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El color de los sentimientos — capítulo 20

POV****Inés

Aquella mañana, a primera, tenía clase de Matemáticas con el señor Roberto. Me despedí del alicaído Guillermo y me dirigí al aula correspondiente.

De camino me encontré con Nico. Le dirigí una dura mirada, pues pese a que en todo momento había pretendido permitir que se explicase lo cierto era que estaba algo enfadada con él por su comportamiento del sábado.

Nico se limitó a agachar la cabeza mientras sus mejillas se tornaban rojas.

Resoplé. Ya hablaría con él en el recreo…

Así pues, me pasé las dos primeras clases atendiendo bastante poco, puesto que no podía dejar de fulminar con la mirada a Nico, que siempre hundía la cabeza en el libro para evitarme.

No obstante, pude apreciar algo que me sorprendió: sus ojos estaban muy rojos, y había una expresión de profunda tristeza en su rostro que parecía grabada a fuego.

Confusa, traté de observarle mejor, pero sus constantes intentos de elusión me lo impidieron.

Y, finalmente, tocó el timbre.

Nicolás se levantó de golpe, empujando hacia atrás la silla, y sin molestarse en recoger sus cosas desapareció tan rápido como le fue posible por la puerta. Sin embargo, yo no pensaba dejarle escapar.

Me levanté a velocidades también insólitas y lo perseguí por los pasillos, abriéndome camino entre el tumulto de alumnos casi a codazos. Salí fuera del instituto y miré de un lado a otro, buscándole. Pude verle entrar en el jardín que cubría la parte posterior del edificio, así que me dirigí hacia allí.

El jardín se hallaba ligeramente más vacío que de costumbre, y un brillo pálido que anunciaba la cercanía del invierno hacía temblar las hojas rojizas de los árboles. Caminé con decisión por la zona, buscándole, y entonces le encontré.

Nico estaba sentado en el suelo, con la espalda pegada a un manzano de tronco liso, las piernas dobladas, abrazándose las rodillas y con la cabeza hundida en sus brazos.

—Nico —le llamé en voz baja. No sabía por qué, pero intuía que le había pasado algo. Algo que no tenía nada que ver con Guille.

—Lo siento —le oí decir, su voz sonaba ahogada, algo ronca y gutural, como si estuviese llorando—. Siento lo de Guillermo. No debí haberle dicho eso. No debí haberme puesto así. Lo siento.

Dejó de hablar, y yo podría haber jurado que sus hombros se convulsionaron en un leve sollozo.

Coloqué una mano sobre su brazo.

—Nico. ¿Qué te pasa?

Él incorporó la cabeza y se secó los ojos con el dorso de la mano.

—Nada. No tiene importancia. Ninguna importancia —alzó la mirada y me observó. Sus ojos del color de la miel estaban anegados en lágrimas—. Es que… el sábado… No fue un buen día. Tuve… problemas. Estaba enfadado y nervioso y… y… Y no sé lo que pasó. Yo en realidad no tengo ningún problema con los homosexuales, de verdad. Pero es que…

De pronto, las lágrimas cayeron de sus ojos, y un nuevo sollozo hizo temblar su pecho. Nico apoyó la frente en mi hombro, y yo, asombrada y preocupada, le acaricié tímidamente el pelo.

—Tengo que disculparme con Guillermo. Él no tiene ninguna culpa de eso… ninguna culpa… —murmuraba continuamente, como si de una mantra se tratase.

Yo no hice preguntas. No tenía ni la menor idea de lo que podía ocurrirle, pero estaba segura de que él no estaba preparado para contarlo, fuera lo que fuese.

Perdí la noción del tiempo mientras estaba allí, sentada a su lado en el jardín, bajo el manzano, sintiendo la humedad de sus lágrimas traspasar la tela de mi camiseta, consolándole en silencio.

Y, entonces, sonó de nuevo el timbre.

—Nico —susurré—. Nico, tenemos que volver a clase… ¿estás bien?

Él se sorbió la nariz y asintió despacio, con los ojos clavados en el suelo. Le ayudé a incorporarse y me lo llevé al edificio. La gente nos miraba al pasar, pero no permitimos que eso nos importase.

Sin embargo, de pronto Nico se llevó una mano a la boca, abriendo mucho los ojos. Y de golpe se dobló sobre su estómago, siendo víctima de una arcada.

Ahogué un grito y me lo llevé a rastras hacia el baño más cercano. Sabía que llegaríamos tarde a clase, pero no me importaba lo más mínimo. Nicolás estaba realmente mal.

