bajo de la camisa con nerviosismo, y me propuso salir a dar un paseo para contarme algo muy importante que le había pasado en la fiesta. Dado que yo también necesitaba hablar urgentemente con ella, accedí.
Nuestro padre estaba aún durmiendo en la cama cuando nos dirigimos a la puerta de casa, nada más acabar de desayunar.
Ya estábamos a punto de salir cuando oímos unos pasos sordos a nuestras espaldas.
Sobresaltadas al pensar que sería nuestro padre, nos dimos la vuelta, pero rápidamente nos tranquilizamos al ver que era Javier, recién levantado de la cama, con el pelo revuelto y desordenado y sin camiseta.
—¿Adónde vais, pequeñajas? —preguntó con voz ronca por el sueño.
—A dar una vuelta —respondió Marta entre susurros—. Tenemos que hablar de cosas… cosas de chicas.
—¿Ah, sí? —inquirió nuestro hermano, sonriendo—. Bueno, pues pasáoslo bien… Yo me vuelvo a la cama. ¿Quién se levanta a las diez de la mañana un domingo? Estáis locas… —y dicho esto se fue rezongando en dirección a su cuarto.
Marta y yo salimos de casa y cerramos la puerta con sumo cuidado de no hacer ruido.
Una vez en la calle, comenzamos a pasear sin rumbo fijo y en silencio.
Finalmente, Marta dijo:
—Tú sabías lo de Guille, ¿verdad? ¿Por qué no me lo dijiste?
—No creí que fuera a hacerle mucha gracia que lo fuese diciendo por ahí… Además, en realidad no lo sabía a ciencia cierta. Solo escuché a unos chicos insultándole y llamándole mariposa y cosas así. Fue esta semana, durante el recreo, en un callejón cercano al instituto. Sergio apareció de la nada e impidió que esos chicos le dieran una paliza a Guille… Era lo que te estaba contando el otro día cuando salías del castigo.
Marta se detuvo de golpe en medio de la acera.
—¿Qué? —musitó ella, sorprendida. Me encogí de hombros.
—Lo sé, fue muy raro…
Marta suspiró y reemprendió la marcha a mi lado.
—¿Qué hacías con Nico, Guille y Rafa detrás de la iglesia? —preguntó. Me sonrojé sin saber muy bien por qué.
—Bueno… Nico me llevó aparte porque le molestaba la música y porque quería hablar conmigo en privado… Oímos a Rafa y Guille dialogando nerviosamente cerca de nosotros, y al escuchar la conversación descubrimos que Guille era gay y que se estaba declarando… Pero Rafa estaba como indeciso, y se largó de allí de una forma que, en mi opinión, fue bastante cobarde. Entonces Nico empezó a meterse con Guille por lo de su homosexualidad, el asunto pasó a las manos y después llegasteis vosotros. No hay mucho más que contar.
Marta esbozó una sonrisa pícara.
—Ya… ¿y de qué quería hablar Nico contigo?
Mi rubor creció ligeramente.
—No sé, nos interrumpieron antes de que terminara. Solo llegó a preguntarme si tenía novio y poco más. No sé qué podría querer —respondí de carrerilla. Marta bufó sin dejar de sonreír.
—¿Cómo puedes ser tan inocente? ¡Iba a pedirte salir! Vamos, pongo la mano al fuego por ello… Aunque después de lo que le dijo a Guille ha pasado a formar parte de mi lista negra, la verdad.
—Yo prefiero no pensar en él como en una mala persona hasta que no hayamos hablado. Quiero saber por qué se comportó así con el pobre Guille, porque a lo mejor hay algún motivo, ¿no? Aunque que conste que no lo estoy excusando de lo que hizo —dije. Marta asintió pensativa, y entonces fui yo la que esbozó una sonrisa traviesa.
—¿Y tú? ¿Qué es lo que pasó con Sergio? Estabais muy juntitos cuando llegasteis.
En esta ocasión le tocó a Marta sonrojarse. Mi hermana desvió la mirada incómoda.
—De eso precisamente quería hablarte… Poco después de que te fueses con Nico yo fui a por algo de beber. Al regresar, ni Guille ni Rafa estaban donde les dejé, así que me quedé sola un buen rato… hasta que vi a Sergio. Entré con él en la iglesia y estuvimos hablando un rato… Descubrí que tiene un hermano mayor que ya no debe de vivir con él… Bueno, pero eso no es lo que iba a contarte. El caso es que me puso nerviosa y me fui, y en la fiesta me encontré con dos chicas muy frescas que van a mi clase y me caen terriblemente mal. Empezaron a meterse conmigo y a decirme no sé qué de mi primer beso, y a amenazarme con que no volviera a acercarme a "su Sergi" y cosas así… Entonces llegó Sergio y las echó de muy mal genio y… y…
Marta se calló, trabándose con sus propias palabras. Sus mejillas eran ya del color de la grana, y parecía muy nerviosa.
