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El color de los sentimientos — capítulo 19
POV****Marta
Al día siguiente, durante el viaje en autobús, me sentí incómodamente nerviosa. ¿Por qué? Por él. Sergio. Estaba muy confusa por su culpa, y no sabía qué podía esperar de él a partir de ese momento. ¿Habría cambiado algo desde lo del beso? ¿Seguiría siendo el mismo idiota de siempre? Me resultaba imposible decidir qué opción me molestaba más.
Por otro lado, estaba el tema de Guillermo. El pelirrojo estaba sentado solo junto a mí y a mi hermana, hundido en el asiento y con ojeras. Rafael se hallaba en primera fila, ignorando olímpicamente a su compañero, que de vez en cuando le echaba miradas apesadumbradas. Y pese a los muchos ánimos que Inés y yo tratamos de infundirle, él prosiguió con ese aire compungido.
Finalmente, el autobús paró frente al instituto, y cada uno se fue por su camino. Durante las dos primeras clases, Sergio se dedicó a fingir que yo no existía, y esa repentina indiferencia absoluta hacia mi persona logró desquiciarme.
No fue hasta el primer recreo cuando tuve oportunidad de hablar con él.
Curiosamente, al llegar al gimnasio para cumplir el castigo me encontré con la novedad de que él ya estaba allí. Pasé a su lado pisando tan fuerte como me resultó posible, haciendo notar mi presencia, pero él ni se inmutó. Se quitó la cazadora de cuero con total parsimonia. Ese día llevaba una camiseta de tirantes blanca que dejaba ver sus brazos musculados, además de unos pantalones vaqueros gastados y unos viejos playeros. Una cadena de oro colgando de su cuello constituía el detalle final.
Me mordí el labio inferior de forma involuntaria, consciente de que atractivo no le faltaba. Y su forma de besar…
"Pero sigue siendo Sergio", me recordé. "El ególatra, narcisista y estúpido Sergio".
Una especie de sentimiento de venganza me recorrió por dentro en ese instante, y decidí que a ese juego podían jugar dos.
Dejé mi mochila debajo de las espalderas y me senté junto a las cajas para empezar a ordenar el material de Educación Física, pero sin poder evitarlo desplacé los objetos con más fuerza de la necesaria, imprimiendo un poquito de mi rabia en cada golpe. Estaba enfadada con él por ser tan atractivo y a la vez tan capullo, por confundirme con sus actos y con sus palabras, por herirme a propósito con su silencio.
Al ver mi frustración, él rio suavemente por lo bajo, una risa grave y curiosamente agradable que me hizo ser consciente por primera vez de que me gustaba el sonido de su voz.
Sin embargo, no iba a dejarle ganar. Alcé la cabeza con orgullo y seguí a lo mío sin dirigirle ni una sola palabra.
Doce minutos después, al coger una vieja raqueta de bádminton para colocarla en el montón de los objetos inservibles, sentí un agudo dolor en la yema del dedo índice. Tiré la raqueta con un breve gemido y observé confusa como una gotita de sangre resbalaba lentamente desde el punto donde, al parecer, me había cortado con un alambre rígido y torcido que se había soltado de la red de la raqueta.
Solté una palabrota por lo bajo y mascullé:
—Hay días que es mejor no levantarse de la cama…
Sergio alzó la vista y me miró. Entonces, abrió la boca por primera vez en toda la mañana.
—Deberías echarle agua. Ese alambre estaba muy oxidado, podría infectársete.
—Ah, ¿ahora me hablas? —repliqué con un gruñido. Él se encogió de hombros con una sonrisa que de inocente tenía poco—. Solo es una heridita, no me voy a morir.
—Vete a lavártela, te lo digo en serio —replicó él, alzando una ceja. ¿Cómo demonios podría hacer ese gesto de una forma tan… tan perfecta?
—No seas pesado, ya te he dicho que no es nada.
Él suspiró, se levantó y se sacudió las manos en los vaqueros, para justo después acercarse a mí y levantarme del suelo con una facilidad pasmosa.
—¡Eh! —grité, golpeándole en la espalda cuando me cargó sobre su hombro—. ¡Bájame de aquí, estúpido! ¡He dicho que me bajes!