Le ayudé a echarse agua fría en la cara e hice que se sentase sobre uno de los váteres. Le palpé la frente con temor, pero no parecía que tuviese fiebre.

Me arrodillé de nuevo frente a él y le obligué a mirarme a los ojos.

—Nicolás —dije, articulando despacio—. Por favor, dime lo que te pasa. Te lo estoy pidiendo por favor.

No obstante, él cerró con fuerza los ojos y sacudió la cabeza de un lado a otro.

—Estoy bien, de verdad. Solo ha sido un… un bajón. Venga, vámonos a clase.

Me mostré reacia a permitir que regresase al aula, pues dada la palidez que presentaba su piel no parecía encontrarse tan bien como decía.

Sin embargo, no me quedó de otra que incorporarme y seguirle fuera del baño, vigilándole suspicazmente y con miedo de que de un momento a otro tropezase y se cayese.

En el pasillo, no obstante, Nico se detuvo de pronto, justo a tiempo para evitar darse de bruces con otro chico al que reconocí al instante: Guille.

El pelirrojo parpadeó con sorpresa al ver a Nico tratando de recuperar el equilibrio apoyándose en la pared.

—¿Y a este qué le pasa? —me preguntó sin mirarme.

—No lo sé —respondí con un suspiro—. No me lo quiere decir… Espera un segundo, ¿qué haces tú fuera de clase?

Guille se encogió de hombros, recuperando su expresión melancólica.

—El profesor de Psicología me ha mandado al gimnasio a buscar a Marta y a Sergio, que no han vuelto de su castigo… ¿y vosotros?

Señalé a Nico con la cabeza.

—¿Te parece que está en condiciones de ir a clase?

Nicolás se separó de la pared y avanzó un paso hacia nosotros.

—Ya te he dicho que estoy perfectamente —gruñó por lo bajo. Después, se volvió lentamente hacia el otro chico y, mordiéndose el labio inferior, trató de disculparse—. Guillermo… respecto a lo del sábado… Yo… yo… Lo siento, no quería… No debí haberte dicho eso, porque no fue culpa tuya… nunca ha sido culpa tuya, tú no tienes nada que ver…

—¿Nada que ver con qué? —le interrumpió Guillermo inclinándose hacia atrás, confuso y algo incómodo por la situación. Me miró en busca de ayuda, pero yo solo me encogí de hombros.

—No tengo ni idea de qué habla —respondí.

Nicolás abrió la boca como si quisiera protestar, pero otra voz le interrumpió.

—¡Eh, vosotros! Los alumnos no pueden permanecer en el pasillo durante las clases —era la jefa de estudios, esbozando su mejor cara de mala leche—. ¡Marchaos ahora mismo si no queréis que avise a vuestros tutores!

—Sí, sí, ya nos vamos —me apresuré a decir yo, mirando a los chicos, y agarrándolos por la camiseta les obligué a seguirme en dirección al gimnasio —. Te acompañamos a por Marta y Sergio, Guille.

El aludido asintió, caminando a mi lado y echando una mirada insegura a Nico, que estaba aún más pálido que antes, si cabía.

Cuando llegamos a la puerta del gimnasio, nos encontramos con que estaba cerrada.

—¿Y ahora? —pregunté, girando la cabeza para ver si el conserje estaba por allí cerca y podía ayudarnos, pero no fue necesario, porque Guille hizo tintinear a mi lado un manojo de llaves. Ante mi mirada inquisitiva, se encogió de hombros y explicó:

—Me las dio el profesor de Psicología.

Metió la que estaba etiquetada como "gimnasio", giró y abrió la puerta, dejándonos ver una imagen cuando menos insólita…

¡Hola! ¿Qué tal estáis? Ante todo deciros que no he tenido tiempo para revisar el capítulo y he escrito totalmente sobre la marcha, así que disculpad los posibles errores que pueda tener…

Como veis, Nico empieza a tener un papel importante en la historia, algo que probablemente se desvele en el siguiente capítulo. No es un secreto increíble ni nada por el estilo, así que no os esperéis un bombazo, pero sí que se trata de un punto importante para la trama del fic.

Por parte de Guille e Inés… Bueno, ninguno de los dos se ha atrevido a reprochar a Nico su comportamiento del sábado debido a su estado… ¿vosotros qué opináis?

Y, sin más, me despido.

¡Un besazo enorme a todos y todas, y gracias por leer!

Meri