—¿Y…? —la animé suavemente a continuar.
—Y me besó —finalizó ella, cerrando fuertemente los ojos por un segundo, como si no quisiese ver mi reacción.
En ese momento fui yo la que se detuvo bruscamente en mitad de la acera, ganándome así miradas hoscas de un par de transeúntes que tuvieron que esquivarme.
—¿Qué hizo qué? —pregunté, anonadada.
Marta me miró desde un metro más adelante.
—Que me besó. Y estuvo sorprendentemente amable durante un rato. Me dijo… me dijo que yo le recordaba a una princesa, y que él era malo porque así lo habían querido.
—¿Quiénes?
—No lo sé. Antes de que llegara a decírmelo oímos los gritos de Nico y Guille y fuimos a ver qué pasaba…
Suspiré. Aquello sí que era sorprendente.
—¿Qué vas a hacer ahora? —pregunté con un susurro.
—¿Yo? Nada. No sé qué quieres que haga —respondió. Pero yo la conocía lo suficientemente bien como para saber que estaba nerviosa e inquieta. No podía desaprovechar una oportunidad así de tomarle un poco el pelo.
—¿Y bien? —pregunté, volviendo a caminar con ella.
—¿Y bien qué?
—¿Te gustó el beso?
—Puaj, no. Fue desagradable y repulsivo y asqueroso y… y… y fue sencillamente maravilloso —acabó en un susurro, pasándose la mano por la cara con resignación.
Sonreí al ver su apuro.
—Marta.
—Qué.
—Te gusta Sergio, ¿verdad?
—No. Que me gustara ese beso no significa que él me guste. Sigue siendo un chulo ególatra.
Sacudí la cabeza de un lado a otro. Si eso era lo que ella quería hacerse creer… Ya se daría cuenta por sí misma de hasta qué punto se equivocaba al decir que no le gustaba Sergio. Era tan evidente…
Y, de hecho, yo intuía que a él también le gustaba Marta. Bajo su fachada de chico malo se escondía una buena persona vulnerable ante el amor, algo que Sergio había dejado traslucir involuntariamente al rodear la cintura de Marta con tanto cariño en la fiesta.
"Vaya dos patas para un banco…", pensé, divertida.
—Oye, ¿dónde estamos? —la voz de Marta me sacó de mis ensoñaciones. Parpadeé mirando a mi alrededor, sorprendida.
Nos encontrábamos en la entrada de una especie de parque con bancos blancos y prados llenos de florecillas. Sin embargo, el rasgo más característico era, tal vez, el gran mar de cerezos que se erguían por todas partes, altos y fuertes.
Ahogué una exclamación de sorpresa, maravillada.
—Es precioso —susurró Marta.
—Sí, lo es —respondí yo, mientras me daba cuenta de que creía haber visto antes ese parque desde la ventana del autobús escolar.
Lo que yo no sabía, lo que ninguna de las dos sabíamos, era que aquel era el parque de los cerezos que había sido testigo de muchas clases distintas de amores: los sinceros, los clandestinos, los insólitos, los inesperados, los imposibles, los eternos…
Y, entre todos ellos, el amor de nuestro hermano Javier y su novia Noelia.
¡Hola! ¡Sorpresa! Sí, actualicé un día antes de lo esperado… Pero ya lo tenía hecho y no me parecía bien haceros esperar hasta mañana.
He de deciros que tengo un traumatismo no muy agradable en un dedo y que debido a ello escribir es algo que me cuesta un poquito, pero este capítulo lo he podido mecanografiar más o menos bien y confío en que la semana que viene me pueda quitar ya las vendas…
¿Os ha gustado? En realidad, sé que no os he puesto nada nuevo, era más que nada una especie de "capítulo resumen", porque Marta e Inés tenían que saber esas cosas que antes desconocían… He aprovechado para poner la escena en el parque de los cerezos que me pedisteis tiempo atrás ;-)
Espero que estéis teniendo un buen fin de semana. ¡Nos leemos la semana que viene!
Un besazo,
Meri