—Cállate ya —dijo él por toda respuesta, riendo ante la ineficacia de mis puñetazos. Me llevó hasta los vestuarios femeninos que, obviamente, estaban vacíos, y yo perseveré en mis protestas hasta que me bajó al suelo frente a los grifos.
—Eres idiota —declaré. Él se limitó a sonreír de nuevo, claramente divertido.
—Lávate la herida o de aquí no sales.
Bufé y le hice caso. Al fin y al cabo, pasarme el día encerrada en los vestuarios del instituto con Sergio no era precisamente mi prototipo de día perfecto.
Cuando la sangre ya dejaba de salir, oímos sonar el timbre, aunque pese a ello me tomé mi calma para secarme el dedo. Sergio sacó una tirita del pequeño botiquín colocado bajo los bancos y se acercó a mí, pero cuando yo iba a cogerla él chasqueó la lengua y me sujetó con firmeza pero con cuidado el dedo herido para colocármela él mismo.
El contacto de sus manos cálidas hizo que me sonrojase, e incliné la cabeza para que mi pelo ocultase este ligeramente vergonzoso detalle que prefería que él no descubriese.
Cuando me hubo puesto la tirita, Sergio me miró y me dijo:
—Venga, vámonos ya, no vaya a ser que cierren el gimnasio y nos quedemos encerrados aquí…
—¿Quedarnos encerrados? —pregunté tontamente mientras le seguía hasta la salida de los vestuarios con la intención de recoger mi mochila.
—Sí —respondió—. Los lunes a tercera ninguna clase tiene Educación Física, por lo que cierran el gimnasio para evitar robos de material.
—¿Y por qué no me lo has dicho antes? —repliqué, abriendo mucho los ojos y apresurando el paso.
—Porque no me lo habías preguntado —ambos recogimos nuestras cosas y nos dirigimos a la puerta, pero cuando Sergio trató de girar el pomo, este no cedió.
—Está cerrada —declaró tras un par de intentos, esbozando una mueca.
—Estás de broma —dije yo, temiendo por un segundo que estuviese verdaderamente encerrada allí con él. Dejé la mochila en el suelo e intenté abrirla yo misma, pero sin ningún resultado. Y entonces caí en que debían de haberla cerrado mientras nosotros estábamos en el vestuario—. ¡¿Y ahora qué se supone que vamos a hacer?!
—¿Qué te parece si esperamos a que nos abran? A cuarta los de segundo C tienen Educación Física, si no me equivoco… Vamos, solo es una hora —añadió al ver en mi rostro lo que sin duda debía de ser una expresión de profundo horror.
—¿Una hora entera encerrada aquí contigo? ¿Estás loco? Además, ¡perderemos una clase! —grité yo, recordándome a mí misma a Inés.
Sin embargo, por la sonrisa de suficiencia que en ese momento Sergio pintó en su cara intuí que no le importaban lo más mínimo esas circunstancias.
Gemí con frustración y apoyé la espalda en la puerta, deslizándome lentamente hasta acabar sentada en el suelo.
—Te odio —gruñí.
Sergio se acomodó a mi lado, cruzando las piernas al estilo indio, e inclinó la cabeza hacia un lado con aire pensativo.
—No es cierto —dijo.
Parpadeé, confusa por su descaro, y le miré. Él me observaba fijamente con esos ojos del color del mercurio. Eran los ojos más bonitos que había visto nunca, aunque eso era algo que jamás reconocería en voz alta, ni siquiera ante mí misma.
—¿Y tú qué sabes? —respondí, aunque mi voz fue solo un susurro.
Él se encogió de hombros.
—Simplemente lo sé, media neurona. Si me odiases, no te habrías enfadado tanto por el simple hecho de que no te he dirigido la palabra en lo que llevamos de mañana.
Abrí mucho los ojos, sorprendida y abochornada por haber sido pillada de esa forma. Además, ese mote… Media neurona. Hacía casi una semana que no me llamaba así.
Al ser testigo de mi apuro, Sergio sonrió. Yo fruncí el ceño. No pensaba dejar que fuese yo la única que lo pasase mal.
