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El color de los sentimientos — capítulo 21
POV****Marta
Mierda.
Mierda, mierda, mierda.
La situación no podía ir a peor.
Sergio y yo nos apartamos de golpe, haciendo aún más obvio que milésimas de segundo antes nos encontrábamos demasiado cerca. Mis mejillas mostraban un intenso color rojo, y la frase "tierra, trágame" cobró un nuevo significado para mí mientras veía cómo Inés, Nico y Guille nos miraban con los ojos como platos.
Mi hermana se mordió el labio inferior, y Guille tuvo que darse la vuelta para ocultar la inmensa sonrisa que atravesó su antes melancólico rostro. Por su parte, Nico, quemostraba un malsano y pálido color de piel, parpadeó varias veces como si creyese que lo que veían sus ojos era alguna clase de alucinación.
—Bueno, ¿se puede saber qué estáis mirando? Si es algo muy interesante, os ruego que me lo contéis para así entretenerme yo un rato… —rompió el silencio Sergio, alzando una ceja con algo de sorna, pero manteniendo la calma hasta niveles inauditos.
Yo le miré, atónita. ¿Cómo podía estar tan tranquilo? ¡Nos habían pillado a punto de besarnos!
Guille se giró de nuevo hacia nosotros y, aún risueño, comentó:
—Vaya, quién lo diría… Y yo que pensaba que os odiabais… Pero bueno, ya sabéis lo que dicen: los que se pelean se des…
—¡Pobre de ti como termines esa frase! —siseé yo, harta de escuchar lo mismo una y otra vez.
—En fin, os veo muy ocupados —intervino otra vez Sergio, incorporándose y echándose la mochila al hombro—. Me largo a clase.
Y dicho esto se fue, con paso tranquilo y las manos en los bolsillos, como si nada de aquello hubiese tenido lugar.
Yo también me levanté, sacudiéndome el polvo del pantalón y evitando por todos los medios las miradas de los demás.
—Marta… —comenzó Inés, pero rápidamente se calló, comprendiendo que lo mejor era dejar esa conversación para más tarde.
—Esto no ha ocurrido, ¿vale? —susurré yo, mirando a los chicos. Ambos asintieron con vehemencia, y yo supe que podía confiar en su silencio.
Abrí la boca para tratar de escudarme tras alguna estúpida excusa, pero entonces una voz chillona me hizo dar un pequeño brinco.
—¡Espero no tener que volver a deciros que os vayáis a vuestras clases! —no era otra que la jefa de estudios, con un fajo de folios en la mano derecha y la izquierda sobre su cadera.
—¡Sí, sí! —gritó Inés, abriendo mucho los ojos, y bajo la atenta supervisión de la jefa de estudios nos fuimos corriendo, siguiendo los pasos de Sergio.
Al llegar al último corredor Guille y yo nos despedimos apresuradamente de Inés y Nico, y nosotros entramos en clase.
El profesor de Psicología suspiró al vernos.
—¡Venga, por favor, sentaos de una vez! Ya no puedo seguir perdiendo tiempo… Guillermo, a tu sitio. Marta, ponte por allí…
Avancé en dirección al fondo de la clase, donde me había señalado el profesor, pero me tensé de golpe al ver que el único sitio que quedaba libre era el contiguo a Sergio, que me miraba con perezoso interés, como si todo fuese aburrido a su alrededor excepto yo.
Me senté a su lado tratando de ignorarle, pero entonces escuché a Sergio susurrar:
—Lástima de beso…
Apreté con fuerza los labios, decidida a no caer en sus provocaciones. Por mí podía irse al diablo.
Sin embargo, no tardé en comprobar que hacer como que no existía era más fácil de decir que de hacer.
Y lo descubrí cuando advertí demasiado tarde que se había inclinado hacia mí, tras lo que me apartó un mechón de pelo hacia atrás y me dijo en voz muy baja, con su boca casi pegada a mi oreja:
—Pero créeme que la próxima vez me aseguraré de que no nos interrumpan.
Su cálido aliento acariciándome la piel me distrajo brevemente, pero recuperé la compostura lo suficientemente rápido como para apartarlo sutilmente con el fin de no atraer la atención del profesor y mascullar entre dientes:
—No habrá una próxima vez.
—¿Tan segura estás? —inquirió él, esbozando una de sus perfectas sonrisas torcidas, de esas que yo estaba segura que solo él podía dibujar en sus labios.