—¿Qué le pasó a tu hermano? —pregunté a bocajarro y sin venir a cuento, y contemplé con siniestro placer como él se echaba hacia atrás, apabullado.
—¿De verdad quieres saberlo? —gruñó, y yo asentí con fervor. Él resopló y se frotó los brazos como si intentase entrar en calor—. Lucas. Mi hermano se llamaba Lucas. Y tenía ciertas… ideas, preferencias… que no eran del agrado de mi padre, y por las que incluso yo tuve algún que otro problema en el colegio… Mi padre y él siempre estaban discutiendo, y hace dos años… Bueno, una de sus peleas fue peor que las demás, y él se marchó.
—¿Se marchó? —repetí, confundida.
—Sí, se marchó. Se escapó de casa, quiero decir. Ya era mayor de edad, así que en realidad no estaba obligado a quedarse con nosotros.
Sergio se quedó mirando fijamente algún punto inexistente al fondo del gimnasio, sumido en sus propios pensamientos.
—¿Has… has vuelto a saber de él desde entonces? —pregunté casi con timidez, adivinando la respuesta antes de ver cómo negaba con la cabeza lentamente y aún sin mirarme.
Algo en mi interior se retorció al pensar qué habría hecho yo si Javier se hubiese fugado de casa. Probablemente me hubiese vuelto loca. Le habría echado tanto, tantísimo de menos… Dejé que mi mirada se deslizase pausadamente por el perfil de Sergio. Podía intuir lo mal que debía de haberlo pasado.
—Dime, Marta, ¿tan segura estás de que me odias? —preguntó entonces, sobresaltándome. Giró lentamente la cabeza hacia mí y me dirigió una mirada inescrutable y profunda. No obstante, lo que más me sorprendió fue el tono inquisitivo y sincero de su pregunta.
—Yo… No… No, no te odio —tartamudeé, intimidada por la intensidad de su mirada de ojos tormentosos —. Pero sigo pensando que eres un estúpido inmaduro —me apresuré a añadir.
Él sonrió, melancólico, tristemente divertido, y sacudió la cabeza de un lado a otro, volviendo a recostarse en la puerta a mi lado… Algo más cerca que antes.
—¿Por qué actúas siempre así? —pregunté.
—¿Así, cómo? —respondió él, enarcando una ceja de nuevo pero manteniendo los ojos cerrados.
Me quedé en silencio unos segundos antes de responder.
—Como si la vida fuese un chiste malo que solo tú pudieses comprender.
Él soltó de nuevo una de esas risas graves y ásperas.
—Es que la vida es un chiste malo, terriblemente malo, y solo yo entiendo su significado —aseguró, y yo me sentí incapaz de averiguar si hablaba en serio o simplemente bromeaba.
—Dime una cosa, ¿por qué no estás molesto de tener que estar encerrado con una "media neurona mojigata" durante una hora entera?
Él se volvió a incorporar por segunda vez y me miró de nuevo con sus profundos ojos de color tormenta.
—¿Me lo estás preguntando en serio? —inquirió.
—No, qué va, es solo por pasar el tiempo —repliqué yo, molesta.
Él ladeó ligeramente la cabeza y alzó despacio una mano, apartando un mechón de pelo de mi mejilla y colocándolo detrás de mi oreja. El roce de sus dedos sobre mi piel me provocó un estremecimiento. Cerré los ojos de forma involuntaria, y apenas dos segundos después sentí su aliento sobre mis labios.
Pero justo cuando nuestras bocas estaban a punto de juntarse, la puerta del gimnasio se abrió de golpe, y bajo el umbral apareció…
¡Hola! ¿Qué tal estáis? Madre mía, ¿quién habrá interrumpido a Marta y Sergio en un momento tan crucial? ¿QUIÉN? Me temo que tendréis que esperar a la próxima semana para saberlo, jajajaja.
Por cierto, este cap. está dedicado a Allyson Sheridan por darme la idea de encerrar a Marta y a Sergio en algún sitio… Jajajaja, ¡gracias!
Un besazo enorme, ¡y gracias por leer!
Meri