No respondí, porque si era sincera conmigo misma tenía que admitir que no estaba para nada segura, pero claro, tampoco iba a decirle eso a él…
Así que me limité a lanzarle una mirada asesina y mantenerme en silencio.
Escuché su risa por lo bajo, pero no le presté más atención, y él no volvió a molestarme.
Así pasaron dos horas más, y cuando tocó el timbre del segundo y último recreo salí disparada del aula bajo la atenta mirada de Sergio y Guillermo.
Aguardé en el porche de entrada del instituto a que Inés, Nico y Guille se dignaran a aparecer, y cuando lo hicieron empecé a dar vueltas como una estúpida de un lado a otro.
No sé cómo, pero de nuevo acabamos en el jardín del instituto. Y fue entonces cuando detuve mis irrefrenables paseos para mirar fijamente a Nicolás.
—Por cierto —dije—. ¿Por qué demonios te comportaste como un gran gilipollas el sábado con Guillermo? ¿Y por qué estáis los dos juntos ahora como si nada? ¿Y por qué pareces tan enfermo? ¿Qué me he perdido?
Inés colocó una mano sobre mi hombro, tratando de tranquilizarme.
—Eso son muchas preguntas, Marta —susurró.
—Estamos "amigados" porque me ha pedido perdón —explicó Guille, encogiéndose de hombros con simpleza.
—Me comporté como un gilipollas porque soy gilipollas —murmuró Nico, desviando la mirada.
—Pero no sabemos por qué está en este estado —finalizó Inés.
Resoplé y me dejé caer sobre el suelo. ¿Por qué todo tenía que ser tan confuso?
Doblé las piernas para apoyarme sobre mis rodillas y sentí algo extraño en el bolsillo de mis vaqueros… o más bien, lo extraño fue la ausencia de algo.
Metí la mano en el bolsillo con miedo, y me encontré exactamente con lo que me temía: mi móvil no estaba.
Me incorporé de golpe, pero justo cuando estaba a punto de decirles que tenía que volver a clase a buscarlo, apareció Sergio.
Y, cómo no, llevaba mi móvil en la mano.
—Eh, media neurona —dijo, mirándome a los ojos e ignorando la presencia de los demás—. Se te cayó el móvil antes de salir de clase. Tienes suerte de que esté entero.
—Eh… gr-gracias —respondí, sonrojada sin saber muy bien por qué.
Lo cogí y me lo guardé en el bolsillo de nuevo. Pero Sergio no se movió. Se quedó ahí, de pie, mirándome con gesto triunfal y un destello de diversión en el fondo de sus ojos grises.
Y, entonces, se giró para irse de nuevo, encontrándose cara a cara con Nico.
—¿Y a ti qué te pasa? —preguntó Sergio, frunciendo el ceño.
—¿A mí? ¿Por qué? —respondió Nico en un murmullo.
Sergio lo señaló con un gesto de cabeza.
—Porque estás pálido como un fantasma, tienes mala cara y unas ojeras tan grandes que podría aterrizar un avión sobre ellas.
—Es verdad, Nico —intervino Inés—. ¿Nos vas a decir de una vez qué te pasa?
—Nada. Ya… ya os lo he dicho.
—Estupendo —ironizó Sergio con expresión cruel—. Pues da la impresión de que esa "nada" te está destrozando, ¿sabes?
Nicolás se mordió el labio, y a mí se me encogió el corazón. En ese momento se asemejaba más que nunca a un cachorro desamparado.
Finalmente, fijó la mirada en algún punto inexistente, más allá de nosotros. Y entonces dijo con tono monocorde y plano:
—Mis padres se separan.
¡Hola!
¿Qué tal? ¿Os ha gustado? Por fin se resuelve el enigma del problema de Nico, y como podéis ver, no, no tenía nada que ver con embarazos (¿pero de dónde sacáis tanta imaginación????). Jajajaja. Ah, y tranquilas, en el próximo cap explicaré qué relación tiene la separación de los padres de Nico con el comportamiento del mismo con Guille en la fiesta.
Hoy he actualizado a una hora más temprana por petición expresa de las trillizas, jajaja.
Y ya está, no sé qué más tenía que deciros… Excepto desear suerte a tod@s los que se hayan presentado al concurso "Una velada terrorífica"!!!!!
Un besazo enorme, y hasta el domingo que viene!!
Meri